Todos los que debían, podían y querían, estaban involucrados en la gran batalla educacional que se había propuesto el país: que el nivel de escolarización mínimo de los ciudadanos fuera el sexto grado. Diez años después de haberse convertido en la primera nación del continente en erradicar el analfabetismo, Cuba se apresuraba a subir su listón educacional. El objetivo, igualmente, se comenzó a extender a la cultura.

Tras la masiva tirada del Quijote —superó el millón de ejemplares—, los ciudadanos cubanos, en una gran mayoría, se comenzaron a convertir en ávidos lectores; no importa que para esa fecha no se publicaran los “bestseller” o que las novelas rosas circularan de mano en mano entre las amas de casa y que en algunas colecciones privadas se conservaran ejemplares de la revista Selecciones. Los intereses de los lectores cubanos respondían a esta nueva realidad, en la cual los escritores cubanos tuvieron una participación determinante y, dentro de ellos, los que se dedicaban a la literatura policial.

Nada era más cotidiano que ver hombres y mujeres con un libro bajo el brazo, coincidir con amigos, o adquirir nuevos, en las colas de las librerías. Leer daba clase y reputación. El camino para que todos fueran, se sintieran o quisieran ser “intelectuales”, estaba expedito.

Y si este pueblo leía, por ende, estaban creadas las condiciones para que accediera a nuevas formas de entender la música que superaran la popular en toda su extensión. En ese camino comenzó a jugar un importante papel el compositor Leo Brouwer, al frente de la Sinfónica Nacional o de diferentes formatos; teniendo como cuartel general para su trabajo el teatro Amadeo Roldán, antiguo Auditórium.


Teatro Amadeo Roldán en la actualidad. Foto: Internet


Leo rompió fórmulas y algunos esquemas propios de la dinámica de la música de concierto. Primero que todo, renunció al tradicional frac y acercó más su pódium al público. Sin renunciar a la jerarquía propia del director de orquesta, comenzó a vestir camisas blancas de cuello chino —unas veces bordadas—, o un vestuario sobrio; y esa misma actitud la asumieron otros importantes directores.

Así comenzaron los ciclos de música cubana contemporánea con programas hechos a la medida de debutantes; los ciclos de música para guitarra —y aquí, curiosamente, durante los cinco años que duró la experiencia Leo solo estrenó una obra suya—, y lo que se puede considerar el plato fuerte de aquellos conciertos: las audiciones de Música Popular de Concierto, en las que la voz cantante corría unas veces a cuentas de la Orquesta Cubana de Música Moderna y formaciones de jazz, sobre todo la que dirigía el pianista Chucho Valdés; y en otras ocasiones quedaba en manos del Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC.

Ir a un concierto en el Amadeo se convirtió en todo un acontecimiento cotidiano para muchas personas que consideraban la música clásica como algo incomprensible o simplemente aburrida, propia de gente “de nariz empinada”. Y como colofón, tras el concierto, nada mejor que comentarlo sentado en la cafetería el Carmelo en la calle Calzada, acompañado de los amigos o de corifeo de los músicos involucrados en tal experiencia, incluido el mismo Brouwer.

La Sinfónica Nacional comenzó a convertirse en un organismo masivo, culturalmente más cercano al hombre común.

Pero eso no fue todo. La programación del Amadeo en esta primera mitad de los 70 también incluyó los conciertos de afamados cantantes, como hubo de ocurrir con el mismo Bola de Nieve, que fallecería días después, y el debut de algunos —siguiendo una tradición propia de la música cubana— que posteriormente se convertirán en importantes nombres de la canción.

Sin embargo, me atrevo a afirmar que los dos conciertos que más impacto tuvieron en el público ocurrieron entre 1974 y 1977. El primero tuvo como nombre De Bach a los Beatles; y el segundo fue la presentación del grupo Irakere con un programa de clásicos en su estilo, digno de las mejores salas del mundo. En los dos Leo Brouwer fungió como director y en el primero, como ejecutante de la guitarra.

Los asistentes al primero pudieron escuchar una versión en tiempo de jazz —por citar la más recordada— del “Concierto de Aranjuez”, donde además de la guitarra primó el clarinete y los pasajes de la cuerda de metales, de una selección del repertorio de la banda británica.

El segundo fue la plataforma para que de una vez por todas se llamara la atención acerca del trabajo del grupo Irakere, que era el centro de todas las discordias en algunos círculos. Unos les acusaban de hacer una música elaborada, en referencia a su trabajo con el jazz y el uso de la batería de percusión afrocubana; otros no le perdonaban que escribieran temas como “Bacalao con pan”, o “Moja el pan en la salsa”, en los que hacían concesiones a la vulgaridad. El trabajo de Chucho y sus músicos emborronó decenas de cuartillas y provocó enconadas diatribas públicas y privadas entre músicos y actores sociales involucrados en el tema cultural.

Irakere se convertía en un acontecimiento indetenible tanto dentro como fuera de Cuba. Su música comenzaba a ser aclamada en los grandes festivales de jazz de esos años; mientras que en las casas habaneras los jóvenes comenzaban a bailar en sus fiestas con versiones de temas de Beethoven y de Rimsky Korsakov.

“La quinta sinfonía” y “El vuelo del moscardón” abrieron las puertas a nuevos amores y emociones sociales; de alguna manera, Brouwer estaba presente para esa generación, no importa si para ese momento sus intereses profesionales ya habían cambiado.