Ninguna sorpresa: el pescado estaba al horno… aunque ya olía a podrido. Donald Trump en Miami con los restos de la Brigada 2506, los derrotados de Girón, los cambiados por compotas, en un grotesco acto de la peor ralea política y ante una multitud enardecida de ardiente militancia en la derecha asesina y antediluviana, que gritaba USA, USA, USA… ¿Qué podía esperarse, sino politiquería caricaturesca? Hay quien asegura que Trump fue asesorado por un oficial encubierto de los órganos de la Seguridad del Estado criolla, pues el resultado de esa aberración escénica fue lograr una impresionante unidad contra el susodicho engendro mediático entre cubanos dentro y fuera de la Isla, con las más diversas ideologías y matices, incluidas las conservadoras, pero al menos, cubanas: pocas veces una acción política se ha traducido en tanta unión contra ella; en realidad, un verdadero éxito.


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Trump creyó que debía ir allí a respaldar al senador Marco Rubio, El Vampiro Baby Face, según lo apodó un amigo ―norteamericano y republicano, por más señas, conocedor de política, quien me aseguró que con la inexperiencia de Rubio a ningún estadounidense sensato se le ocurriría nominarlo para nada―, porque sigue corriendo la investigación por el caso de James Comey, exdirector del FBI, y la influencia del senador Rubio pesa. Pero Trump es así; se hace el que se deja engañar con el cuento de que obtuvo el “voto cubano” en la Florida, para justificar su presencia, pero realmente se trata de un negocio, un tráfico de apoyos: “yo vengo aquí a respaldarte y tú me ayudarás en el comité de investigación”. No es raro este comportamiento; recordemos lo que le dijo al presidente argentino Mauricio Macri: “Ayúdame con China, que yo te ayudo con lo de los limones” ―se refería a la suspensión provisional del comercio de limones entre Argentina y Estados Unidos por asuntos sanitarios―; en realidad fue una manera irónica de humillarlo, porque ¿cómo podría Macri ayudar a Trump con China? Trump fue a Miami a cumplir con Rubio, y si no fuera porque estamos hablando del pronunciamiento del presidente de la potencia militar más grande del planeta sobre las relaciones futuras con una isla del Caribe, cualquiera pensaría que se trata de las maniobras de Michael Corleone para contener las acusaciones del senador Pat Geary, cuando fue investigada su familia en el Senado.   

Al final, ¿cuál es el resultado de esta representación jurásica? Se deroga el decreto del presidente Barack Obama, pero imposible dar atrás a los convenios firmados, especialmente los relativos a Seguridad Nacional de Estados Unidos ―no, Mayeya, con los santos no se juega―, y casi imposible revertir el proceso de viajes y negocios, porque esto iría en contra de los intereses de ciudadanos estadounidenses, incluso algunos muy poderosos, y es poco probable que un Corleone actúe así. Por mucha enfermedad obsesiva contra Cuba, por mucha prepotencia que se pretenda imprimir en las relaciones internacionales y por mucha ignorancia que se tenga acerca de la sociedad y cultura cubanas actuales, del funcionamiento de su economía y comercio, resulta absurdo volver a la época de la Guerra Fría en un escenario tan diferente. Los actores de este sainete desconocen la realidad de la Isla, se la han imaginado bajo esquemas y etiquetas fabricados por ellos mismos, y a fuerza de repetirlos una y otra vez, se los han creído, y los que no se los creen lo aparentan porque les conviene: son los empleados que paga Tom Hagen, el inefable asesor de los Corleone.

Todo el mundo sabe que los trabajadores del turismo en Cuba no son militares; que los hoteles cubanos reciben suministros de empresas estatales, cooperativas y productores individuales; que una disminución de turistas en la Isla perjudica a los dueños de hospedajes privados, a quienes alquilan autos o brindan cualquier servicio asociado a esta industria; que una afectación a la economía y al comercio involucra a todo el pueblo, porque escasean las materias primas necesarias para desarrollar no solo la producción estatal, sino la de los emprendedores que se pretende “empoderar”...; eso está muy claro para los cubanos, residan donde residan, pues solo basta un mínimo de relación con familiares y amigos en la Isla para conocerlo.

