Llama la atención que entre nosotros la música electrónica ha estado asociada a las corrientes de vanguardia y de experimentación en la música culta o académica. En tal sentido, resulta fundamental y a la vez sorprendente el nivel de desarrollo que en nuestro contexto ha registrado la música electroacústica, de la cual Juan Blanco fue su principal propulsor, desde que en 1961 compusiera su obra titulada “Música para danza”, registrada con un oscilador de audio y tres magnetófonos domésticos.


Foto: Archivo de La Jiribilla


Tristemente hay que decir que por mucho tiempo y a tono con la etapa en que Cuba reproducía el modelo de la Unión Soviética —país que nunca llegó a entender el hecho de que el espacio en el que se dirimen las contradicciones de la cultura tiene que ser público, como mismo resulta público el peso de la censura, y donde además se consideraba que la música electroacústica era un ejemplo elocuente de lo que el realismo socialista valoraba como “arte degenerado de Occidente”—, Juan Blanco fue hostigado desde criterios estéticos, políticos e ideológicos por parte de especialistas y funcionarios dogmáticos de las instituciones cubanas, que no estaban aptos para comprender la propuesta artística de quien en nuestro contexto resultó un adelantado a su tiempo.

Pese a los muchos problemas a los que tuvo que enfrentarse, Blanco no renunció en ningún momento a sus principios ideoestéticos, y así nos legó una copiosa obra, entre la que pueden mencionarse títulos como “Estudios I y II”, “Ensamble V”, “Texturas para orquesta Sinfónica y cinta magnetofónica”, “Estructuras”, “Interludio con máquinas”, “Ensamble VI”, a las que habría que añadir el importantísimo trabajo de elaborar ambientaciones sonoras de exposiciones, hospitales, hoteles y espacios públicos interiores y exteriores.

Ahora, gracias al quehacer del sello discográfico estadounidense nombrado Innova, perteneciente a  la American Composers Forum, ve la luz el fonograma titulado Juan Blanco, Nuestro Tiempo. Se trata de un proyecto que logra concretarse en virtud del apoyo ofrecido por la Fundación Mc Knight, también norteamericana. El material recogido en el CD procede de los fondos del archivo del Laboratorio Nacional de Música Electroacústica, activa institución dirigida por Enmanuel Blanco.

El álbum resulta harto interesante, pues en solo seis piezas consigue dar al oyente una aproximación general bastante acertada a los diferentes caminos por los que transitó la obra composicional de Juan Blanco. Es ese un logro de la curaduría del fonograma, llevada a cabo por el productor musical Neil Leonard.

Así, encontramos en el CD distintos trabajos hechos por computadora, manera de expresión en la que Blanco fue pionero entre nosotros. Otra elección para el repertorio del disco que me parece feliz, fue la inclusión  de lo que constituyó la primera música concreta compuesta en nuestro país, la pieza “Música para danza”, procedente de la segunda mitad de los sesenta de la anterior centuria.

Si bien las seis piezas seleccionadas son representativas del quehacer en conjunto de Juan Blanco, en mi opinión, el mejor tema escogido para el repertorio del CD es “Circus-Toccata, para tape y percusión”, considerada por la crítica como una de las cumbres entre las composiciones del desaparecido maestro y un antecedente de obligatoria consulta no solo para los creadores electrónicos pertenecientes a la escena de la música académica, sino también, y esto es lo interesante, para los hoy harto populares DJs.

En resumen, el álbum Juan Blanco, Nuestro Tiempo, deviene un trabajo de esos a los que habrá que volver una y otra vez, siempre que se aspire a tener una mínima idea de la obra de quien fue una suerte de alien transgresor, incluso dentro de lo valorado como vanguardia musical cubana de los tempranos sesenta; todo un ejemplo de transgresión estética y sociocultural, todavía poco estudiado entre nosotros.