A lo largo de mi trayectoria como crítico de arte tuve la oportunidad de intercambiar criterios, ideas curatoriales y editoriales con el entrañable amigo Rufo Caballero. Entre nosotros surgió un estado de complicidad que logró mantenerse a salvo de los inconvenientes y las tensiones propias del mundillo intelectual; que eludió el continuum, la linealidad, para manifestar sus verdaderas intensidades por periodos o disyuntivas históricas específicas. Pienso, por ejemplo, en esa etapa de experiencias expositivas de carácter didáctico o de tesis de los años noventa, cuando iniciamos los primeros contactos; en los compromisos periodísticos contraídos desde plataformas mediáticas como Revolución y Cultura, La Gaceta de Cuba, Arte cubano y Arte por Excelencias; en nuestra participación en coloquios nacionales o tribunales académicos; y en las tertulias teóricas de la galería Villa Manuela de la UNEAC, que juntos organizamos y que tanto público atrajeron. 

 Obra titulada Crepúsculo II. Foto: Ilustraciones de Agustín Bejarano
 

Fueron varios los artistas y las expresiones que sirvieron de pretextos para conciliar algunas de nuestras expectativas y criterios de valor. Esas concertaciones han quedado bien documentadas en exposiciones, artículos y libros monográficos. Agustín Bejarano fue uno de los principales artistas con los que mantuvimos una estrecha relación profesional; por eso me satisface mucho que él haya decidido dedicar esta última exposición suya, de cierto carácter retrospectivo, decantador, a la memoria del excepcional crítico de arte, y que me haya invitado a escribir unas palabras para el catálogo.

Cuando le pregunté a Bejarano sobre los motivos precisos de esa decisión de realizar un homenaje a Rufo, me comentó lo siguiente: “Han transcurrido 25 años de la muestra “Corte Final”, exposición que realicé en la galería de Luz y Oficios, y que contó con las palabras al catálogo del Doctor en Ciencias del Arte Rufo Caballero. Eran los pasos iniciales de su carrera como especialista cuando en el texto entabló una inesperada reflexión sobre mi obra, que nombró La Cámara del Eco, en la que reflexionaba sobre la valía de la obra de un artista a partir de sus logros tempranos. De cierta forma aludía el éxito que yo había alcanzado hasta ese momento con la serie “Huracanes” (1987-1989) y los premios adjudicados como estudiante del Instituto Superior de Arte. También por esa década (1997) obtuve el Gran Premio en el Salón Nacional de Grabado. Así que, por más de un motivo, esta exposición que ahora realizo adquiere un valor simbólico.”

Rufo Caballero y yo estábamos siempre al tanto de la producción artística de Agustín Bejarano, y escribíamos con frecuencia sobre su obra en catálogos y medios nacionales de prensa.

El libro monográfico que se publicó en el año 2006, y en el que también participó la reconocida especialista Caridad Blanco, constituye una prueba de la trascendencia fáctica de nuestros intercambios y prioridades indagatorias en torno a su trabajo. Yo he continuado escribiendo sobre la obra de Bejarano cada vez que se presenta una oportunidad, y aunque —como es lógico— mi vinculación a su trabajo ha ido adquiriendo nuevos matices y perspectivas, mis consideraciones acerca del valor de su producción visual no han sufrido cambios radicales. Sigo creyendo —como Rufo Caballero en su momento— que es uno de los artistas más originales y versátiles que dio el fin de siglo a la plástica cubana.

Ambos críticos fuimos seducidos desde el principio por la virtuosa imaginería del artista camagüeyano, por su inusual poética de las asociaciones visuales, erigida a partir de una relación inquieta y a la vez sublime entre lo clásico y lo contemporáneo. Reconocíamos su obstinada —y en ocasiones aberrada— inmersión en los artificios técnicos del grabado y la pintura, pero sobre todo sentíamos admiración por esa capacidad intuitiva que posee para inquirir en los acontecimientos, para lidiar con el acervo histórico del arte y sus modos de representación. Hay unas líneas redactadas por el propio Rufo Caballero en la década del 2000 que describen con elocuencia y matiz poético esa virtud innata del artista, notable desde los comienzos de su quehacer artístico: “Era espléndida la temprana madurez con que el creador observaba la autosuficiencia del mundo, su aleph intrincado y perdido. Lo entreveía, lo intuía, sin alcanzar a explicárselo. Era un mundo connotado, que no hallaba la palabra, el orden del raciocinio, la virtud de la filosofía.”

