No quería privarme de venir a hablar con los estudiantes de esta que para mí sigue siendo —ustedes me perdonan— la Escuela de Letras y de Arte, aunque hace años que se convirtió en Facultad y ha tenido otros nombres. Le debemos mucho. Del tema que ahora se analiza lo que yo tendría que decir está esencialmente en “Quince notas sencillas” que escribí a propósito de los 50 años del discurso y se publicaron entonces en la revista Bohemia. Luego las reprodujo el compañero Elier en el volumen colectivo que preparó con textos sobre ese discurso. Como no deseo repetir lo que está allí, trataré de decir algunas otras cosas.


“Fidel dijo: contra la Revolución nada; pues entonces pudo pensarse: nada que no parezca revolución”.
Fotos: Alex Castro (exposición accesible en la Casa del Alba hasta el 15 de septiembre)


Cuando se produjo la reunión de la cual nació el discurso, yo estaba por cumplir 11 años, y ni tenía idea de lo que era un intelectual, porque fui hijo de un campesino y una ama de casa, y nací en un pueblo pequeño, lo que yo llamo la República Federativa Autónoma de Velasco, que está rodeada por la provincia de Holguín. Ni siquiera se me ocurría pensar que yo iba a ser alguna vez algo clasificable como un intelectual. Después la Revolución cubana vino y sin darse cuenta lo hizo a uno un intelectual, lo cual hay que decir con mucha modestia porque, como decía Beatriz Maggi en estas aulas: “Ustedes se están formando como intelectuales, pero no se confíen, ser intelectual no es sinónimo de ser inteligente”. Sí, una cosa es ser intelectual y otra es ser inteligente; y otra cosa es estar vinculado con la cultura literaria, y otra cosa es ser capaz de salvar la cultura, que incluye el arte,la literatura y otras muchas cosas, como la gastronomía, los comportamientos, el arte de la fineza, la convivencia, que son más importantes a veces que una gran obra literaria. No estoy tratando de minimizar la importancia de la obra literaria. Pienso que por ahí habría que empezar a pensar algunas cosas: ¿qué es lo que tenemos que salvar?, ¿cómo hay que salvarlo?, y, en cuanto a ‘‘Palabras a los intelectuales’’, creo que nació para salvarnos;la gran meta de este discurso no fue epatar a nadie, ni impresionar a nadie, ni sobornar a nadie, sino salvar un proyecto que estaba naciendo. Y respondió a la necesidad de defensa de una revolución.

Hoy cualquier profesor de Historia dice en una clase que la Comuna de París fracasó porque no fue capaz de defenderse. Cualquier profesor de historia dice eso con una tranquilidad pasmosa, y la Revolución trató de defenderse y se ha defendido, y por eso ha sobrevivido. Se ha defendido en general bien, y a veces mal, porque la defensa es también una obra humana, pero hay que contextualizar incluso los errores, incluso los disparates, aparte de que, como dijo un día un gran profesor de esta universidad: ¿por qué hay que privar a Cuba del derecho humano internacional de tener estúpidos? Este país tendrá que cargar con los suyos. Si cada país tiene sus estúpidos, ¿por qué Cuba no va a tenerlos?, decía ese profesor. Todavía vive, por suerte para nosotros, y no es un estúpido. Y si a uno le da por ver, yo tengo grabado en mi casa el documental PM, y pienso que si se me ocurriera verlo como una obra —ahora se dice producto audiovisual— hecha el mes pasado, no entendería porqué se armó tanta polémica en torno a ella. Me parece incluso un documental inocente, en relación con lo que veo en la televisión hoy, con los videoclips pavorosos —no todos lo son, no— que nos imponen incluso en la televisión cubana, hechos a veces en Cuba, tratando de imitar no sé qué productos audiovisuales que pudieran hacerse en las afueras de Nueva York.

El otro día yo viajaba en un ómnibus, y ustedes saben que hablamos de los medios de comunicación, de los medios de información, y olvidamos que hoy en Cuba los medios de transporte son, para desgracia —cuando por fortuna existen medios de transporte—, medios de comunicación e información. Hace poco le pagué los diez pesos a un botero, y le dije: le pago diez pesos por la carrera y le doy las gracias por tres cosas: trae dos banderas cubanas en el carro, ninguna yanqui; no trae música alta, y menos reguetón; y cuando entré fue capaz de saludarme y darme las gracias. Era un cubano típico y aquello me emocionó, y me miró y se rio. Creo que ni él sabe lo importante que es él para la cultura cubana, porque él solito puede salvar una dosis importante de ella.

