¿Además de verosímil una entrevista transcrita podría convertirse en “algo real y vívido”? Y lo peor es la parte de la introducción. Todo se dificulta cuando te has trenzado más de una vez en largos y buenos intercambios con el entrevistado. Se trata de Rafael de Águila (La Habana, 1962). Un tipo que se hace notar por su lengua. O su verbo. Rafael: un tipo sin pelos en la lengua, sin un mazo de cabellos que le enrede el verbo, o la lengua cuando se desata, ya sea el tema literario o político.  

Sí, han sido conversaciones con más de un punto generador de polémicas, pero sin el afán de trascender el terreno de lo privado o el coto más o menos cerrado de una fiesta entre amigos. Tenemos más de siete diferencias y seguimos apostando por no dejarlas en el fondo de una gaveta. Mejor así.
 

escritor cubano Rafael de Aguila
 “Ser escritor es una costumbre, un vicio, puede que una aberración”
Foto: Cortesía del autor

 

Reincido en la entrevista a pesar de lo que pienso de ella. Reincidir como entrevistador, simular un encuentro más o menos fortuito: en una fiesta, o en uno de esos días donde “traficamos” materiales del Paquete Semanal. Pero no. Se trata de otra cosa. De cortes y puntadas en las ideas que transitarán en el camino de ida, vía e-mail, empacadas entre signos de interrogación. Cortes y puntadas en las ideas que regresan a mi buzón resumidas en una respuesta.

“Ser escritor es una costumbre, un vicio, puede que una aberración”. Dice. Concuerdo con él, por supuesto. “Es, como sostenía Kant del arte todo, una finalidad sin fin.” En este punto no coincidimos del todo. Porque “esa finalidad sin fin” tiene una finalidad o un destino en el cual hay una o varias cabezas que, quizá, experimentarán una transformación, pequeña si se quiere, pero transformación al fin y al cabo.

“Pero uno desea ser escritor. Y se afana en ello. Así ha acontecido por siglos enteros. Así continuará aconteciendo”. Dice Rafael. Lo llamo por las iniciales de su nombre: RDA —las iniciales de un país que ya no existe, lo que resulta ideal, porque como diría Piglia “la literatura está siempre fuera de contexto y siempre es inactual”—. Y concuerdo, por supuesto, con este hombre de lengua afilada.

El punto final para el texto introductorio. Un punto final con el aliento del punto y seguido, aquel que le dará paso a las confesiones de una suerte de francotirador (solitario).

El jurado de cuento del Premio Casa de las Américas en la edición de 2018 determinó, por unanimidad, que tu libro era el ganador. ¿Qué significa para ti este premio?

Pues... aun no lo he aprehendido, no lo he metabolizado. Es de vasta trascendencia este Premio. De alguna manera signa e imanta la historia misma de la Literatura de la segunda mitad del siglo XX en América Latina. Por seis décadas ha persistido, contra viento y marea, como un símbolo.

En la misma Sala en la que se anunció el Premio respiraron los más grandes escritores del boom, allí debatieron como Jurados, allí elevaron su voz en históricas conferencias. Esos efluvios de alguna manera están todavía allí. Resulta impactante eso.

Un autor, desde luego, envía, con toda humildad, la obra que ha alcanzado a urdir, no se atreve a soñar. Cuando se anuncia que lo ha merecido... pues... el corazón deviene torpe tripa. Y se siente gran emoción. Se siente que el sueño se ha trocado realidad.

No podemos obviar, sin embargo, que algunas grandes obras —por fortuna hoy las conocemos, las admiramos— alguna vez han concursado en ese Premio para, extrañeza mediante, veleidosos que son Premios y Jurados, ser relegadas. Se gana un Premio, cualquiera que este sea, y no puede alejarse la muy rara sensación de que, tal vez, el Jurado haya errado. No son para nada infalibles los Jurados.
 

 No soy de los que colocan el punto final para no regresar jamás a lo urdido
 Foto: Cortesía del autor

 

No dejo de pensar que los muy vanos Premios se los inventamos a la vana realidad y que la realidad, esa dama mucho menos veleidosa, esa aventura que de veras encumbra o mediatiza, resulta escribir, hacerlo lo mejor que se pueda, exigirse todo y todavía más, hacerlo, además, enviando a los Premios al más vano y saludable olvido, ese sitio —harto merecido— que debe reservarse para todo cuanto resulte dudoso, falible o inseguro.

¿Cómo resumirías tu cuaderno de cuentos Todas las patas en el aire?

Todas las patas en el aire reúne 10 relatos. No soy un autor prolífico, lo sabes. Cronológicamente, en este libro aparecen relatos de los últimos 8 años. Algunos exhibieron estilos y formulaciones iniciales muy diferentes, sufrieron sucesivas reconfiguraciones en continuas revisiones.

