Creo haber contado ya los detalles de aquella noche de 1989. Ante la puerta de la sala Hubert de Blanck se agolpaba la crema y nata de la intelectualidad habanera, que acudía a la sede de Teatro Estudio para presenciar la confirmación de un mito. A tres años de su primera visita a Cuba, Eugenio Barba estaba en La Habana para impartir un taller en el gimnasio del ISA, y para presentar por vez primera uno de sus espectáculos ante nosotros. Con Roberta Carreri, la actriz italiana que encarnaba a una heroína del Viejo Testamento, se había dejado ver en Machurrucutu, en las aulas de la Escuela Internacional de Teatro de América Latina y el Caribe, y Oriol González le había confesado lo que mucho luego quisimos decirle: que ella era una de las grandes actrices que habíamos descubierto en los últimos tiempos, y que no olvidaríamos nunca su presencia imponente sobre las tablas. Se rió, me contaba Oriol, con esa sonrisa italiana que la acompaña y que forma parte de la leyenda. El Odin, en su llegada a Cuba, tenía rostro de mujer.


Fotos: Cortesía del Odin Teatret


La función de aquella noche casi mítica permanece en mi memoria. Cuando el Odin en pleno volvió a La Habana, en el hervor amargo del Período Especial, Judith regresó a la misma sala. Recordaba la bata roja, la cortina plateada, la silla blanca, la cabeza de Holofernes. Las acciones precisas, el rico trabajo vocal, las acciones procedentes del teatro asiático, las luces y las sombras que prolongaban durante una hora aquella breve historia, llenaron de intensidad nuestros recuerdos. Lo que hasta ese momento eran solo referentes en las fotografías, videos y lecturas que hacíamos de los escritos de Eugenio Barba, se corporizaba ante nosotros como una realidad que al tiempo que nos encandilaba nos dejaba ponerla en una cierta distancia crítica. Judith sedujo y molestó, cautivó y desconcertó a muchos. En una frase que tampoco se me olvida, Neysa Ramón dijo en la revista Bohemia que en el espectáculo la técnica avasallaba la pasión. No sé qué Judith vio la por entonces muy respetada comentarista. La Judith que yo recuerdo ardía en esas imágenes, y me explicaba de golpe todo lo que del teatro euroasiano y tantas cosas se discutían fervorosamente en esta Isla, adonde ya el Odin había llegado como otra isla flotante.

El tiempo del teatro se parece a la poesía. Actriz grande entre las que recuerdo, Roberta Carreri ha regresado para mostrar a los envidiables espectadores de Santa Clara su Judith, a 27 años de aquella que vimos en La Habana del 89. Y para revelarnos sus secretos en la demostración Huellas en la nieve, que también presentó en esta capital en 1994 y en el 2001, cuando el grupo retornó para presentar Mythos ante los cubanos. En la saga del Odin hacia nuestro país, Judith fue la primera carta de presentación. Puede que de ahí venga mucho de mi cariño hacia ese espectáculo, y el recuerdo tan nítido que sin embargo me hace envidiar a los nuevos espectadores que ahora lo habrán descubierto en Santa Clara y me hace añorar una tercera función, imposible acaso, en la que vuelva a ser aquel espectador de hace ya casi tres décadas atrás.


 

En su demostración de trabajo, Carreri se desplazó a través de las tres estaciones que han marcado su carrera, su aprendizaje constante, su búsqueda incesante en el dominio del cuerpo y la mente como materiales básicos en el trabajo del actor. Reaccionando a fuentes extracotidianas, a saberes de diversas culturas, procurando en las artes visuales códigos que luego reinterpretó en el salón de ensayo y desde el entrenamiento, la actriz se expone como un proceso infinito de texturas, de sedimentaciones, que intentan colocarla como un eje presente en el aquí y en el ahora voluble y sobresaturado que es la escena. Dominar todo ello, la escalera de la técnica, sin que la pasión disminuya o convierta al actor en un autómata demasiado perfecto, es cosa que ella explica desde su trabajo físico con objetos y elementos, y mediante varios de sus personajes: Gerónimo, que parece venir de la commedia dell´arte y el circo; Polly Peachum e Ivette Poittier, salidas de la cabeza incendiaria de Bertolt Brecht, o la propia Judith, que la acompaña como un segundo rostro, una segunda biografía, dondequiera que vaya. A lo largo de dos horas Roberta descompone, des-segmenta, combina, edita, replica y reajusta su biografía en función de expandir su cuerpo y su hoja de vida ante nosotros. Que lo haga dejando una sabiduría que también llega como acto compartido y no desde una cátedra fría, hace que la experiencia se multiplique en muchos otros estímulos, y nos recuerde que el Odin, más allá de su leyenda propia, de las décadas de trabajo intenso, de la distancia que nos separa de Holstebro y Dinamarca, lo integran personas, rostros, identidades que saltan más allá de las fotos de esos libros y de las secuencias de esos videos. Algunos de ellos, con Eugenio Barba como líder, nos han acompañado. No sé qué dirán estos espectáculos o esas historias tan particulares a los nuevos espectadores. A los miembros de nuestra generación, más allá de los gustos o disgustos hacia cada uno de los títulos de su repertorio, nos hablan desde una complicidad en la que también tenemos un sitio. Justicia poética, se dice de ello, cuando las cosas se organizan de un modo tan extraño, y acabamos siendo parte de una manera de ver el mundo en la cual un maestro, un personaje y una actriz hallan su modo de vivir en el aquí y el ahora que somos en cada reencuentro.

Volví a ver a Roberta Carreri y a sus personajes esta mañana en la sede de El Ciervo Encantado. Cuando al final de la demostración interpreta los minutos iniciales de Judith, reviví la intensidad de su entrega y mi memoria, de algún modo, se llenó de endorfinas, las sustancias que ella misma nos recuerda que el cuerpo produce cuando se enfrenta a un gran reto mental o físico. Le llevé el programa de mano de Judith de aquella primera noche para que me lo dedicara. Como un acto de fe y no de vanidad. Eres una de mis maestras, le dije, y no pedí más. Dejé a otros hacer los halagos y rendirle los tributos que una actriz de verdad merece. No soy parte de esa corte. Me toca la responsabilidad de guardar en mi memoria, como en un archivo ardiente, cada una de sus palabras y sus gestos. Cuando cierre los ojos, Judith bailará su danza letal en mi cabeza. Se me llenará la mente de esa cabellera revoloteante que tantos quisieron imitar y que solo ella muestra como una corona de aire y de sangre. El teatro nos graba, como tatuajes, imágenes en la memoria. En ese espacio de recuerdos e interrogantes, ella siempre será una provocación. Y una invitación al aprendizaje más intenso.