Desde la oscuridad absoluta se empiezan a esbozar mis pies, gracias al tenue resplandor que desprende la arena. Voy a la deriva, dando tumbos, sin buscar destino, simplemente me dejo llevar por el instinto. Zigzagueo casi a tientas, guiado por la humedad que deja el resto de las olas marcando la orilla de la playa. Me gusta venir cuando cae la noche; la soledad es aquí espaciosa, eterna.   


Fotos: Kike


—Noche de la Noche calmante

la oscuridad refresca

el aire

parece diferente…            

Me paraliza esa voz como gimiendo a mis espaldas. No es posible: acabo de pasar por ese punto.   

Una risa amarga, algo rajada como de angustia, se confunde con el silbido del viento.

Me recorre un escalofrío. ¡Carajo! ¿A estas alturas voy a creer en cuentos de aparecidos? Respiro profundo. Me atrevo a voltearme. En efecto, un bulto opaco va cobrando nitidez.  Es una muchacha sentada, con un vestido de lienzo blanco, como si fuera parte de la arena, con sus piernas recogidas; apoya su barbilla en un cuaderno rojo, su mirada se pierde en el mar. La silueta va cobrando nitidez cual si desde el cielo la iluminaran con un spot seguidor. Alzo la vista, la luna no ha salido. Ella prosigue su monólogo:    

la Noche no tiene

ojos

            no hay nadie 

                                   silencio

para todos excepto para la misma Noche.

Te reconozco. ¿Quién no te identificaría de inmediato! Tantas veces soñada como el imposible de los imposibles y ahora, de sopetón, a unos cinco metros, si acaso, de mí. Me acerco, ni te inmutas. Continúas mascullando temores:

Ay, maldita sea, me gustaría estar muerta

-absolutamente no existente-

ausente de aquí

-de todas partes-

pero cómo lo haría.

—Eh, tranquila. ¿Qué te pasa? Estoy aquí, Marilyn. ¿Me ves?, ¿me escuchas?... ¡Aquí!  ¿Me dejas acercarme?

No dices nada, me miras vagamente o, más bien, apuntas tus ojos en mi dirección y siguen de largo, como si yo fuera transparente. Tu figura, aun notablemente desaliñada e inusualmente encogida, sigue irradiando gracia. Inspiras una ternura que se me desborda hacia los más cándidos deseos. Cuando me percato del milagro de tenerte casi a mano, desvalida, comienzo a sudar y a soltarte bien bajito, como un perseguido, un monólogo disparatado:    

—Me van a descubrir y a matarme también, como a ti. Ya sabes: muy fácil, sin balas; bastan los inevitables somníferos o, sencillamente, encienden las luces del set o llueven los flashes de los fotorreporteros y... ya. Salimos mañana en la primera plana del New York Times... Bueno, por estos tiempos, en pocos segundos recorrerían nuestras fotos las redes de Internet y la maquinaria de cadenas mediáticas. Bastaría el titular: “Romance oculto de Marylin Monroe con un joven trovador cubano”. Por supuesto que no dirán tu verdadero nombre, Norma Jeane Morteson; ese no saldría ni en la crónica roja. Si me descubren aquí, en la playa contigo, entraría de golpe al club de los “exclusivos”. En una semanita rectifican mi físico, me enseñan mi nueva biografía, amaneran mi canto, amoldan mis canciones y, casi seguro, me inventan hasta una película contigo, recreando hollywoodescamente este mismo encuentro. Tu fama de sex simbol me convertiría en el más envidiado galán, y al cabo de un mes he dejado de ser yo, y el mundo creería que me conoce, viendo al robot que conduzco. Luego, a lo sumo uno o dos años más tarde, al consumirse la vanidad inicial: la depresión progresiva por no saber quién soy —o por saberlo y tener que ocultarlo—, y a echarme a morir en las tumbas de la gloria. ¿No lo crees así, Norma?