No soy de los que colocan el punto final para no regresar jamás a lo urdido. Por el contrario, reviso minuciosa y empecinadamente una vez y otra cada texto, lo someto a una autocrítica feroz, lo coloco en barbecho, y todo ello no pocas veces por largos periodos, periodos en los que vivo tal vez más colgado de la historia urdida que respirante en aquella otra que cada día se vive.

Sospecho que la Literatura es mucho más estilo que tema. Tomemos Romeo y Julieta, una historia baladí, dos chicos que se aman. La grandeza reside en cómo sir William bosqueja la historia, desde su pasmosa genialidad. Puede escribirse la misma historia, el mismo tema: no alcanzaremos tales cotas.

Todo tema, por trivial que sea, puede ser tomado por un escritor de fuerza y llevado a las más altas cimas. Ello ensalza precisamente al estilo. Mi viejo tema, la preeminencia del “CÓMO se narra” frente al “QUÉ se narra”. Por ello este es un libro en el que deseé predominara el estilo. Temáticamente son historias que fluctúan entre las tragedias individuales y privadas y esas otras, las comunes o gregarias, imbrica esa dualidad, como las imbrica la vida misma, pletórica en imbricaciones.

No resulta para nada baladí la importancia del Premio Casa al menos en el ámbito iberoamericano. ¿Cómo describirías la situación, o la posición del escritor cubano en ese ámbito?

Es un premio nada despreciable para un cubano, para un latinoamericano. Cuba, desde siempre, ha sido una plaza fuerte en cuanto a Literatura se refiere. Sabemos lo señalado por Harold Bloom en El canon occidental, la cifra récord de autores cubanos liderando el área latinoamericana. Al día de hoy existen en Cuba más seres afanados en el arte de escribir que nunca antes. Si existiera el indicador CANTIDAD DE ESCRITORES POR KM CUADRADO pues quizá Cuba lidere ese acápite en el área. Impresiona, además, la enorme cantidad de autores jóvenes, jóvenes que en unos 10 años, tal vez menos, pueden llegar a ostentar los más importantes premios del patio.

El potencial literario en Cuba es extraordinario. Sin embargo, lo sabemos ambos, el escritor cubano se ve asediado por ciertas innegables problemáticas. Nombremos algunas: la no existencia de una crítica literaria especializada; los muy bajos derechos de autor; el nulo interés de editoriales extranjeras, salvo excepciones, en obras de autores cubanos que residen en Cuba; la desaparición de algunos premios literarios; la no existencia de obras recientes de autores extranjeros en el mercado del libro en Cuba, lo que aísla al autor cubano de lo que se escribe en el mundo hoy día, problemas todos ellos que pueden insuflar la idea de que el escritor cubano, residente en Cuba, puede crear en mitad de una suerte de coto cerrado, muy de espaldas a lo que ahora mismo se escribe en América Latina y en el mundo. Y todo ello marca.

Emerio Medina me decía, recientemente: “este premio, en el que lidió tu obra con más de 100 obras de todo el continente, obras evaluadas por un jurado latinoamericano, por demás, demuestra que la Literatura cubana no es inferior a la que se escribe en el Continente.” Desde luego, le asiste razón. Él ganó antes ese premio. Nuestro país es una plaza fuerte. El potencial literario al día de hoy en Cuba es extraordinario.

En una conversación anterior quise saber qué pensabas sobre la literatura cubana. Como bien dijiste, es un tema para una tesis. Han transcurrido casi 10 años de aquel diálogo, las emociones y pasiones desatadas por un libro, un autor, incluso por toda una generación de escritores pueden cambiar con el tiempo.

Todo autor es hijo biológico de sus padres pero, en tanto escritor, es hijo de la lengua que habla, del idioma en el que pronunció las primeras palabras. En el caso nuestro somos hijos de nuestro maravilloso idioma español.

Todo autor es también hijo de toda la literatura universal, de los más de 2 mil años de historia literaria que gravitan encima, que dejan su indeleble huella y marcan con sus influencias, pero, en especial, todo autor está marcado, a fuego vivo, por el sitio en el que ha nacido, el sitio en el que ha respirado y respira. Sobre el escritor gravita esa enormidad, la historia, la idiosincrasia, los hechos, la política, la economía, la religión, la cultura, todo lo que para un inglés puede significar ser inglés, para un ruso ser ruso y, en este caso, para un cubano ser cubano. Y es un peso monumental. A ello, ya significativo, se suma toda la Literatura, esa escrita por nacionales de cualquier país, sobre el suelo de ese país u otro suelo. No importa el suelo, importan las células.

Sobre todo autor cubano va a gravitar, en consecuencia, toda la literatura cubana, la escrita por compatriotas, sobre este suelo y sobre otros, sin importar la distancia. Y muy vasta y muy docta resulta esa gravitación.

