Nos moríamos antes de ir por primera vez a la escuela, antes de habernos puesto alguna vez un par de zapatos, incluso antes de balbucear la palabra “papá”. Eso sí, nos bautizaban como Dios manda. El cura decía: En el cielo, todos seremos iguales; no habrá ricos ni pobres.
 


Virgen, catedral de Remedios, Villa Clara.
Cortesía de Sonia Almaguer
 

Eran tantas las bondades del paraíso; sobre todo tan atractivas sus prebendas para los más sufridos, que el viejo mío decía no entender por qué los ricos se aferraban como lapas a la buena vida. A veces también decía: Caramba, se la pasan rezando por ganarse el comunismo del cielo; no sé por qué tanto lo combaten en la tierra. Por este y otros chistes cierta vez fue llevado preso al cuartel. El teniente lo miró ceñudo por sobre los espejuelos, y le dijo: Chicho, tengo información de que anoche usted estaba hablando mal del gobierno.

Mi padre, que nació esclavo de ciertas estéticas, cuando pillaba una paradoja o hilvanaba un chascarrillo jamás se los callaba. De modo que, sin pensarlo dos veces, le dijo: Mire, teniente, quizá la única noche que yo no he hablado mal del gobierno fue anoche. Y tuvo suerte. Quién sabe si porque al oficial le gustaban las décimas y las canturías como al viejo, o porque era un secreto a voces que ya Camilo y el Che estaban llegando a Las Villas, por esa vez libró.

Pero no todos tuvieron la misma fortuna. Por ejemplo, apenas un año atrás, el único médico que en Taguasco atendía a los pobres sin cobrarles fue asesinado por los guardias cuando quiso curar a un revolucionario.

Entonces nos quedamos con cierto doctor que cobraba cinco pesos por tan solo aplicar un estetoscopio en la espalda. Mi madre, que apenas cobraba uno por entallar un vestido, ahorraba medicinas “quitándonos el sol” con un vaso de agua en la cabeza, o curándonos el “empacho” con sobos de manteca caliente.

En verdad, parecía bueno morirse y así viajar a un sitio donde jamás habría dolor ni hambre. Vivir de muerto allá arriba, oyendo música y viendo aventuras y películas como en casa de Pepe el boticario, dueño de la única TV que había en el pueblo.

Quién puede hablarme de dolores a mí, que siempre tuve mala dentadura: “Eso es por falta de calcio”, dictaminaba mi madre, y, como no había leche, me daba de beber mucha agua de pozo. Dicen que aquel dolor me duró una semana, pero en mi recuerdo estuve como un año dándome buches de agua con sal. Mi madre no lograba clientela para su máquina de coser, y el sacamuelas exigía tres pesos por extraer la pieza. No le puedo fiar, decía el dentista, y la vieja lo miraba en silencio, conmigo por delante como garantía del cielo, bajo el Corazón de Jesús que estaba en el recibidor.

Como cierto día empezaron a darles casas a los guajiros, por un lado mejoré con respecto a mis primos. Por otro, sin embargo, estaba peor: por fin mis abuelos eran dueños de la tierra que tanto habían trabajado al 50%, y acostumbrados como estaban a medio comer, de pronto les sobraba algo. Así que los fines de semana me iba hasta allá para acumular reservas. Aún no tenían luz eléctrica, pero estaba mi tío Miguel que era como la radio.

Por las noches mis primos y yo nos íbamos a la punta de la loma para escuchar los cuentos de Miguel. Delante, a lo lejos, estaban las luces de Jatibonico; detrás, las de Taguasco. Mi tío decía que arriba no había dioses, sino que las estrellas eran luces de otros pueblos. Dibujaba calles y avenidas en las constelaciones, y cuando pasaba una estrella fugaz, decía: Miren, ahí va un chofer borracho.

Mi abuelo, en tanto, opinaba: Esos cuentos no son buenos para los niños. Sin creencias todo estará más jodido. A quién se le va a rezar para que llueva cuando toca. Cualquier día Dios los va a castigar. Lo mismo que mi padre, tío Miguel tenía el don de cazar dichos y paradojas; pero estas a veces se le dormían en la lengua. Luego, cuando el abuelo se iba, decía: No se preocupen, Dios nunca ha estado por estas tierras; quien estaba era el diablo y ha tenido que irse echando.

Un día llegaron unos buldócer y represaron el arroyo. Luego apareció un camión con una caja grande y, dentro de ella, había una turbina de petróleo. Nosotros nos quedamos lelos mirando aquel aparato enorme que serviría para llover justo cuando tocaba. El abuelo elevó las manos y dijo: Dios del cielo, hay que ponerle una vela a la Virgen, gracias Señor por tu bondad. A tío Miguel le brillaban más que nunca los ojos, pero otra vez mordió su lengua. Entonces fue mi padre quien sonriente comentó: Pues vaya prendiendo la vela, papá, que yo voy a hablar con el cura... A ver si nos dice cuál de los tantos santos fue mecánico de turbinas.