 

Te dejas caer y tu cuerpo me queda a lo largo. Me observas solo un instante —suficiente para tomarlo como una invitación a sentarme a tu lado. Me ignoras nuevamente; buscas ahora en las alturas las estrellas que no están:

—Es como si todo esto le pasase al de al lado. Yo estoy cerca y puedo notarlo y oírlo, pero, en realidad, no me sucede a mí.

Sabía que le pertenecía al público y al mundo, y no porque tuviera talento, ni porque fuera guapa, sino porque nunca le había pertenecido a nadie ni a nada.

Al principio me resistí a creerle, de tan enamorado que estaba yo. Luego me fue convenciendo de que me estafaban, de que me habían dormido creando un ídolo inmaterial y —lo peor— de que así sucede con todo.

—No digas eso, Norma. Debes estar estresada... Calma. Piensa que siempre hay alguien que te adora más allá del glamour y el oropel, quien no te busca para entrar en la alta sociedad, sino para sacarte, feliz, de ella. He aprendido a quererte desde mi amor de fanático —‘massmediatizado’— por la Monroe superestrella, hasta ascender a la Norma oculta, la que nadie ve. Se lo debo a un amigo común, Jesús Aguado, que te conoce muy bien. Fue él quien me hizo comprender que tú no eras tú, o, más bien, que no eras ese mito de muñequita erótica. Marilyn Monroe —me dijo una tarde en un bar— es un invento del imaginario colectivo del siglo XX. La prueba de que no existió son sus películas, que subrayan su imagen antes de difuminarla (unas cataratas, una falda alzada por una corriente de aire, una manada de potros salvajes: cualquier pretexto vale para que el icono erótico haga desaparecer a la persona e incluso a la actriz). Sus libros de fotos la retratan y la multiplican hasta las infinitas dimensiones que poseen las diosas, es decir, las divas, es decir: esos solitarios e inalcanzables seres olímpicos a los que uno puede remitir oraciones y ruegos, pero no abrazar, besar, invitar a un café, llevarse de viaje o instalarse en su casa… Al principio me resistí a creerle, de tan enamorado que estaba yo. Luego me fue convenciendo de que me estafaban, de que me habían dormido creando un ídolo inmaterial y —lo peor— de que así sucede con todo. Vivimos en un mundo de ilusiones que nos han creado para que no percibamos la vida real, para colgarnos de esas etéreas nubes en las que nos montamos hipnotizados; nubes que siempre nos dejan plantados en el mismo lugar: ante las puertas de las tiendas, como si estas fuesen lo más importante para la vida. Consumir, consumir, desesperadamente, consumir, consumir, consumir, insolidariamente..., dice Pedro Guerra en una canción. Pero, carajo, Norma: ¡Perdón! No me he presentado: Soy Santiago, Santiago Feliú, y me dicen el Santi. 

—Buenas noches

que tengas dulces

y profundos sueños.

Y que donde quiera que reposes tu cabeza

estés también tú.

Intentas levantarte, me atrevo a retenerte, tomando suavemente una de tus muñecas. ¡Eres de carne y hueso! Tu piel, muy suave.

—Estás fría —te digo con una ternura que, más allá de observación preocupada, me auto propone como calefactor. Eso te saca una sonrisilla; me embadurnas con ella de confianza, hasta tal punto que me paso un poquito: 

—Mira, te agradezco que me desees eso tan difícil que es ser uno mismo frente a los esquemas con que nos construyen a diario la sociedad, las normas, las tradiciones, las buenas costumbres, el “siempre fue así”. Ojalá, como dices, pueda dormir siempre con la cabeza sobre la mejor almohada: la de la paz interior. Pero no te marches, por favor; ampara mi soledad, que yo también cargo penas de amor. Para peor mal, no tengo la gracia de tu belleza, la cual tiene el inconveniente de que te desean solo por tu exterior,  pero, al menos, aumenta la cantidad de enamorados entre los cuales escoger.

Ya quieres reír; aunque te contienes y niegas con la cabeza, como quien empieza a sentir curiosidad. Por fin pareces verme.

