Cuando todavía era una muy joven e inexperta periodista de la redacción cultural de la agencia de noticias Prensa Latina, escribí un artículo denostando al bolero y contraponiéndolo con lo que entonces llamábamos la nueva canción.

Las reacciones de los lectores no se hicieron esperar. Y se recibieron en la agencia cartas de todas partes de Latinoamérica donde se defendía aquel género y se criticaba a la atrevida reportera que había vapuleado a una manifestación que gozaba, y aún goza, de gran reconocimiento internacional.

Pasados los años comprendí lo equivocada que estaba. A pesar de sus letras, a veces misóginas y en otras tantas ocasiones cursis y facilonas, el bolero es una expresión tan genuina de lo cubano y de lo latinoamericano como pueden serlo la timba y el son.


Marilyn Bobes: “Lo cierto es que la canción inteligente aparece como la Cenicienta de ese vasto universo que es la música cubana”. Foto: Juventud Rebelde


No obstante, confieso que sigo prefiriendo esa canción de autor donde la poesía tantas veces se conjuga con la música y da lugar a un producto de polisémicas interpretaciones y arriesgadas sonoridades. Eso que ahora se llama canción de autor o inteligente y que con tan poca frecuencia se promociona en la radio o en la televisión cubanas.

Quizás los programadores del Instituto Cubano de Radio y Televisión piensen que ese tipo de música solo es disfrutada por una minoría que no tiene derecho a robar la atención de otro público más numeroso que gusta más de otras expresiones.

Lo cierto es que la canción inteligente aparece como la Cenicienta de ese vasto universo que es la música cubana. Tampoco autores de otros países como Joan Manuel Serrat o Joaquín Sabinas, por ejemplo, tienen suerte con sus apariciones esporádicas en los medios, que difunden, de vez en cuando, algunos de sus conciertos.

Nos hemos acostumbrado casi a que Silvio Rodríguez sea solo el cantor de las conmemoraciones patrióticas lo mismo que otros de más recientes generaciones como el talentosísimo Raúl Torres, que no es solamente el compositor de esas memorables piezas dedicadas a Hugo Chávez y a Fidel.

Algunos como el dúo Buena Fe  tienen más presencia. ¿Por qué? Es algo que todavía no acierto a explicarme, pues sus letras y sus melodías son complicadas y para los parámetros de los programadores debían estar en ese grupo que tan bien Silvio describió en una canción hace muchos años, ese que, según simplificadoras deducciones, las cosas que dicen solo las saben ellos.

El problema es que no acabamos de comprender que los gustos no se forman por generación espontánea y lo que poco se conoce difícilmente pueda resultar agradable o situarse en la preferencia de los públicos (porque el público no es uno sino muchos y, en mi opinión, todos tienen iguales derechos de ser atendidos por una difusión que en nuestro país es pública).

El ya citado caso de Buena Fe pudiera ser paradigmático. Gustan porque se difunden lo mismo que, en menor medida, ocurre con los jóvenes trovadores Adrián Berazaín y Mauricio Figueiral.

No sé a través de qué mecanismos estos artistas que cultivan la canción inteligente han logrado acceder a la pequeña pantalla mientras otros permanecen en un injusto ostracismo.

Acaba de celebrarse la Jornada de la Canción política que cada año transcurre en Guantánamo, dedicada a la nueva y vieja trova cubanas. Me pregunto si a alguien se le ha ocurrido grabar algunos de los conciertos que se ofrecieron allí donde estuvieron figuras tan consolidadas como Pepe Ordaz y Eduardo Sosa, lo que sí se hace con otros intérpretes, a veces de muy mala calidad, que ofrecen grandes espectáculos.

No se trata de imponer cierto tipo de expresión, sino de darla a conocer y dejar que sea el televidente o el espectador quien decida.

Un pueblo que aspira a ser culto necesita también un tipo de música que lo ayude a reflexionar y a pensar y que, por supuesto, tenga la calidad necesaria como para cumplir con dichas premisas.

Conozco muchas personas de mi generación —y entre ellas yo misma—que accedieron a la poesía de Antonio Machado y Miguel Hernández por intermedio de Joan Manuel Serrat, que musicalizó de manera ejemplar los textos de estos grandes autores de la lírica hispana.

Las letras de Silvio Rodríguez son poesía ellas mismas. ¿Por qué limitar a este compositor, que quizás sea el más importante en esta Isla de los últimos 50 años, a las fechas patrias o a los spots de propaganda ideológica?

El hecho de que Silvio, Pablo, Carlos Varela o Polito Ibáñez, por solo citar algunos ejemplos, llenen el Karl Marx, es un indicador de que no son pocos los que votan, como yo, por la canción inteligente.

Y no se trata de repetir el error que yo misma cometí cuando todavía era una joven e inexperta periodista: no hay que sustituir ni contraponer ningún género musical, sino abrir espacio para todos.

No basta con un programa de 30 minutos como Entre Manos, desfavorecido por el canal y el horario en el que se trasmite, para validar la presencia de nuestra trova en la televisión cubana.

Se trata de incluirla, como cualquier otro género, en los programas musicales de mayor impacto. Hagamos la prueba y veremos los resultados.