Certeras y premonitorias fueron las palabras de Rufo Caballero: claridad y turbidez, orden y caos en una misma dimensión de los presentimientos personales. Pero todavía seguimos comprobando la evolución de esa capacidad intuitiva de Bejarano desde los procesos técnicos y las metodologías artísticas, a partir del rastreo sistemático y detallado de las imágenes propias y ajenas, desde el recuento selectivo del dato epocal y el anecdotario, y hasta desde la exaltación memoriosa de lo aparentemente intrascendente. Es impresionante la capacidad que sigue teniendo Bejarano para retener nombres, fechas, personalidades y gestos socializados. La evocación, el recuerdo, son en la actualidad aliados incondicionales de esa potestad de discernimiento.

Obra titulada Olympus IV
 

Si antes ya se manifestaba así, ahora más que nunca los fundamentos de la obra de Bejarano siguen rehuyendo de lo doctrinario, de la especulación dogmática e “ilustrada”, para erigirse sobre sustratos o capas vivenciales, sobre inquietudes, observaciones y suspicacias, que quizás algunos de nosotros habíamos considerado retóricas o desestimadas. Otras densidades representativas y alegóricas —deudoras del repaso, del pastiche visual, pero también de la voluntad de emplazamiento— comienzan a mostrarse como ejes del ciclo artístico en el que se encuentra actualmente.

Bejarano me ha aclarado que la estructura de la exposición del Centro Provincial de Artes Plásticas se divide en dos partes: Una que se denomina “Memorias”, y es un compendio de obras de diferentes etapas de su trabajo, que denotan estadios importantes de su trayectoria hasta la actualidad; y la otra está conformada por conjuntos de pinturas sobre lienzos, realizadas recientemente, en técnicas mixtas sobre grandes formatos, y en la que se incluyen dípticos y trípticos. Esta serie la he titulado “Olympus”.

Sobre los antecedentes de esas últimas piezas, Bejarano me ha declarado: “Olympus” está inspirada en la serie anterior “Fronteras Humanas”, por la que Rufo profesaba una gran simpatía, y sobre la que escribió vehementemente para el catálogo de la muestra presentada en Toronto International Art Fair, en 2003. “Olympus” conforma el núcleo principal de esta muestra, que he titulado “La Cámara de Eco” (en conexión con las inferencias de Rufo), de corte neoclásico, dado la terminación de las columnas y personajes que se representan (a manera de estatuas) sobre pedestales y nichos. En su conjunto hacen referencia a ciudades utópicas, cargadas de una narrativa épica (con obeliscos, flores, estrellas y heráldicas); en la que se reiteran columnas que dan la impresión de que suben y bajan, que apoyan la diatriba filantrópica, y semejan las teclas de un piano o un macro-órgano de música, el mismo que simbólicamente nos acompaña durante toda la vida.”

No es menos cierto que estas obras recientes, que serán exhibidas en el Centro Provincial de Luz y Oficio, darán la oportunidad, sobre todo a los más jóvenes, de aquilatar los periodos y las obras más influyentes e innovadores en la carrera de Bejarano, pero encontraremos también —y ese es para mí el más contundente beneficio— nuevos derroteros, nuevas composiciones e imágenes que hablan con humildad, y hasta con asombro, sobre la gloria y la caída, el amor y el quebranto, la sujeción y la vehemencia; que ensayan, tanto para el tema del espíritu insular como para el de la escena cotidiana, doméstica, otros pedestales simbólicos de culto.