A pesar de ciertos vasos comunicantes con un pretérito colmado de sombras expresionistas (en los años 20 y 30) y tenuemente vinculado con aquella nueva subjetividad obsesionada con las vanguardias modernistas (en los años 70 y 80), el cine alemán contemporáneo se afinca en la variedad temática y estilística, sin excesos formalistas ni desmesurada insistencia en los sobrecogimientos espirituales. Tales argumentos vienen a cuento a propósito de la polícroma edición de una nueva Semana de Cine Alemán, que se inauguró el 22 de junio en el cine Charles Chaplin, durará hasta el 30 e incluye seis filmes datados muy recientemente y casi todos galardonados con el reconocimiento del público y los especialistas.


Cartel de filme Stefan Zweig Adiós a Europa. Tomado de internet


Si hubiera que determinar obligatoriamente etiquetas clasificatorias para esta Semana, serían, además de su aspiración a la miscelánea para todos los gustos, la entronización de las realizadoras, y la persistencia del espíritu retro que permite analizar, aunque sea de soslayo, el complejo pasado germano. Tal fue la opción de la actriz, guionista y directora Maria Schrader con el clásico biopic Stefan Zweig: Adiós a Europa (2016), cuyo título remite con claridad a su tema: relatar un periodo complicado en la vida del célebre escritor de origen judío, y retratar el contexto del ascenso del nazismo, que empujó al exilio en Brasil, y posterior suicidio, a este autor, conocidísimo biógrafo de personajes históricos como Fouché, María Antonieta, María Estuardo y Erasmo de Rotterdam.

Con pulso firme y amplio conocimiento de los códigos del biopic, dirige Maria Schrader Stefan Zweig: Adiós a Europa, donde destacan especialmente las actuaciones de Josef Hader, quien asume desde la intensidad comedida la interpretación del papel titular, y la mítica Barbara Sukowa, célebre presencia en el teatro y el cine alemán desde que Rainer Werner Fassbinder le confió un papel muy destacado en la monumental serie de televisión Berlin Alexander platz (1980) y en la revisión del mito Dietrich que fue el filme Lola (1981). Luego de semejante comienzo, Sukowa ganó el premio de actuación en el Festival de Cannes por Rosa Luxemburgo, dirigida por la decana de las realizadoras alemanas, Margarethe von Trotta. Volvieron a trabajar juntas en 2012, en otro filme biográfico, Hannah Arendt, con notable éxito de crítica. Aunque su celebridad se deba particularmente al cine alemán, Sukowa también fue dirigida por Michael Cimino, Lars von Trier, David Cronenberg y John Turturro.

Pero independientemente del mérito añadido que implica la presencia de Sukowa en Stefan Zweig: Adiós a Europa, el filme se acerca con sutileza a la tragedia de un demócrata arrinconado por el ascenso de las fuerzas reaccionarias, y la realizadora y guionista tiene el tino de presentar la tragedia de la guerra y el exilio como algo general, pues en una escena se enumera la lista de los escritores alemanes acosados y prohibidos por el nazismo y se constata que la lista incluye nombres como Lion Feuchtwanger, Thomas y Heinrich Mann, Walter Benjamin, Bertolt Brecht y Erich Maria Remarque, entre otros. Y a la luz del ascenso actual de fuerzas derechistas y xenófobas en Europa, el filme adquiere una dimensión de necesaria alerta, por más que la denuncia aparezca disfrazada con los fastos de los años 30 y 40.

Habrá que tener en cuenta el nombre y el talento de Maria Schrader, quien se añade a una extensa galería de realizadoras alemanas presidida, en las décadas anteriores, por la mencionada Margarethe von Trotta o por Doris Dörrie, y con ambas trabajó la Schrader como actriz. A este grupo de descollantes presencias femeninas también se integran otras realizadoras cuyos filmes se incluyen en esta semana, como Anne Zohra Berrached (de padres argelinos) por 24 semanas (2016); la debutante Theresa von Eltz por 4 Reyes (2015) y la también actriz y sonidista Nicolette Krebitz por Salvaje (2015).

Poderoso drama femenino pleno de recursos documentales y veristas, de esos dramas íntimos que recuerdan que las mujeres pueden asumir ciertos temas con un conocimiento de causa y sensibilidad inaccesibles para los varones, 24 semanas alude a los seis meses de embarazo que tiene la protagonista cuando se entera de que va a traer al mundo, o no, a un niño con síndrome de Down y una grave lesión cardíaca. Y en el mundo de los hospitales psiquiátricos y los traumas de familias disfuncionales se sumerge 4 Reyes, mientras que Salvaje narra, desde situaciones de huida y persecución cercanas al thriller, el amor entre una mujer y un lobo, al tiempo que examina los límites entre la naturaleza humana y la animal.


Cartel de filme Yo y Kaminski. Tomado de internet


Menos sombríos y reflexivos que los dramas femeninos recomendados antes, resultan la comedia ácida Yo y Kaminski (2015), dirigida por el prestigioso Wolfgang Becker, y la pieza trágica Herbert. La primera de ellas recuerda muchísimo la excelente Zelig, de Woody Allen, en tanto se trata de un crítico de arte que quiere escribir un libro sobre el pintor Manuel Kaminski, discípulo de Matisse y amigo de Picasso. Pero tanto el crítico de arte como el pintor venido a menos se comportan como interesados antihéroes que constantemente se mienten y se acechan. En tanto juega con numerosos personajes reales, el filme destaca sobre todo por la superposición de sus personajes de ficción en un material documental, de archivo, que incluye lo mismo a los pintores célebres mencionados que al mismísimo Woody Allen, Hitchcock o los Beatles.

Al igual que en su anterior y muy recordada Goodbye Lenin (2002), Becker maneja la narración con firmeza crítica en torno a estos mentirosos consuetudinarios, un joven y un anciano, en un sagaz cotejo de valores y antivalores que también presidía aquel melodrama maternal lleno de nostalgia, en el fondo, por la desaparición de la República Democrática Alemana. Y en la vida de otra celebridad del pasado ahora en declive, en este caso un boxeador, se concentra Herbert, desconsolador relato cuyo protagonista fue “el orgullo de Leipzig”, pero ahora se gana la vida como cobrador y portero, hasta que le diagnostican un incurable trastorno progresivo de las motoneuronas. La intensidad y credibilidad de la puesta en escena también se debe al tono documental y a la actuación de Peter Kurth, laureado por su desempeño con el Premio Alemán de Cinematografía.

Aunque haya pasado la época dorada de las cumbres expresionistas y de los experimentos abonados por la nueva subjetividad setentera, la cinematografía alemana consigue mantenerse a flote, renunciar a los fantasmas del pasado, y entregar un puñado de filmes memorables todos los años, gracias al apoyo del Estado, al sistema eficaz de escuelas audiovisuales, y a la intervención activa del capital privado. Por supuesto que también juega su papel la sólida tradición de un país que ha generado algunos, muchos, de los grandes nombres de la historia del cine mundial.