Piñeiro, Nacional
9/6/2017
Líder de legendarios grupos de clave y guaguancó, veterano del bizarro Sexteto Occidente de María Teresa Vera, y patriarca del Nacional desde 1927, Piñeiro logró combinar la guajira con el son, al fundir en el ambiente vocal-instrumental del grupo sonero la morfología de esa manera de canción, medio hermana de la presumida criolla, con textos casi siempre ordenados en períodos octosilábicos y ambientados en paisajes campesinos: cañaverales, márgenes de río, lomas, valles, campiñas y bohíos.
Fotos: Internet
Poco de guajiro tenía, por cierto, don Ignacio, nacido en el barrio habanero de Jesús María el 21 de mayo de 1888 y criado en Pueblo Nuevo, donde se relacionó con rumberos, cantadores, soneros, y “se juró” en la sociedad secreta abakuá. Entre los oficios que desempeñó, ninguno estuvo relacionado con el campo. Toda su vida vivió en la capital. Por muchos años habitó una humilde casa en el reparto de San Miguel del Padrón, en la cual —recuerdan los vecinos— ensayaba el Septeto Nacional en los años sesenta del pasado siglo.
Helio Orovio en su Diccionario de la música cubana menciona una abultada lista de géneros que Piñeiro “frecuentó y en gran parte creó”, la cual incluye: son, son montuno, guaguancó-son, canción-son, afro-son, conga, guaracha, guaguancó, canción, guajira, villancico, danzón, rumba, son-pregón, guaracha-son, rumba-son, tango congo, plegaria, lamento, pregón, preludio, para un total de unas 327 composiciones que —aunque pasa por alto, inconcebiblemente, sus claves y sones ñáñigos— no excluye la guajira-son. Hay quien llamó a esta forma musical son campesino-urbano, término no muy feliz, que además de entrañar un contrasentido, genera una inquietud: ¿habría que suponer la existencia, entonces, de un son campesino-campesino? Natalio Galán, en Cuba y sus sones (Pre-textos, Madrid, 1983), llama a esta clase de piezas, festinadamente: “guajirerías urbanas”.
Son muestras de iniciales fusiones entre son y guajira “Tribilín cantores”, de Carlos Godínez, y “Alma guajira”, de Piñeiro, grabadas ambas en mayo de 1928 por el Septeto Habanero en Nueva York [1]. Dice el estribillo de esta última: Oigan mi son genuino que siempre a cantar me inspira / sientan el alma guajira y bailen son.
Al año siguiente, en Madrid, el Nacional grabó otro son con aliento guajiro cuya letra comenta el alza de los aranceles del azúcar cubano y encomia las virtudes de los productos del agro de la Isla, entre ellos el rico tabaco habano. En la parte final del número se remedan los silbidos y las expresiones del agricultor que conduce bueyes por el campo de labranza. Así comienza la letra de “Arriba guajiro”:
No te acobarden, Cubita, las amenazas
de subir a nuestro azúcar los aranceles,
tú siempre serás la reina de los vergeles
y en el mundo, sonriente, brillarás.
En esa oportunidad Piñeiro grabó, por primera vez, su célebre “Suavecito” (A ti te gusta mucho Carola el son de altura…, que al año siguiente llevaría de nuevo al disco, con Alfredito Valdés en la voz prima) y “Asturias, patria querida”, son que había compuesto en 1926, y que en 1984 sería declarado himno oficial de ese principado español.
Otras guajiras-son de Piñeiro, editadas en placas del Septeto Nacional, llevan por título: “Incitadora región” (1929); “Entre preciosos palmares” (1931); “Canta la vueltabajera” (1933, regrabada en 1958 con una décima que concluye: Cubano, con dulce orgullo, / piensa bien, año tras año, / no maltrates al extraño / pero defiende lo tuyo.); “Quejas de la montaña” (1940); “Lejana campiña”, “Se fue la montuna” y “Eterna primavera” (1958).
La guajira-son, punto híbrido, estación intermedia en la cual se detuvo don Ignacio en su largo camino como compositor, va a ser muy desarrollada por su grupo y, en cierta medida, por otras agrupaciones de la época, como el cuarteto Machín y el Caney de Fernando Storch, radicados ambos en Nueva York. Al mismo tiempo, desde sus primeras grabaciones, con Abelardo Barroso o Juan de la Cruz, Piñeiro dará a conocer piezas que convocan estilizados elementos procedentes del ambiente de la rumba, proyectados ya en el repertorio del Habanero, pero que cristalizarán en números que el Nacional llevó al disco a partir de los años treinta con la voz prima de Alfredito Valdés y la segunda de Bienvenido León (el segundo que amarra). “Los rumberos de La Habana” (1933), “Descanso” (1936) y “Cómo voy a sufrir” (1940), son ejemplos del mejor son-rumba piñeriano, junto a “Lindo yambú” o “Ay, qué bueno” (1940):
El guaguancó es lo más bueno
que Cubita dio,
melodía hechicera
convertida en flor. Aé.
