La acción del Instituto Juan Marinello en los últimos tiempos es el resultado de una estrategia bien concebida para la indispensable animación del debate en nuestro medio intelectual. De manera sistemática, ha contribuido a socializar ideas, a rescatar figuras olvidadas y a ofrecer visibilidad a temas importantes de nuestra vida cultural. La publicación regular de las ponencias se convierte en acicate para prolongar la discusión más allá del tiempo y el espacio establecidos en cada convocatoria. Por mi parte, me dedico a perseguir los libros y concedo prioridad a su lectura.

En mi columna de Juventud Rebelde, he recomendado el prólogo de Eduardo Torres Cuevas a la reciente recopilación sobre proyectos culturales en la república neocolonial. Considero que el análisis del historiador cubano tiene alcances que desbordan, aunque incluyen, los enfoques dominantes en el mencionado coloquio.


En el Instituto Juan Marinello. Foto: Internet


Por mucho tiempo, hemos soslayado el estudio a profundidad de una etapa compleja, de indiscutible importancia para la comprensión de los antecedentes de la Revolución cubana. Algunos estudios aislados aparecidos aquí y allá en los últimos años abordan aspectos puntuales, sin lograr la cristalización de una perspectiva integradora. Prevalecen prejuicios de toda índole y se manifiesta en ocasiones la tendencia a aplicar moldes importados a los intentos de conjurar un acercamiento con falsos tintes de modernidad, ajenos a la realidad concreta de la isla.

En Cuba. Iniciativas, proyectos y políticas de cultura muchas ponencias sufren las consecuencias de tomar como premisa implícita la contraposición del papel del Estado y el de la iniciativa privada, enfoque que no corresponde al estudio de un país sometido a la dependencia neocolonial, monoexportador, dotado de un anémico mercado interno.

No se trata de una posición doctrinaria. Mi punto de vista se fundamenta en razones que figuran en censos y en estudios económicos de indiscutible objetividad. La intervención norteamericana encontró un país arruinado por la guerra y la reconcentración. En campos y ciudades, el panorama era pavoroso. La ruina de muchas familias patricias acompañaba la tragedia de las masas desplazadas.

La intervención norteamericana se tradujo en la higienización de la ciudad, en particular la capital, que modificó su rostro con inversiones en la construcción. Sin embargo, la instauración del latifundio azucarero en el este del país profundizó la miseria de los campesinos desplazados y transformó el sector productivo agrario. Después de una breve danza de los millones, las vacas flacas marcaron, en 1925, la crisis irreversible de la estructura económica. “Problemas de la nueva Cuba”, texto elaborado por una misión norteamericana un año después de la caída de Machado, corrobora este diagnóstico. La segunda guerra mundial no aportó una bonanza equivalente a la primera. El drama de Cuba fue ratificado por la misión Truslow, invitada un año antes del golpe de Batista por Carlos Prío Socarrás, siguiendo indicaciones del FMI.

En tales circunstancias no hubo inversiones de capital en el campo de la cultura.  A diferencia de lo sucedido en países como México y la Argentina, no se establecieron las industrias del libro y del cine, factores decisivos en este terreno. Escritores y artistas sobrevivían en extrema precariedad, obligados en muchos casos a ejercer otros oficios, cuando no arrastraron la miseria extrema como Víctor Manuel, Fidelio Ponce y Luis Felipe Rodríguez.

