A Oscar Fernández Estrada, doctor en Ciencias Económicas y profesor de la Universidad de La Habana, nada tengo que reprocharle —menos aún improvisación y extensión—  por el comentario [1] con que honra a mi artículo ¿Bombas de tiempo millonarias en Cuba? . Sí percibo, por el contrario, ideas sedimentadas.

Agradezco el respeto con que me trata —lo cual habla de su calidad humana y profesional: de lo respetable que él es— y la consideración con que se refiere a mi texto. Hay algo que sí estoy dispuesto a reprocharle por las claras. Al inicio de su comentario anuncia que expondrá “algunos breves elementos, tal vez discrepantes”, por lo que me hizo pensar en la posibilidad de una polémica, pero me dejó con las ganas.

He releído su comentario, y no hallo de donde prenderme para un debate que me habría reclamado altura, dada la del contrincante. Veo argumentos que fundamenta, motivado quizás por mi artículo, cuya lectura por su parte vendría a tener si acaso esa razón. No obstante, aunque hubiera sido únicamente por eso, yo me alegraría de haberlo escrito, solo que la mayor satisfacción se la sigo debiendo, al hecho de haber expresado ideas y preocupaciones que mantengo con igual grado de convicción que al escribirlo.

No pretendo pasar ni de lejos por especialista en economía, mucho menos compararme con todo un profesional en esa materia, que tampoco menosprecio. Pero no creo que sea erróneo distanciarse del pragmatismo economicista, que no equivale a economía, como sociología no es homónimo de sociologismo, ni biología lo es de biologismo. Y dejemos ahí los ejemplos, para no llegar a imaginar un extremo, como la diferencia entre matemática y matematicismo.

Rechazar el pragmatismo economicista no es razón para que metan a uno en el saco del “subjetivismo politicista”, aunque haya quienes reaccionen con mayor energía contra ese otro mal, quizás por la convicción de que lo hemos padecido durante años. En ese punto pudieran tener particular derecho a sangrar por la herida los economistas revolucionarios que tengan razones para sentirse desoídos.

La política y la economía tienen sus espacios, y no desconectados entre sí: la sociedad necesita una buena aplicación de la economía política. De un extremo no se libra quien se ubique en el extremo opuesto, sino quien logre el equilibrio necesario, aunque este sea harto difícil de alcanzar y no esté en las manos individuales de nadie, por muy sabio que sea. Quién sabe si el equilibrio perfecto es un don reservado para manos divinas o angelicales, pero esas no las conozco. Me pregunto si existirán.

Ahora bien, si el mercado ha sido satanizado probablemente lo haya hecho la realidad misma, no quien escribe estas líneas, a quien le es ajeno el uso, con semejante fin, de la imagen “asesino de niños”. En más de un texto he sostenido que si la sociedad de mercado es diabólica, la solución para librarnos de ella no la daría —no al menos en el mundo conocido—, una sociedad sin mercado. Esta, si fuera posible crearla, olería de antemano a parálisis sepulcral.

Pero no iba por ahí el artículo ¿Bombas de tiempo millonarias…? , una de cuyas ideas está presente en no pocos otros textos del autor: el peligro de la corrupción creada en la esfera de la propiedad social, o sea, en instituciones, funcionarios y autoridades estatales. Como incontables autores, en varias páginas me he referido a la necesidad de aprender de las deformaciones que minaron y acabaron por destruir el socialismo en la URSS y en el campo socialista europeo. En esas tierras el cambio de rumbo hacia el sistema capitalista corrió parejo con el apogeo de una mafia que catalizó el cambio y no fue importada ni fabricada precisamente desde el exterior, sino de producción interna.