Leyendo a Martí aprendemos a leer, aprendemos a amar la poesía. Ahí están Zenea, Plácido, Casal, la Tula, Villaverde. Ya en nuestro siglo nos llega el peso, enorme, de los canónicos Carpentier, Piñera, Cabrera Infante, Arenas, Lezama, Dulce María sin importar filiaciones ideológicas. Son monstruos sagrados. No sería la literatura cubana lo que hoy es sin ellos. Los reverenciamos, los respetamos, regresamos a ellos una vez y otra, y es que un escritor venera a sus mayores, de alguna manera ellos resultan surco y sostén, pedestal y fuente genésica.

Han trascurrido, como dices, 10 años, sin embargo pienso absolutamente igual. Desterrando todo mísero nacionalismo, manía de primates, como le llamara Borges, a la Literatura cubana, con orgullo y devoción, me debo. La reverencio y la respeto como los hijos reverenciamos y respetamos a los padres. Los tiempos pueden mutar, dejar de ser la misma agua bajo el puente, yo nunca dejaré de sentir como un escritor cubano.

Eres, sin lugar a dudas, un “tirador solitario”. La crítica no te sitúa al interior de ningún grupo literario o promoción de escritores. ¿Fuiste parte de alguno? A tu juicio, ¿qué razones pueden haber llevado a los críticos a no ubicarte en ningún grupo?

Lo primero a sostener —en lo que existe cierto consenso, además— resulta adelantar que en Cuba, prácticamente, no existe la crítica literaria especializada. La Academia, de manera inexplicable, se aísla, casi absolutamente, de la Literatura que se escribe hoy en Cuba. Váyase a saber las causas.

Los propios escritores reseñan la obra de los amigos —más bien la elogian— para, una vez resulten publicados tales amigos, recibir a su vez —en retribución— la correspondiente reseña / elogio. A eso se reduce la crítica literaria en Cuba, salvo excepciones. Y eso es, desde luego, en extremo lamentable.

La crítica literaria extranjera, y ello también resulta en extremo lamentable, se ha concentrado —no seamos absolutos, digamos mayoritariamente— en los aspectos politológicos de la realidad cubana, aspectos que se afanan en decodificar en las obras escritas en Cuba en los últimos 25 / 30 años desde la aparición misma de los llamados Novísimos a finales de la octava década del siglo XX y principios de la siguiente década. Este modus operandi se extendió a los análisis críticos acerca de la producción literaria de la llamada Generación 0.

Tómese al respecto la totalidad de los textos ensayísticos escritos por esa crítica extranjera especializada y se verá, mayoritariamente, que el análisis se concentra sobre elementos de corte politológico, ideológico —distopias, desencantos y otras alimañas—, y, muy escasamente, sobre elementos estrictamente literarios, lingüísticos, estilísticos. Y eso, desde luego, también resulta lamentable.

Recientemente, en conversación personal, te manifesté que, pese a los premios, la crítica jamás se ha ocupado de alguno de mis libros. La crítica jamás me ha situado en generación o grupo alguno, y esto sencillamente porque a la crítica jamás le ha interesado cuanto he escrito.

Tampoco yo me he sentido parte de grupo alguno —si bien por edad, momento histórico compartido, sitio en el que he vivido y creado, y otros elementos, de los citados por Petersen, por ejemplo, en función de clasificar a una generación literaria, coincido con los Novísimos—. Nunca fui, estilística o temáticamente, un Novísimo. Nunca escribí sobre jineteras, balseros, drogadictos, rockeros, matavacas, presidiarios, marginados. No constituyeron —ni constituyen— mi cosmovisión literaria.

Nunca he escrito, ni escribiré, sobre los temas que asediaron —y asedian— a la llamada Generación 0. No conforman esos temas mis obsesiones. Tampoco me sostienen los temas que mueven hoy a esa muy vasta y heterogénea generación de jóvenes menores de 30 años, generación que comienza a obtener los primeros premios en el panorama literario cubano, generación de la que la crítica literaria, hasta hoy, poco o nada ha escrito, desde mi punto de vista precisamente porque lo politológico se hace en ellos menos detectable, se hace materia inasible.

Uno de los grandes errores de toda taxonomía literaria resulta tomar por generación a un mero grupo, tomar la parte por el todo, incurrir en una metonimia. Una vez que se procede de tal suerte a privilegiar cierta taxonomía ello visualiza a aquellos que la integran para invisibilizar al resto.

Gilberto Padilla enuncia que los escritores cubanos están inmersos en lo que él denomina el Factor Cuba. Pero algo, o mucho, de ese Factor Cuba no solo signa, con fuerza, a los escritores cubanos sino que deja su huella, al rojo, en la crítica especializada, especialmente la extranjera, que una vez y otra gira alrededor del Factor Cuba, es decir, privilegia, en cuanto al análisis de la literatura cubana, el contexto politológico.