En el ómnibus al que ya aludí, de propiedad estatal,viajaba de Holguín, donde había participado —si alguien ha leído el artículo en que lo conté, disculpe, pero cuando uno pasa de 60 años empieza a repetir las cosas, y repetir también es importante—, pues venía de una jornada de la prensa cubana en Holguín dedicada a Fidel y a Martí, para un encuentro científico, académico, en Sancti Spíritus dedicado a Martí y Fidel, y por el camino nos ponían unos videoclips que para qué les cuento. De pronto, la locutora de uno de losvideoclips presentó al artista —no voy a decir el nombre del artista, les digo que cobra como artista y más que ustedes cuando se gradúen—, lo presentó, digamos,como fulano, “que es más yuma que los yumas’’. Tal fue el elogio que la presentadora,cubana,le dedicó. Eso es peor que lo de PM, y mucho de lo de hoy día es peor que lo de aquel documental en su momento.

Pero ¿qué ocurre? Cuando PM se presentó, había la virtud de reconocer la importancia de discutir, dialogar, que eso viene de los antiguos griegos y no es por gusto que la dialéctica, eso que dan en filosofía y parece muy complicado, viene de dialogar. Una vez presencié una entrevista que le hicieron a Miriam Ofelia Ortega, persona maravillosa. Yo estaba oyendo, estaba de acompañante, y ella empezó a quejarse de que en los años ’60 y sobre todo en los ’70, del ’71 para acá, había sido discriminada, excluida, no la citaban a la guardia porque la presidenta del comité le aplicaba represalia —o simplemente daba por supuesto que ella no haría guardia—, y así le pasaban cosas horrorosas. Pero, de repente,hizo una breve pausa y añadió que recordaba aquella época con añoranza, y pensé: ‘‘¿Será masoquista?’’. Pero no, su respuesta fue clara: ‘‘Porque se discutía’’. Y entonces, hasta ella, que era discriminada, podía discutir sobre su discriminación.

Hoy ya damos por sentado las cosas y la lucha ideológica está bastante desamparada. El discurso de 1961 es una expresión de la lucha ideológica, para salvar una revolución. Hoy, repito, puede parecernos que alguna cosa es excesiva, es decir, ustedes pudieran no entender nada del discurso si no saben dónde y cuándo se pronunció, para qué se pronunció. También hubo reacciones contrarias al discurso, por lo menos algún pavor. Según un testimonio, Virgilio Piñera estaba empavorecido. Ustedes se imaginan a Fidel Castro que ha bajado de la sierra, que está dirigiendo una revolución, que está preparándose para enfrentar al imperio en Girón, que está tratando de salvar un proyecto que nace, oír que se pare un intelectual a decir que sentía terror por lo que estaba oyendo. Sería un choque para Fidel, pero esas cosas pasaban. Por otra parte, el mismo Virgilio Piñera, que murió en Cuba, y, hasta donde yo sé, no le hizo ningún chistecito al imperio para congraciarse con él, francamente me merece respeto. Yo pienso que por allí tendríamos que pensar las cosas. Y pensar.

Fernández Retamar ha dicho que hace falta que los jóvenes de hoy tengan suspalabras a los intelectuales. No es que el discurso de 1961carezca de validez, que ya no sirva, sino que tener sus propias palabras a los intelectualessignifica también asumir ese texto, y otros textos también, a partir de los replanteamientos que ustedes tienen que hacer. Yo lo único que les pediría a los más jóvenes es, en primer lugar, que no sientan que ser joven es necesariamente una virtud, mecánicamente una virtud.Cuando algunos jóvenes dicen:nosotros necesitamos espacios porque somos los pinos nuevos, están invocando tergiversadamenteel discurso en que José Martí dice que por entre las ruinas de los pinos incendiados y quemados y calcinados, brotaban los racimos de los pinos nuevos, y esos somos nosotros, pinos nuevos, los que abrazamos el proyecto nuevo. ¿Quiénes somos nosotros? El mismo José Martí, con 38 años, y en general quienes abrazaban el nuevo proyecto de la Revolución cubana entonces, ya fueran mayores que él, como Gómez y Maceo, o más jóvenes. Ahora la juventud cubana llega hasta 35 años, criterio burocrático, fatal, a los 25, si no antes, ya se es lo que se va a ser. Como decía Malraux, la vida a los 18 o 20 años es un mercado de valores, y hay quienes nunca compran nada. Si usted a los 25 años no es lo que va a ser, difícilmente lo sea a los 35. Olvídense de los criterios burocráticos que llevan a la juventud a los 35, como resultado de no sé qué criterios internacionales o generacionalistas, y no sé qué pensamiento de la sociedad cubana olvidó que quienes llevaron a la revolución al triunfo y establecieron hasta ahora la revolución, tenían veintipico y treinta y pico de años. Fidel tenía 33. Los mayores se habían comprometido con proyectos que no daban resultados satisfactorios, y entonces se abrazó el proyecto fraguado en torno al centenario de Martí.