—Me dicen, sí, que soy afortunada por estar viva

¡pero es tan difícil sentirlo

cuando todo

me hace daño!

—Todo no, Norma; yo sería incapaz de causarte una mínima pena.

Cobras cierta seguridad y, en esa misma medida, empiezo a perder mi confianza. Si sales de tu mal momento podrías irte, tal vez dejándome un número falso de teléfono. Se cruzan un instante nuestras miradas y me precipito:   

“Dame un beso

desmedido y saturado,

de cualquier intención

de amor,

oscuro y preso,

largo, infeliz,

sin tener por qué,

escondido, infiel,

beso por querer.

Dame un beso

de lujuria calculada,

descarado y total,

sin fe,

bueno y culpable,

asustado y cruel,

solo hasta los dos,

verbo de besar.

Sin perdón,

sin dios,

de otra pasión,

de la desamorada felicidad.

Ahora sí sonríes; te ha sorprendido mi inocente frescura y te hace mucha gracia. No acercas tu boca a la mía, como habría deseado, pero aceptas rotunda mi compañía: 

Okeydoke, me quedo. Pero debes saber que a estas alturas de mitología me cuesta mucho creer en alguien: todos se me acercan buscando las medidas exactas de cintura y de busto, la risa de niña tonta, la Marylin que me sacó de ser una ignorada chiquilla pobre, empleadita de una tienda, manoseada desde la adolescencia, hasta esta ricacha que no encuentra un átomo de humanidad a su alrededor. Hastiada estoy de ser quien no soy. Si algo cabe que te pida en este instante, por favor, Santiago, Santi o como te llames…



 

Sé amable.

Ayuda a este ser agotado

a olvidar las cosas tristes.

Alivia mi soledad

y tranquiliza mi mente

mientras vas devorando mi carne.

Más que poseerte, me empecino en curarte. Estoy decidido a luchar por tu amor ilusionado.

No puedo creerlo, pero son inequívocas tus palabras; más que por lo que dicen, por como lo dices virándote hacia mí, abriéndome un espacio a tu lado en la arena. Y yo mismo no me lo creo: Te me estás ofreciendo ¡tú!, la mujer más deseada de la historia del cine, y me detengo ante los embates del alma, negado a que te entregues por resignación. Más que poseerte, me empecino en curarte. Estoy decidido a luchar por tu amor ilusionado: 

“Búscame donde sientas que está ardiendo,

donde se eternizan los recuerdos,

donde no me encuentres, donde estuve,

donde se olvidaron de quererte.

Si todo el amor del mundo está tiritando,

cada segundo cuesta un siglo de espera, 

dime si lo que sientes no es lo profundo,

en cada momento del alma de esta escalera.

Sigue iluminándome, Norma, con las contradicciones que te afloran. Deposita tus penas en mí, aunque ni siquiera tienes que contarlas: te he estudiado a diario, hasta soñarte más allá de lo mucho que, como un divertimento cruel, se ha escrito de las dos caras de tu luna, Norma mía…

Dame el beso

de la duda sin ternura,

de los tristes y cansados del amor,

mojado y valiente,

que no se me pueda olvidar,

solidario y bien,

bésame el besar.

Sin perdón,

sin dios,

sin terminar,

beso tuyo

en este ahora

y nada más.

—Detente, Santi. —Dijiste como quien despierta de repente a la vida, y siente pánico del amor. Envuelta ya en un arranque pasional, preguntas con aire de ruego:

—¿Cómo puedo saber que no estás besando a esa otra que no soy, a la maldita Marilyn de las pantallas, las vallas, las revistas de modas, los diarios: cómo puedo creer que ansías los labios de la que ha muerto a manos de esa otra mujer de luz?:

ay vida

cómo te han engañado

más delgada que un hilo de una tela de araña

más pura que ninguna.