¡Qué rumba, alabao sea Dios!
¡Qué bueno!
En su visita a Cuba en febrero de 1932 —la única que realizó a la Isla—, George Gershwin insistió en encontrar a Piñeiro a partir de la recomendación de su amigo Lecuona de conocer el son genuino (que siempre a cantar me inspira). Cuentan que Gershwin “lo buscó por toda La Habana hasta que dio con él” en una emisora de radio. Los acordes iniciales de “Échale salsita” (Salí de casa una noche aventurera…) pasaron a ser leitmotiv de la aparatosa Cuban Overture, estrenada en Nueva York en agosto de ese año, sin que el crédito del cubano apareciera por ninguna parte. Resulta extraño que “Échale salsita”, a pesar de tener mucha popularidad en Cuba por aquellos días, no llegó al disco hasta 1958. Y no fue porque antes Piñeiro careciera de ocasión para hacerlo.
En 1933 el Septeto Nacional hizo un importante grupo de grabaciones, pocas de las cuales han sido reproducidas con posterioridad en otros soportes. A ese conjunto pertenecen composiciones de Piñeiro, hoy olvidadas: “Libre albedrío”, “Hay que bailarlo suave”, “La lira del poeta”, y “Tupi”, cantada por Bienvenido León, que posiblemente aluda a una marca de café. Se han publicado en disco compacto, del año 33: “Bardo”, “De pelota no” (que Piñeiro regaló al locutor Ruiz del Vizo, conocido por Siboney), y “Me arrepiento”, desagravio por los ramalazos machistas del son “Castigador” [2], grabación que tiene la peculiaridad de contener, casi al final, una parte recitada por el autor:
Me arrepiento, sí, me arrepiento de todo:
fue sórdido el momento que canté
y a todas las mujeres igualé,
ebrio de celos, blasfemia de beodo.
Tu reproche afable sin audacia
me ha hecho comprender con perspicacia
que entre las diablas también hay muchas santas.
Tú no eres igual que aquellas tantas
de labia tentadora, sonrisa de falacia.
Basta la unción de tu raza gloriosa,
de gracia y presunción de puritana.
Tú lo perdonas todo: eres cubana,
tu estirpe nunca ha sido rencorosa.
En los años siguientes pasaron por el septeto, entre otros, los cantantes Vicentico Valdés —que no grabó con Piñeiro—, Cheo Marquetti, Marcelino Guerra (guitarra y voz segunda) y Bienvenido Granda, quien junto a Alfredito Valdés delinearon nítidamente el estilo del grupo —sobre todo en el destaque del cantante solista sobre el coro— hasta 1940. Por entonces ya los procedimientos de grabación hacían posible una mayor definición de los planos sonoros, haciendo audibles algunas medias y bajas frecuencias, muy limitadas en registros fonográficos anteriores.
Desde los primeros discos del Nacional, entonces sexteto, se aprecia el “grado de interinfluencias musicales que intervinieron en los primeros sones”, frase de Robin Moore al comentar el arreglo que realizó Piñeiro en 1928 del tango congo “Ay Mamá Inés”, de Eliseo Grenet, el cual añade texto nuevo en español y yoruba en el segundo coro [3]. La frase más llamativa de esta última sección —continúa Moore— es mulé y bibí en casa de mi omó (negros y blancos en casa de mi madrina), con el cambio de compás de 4/4 a 6/8, que hace referencia a los ritmos y bailes sagrados de la santería. Esta transición en el compás se había operado en grabaciones del Sexteto Habanero como “Carmela mía”, y “A la cuata có y có”, del Boloña; ambas de 1926, que comparten el mismo estribillo.
Referencias al toque de bembé, y alusiones a prácticas litúrgicas de la Regla de Ocha, se aprecian en numerosas grabaciones de sones de esa época, y salpican el catálogo autoral de Ignacio Piñeiro, en sones y rumbas como “Papá Ogún”, “Canto lucumí” y “Mayeya, no juegues con los santos”, cuya letra expresa: El que no viste amarillo (color distintivo de Ochún) / se tapa con azul (coloración de Yemayá) / o punzó (Changó).
Es curioso que en los discos del Septeto Nacional no aparezcan claves ñáñigas, de las tantas que compuso Piñeiro, con la excepción de “Efi embemoró”, en la formación de 1936 con las voces de Bienvenido Granda y Cheo Marquetti. Cristóbal Díaz Ayala, en su imprescindible Discografía de la Música Cubana 1925-1960, comenta: “Es atinente señalar que Piñeiro fue generoso en el uso de expresiones ñáñigas en sus composiciones. Es posible a esto se debiera que no fuera investido con la jerarquía de Enkríkamo, una posición importante dentro de la organización Abakuá, por haber divulgado posibles secretos de la misma” [4].