Las relaciones de Cuba con Estados Unidos son irreversibles, se estrecharán tarde o temprano, pase lo que pase y quiérase o no, porque se basan en la comunicación entre pueblos con una larga historia de vínculos y cuentan con el creciente apoyo de los estadounidenses y de la gran mayoría de los cubanos. La vuelta al pasado es una fantasía sustentada en el odio y el rencor, que no construye ningún futuro ni ninguna política. Trump sabe que no hizo política en Miami; fue también a despertar a sus dinosaurios para meter miedo, una fórmula que a veces ha dado resultados en Estados Unidos, pero en Cuba solo ha servido para provocar un efecto bumerán; fue a prometer a los vampiros que habrá sangre, porque el presidente teme enredarse en problemas con la justicia, pero posiblemente él mismo intuya que el destino final del bloqueo sea descansar con los peces, como Luca Brasi.

En realidad, ¿qué firmó Trump? Todavía sin instrumentar por la OFAC, propuso la prohibición de viajes individuales, violatoria del derecho de sus nacionales a viajar a Isla de forma personal, pues deberán hacerlo en grupos y por alguna de las razones autorizadas. Los ciudadanos norteamericanos no podrán, como simples turistas y en igualdad de condiciones a los del resto del mundo, recorrer el reconstruido Centro Histórico de La Habana Vieja, sentarse a la célebre barra del Sloppy Joe, tomarse ―como su compatriota Ernest Hemingway― un daiquirí en el Floridita o un mojito en La Bodeguita del Medio; asistir al clásico espectáculo de Tropicana ni a la descarga musical del Jazz Café, participar de la variedad cultural de la Fábrica de Arte o bailar en la Casa de la Música; se perderán el Festival de Ballet, la Bienal de La Habana, el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano o el de Gibara...; tampoco podrán admirar, sin una justificación “convincente”, la belleza romántica de Camagüey y Trinidad, declaradas por la Unesco Patrimonio de la Humanidad, ni las remozadas capitales provinciales, especialmente Santiago de Cuba; ni bañarse en las tibias aguas de Varadero y Guardalavaca, ni contemplar el impresionante paisaje de Viñales, ni competir en el torneo internacional de la pesca de la aguja, sumergirse en alguno de los 525 puntos de buceo, observar sus preferidas entre las más de 16 500 especies de fauna descritas con 90% de endemismo, o de flora, con unas 6 300 variedades. Aunque nada de ello supera en Cuba a su pueblo y a su cultura cotidiana.

Mientras los dinosaurios despiertan y los vampiros se hinchan, Cuba continuará cambiando, como lo ha hecho a lo largo de toda su historia, y desde 1959, para beneficiar a la mayoría del pueblo. Ahora, cuando Trump, gracias a sus asesores ―incluido el Elpidio Valdés que algunos sospechan―, nos ha ayudado para unirnos, es un momento oportuno. Pero resulta imprescindible aprobar definitivamente dos asignaturas pendientes: lograr mayor eficiencia y eficacia en la prosperidad económica, con el menor costo ambiental posible y contando con el lastre del bloqueo como si fuera natural y eterno, aunque se siga reclamando su levantamiento; y consolidar la república socialista y el perfeccionamiento y completamiento de leyes y derechos, blindaje contra la corrupción y la politiquería, y garantía para la democracia participativa e inclusiva.

Un país mejor, un pueblo más feliz, unos ciudadanos con patriotismo más arraigado, convertidos en defensores genuinos de la patria a partir de pensamientos propios y real compromiso, una juventud convencida desde el corazón y el cerebro de que aunque no vivan en una sociedad perfecta está en sus manos mejorarla, es la mejor respuesta a los peligros que siempre nos acecharán desde el gobierno del vecino poderoso y su industria de homogeneización cultural que arrasa con identidades y siembra odio, rencor, miedo y frustración. Defender la independencia y la soberanía de Cuba ha costado mucha sangre y sacrificios, desde la colonia española y la república dependiente del capital norteño: ha llegado el momento de demostrar nuestra madurez como nación.

La Uneac y la AHS han emitido breves y ejemplares mensajes de unidad cívica a partir de la cultura, que han sintetizado la respuesta que necesita esta etapa mesozoica de politiquería desde el otro lado del Estrecho de la Florida. No hay que convertirse en diplomáticos ni en politólogos, hay que construir consensos con un lenguaje en que nos sintamos representados: hagamos real política socialista. Cada uno de nosotros lleva en sí tonalidades, melodías, armonías, cadencias y ritmos, como para suene una enorme banda que pueda acompañar la voz de Cuba, Cuba, Cuba… Ojalá podamos reunir en la Plaza de la Revolución a todas las orquestas de las Escuelas de Arte creadas por la Revolución para, con mil variaciones y afinación impecable, interpretar el llamado al combate del Himno de Bayamo.