Fotografía: Rafael Villares

 

 

MI MADRE Y YO

Mi madre y yo apuntalamos el sueño, la casa,

damos sustento a mis hijos casi huérfanos

nos colocamos en la puerta como mástiles firmes

para que no entre el vendaval.

 

Mi madre y yo espantamos el miedo

protegemos a los niños de la noche,

del hambre que ronda perennemente

y amenaza con atravesar las paredes

e instalarse en la mesa sin padre de familia.

 

Mi madre y yo cuidamos el jardín

los peces del estanque

el limonero de los antepasados,

detenemos la muerte a golpe de ser muros.

Mi madre y yo, troncos cansados

agrietada tierra

falsas profetas mintiendo a la luz del día

resistentes como acantilados ante la furia del agua.

 

Mi madre y yo

sin saber cuál de las dos caerá primero.

 

 

ESPERANDO LA MAÑANA     

 

Todo el mundo se ha ido, no a dormir,

sino a esperar a que venga alguien.

                                                       A.A.

 

Vamos a la cama creyendo que todo está bien,

hacemos nuestra plegaria a dios

con humildad pedimos por los nuestros:

“Dales salud, dios mío, y una vida larga,

que no conozcan el hambre,

la extrema soledad”

Vamos a la cama y pensamos un poema,

lo repetimos muchas veces en silencio

sin sospechar que al día siguiente

no recordaremos nada

que sólo fue ilusión

una trampa bien dispuesta

para no creer que todo está perdido,

que estamos secos

cercenados y secos como el viejo tocón del patio.

 

Vamos a la cama y leemos algún

pedazo de la Biblia,

tal vez primera de Corintios 13

para no olvidar qué es el amor,

el irreal e inalcanzable amor

el que no has de sentir por nadie

y nadie sentirá por ti.

Y lo sabes, pero no te importa

y vuelves a leer.

 

Vamos a dormir con cierta paz

hemos cumplido con los nuestros

procurado el pan

la manta para el frío.

Hemos llevado un poco de consuelo

a alguien, de esperanza.

Vamos a la cama, vencedores,

por un día más hemos logrado burlar la muerte

la soledad

y una pastilla para dormir no hará la diferencia.

Has sido valiente, lo sabes,

soportado el enjambre en las calles

las construcciones desplomadas

el polvo, la humedad.

Y tus pulmones no andan muy bien,

pero inhalas tu medicina

y los bronquios se limpian algo.

 

Luego viene el sueño

que nos adiestra para esperar la muerte,

el amanecer igual a otros

el soplo de vida

que te hace ajeno y semejante.

 

 

LA MUJER DE LA CASA DE AL LADO

Agoniza la mujer de la casa de al lado,

se apaga como una llamita tenue

a pocos metros del lugar donde cada noche sueño

y hago la vida.

Hace años la mujer de al lado también tenía sueños

y esperaba el amanecer.

 

Alguna vez seré la mujer de la casa de al lado

y a pocos metros de mi cama alguien será feliz

y esperará la mañana.

Un día seré esa llamita tenue que se apaga

en medio del aire enrarecido de otro septiembre.

 

Yanira Marimón (Matanzas, Cuba, 1971) es una voz prominente en el concierto actual de la poesía cubana. Su obra lírica, confesional, en una buena parte centrada en los avatares de la mujer como pilar fundamental –y en ocasiones, único– de la familia, se viene haciendo con lenta laboriosidad, desde una semipenumbra que, no obstante, no puede acallar sus fulgores.
 
Es, además, narradora. Ha publicado los libros La sombra infinita de los vencidos (poesía); Donde van a morir las mariposas (novela), Premio Calendario 2005, y Premio La Rosa Blanca de ese año; Contemplación versus acto (poesía), 2009, Premio José Jacinto Milanés 2008 y Premio Nacional de la Crítica 2009; Tocar las puertas del cielo (novela), que obtuvo la Beca de Creación “Juan Francisco Manzano” de la UNEAC, en 2012 y Premio La Rosa Blanca, 2015. Recientemente apareció por Letras Cubanas su poemario La fragmentada memoria. Ha obtenido numerosos premios internacionales y nacionales dentro de los que sobresalen el “Rosalía de Castro”, 2016, en España. Su obra ha sido traducida a varios idiomas y aparece recogida en numerosas antologías y publicaciones periódicas de Cuba y el extranjero. (AF)