¿Qué ha significado para ti esa suerte de “invisibilidad”?

Indudablemente ha sido negativa y positiva. Negativa porque la invisibilidad se infiere negativa para todo creador. Tienes libros, tienes los mayores premios en Cuba, tienes el aprecio de tus colegas…, para la crítica, en cambio, no existes.

Jamás he sido invitado a foro alguno offshore, por ejemplo. Salvo Samarcanda, editorial extranjera alguna se ha interesado jamás en mis libros. No he logrado publicar jamás en algún medio de prensa extranjero, salvo en Sin Permiso, publicación de la llamada izquierda libertaria que admiro y leo asiduamente.

También ha resultado positivo, he de decirlo. Positivo porque escribo solo aquello que me place y complace. Escribo únicamente lo que emana de mi credo personal, no me adscribo a lo que puede ser tomado por “oficial”, tampoco a su opuesto. Me adscribo a mis propios y muy personales credos, a lo que constituye mi personal modo de ver el mundo, la literatura, la vida, la historia, el pasado, el presente, el futuro, escribo desde mi own cristal.

Soy bastante mayor para hacer concesiones, no las hago, no las haré. Soy, lo sabes, un hombre de izquierda, pero —edad, ética, verdad, civismo y auto respeto mediante— no estoy dispuesto a hacer concesiones tampoco en nombre de lo que alguien puede invocar desde ese credo. Deseo —y lucharé siempre— por ser libre de ejercer mi credo personal. El mío propio.

Un intelectual es, o debe ser, siempre, un ser absolutamente libre, libre hasta de la ideología que profesa. He de decirlo con absoluta franqueza, además: no se hacen concesiones para publicar, vivir mejor, hospedarse en Varadero, ganar premios, granjearse el favor de alguien o algo, tener dinero o viajar al extranjero. Concesiones ni a Dios, ni al Diablo, ni al Dios del Purgatorio, si lo hubiera. A nadie.

Tienes en tu CV el Premio Casa, el Carpentier de Cuento, el Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, el que convoca la revista La Gaceta de Cuba, también el Pinos Nuevos. Los anteriores forman parte del grupo de concursos más importantes del país. Más que un “tirador solitario” eres un “francotirador solitario”. ¿Cómo describirías no ya la posición del escritor cubano respecto del mercado editorial, sino la relación Institución vs. Escritor?

En Cuba, lo sabemos, se subvenciona la cultura, se subvencionan las publicaciones. No están esas publicaciones lastradas por el papel del mercado, de las ventas, de la rentabilidad, si se privilegiaran mercado y ventas quizá muy pocos lograríamos publicar en las editoriales cubanas.

Es cierto que los derechos de autor son paupérrimos, todavía más en mitad de la muy difícil situación económica, los altos precios de los alimentos, los precios en los mercados en divisa, el alto costo de artículos y servicios, en general. Y el escritor debe vivir, tiene casa, familia, necesidades, hijos. No solo de literatura vive el hombre. Crear en mitad de todo eso puede ser difícil, angustioso. Quizá eso pueda lastrar en algo a la literatura cubana actual, dañar, incluso, en términos de futuro, quién sabe. Roguemos para que no lo haga. Es dudoso que en mitad de la actual coyuntura los derechos de autor puedan mejorar. La economía y las finanzas lo signan todo.

No pocas veces la relación escritor-institución puede llegar a ser tensa. Urge reconocerlo. Ser francos. Pero las instituciones deben saber que no existen per se. Existen porque existen los escritores. Existen porque existe la literatura.

Pese las difíciles condiciones ahí están las Casas Editoriales en cada provincia, muchas de ellas en manos de escritores, como sucede con Áncoras, de excelente trabajo, como sucede con Ediciones La Luz en Holguín, también de muy meritoria y admirada labor, y no son las únicas.

Existen conflictos e insatisfacciones, cotidianos, en la relación autor-institución. En la medida en que las instituciones se vean afectadas por lo económico, por lo presupuestario, pues lógicamente la situación puede hacerse más difícil; puede disminuir la capacidad de acción, de movimiento, las posibilidades, y, ello, por extensión, impactará sobre los escritores. Toda restricción económica y financiera supondrá un golpe, de manera lógica, sobre las subvenciones que recibe la Cultura.

Puestos ya en el tema, ¿cómo definirías, o describirías, el trabajo de las editoriales cubanas tanto en el contexto nacional como el internacional?

Las editoriales cubanas, desde mi punto de vista y conocimiento, carecen de proyección internacional. Los libros publicados por las editoriales cubanas se venden, únicamente, en Cuba, salvo la presencia de un muy pequeño stand en algunas ferias internacionales del mundo. No obstante, al día de hoy, el trabajo de las editoriales cubanas quizá sea el mejor que en las actuales condiciones puedan permitirse.