“Yo lo único que les pediría a los jóvenes cubanos que no sean nunca anexionistas”


En tiempos de Martí no todos los jóvenes abrazaron el proyecto independentista radical que él representó: los hubo que se afiliaron a las fuerzas colonialistas, o al anexionismo, o al autonomismo, y personas de mayor edad siguieron a Martí. Entre los más jóvenes podía haber muchachos de 12o14años, como aquel tabaquero que ya anciano recordaba: no entendíamos lo que Martí decía pero dábamos la vida por lo que nos decía. Eso quieredecir que lo entendían esencialmente, aunque no descifraran una a una sus metáforas, sus imágenes; no lo entenderían palabra por palabra, porque él nunca descendió, sino siempre levantó al público, siempre respetó al público como para levantarlo, pero quienes lo escuchaban sabían que lo que les decía era importante, como para dar la vida. Creo que eso es importante, porque ser joven no garantiza abrazar el proyecto nuevo. El que fue a convencer a Martí a Nueva York de que no debía consagrarse a la revolución porque no había atmósfera de revolución en Cuba fue un escritor joven, más joven que Martí, y fue al que él le dijo: esa es la diferencia entre usted y yo, usted ve la atmósfera y yo veo el subsuelo, y en Cuba hay subsuelo de revolución. Esa era la pequeña diferencia entre Martí, el Martí que ya tenía casi 40 años, y Nicolás Heredia, que era más joven que él. Martí veía el subsuelo y el otro veía la atmósfera.

Yo lo único que les pediría a los jóvenes cubanos, a los más jóvenes, porque aquí todos somos pinos nuevos, o queremos serlo, lo que les pediría es que no sean nunca anexionistas, que no coqueteen nunca con el anexionismo, pero nada, ni en los símbolos, porque por los símbolos se empieza y se termina no sé dónde, no sé dónde se terminará. Me irrita ver la invasión de Cuba por banderas de los Estados Unidos. Me gustaría que ningún alumno de la escuela de letras donde yo estudié, que ninguno anduviera con símbolos del imperio, porque el símbolo del imperio es un símbolo del imperio, y el símbolo no es solo un símbolo. Estoy expresando un criterio personal que probablemente no les guste a todos, pero creo que anda por ahí. Lo único que les pediría es que nunca se replanteen la Revolución cubana desde concesiones al imperio. Tienen que replanteársela para salvarla, para mantenerla viva, para tener no solo un socialismo próspero y sustentable, porque un socialismo que solo sea próspero y sustentable no sirve, tiene que ser próspero, sustentable, culto, ético y democrático, para que sirva. Y para eso tenemos que salvarlo entre todos y hacerlo verdadero entre todos, ustedes que tienen por ley de la vida 30, 40 o 50 años laborables por delante, y aquellos a los que nos quedan 10 o 12 a duras penas, de fertilidad intelectual, de la otra ni hablar.

Así que yo creo que les pediría eso, y que recuerden que “Palabras a los intelectuales”no nació para complacer a nadie ni para agredir a nadie, nació para salvar una revolución, que sigue siendo la gran necesidad nuestra, salvar un proyecto revolucionario. El día que este proyecto revolucionario, si ocurriera esa tragedia, cayera en manos del enemigo, estaría perdida la nación cubana, y para eso ha apostado mucho el imperio. Yo oigo decir por ahí: el bloqueo no ha logrado lo que perseguía; no, no, no, el imperio no ha logrado todo lo que pretendía, pero sí ha logrado mucho de lo que perseguía: empobrecernos, hacernos una vida cotidiana muy poco amable, hacernos la vida diaria un yogur y, además, convertirnos en paranoicos, porque la defensa de un organismo herido genera necesariamente paranoia, porque si no, usted no se defiende. La biología hace que un organismo herido se convierta en paranoico para sobrevivir, y la paranoia política pues también, desde luego, se puede vincular con los excesos.

Fidel dijo: contra la Revolución nada; pues entonces pudo pensarse: nada que no parezca revolución. Y las cosas empiezan a tergiversarse. ¿Eso es culpa de Fidel? No. En primer lugar, la realidad prueba que Fidel no quería gobernar solo, y aunque hubiera querido no se puede gobernar solo, porque se está rodeado de gente que piensa de distinta manera, que tienemás o menos inteligencia, más o menos lucidez, y si algo habla de la grandeza de Fidel, creo que se comprobó a raíz de su muerte: hasta quienes discrepaban de él—por supuesto, no todos, pero incluso algunos que no son incorregiblemente contrarrevolucionarios—, dieron muestras de que sabían que la muerte de Fidel era un peligro de desamparo para la nación cubana. Creo que eso habla de la grandeza de ese hombre que pronunció ‘‘Palabras a los intelectuales’’. Ustedes me disculpan, no he dicho nada quizás que sea muy profesional sobre este discurso, y a lo mejor he sido incoherente y aburrido, pero es lo que he podido decir esta tarde, y lo que he dicho lo he sentido. Muchas gracias.