Dibujo de Jorge Luis Santos
 

No voy a ejercer (permítaseme citar a Ronaldo Menéndez) “el derecho al pataleo de la retórica sobre los novísimos” [1]; no resulta ético y en algún sentido resulta algo así como una apostasía. Si bien a esos escritores no me unen temas o consensos me unen el contexto histórico-social (bien complejo) y el sentido de pertenencia a él. 

Quizá nunca antes la narrativa cubana gozó de las potencialidades que hoy exhibe. Cualquier crítico avisado podría citar cien nombres de narradores nacidos después de 1959, publicados o aún no bautizados por la imprenta, premiados o aún no elegidos para un premio; todos ellos, sin embargo, con propuestas de evidente y asombroso valor. Muchos ya no promesas, sino creadores de facto, con pasmoso dominio de la lengua, de sus vericuetos técnico-estilísticos, con oficio innegable.  

En la actualidad (novísimos, transnovísimos, postnovísimos) se está ante un recodo del camino donde (discúlpese la hipérbole) —felizmente— todos devienen escribas, como ocurre en el conocido texto de Cortázar. Me aventuro a vislumbrar, sin embargo, ciertas manías, lugares comunes, modus operandi en los que creo entrever ciertos peligros. Los mismos que de una forma velada o explícita han trascendido de las formulaciones de Alberto Guerra, Eduardo del Llano, Amir Valle y otros. Uno de los grandes errores de cualquier postulado lo es pecar de absoluto. Por ello significar que el problema actual se enmarca exclusivamente en el engranaje contenido-forma resulta una nimiedad. Una nimiedad, no obstante, que de enfrentarse sin maniqueísmo puede brindarnos cierto prisma de la actual problemática.

Mucho se debatió para que se entendiera que el escritor es un inconforme (oh, Sartre), un inadaptado (oh, Freud). Se intentaba destronar la mojigatería beatífica y subirse a la grupa de una bestia piafante, pero de pura sangre. Los novísimos conocieron la intolerancia, el sambenito de diversionismo ideológico, el realismo socialista, el panfleto. Época contradictoria (y dramática: quinquenio gris y otros grises) donde predominaron las loas, el puro e impuro didactismo, el sacrosanto dominio del contenido (recuérdese el Diccionario Filosófico de Rosenthal e Iudin; el formalismo era pecado mortal de lesa ideología burguesa). Se salvan aquellos libros que hoy todos conocemos. 

Lentamente se fue gestando. Alguien debería fijar los orígenes. Evoco un Encuentro Debate Provincial de Talleres Literarios; octubre de 1986 en Ciudad de la Habana, Ricardo Arrieta me propone formar parte de un Grupo de Literatura Social. El hecho no debe ser recordado por él. Al final se logró romper barreras, dogmas más fuertes que los del Papado en 1480, hubo alarmas, intentos de detener la galerna, tirones de cabellos de moralistas, demagogos y puritanos. A despecho de la fauna anterior comenzó a aparecer una literatura distinta, polémica, agresiva, sin afeites ni make up. En buen cubano aquello fue un papazo. Puede compararse con una revolución. Me arriesgo a llamarlo así porque eso creo que fue; búsquese si no la acepción de la palabra. 

Mas, así como nunca es la misma agua bajo el puente así también la situación evolucionó. Vaticino se ha impuesto la vieja teoría del Generalísimo sobre la no permanencia del cubano en el fiel de la balanza, o la no menos conocida teoría del bandazo. Sostengo que la situación contiene la semilla de posibles peligros. Estos grupos han sido (y aún son) severamente atacados por ciertas jaurías, me arriesgo a ser tomado por un ejemplar de la camada. Ya no son las loas más acéfalas, “ahora se toma lo más sucio, bajo, maloliente, pérfido, oscuro, sombrío y desesperanzador que hay en la realidad” [2], pululan hasta el hartazgo las ya clásicas jineteras, el onanismo, el sexo homo y hetero, la alienación juvenil, el desarraigo, la marginalidad, los balseros. Al contenido idealizadamente azul sucede ahora el contenido fangoso. Algunos desempolvan textos clínicos en busca de perversiones dignas de un Sade para incluir en un cuento. No se trata de descalificar temas. Ningún tema es bueno o malo, cualquier discurso puede estar sostenido por una eticidad que no puede negarse a obras genuinas (y nadie puede afirmar que un cuento sobre una frikie jinetera drogadicta de padres balseros y hermano con sadismo anal no pueda ser una obra genuina). Descalificar una obra por su tema, tanto como premiarla por su tema, es puro infantilismo. Desgraciadamente, en este último infantilismo se está incurriendo en la actualidad. Los jurados están premiando a mansalva estos temas. Puede que los gustos de “los jurados cambien más lentamente que la capacidad de los escritores para adaptarse a ellos” [3]; pero cuando se comienza a escribir exclusivamente para las delicias de jurados y las caricias de un premio algo anda mal. No debe olvidarse que jurado no es una categoría supranatural o metafísica, no se trata de mónadas galácticas ni corporaciones secretas; es normal que los conformen los propios escritores o especialistas muy cercanos a ellos. El predominio de ciertos grupos o sectores con idénticos gustos y corrientes de opinión cierran el circuito.

