Había estado antes en Santiago de Cuba, en el año 1986, como invitado a uno de aquellos encuentros de escritores que para la Asociación Hermanos Saíz de la época —en tiempos siempre duros, pero ajenos a los desgarramientos de una economía casi quebrada que pronto nos iban a estremecer— formaban parte de los proyectos habituales de trabajo. Para cuando regresé, en 1994, me había casado y divorciado; el país se encontraba en el peor momento de una crisis que parecía que nunca iba a encontrar su fondo y el niño nacido de esa relación rota, mi primer hijo, se encontraba ingresado en “La Colonia”, uno de los hospitales más conocidos en la ciudad oriental.


Santiago es Santiago. Fotos: Sonia Almaguer


Al año siguiente regresé. Erick, ese hijo al que en broma llamo “el santiaguero” (tengo otros dos), empezaba la primaria y nada iba a ser más emocionante que estar en el acto de inicio de su primer curso escolar. Recuerdo el matutino cual si ahora mismo ocurriera ante mis ojos, pues fue un punto de giro en mi percepción de la dureza de nuestras vidas: madres y padres de ropas muy humildes, gastadas, gente de bien abajo, algunos niños con chancletas de goma. Me golpeó. La ciudad lucía fea, dañada, diferente a aquella que —con la alegría de un grupo de soñadores locos, poetas y narradores— había conocido en 1986.

Uno o dos días después, en ese Veguita de Galo donde mi hijo aún vive, barrio bien humilde de la ciudad, disfruté la sorpresa de una fuerza social que —de modo extraordinario— se oponía al apagamiento y a la destrucción; a media mañana, encabezada por el sonido agudo y serpeante de la corneta china, pasó una conga como pasa un imán. Entonces personas de toda condición corrieron en busca del sonido sabroso y hasta hubo quien dejó abierta la puerta de la casa; conectaban al ritmo, echaban unos pasillos, una o dos cuadras quizás, y luego, creo yo que renovados, volvían a lo suyo. Procedente de los alrededores de la Universidad habanera, nunca había visto tal modo de alegría popular y quedé tan impactado como transformado. En esa misma visita llena de claves, pasé una tarde, loma arriba y cansado, en dirección al parque Céspedes cuando, en mitad de un sol que castigaba como flechazos, rompió de repente a invadir el canto armónico de un coro en el interior de la Catedral. Parecían ángeles llamando a su Padre, ansiosos de volver, tocando las puertas del cielo para que les fuesen abiertas.

Desde entonces, Santiago apareció ante mis ojos como el escenario de una batalla épica y simbólica, cósmica y trascendente, batalla de la ciudad y del país, de la nación y de la Historia. La combinación entre el paisaje de montañas al fondo y los sentidos confluyentes de toda esta memoria que he citado. A lo largo de este cuarto de siglo he visto a la ciudad resistir y no destruirse, soportar el golpe severo de un huracán cuya fuerza y efectos los habitantes desconocían, luchar para recuperarse y, sobre todo, dar el ejemplo de ese acto bello que es perseguir la belleza. 

Hace poco más de una semana, como parte de un grupo de escritores y artistas que, acompañando al ministro de Cultura, viajó al otro extremo de la Isla invitado a la clausura de la Feria Internacional del Libro, volví a Santiago. Agotador y hermoso fue recorrer en ómnibus centenares de kilómetros que, al mismo tiempo, lo fueron de bromas y conversación entre la veintena de personas que formábamos el grupo. La disertación erudita de Yamil Díaz acerca de las circunstancias de la muerte de Martí y el misterio de las páginas arrancadas al “Diario de Campaña”, comprendió antecedentes, detalles mínimos y consecuencias hasta el comienzo de la República. El aluvión de décimas, jocosas y punzadoras, dichas por Yamil mismo y por Ricardo Riverón, merecían una audiencia más nutrida. Caminar, al menos unos pocos metros, por la sorprendente “calle de los cines” camagüeyana, me hizo agradecer el empeño de Juan Antonio García Borrero, acaso el más intenso animador de ese proyecto, así como extrañar su presencia.


Plaza de Marte


Arribamos tarde en la noche y al día siguiente, temprano, fuimos al Cementerio de Santa Ifigenia, para visitar las tumbas de Martí y Fidel, pero también, aunque haya sido de modo rápido, para recibir la enorme lección de Historia de Cuba que hay en ese lugar. Casi a cada paso que dábamos había alguna lápida cuyo nombre remitía a un episodio con destaque de la historia nacional y el diálogo recomenzaba. De la monumental tumba de Martí, prefiero y puedo establecer mejor comunicación con los pequeños bloques de piedra que —conteniendo frases suyas— se encuentran en el exterior antes que en el mausoleo como tal.