La más conocida de las composiciones de Piñeiro en las que utilizó expresiones propias de la sociedad secreta Abakuá es “En la alta sociedad”, gracias a la grabación de María Teresa Vera y Lorenzo Hierrezuelo con el conjunto de Nené Allué en 1956, extensamente reproducida hasta nuestros días en soporte digital. Anterior a esta es “Cantares del abakuá”, llevada al disco alrededor de 1923 por María Teresa con Rafael Zequeira, que dice en su primera parte:
En cuanto suena el boncó
todo el mundo se emociona
el más socialista entona
junto con Senseribó
los cantares del abakuá,
los cantares, monina,
del abakuá.
Mangandó maribá,
Mangandó maribá.
La clave ñáñiga “Iyambabero”, también conocida como “Dichosa Habana”, de Piñeiro, fue grabada en Nueva York por el dúo de Juan de la Cruz y Bienvenido León con la guitarra de Alberto Villalón en octubre de 1927. Los tres eran integrantes del recién fundado Septeto Nacional, que en esa fecha viajó para hacer sus primeras grabaciones para la firma Columbia.
Dichosa Habana que confunde a la gente.
El más malo es decente
y vive a la campana.
El que menos usted piense
es un puro abakuá
que suelta la levita y toca el boncó
y llamando al Iyambaberó
entona sonoro como regio Obanékue
un armónico compás.
Ya yo banankéme
EforíEnkomókomóbanankeme [5].
En 1938 con la jazz band de moda, Casino de la Playa, Miguelito Valdés grabó, de Piñeiro, “Suavecito”, meses después “Yo son moruá” y “Diana la rumbera” en 1940. Ese año, antes de irse a probar suerte a Nueva York, el cantante llevó al disco cuatro sones con el personal del Nacional, nombrándolo “Miguelito Valdés y su conjunto” [6]. Al poco tiempo, Piñeiro “se dio un descanso” en la música profesional y continuó su oficio de maestro albañil, que en realidad nunca había abandonado del todo.
A inicios de los años 50, laboró como maestro albañil y marmolero en la restauración de la antigua Iglesia de Paula, convertida en el Seminario de la Música Popular, donde reapareció al frente de su reorganizado Septeto Nacional, a instancias de Odilio Urfé, quien también restableció una Tanda de Guaracheros, un septeto Típico de Sones y un Coro Folklórico para interpretar viejas claves callejeras, rumbas, yambú y guaguancó de inicios del siglo XX, la mayoría firmados por don Ignacio: “El paso franco”, “El desengaño de Los Roncos”, “La última rumba” y “Mañana te espero, niña”.
Lázaro Herrera recordaba que por esos años se presentaban esporádicamente en el Seminario de la Música Cubana para ilustrar conferencias y charlas ofrecidas por Odilio Urfé percibiendo un pago simbólico. Según Jesús Blanco: “Urfé, entonces director del Instituto Cubano de Investigaciones Folklóricas, propició la reorganización del Septeto Nacional para realizar un conjunto de actividades en el marco del Festival Música Popular y Folklórica en el Anfiteatro de La Habana en 1953” [7]. Según varias fuentes —consultadas en la prensa de la época—, Piñeiro reapareció, en 1954, al frente del septeto en el programa de televisión Música de Ayer y de Hoy, con la participación de Alfredito Valdés, Bienvenido León, Rafael Ortiz, Francisco González Solares, Agustín Gutiérrez, Lázaro Herrera y Oscar Vilarta.
El hoy injustamente olvidado cantante Joseíto Núñez (1909-1979), veterano de orquestas y conjuntos como Belisario López, Modelo, Arsenio Rodríguez y el grupo vocal Siboney, de Isolina Carrillo, entró como voz prima y claves a esta reformulación del Nacional en la década de 1950, junto a varios antiguos integrantes, como el tresero Panchito Chevrolet —Francisco González Solares—, quien en los años veinte y treinta también cantaba y bailaba cuando hacía falta. Completaron la nómina Agustín Gutiérrez, bongosero del Nacional desde 1929, fecha en que abandonó el Septeto Habanero al que se había integrado casi desde su fundación, y Lázaro El pecoso o El jabao Herrera (1903-2000), trompetista fundador del grupo y, por décadas, inapreciable fuente testimonial de muchos investigadores de la música cubana.
