Primero quiero agradecer la idea de que este coloquio pueda convertirse, y de hecho ya lo hace, en antesala al reconocimiento de una labor difícil y casi inexistente en el país, a mi modo de ver, como es el ejercicio de la crítica cultural, muchas veces ninguneado en nuestros medios de prensa e, incluso, subvalorado por nosotros mismos, entre otros géneros, en concursos y certámenes.

Con el respeto de sus organizadores, dada la premura con que fui avisado del tema, voy a hacer algunas variaciones sobre un fenómeno contemporáneo que puede arrojar, también, luces en cuanto a qué debe y qué no ser la crítica cultural, qué tenemos y de qué se carece, sin entrar en el tema de la memoria, el cual, desmemoriado como soy, entraña una seria y larga investigación que venga desde nuestros orígenes como Nación hasta nuestros días.


José Aurelio Paz cuenta, entre otros galardones, con el Premio Nacional de Periodismo José Martí 2018.
Foto: Cortesía del autor

 

Sin embargo, sí quisiera reseñar algunos momentos del fenómeno apreciativo de las artes y las letras que pienso, no debemos obviar.

Considero que, en tal sentido, no podemos dejar de señalar Lunes de Revolución, un tabloide surgido juntamente con nuestro proceso social, donde se manifestaron las contradicciones propias de un momento de definiciones de todo tipo en medio de un clima de acoso, interno y externo, sobre el papel del artista o el escritor y su obra, lo cual desembocara en las llamadas “Palabras a los intelectuales” que vinieron a establecer pautas definitorias en la ética más que en la estética.

Después, en un segundo momento, la creación en el año 1966, del tabloide El Caimán Barbudo, que en sus inicios perteneció al diario Juventud Rebelde, vino a suplir las carencias de una crítica cultural especializada, aunque luego obtuvo su independencia como publicación en la búsqueda de un público más sectorial.

No debemos soslayar tampoco algunas influencias negativas en algunos de nuestros críticos, como el llamado “Realismo socialista”, y también de lo que se conoce como “Quinquenio gris” de la cultura cubana, que tanto daño hizo a la unidad y cohesión de nuestros intelectuales y cuyas consecuencias ya han sido ampliamente debatidas en foros como el de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba.

Años después, cabe hacer justicia al mencionar nombres como Rolando Pérez Betancourt, quien ayudó a sensibilizar a los lectores con su análisis de la cinematografía mundial desde el periódico Granma y a Soledad Cruz Guerra, quien con su sección “Por el ojo de la aguja”, desde el Juventud Rebelde, también como plataforma, vino a conseguir, por primera vez, un debate público capaz de involucrar a artistas y público, a protagonistas y destinatarios, en un amplio ejercicio de opinión penosamente perdido años después en nuestros medios. O el caso aislado de nombres como Joel del Río o Rufo Caballero con sus largos y controvertidos comentarios sobre el devenir cultural del país.

En el caso del periódico Invasor, donde crecí como periodista cultural, creamos una sección, “Mirarse al Espejo”, donde no pocas controversias tuvieron lugar entre defensores y detractores del fenómeno artístico y que también, penosamente, ha quedado extraviada en el olvido.

Bueno, seguramente ustedes me ayudarán a completar la nómina durante el debate.

Sin embargo, ahora quiero darle un giro a la conversación y hablar un poco de las tendencias contemporáneas del periodismo de opinión cultural, en este sentido, a nivel mundial, cuando se observa una tendencia globalizadora, de la cual creo que formamos parte, más dada a la reseña promocional sobre el arte y la literatura que al ejercicio valorativo.

Salvo grandes medios como el New York Times y algunos otros diarios, con sus propias visiones ideológicas del fenómeno cultural, muchos medios promueven espectáculos y eventos, desde una postura de mercado, pero no hacen valoraciones finales de los mismos. Si usted se fija, por ejemplo, en el Nuevo Herald, se promocionan eventos que, rara vez, se complementan, posteriormente, con el ejercicio de la crítica.

Y es que el fenómeno de la globalización ha venido a reducir la cultura a lo que se ha dado en llamar “la industria del entretenimiento”, como si la cultura tuviera solo la función de entretener y no de educar, obviando, en la mayoría de los casos, los valores del arte para reducirlos a la fatua espectacularidad del chisme sobre el artista, cosa que vende, ante un espectador que cada día quiere pensar menos, con toda esa fauna de realitys-show, convertidos en modernos circos romanos; fenómeno del cual no escapamos en Cuba, y que se consume a través del llamado “Paquete semanal” (donde no todo es malo y donde hay para escoger a diferencia de nuestra televisión), lo cual hoy constituye un reto serio para nuestros espacios culturales, desde las salas cinematográficas a la cuales ya casi nadie acude y hasta la propia programación televisiva o el consumo musical. De modo que también somos víctimas no de la “industria del entretenimiento”, sino de la que yo llamaría también “la industria del embobecimiento”.

