Ella es esa muchacha que baila y canta en el cuarteto de Orlando de la Rosa (ya Orlando le dedicó un bolero titulado “Tu alma” que nadie ha puesto en disco aún.) Después, por un tiempo, irá a cantar y bailar en otro cuarteto, el de Facundo Rivero con el que recorrerá varios países de América Latina. Estamos casi al final de la década de 1940. Ya regresó de México, donde estuvo con Las Mulatas de Fuego en el show Rapsodia en Bronce y Negro: ella fue, por cierto, una de las fogosas mulatas fundadoras.

Por una temporada trabajó en el Zombie Club, en Mil Diez, en Radiodifusión O’Shea y con el piano de Dámaso Pérez Prado cantó noches y noches en el Kursaal, de la Avenida del Puerto. Pérez Prado fue su primer acompañante. Qué habrá sido eso, señoras y señores.

Ella es también de esos jóvenes que, siempre que pueden, suben a descargar (ya está activa entre los músicos esta palabra, esa noción) a cierta casa del Callejón de Hammel: un primer piso donde vive el viejo trovador Tirso Díaz y su hijo Angelito, quien compuso por esos días “Rosa mustia”. Allí se aprenderá entonces nuevas canciones, de los muchachos de Feeling, que va a interpretar toda la vida: de Portillo de la Luz, José Antonio Méndez, de Justo Fuentes, Yáñez y Gómez, Niño Rivera, Ñico Rojas, Piloto y Vera… Allí conocerá a Frank Emilio.

Con Moraima Secada, Omara y Haydée Portuondo la muchacha integrará en 1952 el mejor grupo vocal femenino de nuestra historia: el cuarteto de Aida Diestro. Estará en las D’Aida hasta que grabe, casi en el umbral de 1960, dos longplayings para la firma Gema con los cuales iniciará una especie de reinado. Sin tiranía, pero reinado al fin. No se inscribirá en la casta de las boleristas –coto de la señora Olga Guillot–: a falta de mejor término la llamarán “cancionera” o “intérprete”.


Elena Burke, Frank Emilio y Tania Castellanos, 1963. Fotos: Cortesía del autor


Actúa en el Saint John’s con el piano de Frank Domínguez y el Club 21 con Meme Solís con quien graba un disco de larga duración impresionante: La Burke canta (1959) con Pablo Cano en la guitarra, Papito Hernández en el bajo, Guillermo Barreto en el drums y Semilla Hernández en la tumbadora. Los cronistas de espectáculos la proclaman La mejor intérprete del año 1959, La mejor de 1960

Luego vendrán grabaciones con orquestas grandes, de estudio –a veces demasiado profusas–, y hará su disco del año 64 con Frank Domínguez y el guitarrista Froilán Amézaga, inmejorable cómplice suyo por casi dos décadas. Así comenzó la historia. Una larga historia hermosa: la de Elena Burke entre su gente cubana de muy diversa edad y de cualquier parte.

Ahora, a propósito de su cumpleaños 89 –nació en un hogar de El Cerro el 29 de febrero de 1928– acaba de aparecer bajo el sello Egrem, colección Memorias, un CD que reúne grabaciones originalmente concebidas para discos de 45 revoluciones o integradas en discos variados, desde hace años muy difíciles de localizar en sus soportes originales. Además de contener un grupo de registros poco difundidos el fonograma posee otro atractivo: su comercialización se realiza en moneda nacional, justo en el lugar donde se hicieron estas grabaciones, los estudios Egrem de la calle San Miguel 410.

Los pequeños detalles de La Burke se titula esta producción del laborioso Jorge Rodríguez –ya había preparado un estupendo La Burke en vivo– que inicia con grabaciones con la orquesta Cubana de Música Moderna –Rafael Somavilla en el podio y los arreglos– (“Te doy una canción”, de Silvio Rodríguez; “Los años mozos”, de Pablo Milanés; “Parece raro”, de Luis Rojas y “Pequeños detalles”, shake de Sarita Santana).

De inicio de los años sesenta el disco contiene obras grabadas por Elena con orquesta de cuerdas y jazz, según la etiqueta de los discos (“Tú no hagas caso”, de Marta Valdés; “Me faltabas tú”, de José Antonio Méndez, “Burla” de Justo Fuentes y sus versiones de “Alma con alma”, de Juanito Márquez; “Me miras tiernamente” de Yáñez y Gómez); con la orquesta de la Imprenta Nacional de Cuba (1961) dos canciones tempranas de Juan Almeida (“Fue anoche” y “Yo quisiera tenerte”).


Elena Burke en Varadero, 1987


Aparece “Persistiré”, de Rubén Rodríguez, bolero chá que popularizó con la orquesta Aragón en 1967 y cuatro grabaciones con la Típica Sinfónica del Chachachá (la agrupación de Enrique Jorrín reforzada con otros músicos), realizadas hacia 1970 e instrumentadas por el pianista Rubén González entre las que destaca “Si te contara”, de Félix Reyna y “Me encontrarás”, de Tania Castellanos, compositora de otras piezas incluidas aquí –algunas inéditas en disco hasta hoy – en las que participaron los maestros Adolfo Guzmán al piano, Somavilla al vibráfono y Froilán a la guitarra (“Recordaré tu boca”, Mañana será”, “En nosotros”, “Canción de mi Habana” y “De los dos”).

El disco incluye grandes éxitos de la Burke de los años ochenta, como “Ámame como soy” y “Cantaré victoria”, de Marta Valdés, ese delicioso bolero bien lento dedicado al campeón olímpico Alberto Juantorena y un soneadoLlegaste a mi cuerpo abierto”, de Pablo Milanés, donde queda demostrado el poderío interpretativo de Elena (también) en números “movidos”, poco frecuentes, por cierto, en su discografía.

De sus últimas visitas a los estudios Egrem aparece “Cenizas”, de Wello Rivas y un magnífico “Llorando por dentro” de Arturo Castro con el piano de Enriqueta Almanza. Tras algún que otro track francamente olvidable, cierran el fonograma dos de los primeros registros fonográficos de la extraordinaria intérprete: “Juguete”, del boricua Bobby Capó y “Un pecado nuevo”, del argentino Marianito Mores.

Tras quince largos años de su partida estos otros Pequeños detalles traen la alegría del reencuentro y la confirmación de que Elena Burke forma parte del exclusivo grupo de las grandes voces del país de todos los tiempos. Y sobre todo es una intérprete, pero en letras grandes.