El Nacional tuvo la fortuna de contar con la estupenda voz segunda de Bienvenido León, desde los lejanos días del sexteto en 1927, hasta su retiro a edad muy avanzada [8]. Cuando Piñeiro falleció en 1969, el guitarrista y compositor Rafael Ortiz Mañungo (1908-1996) asumió la dirección del grupo, al que había entrado una década atrás.
Don Ignacio y Ortiz se habían conocido a inicios de los años treinta, cuando este último integraba La Clave Oriental, más tarde bautizado Septeto Montmartre, nombre del cabaret habanero que lo auspiciaba. El Nacional y el Montmartre coincidieron en la Feria-Exposición Un siglo de Progreso, celebrada en Chicago en 1933.
Bajo la dirección musical de Ortiz, el septeto de Piñeiro conservó la sonoridad y el estilo que lo había distinguido, además de aportar una serie de composiciones —especialmente boleros-sones—, de notable factura, como “Conciencia fría”, “Blanca Nieves”, “El palomo”, “Todo en conjunto”, “Amor de loca juventud” (versionada en 1996 por Compay Segundo en el disco Buena Vista Social Club), “El final no llegará” y “La vida es una semana” (estas dos últimas, con letra de Eugenio Pedraza Ginori, muy populares en Cuba a finales de la década de 1970 e inicios de los ochenta).
Carlos Embale, extraordinario intérprete de rumba, guaracha, bolero y son —integrante del conjunto Matamoros por mucho tiempo—, cantó por primera vez con el Septeto Nacional en el disco de larga duración Sones Cubanos, de 1958, de la firma Seeco, como solista, rol que compartió en esa placa con Joseíto Núñez. Luego formó parte del Coro Folklórico hasta que fundó su propio grupo de guaguancó, con el cual hizo medio centenar de grabaciones, entre ellas, varios clásicos piñerianos. En 1975 regresó al Nacional y encabezó la formación tras el retiro de Ortiz [9].
En los años sesenta y setenta, bajo la conducción de Piñeiro y luego de Mañungo, quedaron fijados en disco, en las voces de Joseíto, Bienvenido y Embale, clásicos del son versátil y aglutinador de don Ignacio: extraordinarias versiones de “Bardo”, “Los rumberos de La Habana”, “Cuatro palomas”, “Dónde andabas anoche”, “Mayeya, no juegues con los santos”, “El que quita las penas”, “Coco mai mai”, “Buey viejo”, “Misionera”, “Guanajo relleno”, “Desvelada”, “Castigador”… entre otros sones —aderezados con guaracha, rumba, guajira, bolero—, más o menos conocidos e integrados al imaginario popular de la Isla, fiestero impenitente dispuesto siempre a salir de casa una noche aventurera buscando ambiente de placer y de alegría… ¡Ay, mi Dios, cuánto gocé!
Tracks:
Suavecito. Septeto Nacional, 1930
Me arrepiento. Septeto Nacional, 1933
Échale salsita. Septeto Nacional, 1958
Sigfredo, excelente síntesis de la vida y obra del gran maestro Ignacio Piñeiro, importante aclaración en torno a las composiciones con referentes Abakuá. Gracias. NO aparece el blog “desmemoriados música cubana” dicen se ha eliminado, qué lástima, quería leer el artículo que cita sobre Carlos Embale por Rosa Marquetti. Dónde más lo podré encontrar ¿?…
Me sorprendió que Asturias tomara de Piñeiro su composición como himno. Reafirma que nuestra música ha estado por todo el mundo de una manera fabulosa. Gracias Sigfre por este más que artículo documento de investigación.
Como cada vez que te leo, me quedé con las ganas de sentarme contigo en el sofà, y que me dejes oir cada canción mientras releo. Música “en vivo” cuando ya me he enterado , es cosa saludable que recuerdo y echo de menos.
Sigfredo, encontré la referencia que citas de Rosa Marquetti, en:
http://www.desmemoriados.com/bardo-que-me-mueva-tu-dolor-carlos/
Definitivamente el blog, ya no existe. Reitero mis gracias, por su artículo y valiosas referencias.
Agradecidos los que formamos parte del Septeto Nacional hoy dia, la cuarta generacion d su artículo, que nos ayuda a divulgar la obra de nustro fundador Don Ignacio Piñeiro. Le recomendamos a usted y a los que le interesa el tema, consulten el libro “La Habana tiene su Son” que recoge la mas intégra historia de Ignacio Piñeiro y su Septeto Nacional, publicado por Ediciones Cubanas, en el año 2012 y que ya tiene una segunda Edicion premiada con el Gran Premio Internacional de la Feria del Libro de Purto Rico 2015. Y referente a Carlos Embale en la Revista digital de Cubarte pueden consultar el articulo “La voz inderrotable de Carlos Embale” que le servirá tambien de mucha informacion. Nuevemente gracias a todos.