Es destacable el alto nivel de calidad de impresión, encuadernación y diseño de las obras publicadas por no pocas editoriales de provincias. Ya nombré algunas: Áncoras, Reina del Mar, Ediciones La Luz. El nivel de entrega de sus directivos y editores, entrega personal, abnegación les lleva a vencer un cúmulo importante de barreras —materiales, financieras, logísticas, tecnológicas—. Son editoriales dirigidas por escritores, en las que laboran escritores, colegas que dedican a ello gran parte de su tiempo, en detrimento de la creación literaria, la de cada uno de ellos, y lo hacen por amor íntegro y cabal a la literatura cubana, esa es la única gratificación, el salario mismo, lo sabemos, no resulta apreciable. Es encomiable y admirable eso. Merece respeto. Los autores reconocen y admiran ese trabajo.

Si bien los derechos de autor son paupérrimos, las editoriales carecen de responsabilidad en ello. Ese es el presupuesto que se les asigna en medio de una muy difícil situación económica, de una innegable tensión presupuestaria y financiera.

¿Qué significa devenir escritor?

Ignoro las causales que hicieron llegar a otros a la Literatura. Cada uno debe tener las propias. En mi caso siempre deseé ser escritor. Tendría unos 10 años cuando después de leer Los náufragos del Liguria, de Emilio Salgari, comencé a escribir, en una libreta de dura tapa amarilla, Los náufragos del Victoria, vaya Dios a saber las causas de mi temprana grafomanía, no existían escritores entre mis ancestros.

Fue mi padre quien alimentó mi interés por la lectura, me ponía en las manos un libro tras otro. Mi padre creó en mí el hábito de lectura, de pensamiento, el amor por la cultura, por el conocimiento, por la historia, por la verdad, el debate, la ética. Una de sus frases, me la repitió muchas veces, era: “todo te lo pueden quitar, todo, menos lo que sabes”. Quizá fuera mi padre la etiología de mi manía grafológica.

Ya en la adolescencia, competíamos en la Escuela para saber quién escribiría las mejores composiciones. Por esa fecha una amiga, hoy médico, leyó algo de lo escrito por mí y me alentó a escribir. Siempre reclama esa amiga que no haya dicho yo jamás esto, ahora lo estoy diciendo.

Ser escritor es exactamente lo mismo que detentar cualquier otro oficio: ingeniero, actor, piloto, albañil, plomero, u oncólogo. Al escritor, al artista, en general, lo rodea la mística de cierto infundado romanticismo.

No hay absolutamente nada romántico en ser escritor. Cero místicas. Es un trabajo como cualquier otro. Un trabajo difícil, demanda dedicación, conocimiento, esfuerzo, sensibilidad, capacidad de observación y pensamiento, full time. Es un trabajo que demanda una dosis importante de soledad, un trabajo algo incierto además, puedes esforzarte 1 año o 2 en una novela y resultar finalmente un triste fracaso.

Se trata de dejar de vivir para sentarte, horas, días, meses, frente a la PC. Es una suerte de psicosis aislacionista en la que te preocupa más la suerte de los personajes que has urdido que cuanto pueda acaecer en la vida real.

No faltará quien te mire con ojos de desprecio, esos ojos con los que se mira a un bicho raro. No faltará quien te mire con desconfianza. No faltará quien desee manipularte, usarte, destruirte, seducirte, burlarte, humillarte, ningunearte, y en no pocas ocasiones en la Historia Universal golpearte, detenerte o asesinarte.

Balzac sostuvo que el escritor urdía la historia privada de las naciones. Otros han sostenido que deviene conciencia espiritual y crítica de su entorno, termómetro de la sociedad en la que vive, interlocutor de su aquí y de su ahora, a un tiempo agresor y acunador, violentador y tierno. Si bien ni una sola novela, poema o cuento ha tenido jamás poder alguno para cambiar el mundo, suprimes esos libros y vaya a saberse si el mundo, en la forma en la que hoy lo conocemos, alcanzaría a ser el mismo.

Ser escritor es una costumbre, un vicio, puede que una aberración. Es, como sostenía Kant del arte todo, una finalidad sin fin. Pero uno desea ser escritor. Y se afana en ello. Así ha acontecido por siglos enteros. Así continuará aconteciendo.

No es esperanzador el panorama literario para el escritor (cubano). Al igual que en las artes visuales, no basta la aptitud o la calidad y cualidad de lo escrito para insertarse en el mercado editorial. Hablamos de la existencia del “artista-empresario”, o el “escritor-empresario”, de aquel sujeto que sabe insuficiente autopromoverse en las redes sociales. Situados de plano en el siglo XXI, y conociendo tanto aquel artículo tuyo generador de no poca polémica y enemistades, como tu respuesta en aquella conversación que sostuvimos hace poco menos de 10 años, vuelvo a preguntarte: ¿pathos o marketing?

