El artista siempre sueña lejos. Pone la meta en el confín del horizonte, donde no es posible alcanzarla. Gracias a eso muchas veces se levanta en alguna de las cumbres más altas, pero no siempre en la mejor cordillera. Muchas razones de todo tipo le enturbian el camino, y el artista mira alrededor y descubre una realidad más inmediata. Despierta del letargo del sueño deseado y erige su obra En tiempo real. Así se titula la última pieza de la compañía Danza Espiral, estrenada en el marco de la IX Jornada de Teatro Callejero en la ciudad de Matanzas. Durante esta misma jornada la agrupación también estrenó Variaciones del cubo Rubik, ambas con coreografía y dirección de Liliam Padrón.

En tiempo real trata de revisitar el espacio de ensayo de esta compañía desde hace diez años. Habla de una situación que preocupa y estremece. Llama la atención no por vanidad, sino por la necesidad de ser escuchados. En el año 2007, “después de ser expulsados por la inevitable restauración del Teatro Sauto”, la compañía se trasladó a un espacio “adquirido ilegalmente” en la calle Medio. Allí, “gracias a la tolerancia de las personas e instituciones” que han permitido su permanencia en el viejo caserón, Danza Espiral sigue ofreciendo su obra al público.


En tiempo real recrea las condiciones en que Danza Espiral realiza sus ensayos hace una década. Foto: Julio César García.


Próxima a cumplir 30 años de vida creativa ininterrumpida, la compañía se encuentra en una situación en la que literalmente el techo se les viene encima. Su último estreno pone en evidencia toda esta problemática de manera descarnada, pero sin renunciar al vuelo poético y a la polémica que han caracterizado sus obras. Al comienzo, el espectador recibe unos cascos protectores que bajo obligación debe llevar durante toda la obra. Hay un alto riesgo de que se desprenda un pedazo de techo y caiga sobre el público. Este casco se vuelve el recuerdo constante del peligro. Es el estigma más claro de las condiciones en las que trabaja esta compañía.

En esta entrega Liliam Padrón transforma su contexto en discurso danzado y son los bailarines los que, durante su coreografía, se derrumban una y otra vez. Al final del primer cuadro, los cuerpos caen sobre las mesas y el espectador siente el peligro cerca. Lo vive con la fuerza de cuerpos que se desmoronan ante sus ojos como en cualquier momento pudiera hacerlo el edificio.

Se ilumina el próximo espacio y se inicia el segundo cuadro. Un cuerpo prepara en una gran caldera algo especial. Incluye agua de mar y arena, y ya se intuye qué puede ser. Al fin levanta con sus manos una ciudad que se erige dentro de una palangana vieja. La ciudad pesa y el cuerpo baila con ella, y la abraza para luego ofrecerla a cada uno de los espectadores. Todos tienen oportunidad de tomarle el peso a la ciudad, ¡y cómo pesa! La obra en ese momento sobrepasa los límites del espacio de representación y habla de una casa común, la ciudad. Una casa que necesita afecto y cuidados. Una ciudad vieja que exige ser elegante. En ese momento pienso en Carilda Oliver Labra, y me anticipo sin saberlo al tercer cuadro. Allí las imágenes de la ciudad se confunden con la voz de la poetisa, que dice sus versos como aquel que tiene toda la ciudad en las venas. Al mismo tiempo, los cuerpos danzan estropeados por la madera descompuesta, por el óxido de las vigas, por los pantanos de agua putrefacta, por los pedazos de techo que amenazan. Los cuerpos recomponen la danza y no dejan de bailar. El público recorre el lugar subiendo y bajando por entre los escombros y los obstáculos. Aún llevan sus cascos puestos. No hay otra manera de permanecer allí. Sin embargo, el testimonio de los cuerpos y de cómo ellos habitan el espacio obliga a permanecer atentos. Ahora sabemos el peso de la ciudad. El peso de la condición intransferible de nacer en un lugar y sentirse parte de él.

En el cuarto más oscuro, al fondo de la casa, ocurre un momento mágico. La plegaria a la virgen toma cuerpo en todos los participantes. En un modesto rincón espera Cachita con su traje amarillo y su elegancia. Todos le hacen reverencia. Canta la voz del devoto y clama al cielo por un poco de esperanza. El público sabe que ha asistido a un testimonio desesperado. A un grito de respeto y amor propio. Han sido diez cuadros donde hemos podido recorrer toda la espiritualidad que sostiene en pie esas paredes. Todo el trabajo y la dedicación que son los pivotes del viejo caserón. Pero los apoyos se agotan, ya no pueden con el techo y necesitan ayuda. Necesitan a los amigos en su empeño por recomponer la casa y preservar la danza.