Nada debe descuidarse en un proyecto social que merezca respeto, y menos aún si se quiere construir algo tan complejo y grandioso, y aún no logrado plenamente en ningún sitio del mundo, como un verdadero socialismo, que puede tener en su contra hasta la pésima imagen que acabó teniendo el llamado socialismo real. Según lo dicho por Fernández Estrada, urge prestar atención a una entidad como el Grupo Empresarial GAESA, en torno al cual muestra tener información suficiente para que sus advertencias no se echen ni se dejen caer en saco roto.

Nada debe descuidarse en un proyecto social que merezca respeto. Foto: Ilustración: Laiguanatv
 

Lo que llevo dicho me da pie, sobre todo, para reiterar que no hallé realmente las discrepancias que me habrían movido a la polémica. Según avanzaba en la lectura, fui coincidiendo, por lo menos, en los puntos fundamentales, incluido el criterio de que no es riguroso plantear con simpleza problemas que se las traen.

Podría terminar aquí, pero añado que mi gratitud es mayor, porque Fernández Estrada no necesitaba pie alguno para tratar ángulos del problema no tratados, o acaso ni rozados, en un artículo con el cual, aunque dedicado a ella, el autor no intentó retratar a la sociedad cubana en su totalidad, lo que habría sido presuntuoso. Y está claro que nuestro Estado necesita transformarse, para mantener su rumbo socialista y alcanzar mayor eficiencia. Ese propósito reclama fortalecer y cuidar la empresa estatal, para que esta cumpla su cometido y pueda mantener una relación productiva y sana, eficiente y honrada con el sector privado, relación que se tuerce si no se tiene acertadamente como brújula, sobre bases éticas firmes, el carácter social del proyecto que se intenta construir.

 

Nota:
 
[1] Comentario enviado a La Jiribilla por Oscar Fernández Estrada y publicado en ¿Bombas de tiempo milenarias en Cuba?
 
A debatir sobre los peligros del "economicismo"!
 
Estimado autor, partiendo de un inobjetable respeto a su trayectoria y solidez intelectual y respetando aún más su opinión como individuo, deseo sumar al debate sobre su artículo algunos breves elementos, tal vez discrepantes, que me he animado a escribirlos desde el móvil sin tiempo para revisar y resumir —ruego se me perdone por ello—.

1. Muchas veces cuando se enarbola al supuesto "pragmatismo economicista" como peligrosa tendencia que intenta imponerse en Cuba desde algunas esferas, se parte desde un profundo desconocimiento o subestimación de la ciencia económica. Podría decirse de igual forma —y no recuerdo haber leído esta alerta— de los peligros y las nefastas consecuencias de un "subjetivismo politicista" que hemos padecido durante muchos años que ha borrado, desconocido y estereotipado muchas propuestas rigurosas y audaces desde la ciencia económica realizada por nuestros académicos cubanos —por cierto, de una vocación socialista tan indiscutible como la de los médicos que van al África o los linieros que se movilizan con los huracanes—. Las opciones, por lo tanto, no pueden reducirse a una simplificación tan superficial: lo que existe hoy en materia de sistema económico —como quiera que se le llame— vs la opción capitalista privatizadora de las conquistas de nuestro socialismo que vendería el país a las trasnacionales y dejaría desamparado a nuestro pueblo trabajador. No es riguroso plantear el problema con esa simpleza. Hay muchos, muchos espacios de transformación de nuestra totalmente disfuncional concepción económica —disfuncional sobre todo para desarrollar las conquistas socialistas—, muchas opciones para transformar una muy mala forma de administrar nuestra economía —y no me refiero a los funcionarios consagrados del MEP sino al modelo en el que están entrampados— sin que a nadie se le ocurra entregar las riquezas del país a las manos del gran capital.