Reincido exactamente en la respuesta de entonces. Pathos, Ahmel, siempre pathos. Pasarán otros 10 años, si ello fuera dable, y, te aseguro, reincidiré en esa respuesta. Pathos.

Pasión, emoción, sentimiento, eso nos hizo y nos hace humanos. Podremos errar de la mano de esos sentimientos, ser movidos por ellos no nos salva en modo alguno del desvío o el desatino, pero vivir sin ellos no resulta deseable.

Todo lo verdaderamente grande en la historia del hombre ha llegado desde el pathos. Me temo que cada vez todo resulta menos pasión, más light. Se colocan bridas al sentimiento, a la emoción. Cunde hoy un pathos mediatizado, muy diet, y es desconsolador eso.

Por cierto, ¿cuál es la genealogía de autores y libros desde la que te interesa ser leído? ¿Cuáles son esos escritores y libros indispensables para ti?

La lectura es una suerte de religión para el escritor, un país en el que se mora, un vicio. Desde luego, todos tenemos preferencias y prelaciones. No juzgamos como artilugios cibernéticos, juzgamos con arreglo a ese misterio humano presente en cada faceta de la vida que es el gusto. Misterioso el gusto, no ajustado a dogmas, teorías, cánones o razones, bien lo dijo Pascal, posee el corazón razones y la razón las ignora.

La lista de preferencias puede ser larga: Saramago, Kafka, Mann, Hesse, Calvino, Cortázar, Borges, Paz, Faulkner, Bolaño, Hemingway, Camus, Dostoievsky, Vargas Llosa, Samuel Beckett, Carver, Kundera, Joyce, Coetzee. Entre los cubanos están Carpentier, Lezama, Virgilio, Cabrera Infante, Arenas. Faltarían otros, muchos, desde luego.

Observarás que escritores de vasto prestigio no aparecen entre mis preferencias, García Márquez o Proust, por ejemplo, y es que asoma el muy fatuo y misterioso gusto. Privilegio escritores cuyo estilo me resulta elegante, bello, cuidado, porque privilegio la estilística antes que a la temática.

Hoy día, me temo, el énfasis se dirige precisamente a lo temático, se descuida el estilo, el idioma, el fraseo bello. Desde mi punto de vista, la literatura es, en gran medida, estilo. No somos meros contadores de historias, las escribimos. Si las escribimos urge escribirlas bien, con la belleza rotunda y la gallardía categórica de nuestro materno idioma.

Obras... pues muchas, algunas cuyos autores, misterios los del gusto, no se hallan precisamente entre las preferencias citadas.

Por diferentes motivos, más de una vez me hablaste de tu abuelo mambí. Obtuvo el grado de coronel. En tus palabras de agradecimiento tras recibir el Premio Casa le dedicaste el galardón a tus amigos y a tu familia. Es muy fácil detectar el tema de la amistad y la lealtad en tu obra, a él has vuelto más de una vez. Centrémonos en la figura de tu abuelo, ¿te planteaste el reto de “traducirlo” a un texto de ficción? Es una vida que, por lo que me has contado, sería muy difícil condensarla en un cuento.

Mi abuelo fue el Coronel del Ejército Libertador Rafael Águila y Guiardiniú, Jefe de la Zona Sur de Matanzas, Brigada de Colón, en la guerra de 1895. Al ostentar ese cargo era, de hecho, General de Brigada, Brigadier, ascenso que nunca aceptó, que solo fue posible adjudicarle con carácter póstumo.

Infortunadamente no lo conocí. Murió en la década del 30 del siglo XX. De niño mi padre solía ponerme en las manos, sin balas, desde luego, el revólver de reglamento del Coronel, un Colt 45 Smith & Wesson Caballo Flecha, de cañón largo. De vez en vez se desplegaba en mi casa la bandera de la Brigada que comandara. Hace apenas unos años tuve el privilegio —erizante— de leer su Diario de Campaña.

Mi padre me educó en el devoto respeto a su memoria. Hace unos años fui invitado al Mausoleo que guarda sus restos en la ciudad matancera de Colón. Coloqué allí una ofrenda floral, guardé emocionado silencio ante aquel túmulo que contenía también los restos de todos los bravos que un día comandó.

Solía narrar mi padre, por las noches, hechos de la vida de mi abuelo. He intentado escribirlos, no lo he logrado, infortunadamente. Ojalá algún día me asista el talento para novelar la vida del Coronel Águila, un hombre en extremo temerario, no precisamente culto y, según parece, de muy pocas palabras.

El amor y la amistad son más que paisajes en tus cuentos, sin lugar a dudas devienen escenario de los conflictos. Sí, el amor y la amistad puesto a prueba por las circunstancias, por el rigor de una vida en un país con muchos problemas cotidianos, que no siempre puedes resolver por ti mismo. ¿Por qué?

