Gran parte de los buenos libros que leemos durante nuestra vida están fundamentados en una sencilla pregunta: ¿qué pasaría si…? Esta frase tiene la maravillosa capacidad de abrir infinitas puertas al universo de la fabulación; es la justificación ideal que adoptan muchos autores para desplegar las alas de la imaginación y construir versiones complejas, sugerentes y críticas de la realidad.

¿Qué pasaría si, en las pizarras de una secundaria básica cualquiera, aparecieran unos ángeles dibujados con tiza? He aquí la peliaguda interrogante que articula la más reciente novela de Enrique Pérez Díaz publicada en nuestro país.

Portada Los ángeles de tiza
Portada Los ángeles de tiza


Nuevamente, este reconocido autor opta por poner el dedo sobre la llaga y desplazar nuestra atención hacia disímiles problemáticas que, en los entornos privados y académicos, afectan a los jóvenes de hoy. Familias disfuncionales y monoparentales, carencias económicas y afectivas, abuso sexual hacia las niñas, pérdida de valores, conflictos filiales, errores de la mala pedagogía: estrechamente vinculada a la ya antológica Escuelita de los horrores (reeditada en fecha muy reciente por la Editorial Gente Nueva como parte de su Colección 21), Los ángeles de tiza explora un amplísimo abanico temático que rechaza otros tópicos difíciles de tratar, entre ellos la religión, la espiritualidad, el divorcio y la muerte. Por su parte, el humor “enriquiano” (a veces discreto y flemático; en otras, irónico y cáustico) es una constante en toda la narración, que se caracteriza por un ritmo ágil y suficiente, sin descripciones excesivas ni diálogos complejos.   

Cada vez nos percatamos con mayor tristeza de la vacuidad, la abulia y el no-ser ni estar que afecta a muchos de nuestros adolescentes y jóvenes. Nos enfrentamos a una generación insustancial y altamente tecnologizada, con muchas más posibilidades de las que tuvieron nuestros padres y abuelos, pero que no sabe en qué invertir sus días, y mucho menos establecer prioridades capaces (¡oh, frase manida pero útil!) de hacerlos “alguien en la vida”. Es, por consiguiente, una generación que no sabe a dónde va, cuyos algoritmos conductuales se fundamentan en la utilidad y el hedonismo más descarnados, y que muchas veces se limita a repetir frases, asumir poses y apropiarse de símbolos sin comprender sus esencias ni significados.

A esos muchachos les habla Ariel, el ángel luciferino (o sea: portador de luz) que aparece en esa secundaria cualquiera, y las consecuencias no se hacen esperar. Más temprano que tarde, el orden académico, anquilosado en un nudo burocrático cuyos gestores intentan defender a toda costa, es cuestionado y subvertido por presencias sobrenaturales que ponen en crisis un amplio surtido de métodos pedagógicos ulcerados y actos de violencia física y psicológica. Por consiguiente, esta novela no solo llama la atención sobre la forma en que piensan y se comportan muchos de los adolescentes cubanos. Al mismo tiempo, devela esos mecanismos “educativos”, emergentes pero ineficientes, que dejamos invadan nuestros centros escolares sin reparar en su labor corrosiva ni alzar una mano para contrarrestar sus nocivos efectos. Esto significa que Los ángeles de tiza es (como gran parte de los libros rubricados por Pérez Díaz) un relato sin edad, al que pueden acercarse todos los miembros de la familia.

“Por favor, dibújame una oveja”, pidió el Principito al aviador en mitad del desierto. En otras palabras: dame la posibilidad de limpiar los abrojos que crecen en mi planeta, de mantener a raya las devastadoras raíces de la desidia, la apatía, el autoritarismo y los impertinentes no-se-debe, no-se-puede, ni-se-te-ocurra. Yo repito la frase de cortesía y solicito a esa mano tan artística como anónima que deambula por la Secundaria Básica X: “por favor, píntame un ángel”. O quizás varios (mientras más, mejor), pero que sean alegres y ruidosos, aventureros y contestatarios, capaces de corregir la línea de tiro y (en plena urbe signada por zonas Wi-Fi, redes sociales y reguetoneras solteras) mostrar a las nuevas generaciones dos o tres alternativas, tan sencillas como viejas, ideales para el crecimiento intelectual y emocional: leer un libro, hacer un amigo, contemplar el mar, perseguir una meta, soñar un camino…