La mayor novedad de este fin de semana en el Festival Artes de Cuba, en Washington D.C., fue la irrupción de la danza en los escenarios del Centro Kennedy. Las dos funciones de la Compañía Malpaso, previstas para las noches de viernes y sábado, evidenciaron la calidad de nuestra formación danzaria y produjeron numerosas escenas de intercambio entre espectadores y bailarines, los primeros impresionados por la destreza y el rigor interpretativo de los segundos.

En entrevista concedida a Alexis Triana, enviado especial y Director de Comunicación del Ministerio de Cultura, el director General de Malpaso, Fernando Sáez, explicaba que se trata de “un grupo de bailarines con muchas horas de trabajo colectivo  y que han bailado antes en teatros muy importantes de los Estados Unidos. No son artistas que suelan apocarse en espacios grandes y de mucho prestigio. Fueron funciones muy hermosas y el público ha sido muy cálido. Se trata de un espectador muy conocedor de la danza, muy enterado de lo que sucede con el género a nivel internacional y muy dispuesto a disfrutar, tal como lo hizo”.

Interrogado sobre la responsabilidad que supone representar a Cuba en un espacio y en un festival como este, Sáez aportó: “Nuestros bailarines tienen mucho oficio, aunque algunos de ellos son muy jóvenes, de modo que mientras más exigente es el espacio, más estimulados se sienten, pero en el mejor sentido. Más que el espacio, el estímulo más grande para ellos ha sido compartir con tantos artistas cubanos de prestigio, de renombre, muchos de los cuales son incluso sus propios ídolos y que eran ya estrellas cuando ellos ni siquiera habían nacido. Esa responsabilidad fue más grande que bailar en el escenario del Kennedy, sin que esto suene pretencioso y sin quitarle importancia a esta institución, que es absolutamente extraordinaria”, concluyó.

También durante estos días el público local pudo disfrutar de los filmes Memorias del subdesarrollo, Retrato de Teresa, Lucía, Fresa y chocolate, Suite Habana y Conducta; al tiempo que colmaba los diferentes recintos expositivos del Kennedy Center, interactuando con las exposiciones de los artistas residentes en Cuba Manuel Mendive, Roberto Fabelo, Roberto Diago y Esterio Segura.

 Hybrid of a Chrysler, obra con la que el artista de la plástica José Esterio Segura se integra a los embajadores del
arte cubano que inundan por estos días los espacios del Kennedy Center. Foto: Cortesía del autor

 

Se sumaron a este despliegue audiovisual las obras de los pintores José Parlá y Emilio Pérez, residentes en Nueva York e hijos de padres cubanos, que han sido disfrutados años atrás en Cuba, gracias a la Bienal de La Habana. En el caso de Parlá, se trata de una muestra muy compacta, titulada Poly-Ritmo, sobre la necesidad de derribar todo tipo de muros y obstáculos a la comunicación directa entre ambos pueblos; en tanto Pérez propone una hibridación, a través de recursos multimediales como la videoinstalación con banda sonora incorporada, entre algunas de las constantes figurativas de su quehacer pictórico y fotografías manipuladas de varios edificios habaneros.

La exposición de Emilio Pérez se titula Sombras silvestres y convive a la perfección con uno de los espacios más concurridos y de mayor actividad del Kennedy Center, el salón que comunica al Terrace Theater con el Cubano’s Bar, sitio ambientado con una enorme pieza de Roberto Diago, que funciona a su vez como pórtico de su instalación Historia permanente y singulariza la presencia cubana más allá de los lugares comunes con que se nos evoca aún en espacios culturales y turísticos del mundo entero.

Resulta interesante el hecho de que para llegar a la fabulosa instalación de Diago haya que partir del salón donde se proyectan las imágenes de Emilio Pérez y atravesar la galería que acoge la muestra de José Parlá. Hay que dar gracias, en todo caso, a la pericia de los curadores del Kennedy Center, que no se limitaron a conceder a cada conjunto de piezas el espacio que merece, sino que cumplieron la difícil tarea de tejer los posibles caminos para el diálogo entre unas piezas y otras, entre unos contextos y otros.

De vuelta a la danza y las presentaciones de domingo en el Milenium Stage, el más popular de los escenarios dedicados por estos días a la cultura cubana en Washington D.C., llegamos a la compañía DC Casineros, integrada por bailarines locales e incansables promotores de la cultura cubana, mediante la práctica y enseñanza de sus diferentes géneros danzarios, con especial énfasis en el son y la salsa. Al lucimiento indiscutible de sus evoluciones coreográficas, la compañía sumó su alto poder de convocatoria y trajo consigo a miles de espectadores que colmaron el recinto y bailaron durante casi dos horas una amplia gama de ritmos cubanos, prodigados por el Dj cubano Ariel Fernández, promotor cultural conocido en Cuba por su amplia actividad promocional en la década de los 90, a favor del movimiento de rap cubano; amenizó la velada vespertina con la mejor música cubana de los últimos 40 años, tal como hizo con varias de las fiestas de cierre, celebradas en el Atrium del Kennedy Center. Concebido especialmente como colofón de cada noche de festival en el Atrium conviven el baile y la conversación con la mencionada instalación de Roberto Diago, los vestuarios de fantasía de Celia Ledón y la muestra de carteles del cine cubano, con exquisita curaduría de Sara Vega.


 

En lo que puede considerarse el cierre de la primera semana del festival Artes de Cuba, la cantante y compositora cubana Aimée Nuviola ofreció un trepidante concierto que integró numerosos hitos de la cancionística cubana con temas de su cosecha; respaldada por una banda de cinco músicos, coros de su hermana, la Maestra Lourdes Nuviola, e intervenciones especiales del saxofonista venezolano Ed Calle. La cuidadosa elección del repertorio y la capacidad comunicativa de una intérprete segura de sí misma y plena en su capacidad de seducción para con el espectador, constituyeron, sin lugar a dudas, las mayores atracciones de una velada con sabor a descarga que se extendió por más de dos horas e hizo las delicias de decenas de espectadores latinoamericanos y estadounidenses que colmaron el Terrace Theater.

Por sobre la inconfundible voz de cada artista, se ha venido demostrando acá la capacidad de la música, la danza, el cine y las artes plásticas para disparar la expectativa y acrecentar el interés por un pueblo y su cultura, para convertir a Cuba en tema permanente de conversación e interconectar vivencias con un público heterogéneo y multigeneracional que colma cada noche los diferentes espacios del Kennedy Center, uno de los mayores y más prestigiosos recintos para el arte a nivel internacional.