2. El socialismo en la URSS no lo destruyeron los cuentapropistas devenidos en empresarios millonarios, sino que fueron los funcionarios del Estado y el Partido —promovidos a sus puestos durante años por un sistema muy parecido al nuestro y con opciones casi nulas de escrutar su gestión muy parecidas a las nuestras— los que se empoderaron y de hecho empujaron el socialismo por el caño. Siguiendo esa comprobada experiencia diría que todas las alertas de nuestra intelectualidad socialista deberían centrarse mucho más en denunciar peligros potenciales más tenebrosos como la inverosímil y ascendente concentración de poder en el Grupo Empresarial GAESA, de la cual el pueblo trabajador no tiene ni la más mínima idea, pues los medios no hacen la más mínima referencia y sus máximos directivos, a diferencia de los de los restantes sectores, no figuran como diputados en la Asamblea Nacional, y ni siquiera son nómina del Comité Central del Partido.

3. El sector privado en el socialismo cubano debe tener su espacio y el cooperativo más. Y el Estado Socialista cubano tiene que transformarse para adaptarse a su existencia, aprender a encaminarlos, a influir sobre ellos, y a establecer alianzas estratégicas de largo alcance. El sector empresarial estatal tiene que mantener su espacio. No tiene por qué preocuparnos tanto la amenaza de una eventual privatización en un contexto en el cual en 8 años de reforma económica —que pasó ya su momento de mayor entusiasmo y audacia— absolutamente ninguna instalación estatal ha pasado ni siquiera a la gestión privada —más allá de un puñado de restaurantes y barberías— y mucho menos cambió de propiedad. Pero el Estado Socialista cubano tiene que transformarse y de una vez entender que las empresas tienen que ser empresas y no departamentos del nivel central, que tienen que tomar decisiones, invertir, asumir riesgos, crecer, fracasar, pagar a sus empleados lo suficiente para garantizar su sostenibilidad. Pero el Estado no sabe cómo lidiar con actores autónomos, cómo controlar e influir en sus comportamientos porque siempre los ha dirigido directamente.

4. Por último, preferiría que evitáramos el superficial modo de referirnos al mercado como un asesino de niños.  El mercado es una institución objetivada hace muchos muchos años, incluso previo a que el capitalismo lo acogiera y lo convirtiera en súmmum. Es la tecnología conocida hasta el momento más eficaz para ordenar un mundo de mercancías del cual Cubita la bella forma parte indiscutiblemente. El desprecio que nos han enseñado a profesarle nos aleja del necesario estudio de sus leyes y de los modos en los que se le puede emplear para fines nobles. No son las leyes del mercado las que traen tanto desastre y desigualdad en este mundo. Son las leyes del capitalismo aplicadas por los capitalistas. Construir mercados justos que equilibren la balanza a favor de los consumidores en lugar de entregar poder absoluto a los productores como ocurre en Cuba en la actualidad podría ser también una fuente de equidad social y sobre todo el único camino para combatir al tan estructurado mercado subterráneo, activista principal en la corrosión de valores a nivel social.

Hay mucho por donde aproximarnos a la compleja realidad cubana de hoy. Pero la intención tiene que ser aglutinante y no descalificadora. Personalmente quisiera dejar claro, en resumen, que:
—Comparto los peligros que entraña para la sociedad cubana el desarrollo del sector privado, pero aceptaría el reto. No veo otra opción que intentar el socialismo de este tiempo desde la heterogeneidad. Por supuesto que implica rediseñar el Estado no solo en el ámbito de sus mecanismos económicos. Pero no es posible dar marcha atrás ni desconectarnos totalmente de procesos globales que estamos lejos de controlar. — El peligro mayor de reversión sistémica radica en el poder incontestable que descansa en empresas, grupos de empresas, supragrupos de empresas, mega grupos de empresas, así como en organismos e instituciones, que al final termina en la mesa de un mortal con nombre y apellidos, con virtudes y debilidades, con aspiraciones ideológicamente correctas o con ambiciones perversas, que requieren urgentemente ser puestas bajo profundo escrutinio público. Perdone la improvisación y la extensión. Muchas gracias por el interés y la paciencia.
 
Oscar Fernández Dr. Ciencias Económicas Universidad de La Habana