El lexema política cultural está conformado por el sustantivo política y el indicativo cultural. Se remite a un ámbito mucho mayor que el correspondiente a la ejecución de acciones puntuales. Es función intrínseca del Estado con el propósito de asegurar hegemonía. Así lo entendieron los Borbones. También se desarrolló en los países capitalistas, donde se ha comenzado a desmontar con el auge del modelo neoliberal. Englobaron la educación, medidas de protección al patrimonio, regulaciones urbanas y variadas formas de subvención directa e indirecta a las artes y las letras. Aun en los casos de aparente inhibición relativa del gobierno, como en los Estados Unidos, interviene en el modo de aplicar impuestos a las grandes fortunas y a los derechos de herencia. En el contexto cubano, lo recomendable sería diseñar lineamientos aplicables a la educación, al turismo, al trabajo de los medios y a sectores de amplia repercusión social. En el mundo en que vivimos, la batalla ideológica que concierne a Cuba y a la América Latina se libra en el terreno cultural, en el sentido más amplio del término, sobrepasada ya la reduccionista concepción que la limita a las bellas artes y las bellas letras.

Si abandonamos el referente eurocéntrico en estos procesos, se precisa tener en cuenta la repercusión de la Revolución mexicana en las expectativas del medio cultural. El diseño propuesto y ejecutado por José Vasconcelos en el país vecino se convirtió en paradigma de lo que había de hacerse. Incluía, desde luego, una campaña de alfabetización.


El prólogo del libro está a cargo del Doctor Eduardo Torres Cuevas. Foto: Internet


La creación de una dirección de cultura del Ministerio de Educación fue una bien intencionada aunque tímida iniciativa, dado el escaso presupuesto asignado en esta dirección. En este sentido, el libro reconoce con justicia la obra de José María Chacón y Calvo, auspiciador de un proyecto de publicación de clásicos cubanos. En cambio, en la rectoría de Guillermo de Zéndegui, el Instituto de Bellas Artes recibió un suculento subsidio para legitimar la dictadura de Batista y enmascarar la represión existente en aquel entonces. Fue un intento por cooptar a los intelectuales que, en general, se resistieron al proyecto. Baste recordar los escándalos promovidos en torno al Ballet de Alicia Alonso, a la Bienal de arte y a la Cinemateca.

Las categorías económicas exigen mucha precisión. Hay características sustanciales que diferencian lo que, de manera genérica, puede caer en el campo de lo privado. Están las iniciativas sin fines de lucro constituidas por redes de colegas y las que, con distintos grados de apoyo estatal, se vierten hacia la filantropía. Al primer grupo corresponden empeños como los del Minorismo y, más tarde, los grupos que sostuvieron revistas y colectivos teatrales. Otra opción se concretó en sociedades como ProArte Musical, el Patronato de la Filarmónica, el Patronato del Teatro y el Liceum.

Por haber tomado parte ocasionalmente en el debate, me detendré en algunas referencias al entorno teatral de los 40 y los 50. En aquel entonces, solo recibió apoyo institucional el Teatro Universitario. Dispuso de ciertos recursos tomados del magro presupuesto de nuestro primer centro docente. Las restantes salas y salitas sobrevivieron gracias al sacrificio de sus animadores y al empeño de unos pocos amigos. Al despuntar un público potencial, los teatristas diseñaron dos estrategias complementarias. Una de ellas privilegió la conquista de núcleos crecientes de espectadores estables. Ofreció un repertorio que no transgrediera en exceso los códigos establecidos. Por otro lado, se mantuvieron algunos puristas que contaron tan solo con unos pocos seguidores. Se distribuyeron geográficamente entre el Vedado y las fronteras de la Habana Vieja, refugio de los más austeros. Morín y su Prometeo, Adela Escartín en Prado 260 y Adolfo de Luis en Galiano. Este último protagonizó una rocambolesca aventura, al escapar por una ventana al acoso de sus acreedores.

Solo la voluntad de los teatristas mantuvo viva la presencia de las llamadas salitas en los 50 del pasado siglo. Aun aquellos espectáculos de permanencia más sostenida y de mejor acogida por parte del público, no lograron garantizar utilidades. No lograron la profesionalización de los participantes. Con entradas que no sobrepasaban el precio de una sesión de cine, con las pequeñas dimensiones de las salas, situadas en una zona de la ciudad sujeta a una intensa especulación con el valor del suelo, tenían que abonar altos alquileres, cubrir gastos de aire acondicionado, electricidad.

