Marilyn Bobes

Tenía yo siete años cuando comenzó mi fascinación por el que considero el más grande de los actores cubanos del pasado siglo XX: Reynaldo Miravalles, que acaba de morir en La Habana a los 93 años y que, según el cineasta Gerardo Chijona, era “el campeón de las caras del cine cubano e hispanoamericano”.


Foto: Archivo La Jiribilla


Lo descubrí en mi infancia cuando asistí en 1962 a la proyección de Las doce sillas, un filme de Tomás Gutiérrez Alea donde Miravalles interpretaba al típico pícaro cubano, en la figura de un chofer que busca beneficiarse durante la búsqueda de unos diamantes en uno de los muebles confiscados a un aristócrata venido a menos por el triunfo revolucionario y representado por otro grande: el inolvidable Enrique Santiesteban.

Los personajes de Miravalles quedarán en la historia del cine cubano posterior a 1959 como los de mayor arraigo en un país que lo viera emigrar en los 90 hacia Estados Unidos, sin que perdiera nunca el vínculo con su tierra natal.

Puedo vivir en cualquier lugar —dijo—, pero mi patria es Cuba.

Y aquí filmó su última película: Esther en alguna parte, donde reafirmó para los incrédulos que a los 90 años era el mismo profesional capaz de permanecer en el celuloide con las credenciales que lo convirtieron en un ídolo para todos los cubanos.

Él, con sus dotes camaleónicas, sabía extraer de cada guion las esencias de los personajes a los que prestaba su rostro lleno de expresividad. Su figura delgada y alta se convertía en cada actuación lo mismo en el popularísimo guajiro Melesio que en el despiadado Cheíto León de El hombre de Maisinicú, quizá su mejor desempeño entre los muchísimos que supo regalarnos y que hoy forman parte del patrimonio inmaterial de la nación cubana.

He oído decir que no le iba muy bien fuera de Cuba. Pero no creo que fuera ese el motivo por el que regresó. Tal vez quiso morir en la tierra donde se le admiraba y se le quería, por ese sentido de la cubanía que era inseparable de su rigor artístico y de su carisma inigualable.

“Si tú no vives en tu país no hay un estilo de producción para que te seleccionen”, afirmó durante el rodaje de Esther en alguna parte. Al mismo tiempo, confesaba: “Si me ofrecen una película que no esté bien el argumento, tranquilamente no la hago, ni aquí ni allá”.

No sé cuántos papeles rechazaría. Pero tanto en la radio —medio por el que comenzó su carrera— como en la televisión, el teatro y el cine, dio pruebas de una versatilidad que lo hizo no encasillarse nunca: ni en la comicidad, donde era sencillamente genial, ni en lo dramático, donde se desempeñaba con la misma soltura e inteligencia creadora.

Lo curioso es que la primera vocación de Reynaldo Miravalles fue la pintura. Cuando tenía 17 años se matriculó en la escuela anexa de San Alejandro en el curso nocturno, pero su difícil situación económica lo obligó a abandonar esos estudios.

Ya en 1944 hizo su primera actuación en la radio y a partir de esa fecha trabajó en casi todas las emisoras de La Habana, destacándose entre sus actuaciones la que realizara para la serie humorística La gran Corte, que fuera luego llevada a la televisión.

Y a la televisión, que nunca abandonaría, se debe mucho de la gran popularidad de la que gozó siempre en esta Isla, aunque no debemos olvidar su paso por el teatro y su descollante interpretación en la obra de José R. Brenes Santa Camila de La Habana Vieja.

Guajiro, marginal, pícaro, anciano que busca a la mujer de sus sueños, nuestro actor era siempre distinto y el mismo. Se metía en la piel de sus personajes de tal modo que los hacía vivir aun después del instante efímero de su salida a escena o de su rodaje en el set.

Incontables son las películas del cine cubano posterior a 1959 donde su genialidad brilló y lo sostuvo en su autodidactismo frente a la técnica de otros que pasaron por las escuelas y nunca pudieron llegar a los lugares donde Miravalles llegó.

Quizá fuera su ya mencionado Cheíto León —jefe de un grupo de contrarrevolucionarios alzados en el Escambray durante la lucha contra bandidos— su actuación más célebre.

Para asegurarlo, bastaría con recordar que tres de las diez frases pronunciadas por este personaje figuran entre las diez más recordadas del cine cubano.

El director más descollante de nuestra cinematografía, Tomás Gutiérrez Alea, lo convocó una y otra vez para que formara parte de su elenco. De este modo pudimos verlo en la primera realización de Titón, representando a aquel humilde lechero que se ve involucrado de repente en la insurrección contra Batista, en el relato “El herido”, del largometraje Historias de la Revolución (1960).

También imborrables son sus actuaciones en la comedia Las doce sillas o en esa joya del humor negro e irónico de Alea: Los Sobrevivientes, o su desempeño como cazador de esclavos cimarrones en El Rancheador, de Sergio Giral.

Algunas personas piensan que el hecho de morir a una avanzada edad puede servir de consuelo para las pérdidas. Yo creo que nunca se vive lo suficiente cuando se han dejado huellas tan profundas en la memoria colectiva, como es el caso de Reynaldo Miravalles.

Dediquemos, pues, unos cuantos minutos de nuestras vidas para llorar por la desaparición física de un actor insustituible. Así veo a Miravalles. Y creo que así lo ven también los cubanos, estén donde estén. Porque este hombre nos pertenece a todos, como pudiera pertenecernos un familiar querido.

Día triste para la cultura cubana el 31 de octubre en que dejó de respirar.