La impronta dejada por Evaristo Aparicio y su grupo, Los Papa Cuncún, en el mundo de la percusión cubana de los años 70 tendría su momento clave cuando deciden convertirse en una orquesta, en la que debutará el pianista Hilario Durán; pero para ese momento la atención de los bailadores y de los mismos músicos estaba en el trabajo de una charanga: La Ritmo Oriental.


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La Ritmo, como era llamada por todos, había sido fundada en los años 50 para formar parte del elenco del Cabaret Tropicana, no acompañando su show, eran la orquesta del Casino o del Salón Arcos de Cristal para eventos especiales. Para ese entonces su repertorio estaba más centrado en los danzones, el chachachá y aquellas músicas que pudieran deleitar a los asistentes a tan afamado sitio habanero.

Llegados los años 70, los intereses creativos de la orquesta son otros y se comienzan a reflejar en su incidencia en el gusto de los bailadores de ese tiempo. Cierto es que, como charanga al fin, habían asimilado los cambios introducidos por Juan Formell cuando crea los Van Van en 1969; del mismo modo que comenzaban a proyectar la experiencia escénica desarrollada tras muchos años en el mundo del espectáculo musical, algo en lo que asemejaban su propuesta a Las Estrellas Cubanas, dirigida por el violinista Félix Reina y donde cantaba Sergio Calzado.

Mas el plato fuerte de la Ritmo, además de sus temas que se convirtieron en éxitos desde la primera vez que fueron escuchados, era el trabajo de su sección de percusión. Hagamos algo de historia.

Primero fueron los temas, y para ello ningún momento es mejor que las fiestas de carnavales que, a partir de los años 70, cambiaron del mes de febrero al mes de julio y se las hizo coincidir con las fechas patrióticas de ese mes.

Los éxitos se sucedieron uno tras otro. Primero fue “Se baila aquí”; no había terminado la cresta difusora de este cuando se impone entre los bailadores “Mi socio Manolo” y por último “La chica mamey”.

Proponer tres temas en tiempos de carnaval y que el público apueste por ellos fue toda una osadía musical para esos años; sin embargo, el plato fuerte de sus presentaciones sería el diálogo que establecía su sección de percusión en los puentes de cada uno de esos temas.

Claro Bravo en la percusión, Daniel Díaz en las pailas y la batería, y Enrique Lazaga en el güiro comenzaron a desarrollar determinados conceptos rítmicos novedosos para ese entonces, sobre todo por el hecho de que el güiro dejó de ser un instrumento acompañante menor para asumir un papel más protagónico dentro de la orquesta; y aquí es justo reconocer que Lazaga había estudiado y asimilado la impronta de Gustavo Tamayo, quien había elevado el instrumento a la categoría de estrella en las grabaciones de los discos Descargas cubanas, que han sido considerados las primeras referencias discográficas del Latin Jazz.

Por su parte, Daniel Díaz modificaba las pailas, al agregarle un bombo, dos cajas y un juego de platillos, lo que no convertía al instrumento en una batería propiamente dicha; además, sus entradas, o break, o simplemente ponches, a los solos estaban más cerca del jazz que de la tradición charanguera (ya Blas Egües en los primeros conciertos de los Van Van había adelantado algo de esta forma de entender la música popular cubana, el son en lo fundamental).

Por último, Claro Bravo jugaba con el uso de las tumbadoras, aportando determinados toques de las liturgias abakuá y yoruba. La presencia de estos toques no era novedosa; desde los tiempos fundacionales del Septeto Nacional la rumba y una gran parte del universo mágico religioso afrocubano estaban presentes en la música popular cubana, lo que esta vez combinados con elementos del jazz y otras corrientes contemporáneas.

Era la Ritmo Oriental. La orquesta donde sus violines daban una nueva dimensión al son, diferenciándose del sonido de Formell y del resto de las charangas del momento; donde Luis Adolfo en el piano completaba la impronta del trío Díaz/Claro/Lazaga. La misma orquesta que años después tendrá en sus violines a dos jóvenes con muchas energías: Sergio David Calzado y Tony Calá; la que por más de una década marcó el paso y aportó a la percusión cubana tanto que en su momento los percusionistas en formación no sabían qué camino tomar: si el de la Ritmo o el de Irakere.

Con el paso del tiempo, la orquesta irá menguando su popularidad y sus percusionistas tomarán rutas distintas. De ellos solo Enrique Lazaga hoy se mantiene en activo; la percusión cubana no sería la misma para el futuro.

La Ritmo Oriental había cambiado todo. Tocaba el turno a Chucho y sus músicos; los cambios en la percusión parecía que no se detendrán en estos años y los subsiguientes; ahora, además de todo, entraba el bajo en el juego de la percusión.