No pude sentir tristeza delante de la sólida piedra en cuyo interior está el nicho con ese simple nombre, Fidel. Aquí cada uno de los detalles es parte y fluye hacia un poderoso mensaje global. La escasa distancia que separa la piedra del mausoleo equivale a una voluntad expresa de proximidad; no solo entre ambas figuras, sino también de sus legados. La diferencia entre lo elaborado y artísticamente complejo del mausoleo en oposición a la desnudez primitiva de la roca, la entendemos como una búsqueda, programática, de sencillez. La elevada altura del mausoleo en atención al mucho menor tamaño de la piedra nos habla de un “estar a los pies” (de Martí) o en servicio dentro de una relación de padre e hijo. Al mismo tiempo, la piedra —al ser solo eso— simbólicamente antecede a la condición “artística” del mausoleo y de este modo provoca una suerte de movimiento circular de la idea; el que recibe y desarrolla el legado, el continuador, lo devuelve hasta el origen mítico. Por eso no supe entristecer ni comportarme solemnemente delante de la piedra enorme, sino que —al tiempo que la vista vagaba por los alrededores— trataba de entender la lógica de nuestras vidas. A un lado nos quedaba la ciudad, representada por un conjunto de edificios cercano; al otro, las montañas.

No es posible entender Santiago sin esa imagen de montañas, sólidas, altas, cual protectoras del lugar y de su gente. Imaginaba a esos hombres —Martí y Fidel— que las habían subido y, en proyección simbólica, los escenarios de sus batallas. En circunstancias como estas siempre recuerdo la frase con la que Lezama explicaba lo que más admiraba en un escritor y que me complace saberla aplicada a cualquier existencia grande: “Que maneje fuerzas que lo arrebaten, que parezca que van a destruirlo”. Porque, si digo la verdad, lo que sentí por dentro fue un enorme deseo de conversación imposible, con esos ausentes, acerca del vivir, igual que gigantes, entre fuerzas descomunales y tremendas, que parecía que podían destruirlos.

Desde Santa Ifigenia, entre mausoleo y piedra, imaginaba la enormidad de tales fuerzas dentro de las vidas de Martí (fundador) y Fidel (seguidor, alumno, hijo) y la montaña aparecía como símbolo de resistencia, pero también lo era la ciudad. Por ello agradecí, como regalo especial, el recorrido que Beatriz Johnson, presidenta del Poder Popular provincial, nos dio a lo largo de la calle Enramada, desde la Plaza de Marte y hasta la calle Santo Tomás.


Ayuntamiento Provincial


En la Plaza de Marte, como en una alucinación, un grupo de niños se abalanzó hacia Lázaro Expósito, el primer secretario del PCC en la provincia, y poco faltó para que, mientras él sonreía, lo tumbaran al suelo al tiempo que, a las alturas de la técnica de hoy, los familiares tiraban con sus celulares fotos del divertido grupo. Pero si esto fue interesante, mucho más lo fue el hecho de que la presencia de la autoridad más alta de la provincia, no provocó expectación alguna en el resto de los centenares de personas que llenaban el sitio y disfrutaban las ofertas culturales y alimentos en la habitual “Noche Santiaguera” de los fines de semana; simplemente era “su secretario”, estaba allí como —al parecer— sucede con frecuencia, lo saludaban al pasar y seguían en lo suyo, algo que más o menos igual se repitió a lo largo del recorrido con la presidenta del gobierno. Para completar las prácticas propias de esta nueva cultura del “selfie”, se acercaban personas a pedirle una foto a Abel Prieto o aquellos que reconocieron a Juan Padrón, el autor, entre otras glorias, del mítico mambí Elpidio Valdés.

El día siguiente, en el Teatro Heredia, dio inicio con el apoteósico homenaje que varios centenares de niños ofrecieron a Padrón, quien, luego de terminar el acto, también recibió decenas de peticiones para “selfie”. En la tarde nos fuimos a Mayarí Arriba para visitar el museo y el impresionante complejo monumentario del municipio II Frente, mausoleo que rinde homenaje a los más de 240 combatientes del frente que cayeron en la lucha contra el ejército batistiano. Detrás de la montaña, a unos escasos cinco kilómetros, está Mícara, lugar donde ocurrió la peor masacre durante el alzamiento de los seguidores del Partido Independiente de Color en 1912; aquella que hizo escribir al general Monteagudo: “Es imposible precisar el número de muertos, porque ha degenerado en una carnicería dentro del monte”. De la rápida conversación que sobre tales hechos sostuvimos con autoridades del lugar y en nuestro grupo mismo, surgió la idea de crear, en una de las instituciones culturales de la zona, un espacio museable que —de modo permanente— recuerde aquellos hechos amargos, trabaje en la recolección y recuperación de datos, organice encuentros y contribuya a preservar memoria. Como alegría íntima, cuando tal espacio se inaugure, me van a quedar tanto el recuerdo de haber hecho la proposición como la acogida que la idea tuvo.