Porque sin ellos, Ahmel, la vida se deshace, se desarma, se malogra. Sin ellos, sin el amor y la amistad, poco o nada valdría la vida. Los humanos no solo pensamos y fabricamos instrumentos, amamos, y lo hacemos de manera única, como especie, como seres vivos.

El amor nos signa, nos distingue. Todo lo que nos mueve y nos lanza y nos define lo hace por amor, sentimiento históricamente determinado, que ha mutado a lomo de los tiempos; los antiguos griegos patentaron diversas palabras para denominar, de acuerdo a sus divinas acepciones, diferentes modos de amar: Eros para el amor sexual, Storge para el amor fraternal, Phillia para el amor de hermanos, Ágape para el amor incondicional.

En Roma, un filósofo y orador de la talla de Séneca sostenía que amar a una mujer era algo vergonzoso, que el sabio debía desechar la pasión, no dejarse llevar a una relación pasional con una mujer. En la Edad Media, en Occitania, asoman los trovadores provenzales y he ahí que, fastuosamente opuestos a Séneca, nos inundan de amor. El llamado amor cortés. Parafraseando a Borges, somos occitanos en el destierro.

Pero el amor es hoy también, me temo, un sentimiento y una emoción en crisis. O quizá se ha degradado, como casi todo, a un amor light. Y si es light, Ahmel, deja de ser precisamente amor.

La literatura universal se desmoronaría, mero castillo de naipes, sin la fuerza genésica del amor. Shakespeare, Cervantes, Dante, Goethe, sus obras se levantan como paradigmas, como apoteosis del amor. Y si se habla de amor pues asoma el rostro de clown alegre y vivificante del sexo. No existen en el reino animal otros seres que salten al ritmo maravilloso y poético del erotismo, solo los humanos. Pero el amor, la atracción sexual, lastimosamente, resultan entes efímeros, finitos, parcelados en el tiempo, entes no precisamente volitivos. Surgen un día como por arte de birlibirloque. Y si magia benévola y tremebunda los hace surgir, magia nefasta los trastoca, los esfuma, los deshace. No están bajo nuestro humano control, Ahmel.

La amistad, si se cuida —como Saint-Exupery logró que aquel chiquillo inmortal cuidara su baobab y deshollinaba su volcán, si se es leal, ético, bueno, agradecido, solícito, memorioso, tierno—, durará toda la vida. Tomo al amigo sincero, nos dice Martí.

Por amores y amigos somos. Mas el amor no puede devenir dogma. Es ala y viento, no grillete y barrote. Es aire y no asfixia. Es libertad y no cárcel. Siempre he dudado de que los humanos seamos seres monógamos. Amor y monogamia no son sinónimos. ¿Por qué se afirma que es imposible amar a dos seres a un tiempo, a tres? Quizá todo cuanto aceptamos hoy normativamente como amor esté muy viciado de falsa moral, de castrantes y lastrantes convencionalismos sociales. Y ello nos adosa grilletes. Mordazas. Camisas de fuerza. Cinturones de supuesta, muy espuria e hipócrita castidad.

No somos castos, Ahmel. Somos seres sexuales y no es casta la sexualidad. Somos jurídicamente monógamos, y biológica, psíquica y sexualmente polígamos. Todos, o la muy vasta mayoría, lo somos. En mitad de esa enorme contradicción vivimos. O Intentamos vivir. En ese molde amamos. Sufrimos. Y si somos infieles lo somos por ser fieles a nosotros mismos. A nuestra propia y humana naturaleza. Esa enorme contradicción, en mucho, vaticino, contribuye a que no seamos precisamente felices. Quizá el futuro deshaga la contradicción.

Tomando en cuenta el panorama económico de un país abocado a transformaciones económicas que dinamicen la economía a nivel macro y microecómico, ese panorama en el cual además de restaurantes, hostales y bares privados existen productoras de cine independientes, galerías y estudios de grabación privados, y luego de tu análisis del sistema editorial cubano, ¿cómo valorarías la existencia de casas editoriales independientes?

En principio parece saludable. Si la independencia fuera total. Pero es tema escabroso, complejo. En el mundo, salvo excepciones —en México, por ejemplo, el Fondo de Cultura Económica es sostenido parcialmente por el Estado y resulta una institución sin fines de lucro, con el mayor potencial editorial en ese país—, las casas editoriales más poderosas no son estatales en modo alguno. Son entes privados, prefiero emplear la palabra privado, no independiente.

Independientes, desde luego, no son. Si bien no son administradas por Estados o Gobiernos forman parte de grandes consorcios, emporios, entorno en el que los últimos años han tenido lugar enormes megafusiones.