En otro orden de cosas lo narrado ya no interesa, el tema (si lo hay) carece de trascendencia, la palabra, el lenguaje, deviene personaje central, no importa qué se narra, sino cómo se narra. No es secreto para nadie que de materiales triviales no pocos escritores han extraído obras gigantescas; sin embargo, esos tour de force están firmemente sostenidos: el tema (no creo pueda existir literatura sin él; para Bajtin toda forma no es sino la forma de un contenido, no existen teóricos de tendencia alguna que logren sostener una narrativa huera), ha sido magnificado por el tratamiento que le ha conferido su creador. En la actualidad es común enfrentarse a un texto de quince páginas y deambular por un laberinto de excelente dominio lingüístico, bad writting, técnica apabullante, pirotecnia verbal, grandes dosis de ensayismo; se infiltran en un texto narrativo Roland Barthes, Harold Bloom, Maurice Blanchot, semiótica, semiología. El tema suele no aparecer por sitio alguno, en ocasiones resulta muy difícil de identificar; la materia narrada se hace inasible, quedan solo palabras. Puede pensarse que tales malabarismos han decretado el fin de la fantasía.

En muchos casos tiene lugar un híbrido de ambas variantes. Los jurados están premiando también esta otra propuesta, y desde luego, también al híbrido. Aquí comienza precisamente la alerta roja, la reacción en cadena. Allez, todos desean ser premiados, afiliarse a esos temas o a esas formas parece ser la solución. El círculo vicioso se cierra. El mimetismo se desata, un espécimen muy difícil de amarrar. Comienzan a abundar esos modos de hacer, inician sus dictados, desarrollan sus dominios. En síntesis, se pone en serio peligro la pluralidad ante la vorágine de lo homogéneo y la diversidad puede resultar lesionada. Y, aunque a tenor de premios y publicaciones puede no parecerlo, la narrativa cubana de hoy es menos que nunca un grito unánime. Con cierta facilidad se puede incurrir en una metonimia. El gran vocerío de una moda (en sostenutto) puede obnubilar esa realidad.

Alguien puede preguntarse: si el escritor está inmerso en su universo social, ¿qué tiene de obsceno reflejarlo? Una segunda pregunta podría ser: ¿en nuestro país la única realidad social es la droga, la prostitución, la marginalidad, el desarraigo, la desesperanza? Anteriormente lo adulterado-edulcorado nos divorciaba de la literatura, hoy lo malsano nos aburre. Aventuro que en ambas posturas hay mucho de marketing. El panfleto, puro bodrio, se escribía porque jurados lo premiaban y editoriales lo publicaban. Hoy suele suceder lo mismo con su opuesto. La literatura regida por la ley de oferta y demanda: demanda de los jurados y acomodaticia oferta de los escritores. Se habla con razón de crítica globalizadora, también se globaliza un modo de contar y un qué contar.       

Algunos saltan del marketing nacional (produce bien poco) al internacional. Se desea agradar al editor o jurado ibérico, mexicano o italiano; comienzan los streptease, las francachelas, llueven las concesiones que comienzan (y terminan) ¿quién sabe si por lógico mecanismo de defensa? en defenderse como posiciones propias, logradas a fuerza de originalidad y, ¿quién lo duda?, de ética. Se utilizan frases, modismos, giros de los bajos fondos mexicanos, napolitanos o madrileños, ya no locuciones culteranas ni filípicas en francés o latín, ahora de lo que se trata es de insertar nuestra suciedad insular en la suciedad universal. Nuevo marketing. “Creen que lo digo todo, que me juego la vida”. El abordaje a la suciedad universal es tal vez el único intento no localista del fenómeno, una de las pocas escapadas de nuestro agujero temporal–espacial; nuestra coyuntura junto a la coyuntura global, que para algo estamos en plena globalización, no hay que desentonar.

