Queridos músicos e invitados que nos honran con su presencia:

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), que celebra 70 años de sus relaciones con Cuba, ha potenciado el jazz como herramienta educativa y motor para la paz, la unidad, el diálogo y la cooperación entre los pueblos. Noble idea, suprema aspiración de las mujeres y los hombres de buena voluntad en el mundo, que contemplan atónitos una realidad plagada de peligros y amenazas que conspiran contra la misma existencia de la especie humana.

Mientras algunos baten los tambores de la guerra, aquí, ahora y en muchas partes, solo habrá oídos para escuchar la música que nos invita a la convivencia, la concordia y el entendimiento.

Desde que en noviembre de 2011 la Conferencia General de la Unesco proclamó el 30 de abril como Día Internacional del Jazz, la celebración, que muy pronto tuvo alcance global, ha tenido como escenarios centrales a Nueva Orleans, Estambul, Osaka, París y Washington D.C.

Toca en esta oportunidad a La Habana, qué privilegio. Si el año pasado, en la capital norteamericana, los participantes recordaron que en esa ciudad nació Duke Ellington, debo señalar que esta es La Habana de Chano Pozo y Mario Bauzá, de Chico O´Farrill, Machito y Mongo Santamaría, quienes como sabemos contribuyeron de manera decisiva al desarrollo del jazz en la nación donde surgió ese complejo musical ampliamente trascendido a escala mundial que llamamos Afro-Cuban Jazz.

Si la matriz de este género se halla en los Estados Unidos, en las comunidades afroamericanas pobladas por los descendientes de esclavos en las riberas del Mississippi y en esa ciudad mítica que es Nueva Orleans, su carácter abierto, ecuménico y libre permitió, desde sus inicios, que muchos afluentes nutrieran el cauce de una expresión raigal, y que esta, con el paso del tiempo, se convirtiera en unos de los más fecundos símbolos de la diversidad cultural.

Son muchos y significativos los préstamos e intercambios entre el jazz y los músicos cubanos. Honremos la memoria de pioneros como Manuel Pérez, el cornetista habanero que se asentó en Nueva Orleans a fines del siglo XIX e integró importantes bandas en esa ciudad; de Lorenzo Tio, cubano-mexicano que formó a los mejores clarinetistas de las bandas de jazz de la Louisiana en esa época; y el trompetista Perlops Núñez, integrante de una de las primeras bandas de músicos negros de Nueva Orleans.

Pero también honremos la memoria del norteamericano Santiago Smood, un banjoísta negro y pobre, que se desgajó de las tropas de su país que intervinieron en la isla cuando estábamos a punto de conquistar la independencia; se asentó en Santiago de Cuba, aprendió a tocar el tres, se hizo trovador y sonero, y formó dúos memorables, uno de ellos, ya en La Habana, con Graciano Gómez.

Con razón Leonardo Acosta, nuestro más completo y acucioso investigador de la historia del jazz, habló de las múltiples e imprescindibles interinfluencias entre la creación musical de ambos países, las cuales se extienden y consolidan en los tiempos que corren.

Esto lo supo y cultivó el maestro Armando Romeu, y lo sabe y cultiva uno de los anfitriones de esta cita, el gran Chucho Valdés.

El jazz se ha hecho arte de nuestra identidad. Dialoga con el son y el bolero, cobra sentido en lo que llamamos descarga cubana, se hermana con los toques y cantos rituales trasplantados desde África por nuestros ancestros y se funde con la rumba, que acaba de ser proclamada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Es dúctil, permeable, discursivo. No necesita referencias ni claves, es espontáneo y creativo. Un solo golpe del teclado despierta la inspiración. Por eso es universal.

El jazz cubano encuentra caminos inéditos en la creación de los jóvenes formados en nuestras escuelas de arte, y nos representa con dignidad y altura en diversos escenarios dentro y fuera de la isla.

“Todo el mundo en todos los países quiere hacer jazz”, observó Thelonious Monk. Hagamos votos para que esta celebración cubana del Día Internacional del Jazz nos lleve a soñar desde la música con un mundo en el que la vida triunfe sobre los tambores de la guerra.

 

Dear Friends:

Jazz has become part of our identity. It dialogues with the son and the bolero, it takes shape in the Cuban jam session, it establishes fraternal ties with the ritual ceremonies and songs brought to the islands from Africa by our ancestors, and blends with the rumba, which has just been proclaimed Intangible Cultural World Heritage. It is adaptable, permeable, discursive. It needs no references or keys, it is spontaneous and creative. A single touch of the keyboard is an immediate source of inspiration. That´s why it is universal.

Cuban jazz discovers untrodden paths in the creations of young people formed in our arts schools, and it represents us with dignity and stature in different scenarios, here on the island, and abroad.

“People all over the world want to play jazz”, Thelonious Monk observed. Let us hope that this celebration of International Jazz Day in Cuba will enable us to dream, from music, of a world where life triumphs over drums of war.

 

 Texto leído por el Presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba en el Concierto por el Día Mundial del Jazz, celebrado en el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, el 30 de abril de 2017.