En Neptuno, el proyecto de Teatro Estudio consagraba sus mayores empeños a la formación del grupo según orientaciones estéticas e ideológicas renovadoras. Para seguir existiendo, debió contar con el apoyo generoso de Raquel Revuelta, que recibía considerables remuneraciones al contratarse con exclusividad para el Canal Seis de la Televisión.

En la escena, al igual que en otras manifestaciones de la creación, dominaba la aspiración a obtener un respaldo estatal que garantizara la continuidad de la obra y el acceso progresivo a zonas cada vez más amplias de destinatarios. Por eso, al producirse el triunfo de la Revolución, el respaldo a la recién fundada Dirección de Cultura del Ministerio de Educación fue unánime. Ahí están, como prueba testimonial, las declaraciones conjuntas y las expresiones individuales, que cubrieron un amplio espectro de personalidades.

Tema delicado resulta configurar las políticas culturales existentes en todos los estados, desde los tiempos remotos en que Mecenas estaba al servicio del emperador Augusto, con el propósito de conjugar los esfuerzos gubernamentales con los que dimanan de otras iniciativas individuales o colectivas. Es terreno resbaladizo porque, al faltar las definiciones conceptuales, puede asomar la tentación de contraponer al Estado la primacía del mercado. En la república neocolonial, el mercado operó en la radio y en la televisión. Las transnacionales de la música actuaron según el diseño específico de cada una.

Después de la caída de Machado, la Universidad rescató del proyecto histórico de reforma la vocación extensionista, rasgo propio de las universidades latinoamericanas después del movimiento iniciado en Córdoba en 1918. En esa dirección emprendieron una labor editorial meritoria, patrocinaron Teatro Universitario, las sesiones de cine orientadas por José Manuel Valdés Rodríguez y las escuelas de verano. ProArte Musical edificó el Auditorium, hoy Amadeo Roldán, y trajo a la isla a los mejores músicos de la época. Ofreció el espacio en que surgió el proyecto artístico de los Alonso. Su programa se centraba en las expresiones más refinadas procedentes de Europa y los Estados Unidos. Con algún respaldo estatal, el Patronato de la Filarmónica contribuyó al precario sostenimiento de la Sinfónica. En ocasiones, intervino erróneamente en temas de repertorio, marginó zonas de la creación nacional y propició la salida de Cuba del excepcional director Erich Keiber, causante todo ello de una resonante polémica de la época. Patronato del Teatro fomentó representaciones regulares de espectáculos, siempre que mantuvieran prudente distancia de tentaciones demasiado experimentales.

El Lyceum merece un párrafo aparte. Colocaba a la mujer en el centro de la vida cultural. El sector más influyente de su membresía estaba formado por profesionales con experiencia en el mundo del trabajo. Algunas habían participado en la revolución antimachadista. Desarrollaron una política abierta y desprejuiciada, aunque no se mantuvieron en neutralidad aséptica. Eludieron cualquier contaminación con los gobiernos corruptos y con la dictadura de Batista. Acogieron, en la medida de sus posibilidades, al exilio español. Similar conducta asumieron con los perseguidos de América Latina. Se comprometieron de lleno al ofrecer la totalidad de la instalación a la muestra titulada Homenaje a José Martí, que ofrecía digna respuesta de los artistas a la Bienal convocada por Franco y Batista.

Aplaudo la convocatoria a debates, multiplicada su socialización al cobrar forma de libro. Es una tarea que el Instituto Juan Marinello ha emprendido con rigor y sistematicidad en un esfuerzo conjugado por estimular la investigación, difundir conocimientos y propiciar un clima de debate. Recomendaría tan solo mayor énfasis en asuntos conceptuales de primer orden y sugeriría a algunos estudiosos no confundir objetividad con descriptivismo.