Además de lo anterior, asistimos a la presentación (y homenaje) de libros de Armando Hart, al que los santiagueros recuerdan con cariño especial y a quien mi actual esposa, santiaguera igual que la madre de mi primer hijo, recuerda haber visto sentado en un contén al lado de Juan Almeida, conversando con estudiantes. Estuvimos en otra presentación de libro, esta vez un bello volumen dedicado al fondo patrimonial de la batalla naval de Santiago de Cuba, patrimonio que en buena parte se encuentra en el fondo de la bahía; y, finalmente, estuvimos en la presentación de un volumen más, el titulado Exequias, que recoge fotografías de los días comprendidos entre el luto y homenaje popular a Fidel desde el instante de su muerte (comenzando por la masa humana que asistió a velar las cenizas en la Plaza de la Revolución) y hasta la colocación de la urna en el cementerio de Santa Ifigenia. Junto con el libro, vimos también el conmovedor documental del mismo nombre; más tarde visitamos la magnífica sala de teatro donde tiene su sede el Estudio Teatral Macubá, de la actriz Fátima Patterson, y terminamos recorriendo la exposición colectiva montada en la hermosa galería del artista Alberto Lescay. Fue aquí donde hubo oportunidad para volver a dialogar con Expósito, como lo llaman todos, y tuve ocasión de repetir la pregunta que le había hecho el día anterior: ¿cómo ha sido posible esto? Porque si de algo no paramos de hablar después de recorrer Enramada esa primera noche fue del tipo de transformación que se había producido en la ciudad; en mi caso, la progresión desde aquella memoria de grisura hasta la sensación de caminar un mundo que vive, con vibración y fuerza, con esperanza.

La respuesta no es una, porque no hay recetas, sino más bien una suma de convicciones íntimas para la persona y el esfuerzo conjunto de un equipo cercano de colaboradores. O la respuesta es la forma en la que tales convicciones, mediante el trabajo, imantan (como mismo aquella conga de barrio imantaba) a colaboradores próximos, dirigentes y pueblo en general. La primera reunión de ese equipo de trabajo tiene lugar a las 6 de la mañana, pero media hora antes ya hay, todos los días, una veintena de personas esperando para hablar con Expósito; lo principal es que no son dirigentes, que su espacio tendrán en otro momento, sino gente “normal”, popular, con sus pequeñas demandas de vida pequeña, esas que para quien las padece alcanzan el tamaño del cielo. Expósito confiesa que pocas cosas le conmueven y satisfacen más que hablar con estas personas, tratar por todo medio de ayudarlos; a la misma vez, y como muestra de ese respeto al otro, señala que una práctica que lo caracteriza es siempre rodearse de personas de las que pueda aprender. Nos explicó que ahora, en el movimiento que han llamado “Santiago arde”, extienden ese espíritu de transformación —que es aspiración de belleza y mejor vida— a espacios humildes de la ciudad, como Chicharrones y San Pedrito, entre otros. Minutos más tarde, cuando pregunto por la familia, responde que, por lo menos, dos o tres veces diarias habla con ellos y que mantener esta conexión es parte de su agenda habitual, siempre que puede acompañándolos de modo personal. Mi hijo, por cierto, sacó el celular y se tiró un “selfie” con él.

Vi una ciudad transformada. Sobre todas las cosas, vi una ciudad. Vi gente orgullosa paseando por sus calles. La mayoría no daba crédito a nuestro asombro, pues no terminaban de creer que nosotros, provenientes de la capital del país, no tuviésemos comercios estatales con la creatividad, diversidad y calidad de los de ellos o arterias principales con la belleza del boulevard de Enramadas. En una esquina donde tocaba un conjuntico, Lescay se apoderó de las maracas y Jacomino se puso a repicar los timbales, Limia tiró unos pasillos que parecía un montador de fiestas de 15 y personas que pasaban solicitaron al Ministro permiso para tirarse un “selfie” con él. A lo largo del recorrido, que en su totalidad (desde Ferreiro hasta el malecón recientemente construido) suma 2,7 kilómetros, hay varios paneles electrónicos en los cuales es anunciada toda la programación cultural de la ciudad.

Claro que nada de lo anterior implica que la existencia sea fácil o haya que olvidar deficiencias o necesidades, pero me alcanza para sentir el fluido de las cosas vivas en barrio, ciudad y país.

Ciudad sorprendente y país sorprendente, entre el balanceo delicioso de la conga que atrapa y arrastra, y el recogimiento íntimo de la conversación imposible.