Un fantasma recorre los pasillos de la cultura cubana, el fantasma de las parrandas; quien lo ha visto sabe de qué estoy hablando. Las fiestas más grandes del jolgorio popular, nacidas en Remedios en 1820, llegarán a su bicentenario, victimizadas por un conjunto de fenómenos que la lastran hasta dejarla en la falencia absoluta. Quizás el provincianismo influya en la poca o ninguna importancia que a esto se le atribuye, o se trata de un capítulo más de la indolencia, esa enemiga eterna de la sensibilidad.

La duda cae como una sombra sobre muchas cosas, por ejemplo: a estas alturas no existe un mecanismo eficiente que pague el costo de las fiestas. Se sabe, por contabilidad y estudios, que las parrandas son caras, ergo requieren de una necesaria inversión in crescendo que evite la carencia o el desmadre ilegal. No obstante, desde los años noventa y hasta este siglo, la situación económica de la tradición empeora. Hay que decirlo: se han incubado, a la sombra de la fiesta, verdaderos hampas mafiosos.

 Los festejos, propuestos a la UNESCO como Patrimonio, deberán pasar por un proceso de limpieza,
donde prime la vergüenza contra el dinero. Foto: cubasí.cu

 

Estos macetas que se hacen llamar “gestores”, no ocupan cargos oficiales, eluden los papeles, las responsabilidades y devienen siempre en enemigos de cualquier visibilidad externa que comprometa sus ganancias. Me viene a la mente el papel que juegan los buquenques en las piqueras de taxis, simples lleva y trae que cobran por eso. A la hora de definir, ellos, en la concreta, pusieron “dinero de su bolsillo” y son los que mandan en este o aquel proyecto.

Poco puede hacer en un escenario así la institucionalidad si no se pone los pantalones y dice al pan pan y al vino vino, elimina las lacras, limpia el camino y recoloca a los verdaderos artistas y artífices al frente de las parrandas. El accidente, acontecido el 24 de diciembre del 2017, quedó como una muestra de la falta de previsión, la negligencia y lo improvisado en que se halla el asunto. Hasta esta fecha, se desconocen nombres que respondan por los daños, así como si en el 2019 habrá nuevas medidas de seguridad para evitar la presencia de menores en las áreas de fuego.

Los festejos, propuestos a la UNESCO como Patrimonio, deberán pasar por un proceso de limpieza, donde prime la vergüenza contra el dinero. Hay que legalizar, para legislar, los puestos de los parranderos: presidente de barrio, vice, jefe de fuego, etc. Pues después de los accidentes y las parrandas fallidas queda, en papeles, como que nadie es culpable por nada y las investigaciones no llegan al río.

Por otro lado, el fenómeno no resulta sólo propio de Remedios, sino de toda la región central de Cuba, donde ya existe la componenda y las parrandas son la forma más expedita para volverte un potentado. “Tú tienes el poder de los medios”, me dicen algunos de los más dolidos con el asunto, por eso en varios espacios me he pronunciado, para pensar de todo acerca de los males de este fenómeno. Pero el cerebro y el bolsillo no son órganos compatibles, pareciera que la lógica del mercado más burda, la seudo cultura, se tragará el bicentenario de las fiestas.

El poder de los medios, el cuarto poder en el que creo, está en la defensa de la decencia y los valores humanos en general; todo un prisma de idealidad que está en retirada de muchos hogares cubanos. Ello incluye, por encima de todo, las casas de los macetas, cuyos hijos, montados en motorinas o en los carros de papi, saludan arrogantes al resto de los mortales que aún apuestan por el trabajo, el estudio, la superación.

Esos monstruos, como dije en otros espacios, devoran la cultura cubana, la transforman en un ambiente enclenque, hostil a la cultura misma. Porque los contextos son los que hay que salvar, para que no caigan en el abismo de la banalidad, el dinero, los intereses oscuros, las mafias y el hampa. Ni siquiera en 2013, año en que se declaró la parranda como Patrimonio de la Nación, respetaron los “gestores” a los comisionados y aquellas se recuerdan hoy como unas de las peores fiestas.

Si se legaliza el sistema, si el país, que está en reforma constitucional, le mete la cabeza a las parrandas, todo se puede salvar. La cultura deviene ingrediente sine qua non de la isla toda y sus manifestaciones populares están en la recurva de la identidad. Con la ley, viene la obligación de cumplirla y con eso muchos años de cárcel. Ya nos hemos hecho demasiado de la vista gorda.

Tanto engordó nuestra vista, que compite con las barrigas de esos magnates, así que debemos esperar desastres casi iguales al del 2017 si no tomamos las fiestas por las riendas. No hay que estatalizarlas, si no, ponerle una legalidad, que los puestos sean visibles para el juzgado, que no haya algoritmo para el escondite.

“¿Quién ha visto un parrandero preso?” dijo algún familiar de estos macetas hace años, aludiendo a que nadie del hampa cae jamás. Cuando escuché a dicho ente, soltar aquello, no pude menos que sentir un dolor en el pecho por las fiestas. Una tradición que mi padre me enseñó a amar deviene en fruto podrido, en fritanga de ahora para ahorita, en un salir del paso que valida las gestiones seudo empresariales de los macetas.

La cultura cubana, esa que es de Casal, Martí, Heredia y Ortiz, no debe caer en manos de hampas, nos toca a los que tenemos el poder de la decencia, nos toca a cada ciudadano decente, sea o no columnista de un medio de prensa.