En el mundo moderno los Gobiernos, elegidos por todos, pierden cada vez más espacio frente a los grandes emporios, no elegidos por nadie. Y si los Gobiernos tienen intereses políticos e ideológicos, sin olvidar los económicos, los grandes consorcios tienen intereses comerciales, para ellos las ventas, el Dios Mercado, lo determina todo. Además de que un consorcio también tiene posición ideológica.

Si un libro no se vende no se publica, así de sencillo. De ahí tanta literatura light, tanta banalización, tanta seudocultura como pulula hoy. Los ejemplos sobran, he ahí Penguin Random House, regida por ese enorme emporio que es Bertelsmann AG, la mayor casa editorial del mundo, en 2013 se fusionan Bertelsmann y Pearson, dos enormes monstruos, les pertenecen unas 250 editoriales en los cinco continentes.

Tomemos la Editorial Planeta, primera editorial española, la sexta más grande del mundo, adscrita al Grupo Planeta, con participación en el negocio de la TV, de la Radio, de la Prensa, es propietaria de Editoriales como Seix Barral, Espasa-Calpe, con importante participación en la muy famosa Tusquets. La muy poderosa Harper Collins pertenece a ese otro enorme emporio que es News Corp.

¿Es independiente Harper Collins? Del Estado, desde luego, lo es. Si bien nuestros gustos determinan los libros que leemos son las Editoriales las que decretan qué libros se imprimen y se venden, y claramente, ni en Cuba ni en sitio alguno alcanzaremos a leerlos si las Editoriales no los publican.

¿Casas editoriales privadas en Cuba serían absolutamente independientes? Desde luego, lo serían del Estado cubano. Y ello sería ponderable. Toda independencia es ponderable. Pero... cabría preguntarse, ¿serían independientes esas casas editoriales de otros poderes? ¿Serían independientes, por ejemplo, del non sancto poder del Mercado?

En nombre de ganancias y rentabilidad, esos fetiches, en nombre del éxito financiero, ¿no comenzarían a editar y comercializar bazofia banalizante y banalizadora? Si mi deseo resulta banalizarme... ¿debe el poder estatal impedirlo? He ahí materia para todo un debate. Por otro lado, poderes fácticos extranjeros, poderes no precisamente literarios y para nada menguados ni menguantes, harían fluir millones hacia esas editoriales, podrían de tal suerte tales poderes dictar designios en materia de publicaciones, acorde, desde luego, a sus intereses.

Habría que analizar si resultaría saludable que esas editoriales, no obstante independientes del poder del Estado, pudieran perder la independencia al caer bajo la égida de otros poderes. Voto a favor de que las Editoriales sean independientes de todos. De unos y de otros. Sería ideal. Pero independencia del Estado, reincido, no se traduce, en puridad, como independencia.

Soy enemigo de toda ausencia de libertad. De todo dominio absoluto o monopólico, ya sea estatal o no. Soy enemigo de toda censura. De todo dictado acerca de lo que debo o puedo leer. De todo dogma.

Odio los monólogos. Rechazo la impuesta o insincera unanimidad. Soy profundamente democrático. En ese contexto, puedo favorecer la existencia de casas editoras independientes. Realmente independientes, repito, de unos y de otros. Este resulta un tema harto complejo. Al menos en lo que al panorama y al contexto actual se refiere.

Puestos ya en el final de la conversación, no te preguntaré qué es para ti “lo cubano” o “la cubanía”. Porque eres parte de eso, porque tus respuestas le dan forma, orden y sentido a un par de conceptos cuyos límites o fronteras son más o menos férreos, o más o menos movibles según cada cual. Mejor situémonos en otro asunto que, por supuesto, contiene ambos puntos. Hablemos de fundar, de la posibilidad de fundar, o mejor: de crear y llevar a la práctica. Si tuvieras a disposición lo necesario, o lo imprescindible, ¿qué harías?

Toda utopía ha devenido distopia. Las literarias, la de Platón, Tomas Moro, Aldous Huxley, Campanella, o Fracis Bacon exhiben facetas que, claramente, resultan repudiables. Mas llevados por el ideal de la utopía vivimos, soñamos, amamos y confiamos.

Si me fuera dable ser Dios, esa entidad en la que descreo, decretaría la felicidad de todos, la paz universal, el fin de toda enfermedad, el cese de toda muerte, la clausura unánime del dolor, del hambre, del desamor, de la pobreza, del odio, de toda forma de despotismo, tiranía, de cualquier abusivo y limitante poder, tenga el signo ideológico que tenga.

Y, por supuesto —voy a hacerte sonreír— decretaría el fin de esa hipócrita engañifa que es la monogamia. Nada de eso puedo, sin embargo. Soy un simple mortal. Y en cuanto a fundar algo material, tangible... no, paso. No tengo alma de fundador. Ya tengo una hija. Me regocijo con esa maravillosa fundación.