Suspiraste con repentino desespero, lo cual me arrastró hacia las más remotas promesas:

—Norma mía, soy un trovador que puedo equivocarme, errar, pero no canto sino lo que me revienta en mis adentros: mi más intensa verdad. Vives prisionera de una existencia inventada para las pantallas. Ten confianza en mí:

La vida es otra cosa,

si con las mismas ganas

te la sucedes sin esperar más nada.

La vida es diferente,

si la paciencia gana

cuando la soledad colma a la soledad.

La vida es otro cuento,

si entonces de momento

lo sacas todo como te ocurre dentro.

Son unos pocos días

prestados por el tiempo,

la suma de restar las cicatrices

de los más tristes momentos.

La vida es una sola

entre todas las vidas,

una esperanza gris,

un  pestañear y un beso,

una melancolía…

De pronto la arena empezó a envolvernos, y tú, plena, llorabas y reías. Súbitamente, tu desahogo:

—Te siento, Santi, pero mi descreimiento ya no tiene cura; le han puesto precio a mi risa y se me congela: a tanto beso, que ya los ensayo; a cada parte de mi cuerpo, que se desnuda de la misma manera que se viste… Me lo han comprado todo y me cuesta cada vez más esbozar siquiera una ilusión. Estoy rodeada de máscaras; yo misma no me identifico en el espejo. Vivir sola es como estar en una fiesta donde nadie te hace caso. Quizás por ello, mí único confesor es el bloc adonde desnudo mis más recónditos pensamientos.

De vez en cuando

escribo unos versos

pero no uses

esto

contra mí.

Pero, qué demonios,

lo que quiero decir

no va a vender.



 

—Sabes que cualquier cosa que escribas tendrá, a la larga, muy buen precio, Norma mía. Sé que tienes alma de poeta, y que, lejos de esa imagen de tonta con que te han encasillado, eres una gran lectora de buena literatura, especialmente española. Sé también de tu gusto por la buena pintura, y hasta tus favoritos conozco: Velázquez, Goya y Picasso.

 Halagada, me tendiste la invitación:

—¿Quieres que cenemos juntos? Yo había pedido que me llevaran la comida a casa, pero podemos ir a La Scala con mi chef, Ceferino, y así degustas mi plato favorito, el "Fetuccini Leon".

Vi por única vez, fugaz, tu entusiasmo adolescente. Ni siquiera me dio tiempo a aceptar tu tentadora propuesta. Un auto frenó bruscamente a unos treinta metros de nosotros. Tirones de puerta. Luces de linternas que buscan. Te pones pálida abruptamente, tus labios tiemblan mientras balbucean:   

—No tengo salida. He perdido el derecho a ser amada, me he convertido en un peligroso demonio, mi voz tiene mucho eco. Soy vigilada en todo momento: unos apuntes míos pueden estremecer todo un imperio. Bob, John… no debí amenazar con este diario —señalas el cuaderno rojo, lo aprietas contra tu pecho. Miras con terror a todos lados. Sales gateando hacia el agua. Intento seguirte y me paralizas con una voz desconocida, diablesca, autoritaria: — ¡Ni se te corra moverte! —te adentras en el mar, hundes el cuaderno rojo. Regresas mojada, toda embarrada de arena. Yo me quiero enterrar también sin saber de quién me escondo.

Hablas como loca, bajito, para ti:

—Sinatra, el FBI, el capo Sam Giancana, el chantaje a los Kennedy... Estoy en el centro de una guerra oscura: me usan: sé demasiado sin saber nada... La venganza por Bahía de Cochinos, el asesinato de Trujillo... Quieren acabar con JFK: No tengo escape.  

Intento abrazarla. Me rechaza, se lleva el índice a la boca imponiendo silencio, me mira como desde un abismo y repite, inexplicablemente, mis primeras palabras de hace un rato cuando la encontré:

—Te van a descubrir y a matarte también, como a mí. Ya sabes: muy fácil: sin balas; bastan los inevitables somníferos o, sencillamente, encienden las luces del set o llueven los flashes de los fotoreporteros, y... ya: salimos mañana en la primera plana del New York Times —bueno... por estos tiempos, en pocos segundos recorrerían nuestras fotos las redes de Internet y la maquinaria de cadenas mediáticas—. Basta el titular: “Romance oculto de Marylin Monroe con un joven trovador cubano”. En medio del macartismo, del anticomunismo histérico que vivimos, fuese mi sentencia de muerte y la tuya; nos condenarían a la silla eléctrica, como espías de Castro o del “demonio rojo” de la URSS. Seríamos otros Rosenberg.     

