Las únicas palabras que crucé con Santiago fueron unos saludos que me escribió por Facebook desde Chile. Y el hueco en una foto que me cedió después de verme eufórico, dos metros debajo del escenario, despojándome el alma (deshojándola) de la infantil idea de esperarlo.

Pero aquel 12 de febrero Santi, Santi Feliú, se nos fue de la Tierra.


Foto: Kaloian


Para mí fue de aquellas pocas cosas que zarandean todas tus neuronas, te bajan la presión de los sentidos y te obligan a asumir, sin cauterizo, la presión corporal de las mañanas; esa presión de azogarte la vida con desespero después del café.

La vida se equivoca, pensé entonces. Empezó a equivocarse desde que se llevó a gente como Nietzsche, como Martí, Aristóteles, Teresita, como Tupac, como mi bisabuelo.

Pero la vida es cosa incomprensible. Es un tiempo que sigue. Y sigue. Y sigue. Siempre.

Me llegó la noticia de la manera ecuánime en que se presentan las noticias malas. Mi esposa en un mensaje. Y otro mensaje, esta vez, de un amigo que se enteró, que se sentía hecho polvo.

Bajé casi cayéndome las escaleras. Encendí un cigarro y lo fumé cantando que la vida es otra cosa/ si con las mismas ganas/ te la sucedes/ sin esperar más…

Cantando que son unos pocos días/ que entonces no se acaban.

No se acaban.

Pero llegó el final.

La nada y el pasado se encontraron en un infarto. Se llevaron los dientes, esos textos, la barba, la guitarra agarrada del revés que le hacía otro.

Se llevaron al tipo que paraba cien veces los conciertos para afinar. Para mirar el piano. Para alisarse el pelo. Al tipo que rasgueaba con el índice y hacía aparecer flores en las cuerdas.

Si pudiera decirte alguna cosa, te diría que deberías volver. Que deberías aunque la razón dice que nadie puede hacerlo; que no es lógico.

Aquel 12 de febrero dijo Silvio que llevaba días pensando en él.

A mí seguro no van a creerme que aquella madrugada escuchaba con mi hermano sus canciones. Que desde entonces no dejo de hacerlo. Ni de escucharle ni de pensar en esos que no debieran írsenos, ay, Santi.

Si pudiera decirte alguna cosa, te diría que deberías volver. Que deberías aunque la razón dice que nadie puede hacerlo; que no es lógico.

La razón me hace iluso.

Pero, Santi, la razón es la parte insoportable de la naturaleza. Y desafiarla es el remanente de la bronca humana con la inmortalidad. Eso, y que llevas mucho tiempo en silencio aunque el silencio tampoco es lógico.

O no es, por lo menos, algo que hace la gente como tú.