Publicar en el extranjero, saber que nuestro libro se vende en una excelente librería del Paseo de la Castellana o de la Reforma, bajo un sello editorial de prestigio, es algo que nos complace a todos. Nuestra capacidad editorial es muy reducida, los derechos de autor mueven a risa y el escritor, ente biológico, debe comer. Esto es una realidad que no admite réplica. Sin embargo, esgrimir tales argumentos para justificar acatamientos de patrones, coqueteos, estudios de mercado (“tengo que mezclar todos esos ingredientes porque ese ajiaco es lo que se vende allende los mares”), en fin, el avituallarse de ropajes de ocasión, el séptico flirteo para agradar a una casa editora extranjera y llenarse las tripas, ya no parece una posición ética. Las investigaciones sobre los misterios de la creación agotan miles de folios, entre pathos y ananké se entretejen infinitas hebras, en nuestro medio; sin embargo, los ritos iniciáticos comienzan a incorporar con fuerza los estudios de mercado.  

El síndrome se extiende como una pandemia. Aquellos que no incurrían en tales reinos ahora se aventuran en ellos, echan mano a la parafernalia de la nueva fe (algunos, socarrones e irónicos, lo han hecho para probar hipótesis) y he aquí, oh, Dios Pan, que resultan gratificados por un premio o con el testimonio de altas consideraciones. Los que antes no se afanaron con églogas épicas o loas bucólicas, ni se dejan seducir ahora por estos aires, ¿qué hacen?

Los libros, los cuentos premiados, están ahí. Algunos, creo, son muy buenos. No estoy contra ellos. Me amurallo contra lo banal repetitivo, lo mimético deslastrado ya de eticidad, la unanimidad o la dictadura de discursos y formas. Cada creador re-crea la dosis de verdad subjetiva que logra arrancar a su realidad (física o metafísica), ciertos mecanismos comienzan a estandarizar esas verdades, a pasteurizarlas y homogenizarlas. Muchos están intentando, como era de esperar, ir al plus ultra; las jineteras terminarán en el cunnilingus con un allien hermafrodita como partner sexual; la técnica puede llevar al logogrifo, al paleograma, la hiperplasia verbal, textos que podrán leerse como gigantescos palíndromos, o quién sabe, es difícil de prever. Otros han logrado lenguajes tan complejos que pronto habrá que pedir ayuda a un compilador o a un experto en descifrar lenguajes de programación de la Borland. Todo deriva hacia un desafío al pleonasmo.

Se desata la orgía clasificatoria; novísimos que —como Hegel con el Estado Prusiano— desean que la espiral evolutiva se detenga en ellos; neonatólogos dispuestos a bautizar cada trimestre nuevas generaciones (pueden tornarse deficitarios los prefijos latinos); agnósticos que no creen en generaciones. Y así, ad infinitum. En literatura (como en cualquier otra rama) resultan muy lógicas las clasificaciones; ahora en nuestro medio deviene manía fatídica, quienes no integren esas mesnadas padecen de agrafia, son meros fantasmas, un extraño fenómeno sociológico les anula la existencia, son unos pocos electrones libres, lobos solitarios, tradicionalistas y otras enfermedades. No debe confundirse la necesidad taxonómica con el Código de Manú, se corre el riesgo de divinizar castas y ostracismos.

Ignoro si se escribe más de lo que se discute, pero es cierto que se concede cada vez más a la heurística el tiempo que puede dedicarse a escribir. Cada cual deviene juez, muchos pretenden sostener discursos apodícticos, verdades absolutas. Se obvia que toda visión es puramente subjetiva. Esta, sin dudas, lo es también.

¿Qué sucederá? Lo ignoro. No tengo dotes de augur ni conozco a Pitonisa alguna. Si escribo sobre Yanisleisis de clítoris serpenteantes liadas a Renato, chico macrogenitosoma de Peruggia que hurga vaginas con un destornillador, quizá pueda publicar en Grecia y consultar al oráculo en Delfos.   

Puede resulte una concepción romántica, mas descreo del marketing; como leitmotiv se huele en él algo espurio. Los gerentes pueden descuidar el pathos, los escritores no.

En momento alguno de la historia, ni tan siquiera en los peores, la literatura ha sufrido una catástrofe que la lleve a correr la suerte de los imperios. De alguna forma se autogenera, se autosalva. Alguna respuesta encontraremos. Puede que nos adentremos todavía más en terrenos movedizos. De esos terrenos se suele salir con nuevas y vastas experiencias.

Postmodernismo podrá ser cualquier cosa menos convertir por arte de birlibirloque el pathos de un creador en el marketing de una sociedad anónima.

 

Notas:    
                   
 
[1] “Derecho al pataleo de la retórica”. Ronaldo Menéndez Placencia. El Caimán Barbudo. Edición 289.
[2] “Ultimas revelaciones de Eva”. Amir Valle. El Caimán Barbudo. Edición 287.
[3]  Ver: “Sin presión atmosférica”. El Caimán Barbudo. Yoss. Edición 289.