Socorro, socorro

socorro

Siento que la vida se me acerca

cuando lo único que quiero

es morir.

Suspiras, te acaricias el rostro con mi mano, acercas tus labios a los míos... Me das el beso ideal...

Sin perdón,

sin dios,

lleno de no,

beso tuyo

para recordar.



 

Se acercan las luces, rastreando; una voz da indicaciones. Me tomas por la barbilla para que te preste vital atención y ordenas:

—Pase lo que pase, ni se te ocurra pestañear. No te vayas a mover hasta que transcurra, al menos, una hora.

Tu mano revuelca mis cabellos, suspiras lentamente y dices con dulce angustia como despedida:

—¡Mira en qué momento aparece el verdadero galán! ¡Gracias!

Como una loca, te echaste a correr. Las luces te siguieron, las voces conminándote a que no sigas y te entregues. Como por disolvencia quedó todo envuelto en la oscuridad absoluta.   

Miré el reloj, para cumplir tu hora: eran las nueve y 46 minutos de la noche del sábado cuatro de agosto ¿de 1962?, ¿de 2012...? 

Yo me escurrí luego entre la bruma como a punto de despertar, con la boca reseca. Al día siguiente tampoco te hallaron en el cuerpo inerte de Marylin Monroe, desnuda sobre la cama, con la mano en el teléfono. Los detectives no supieron a quién ibas a llamar. Yo no puedo afirmarlo, pero creo que dijiste ¡Basta! Ya no encontrabas a Norma y acudiste a las pastillas para matar a quien ya estaba muerta. Quizás, en el último momento, una canción te hizo ver un lejano rayito de luz... Pero mi beso también fue ficción, y el nombre que te di es de otra realidad en la que solo te puedo abrazar como… El Diablo Ilustrado.  

 

Señor:
quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar

y no llamó (y tal vez no era nadie

o era Alguien cuyo número no está en el Directorio de los Ángeles)

            ¡contesta Tú al teléfono!

 

Ernesto Cardenal                

 

 

Norma y Santiago (canción)

 

Se encontraron en la playa

la imposible madrugada

sin testigos, sin oleaje, ni una luna de soñar;

él, descalzo y embriagado,

trovador rocanroleado,

daba tumbos por el tiempo   

por un tiempo que no está.

 

Ella había perdido el sueño

repitiéndose filmada

entre tragos y pastillas que la fama iba a pagar:

seductora, codiciada, diosa de luz se esfumó

desviviendo en las pantallas

que le robaron el nombre, huellas, amigos y dios.

 

Norma y Santiago

sin mañana, sin pasado,

sin perdón de inquisidores

temerosos de un destello de sinceridad.

 

Santiago y Norma

danza hereje de las sombras

como cuerpos que se queman

en un beso desmedido y saturado, sin final.

 

Ella apareció en la arena,

-oración arrodillada-

sollozándose los versos del alma que se le va;

él encendió su mirada

como un náufrago endiablado

poseído por la urgencia de curarse, y de curar.

 

Con su patria, y con la humana,

aferrado a la guitarra

arrastraba a los fantasmas desterrados en la mar:

taciturno, despistado, tierno, zurdo, navegante

sin patrón y desafiante

rumbo a la estrella polar.

 

Norma y Santiago

sin mañana, sin pasado,

sin perdón de inquisidores

temerosos de un destello de sinceridad.

 

Santiago y Norma

danza hereje de las sombras

como cuerpos que se queman

en un beso desmedido y saturado, sin final.

 

Como cuerpos que se queman

donde al fin te salvaré,

me salvarás.