La sociedad editorial que edita anualmente el afamado Diccionario de Oxford acaba de seleccionar, como la palabra del año: postverdad, término que alude al discurso emotivo, ya sea político o cultural, que provoca la noticia; el viejo axioma de una mentira largamente repetida puede convertirse, para las audiencias, en una verdad que las someta.


A veces las tecnologías se convierten en un símbolo de pobreza material, pero sobre todo espiritual.
Foto: La Iguana TV

 

Quiero que veamos ahora una muestra, dentro de la televisión española tan dada a lo que llaman ellos “el cotilleo”, de cómo se manifiesta, en el caso de la subcultura, el fenómeno de la Postverdad, y que un interesante programa, que viene precisamente en el paquete semanal trata de explicar. El programa se llama “Chester in love”, donde un comunicador de moda en España, Risto Mejide, entrevistador agudo y punzante, interpela a la periodista y escritora Mila Ximénez, quien ha sido capaz de construir sentimientos falsos en torno a noticias, a fin de ganar dinero y audiencias al costo que sea. Estemos atentos, en el diálogo, al momento en que ella confiesa que cuando en el programa no tenían nada importante que comentar, los productores y directores le echaban mano a sus propias situaciones, con el propósito de que despedazaran su moral públicamente.

Veamos, y luego podemos reaccionar a este material que, desde el punto de realización televisiva resulta atractivo, incluso al utilizar una cámara en travelling dentro del enmarque visual, que pudiera parecer un defecto televisivo y, sin embargo, está ratificando, de una manera muda, la permanencia, o la prepotencia diría yo, del medio.

Finalmente, quiero decir algunas cosas, todas discutibles, con las que más que pretender marcar pautas, lo que pretendo es inquietarlos y proponerles un ejercicio personal de introspección desde la responsabilidad propia del periodista que se dedica o quiere dedicarse a la crítica cultural. Les dejo esta especie de decálogo:

1.- Mi percepción del fenómeno de la crítica cultural en nuestros medios masivos es que es casi inexistente, comenzando porque no se prestigian espacios para su desarrollo por parte de los decisores (propongo que para el segundo coloquio se invite a directores de medios, de lo contrario seguimos en la epidemia de la catarsis), y también porque para hacer periodismo cultural, en un escenario tan difícil como el actual, en que conviven una cultura oficial con otra a veces más fuerte (no diría subterránea porque está a la vista de todos), me refiero a la llamada cultura de la memory flash, para no aludir, además, a la homogeneizadora de las redes sociales, hay que tener un espíritu casi de kamikaze y la voluntad, no de buscarse problemas con los escritores y los artistas, sino con la obra que emana de ellos, sin esperar necesariamente una especialización excelsa, sino que se construya sobre los propios andares, equivocándonos y sabiendo que, como bien decía Mario Benedetti que “la perfección es una pulida colección de errores”.

2.- A muchas de nuestras instituciones culturales, por no ser absoluto y decir a todas, no les conviene que los periodistas culturales estén bien preparados, para que se limiten en su ejercicio crítico y no puedan poner en el punto de mira su ineficacia, marcada muchas veces por una visión burocrática y permisiva. Pareciera, por ejemplo, que la política cultural en cuanto a la música, uno de nuestros principales reservorios identitarios, la dictan los DJ y las instalaciones turísticas y gastronómicas en casi su totalidad, sin que nadie ponga coto.

3.- Volviendo al tema de la postverdad, ¿seremos capaces no de manipular las emociones, sino de provocarlas honestamente desde la sensibilidad y la creatividad, desde el lirismo de un lenguaje que no tiene por qué divorciarse de la literatura, el compromiso y la fidelidad a la vocación que escogimos?

4.- En cuanto al tema de las tecnologías, a veces se convierten en un símbolo de pobreza material, pero sobre todo espiritual. En las favelas de Brasil no hay alcantarillas ni agua potable, pero usted las mira en las laderas de las montañas y lo que ve es una nube de antenas parabólicas. Mucha gente en nuestro país prefiere tener un celular (porque ya no tener un móvil es sinónimo de descrédito social) que comer o vestirse. Y penosamente tenemos que decirlo, muchos de nuestros periodistas llegan a nuestras redacciones y corren a abrir su Facebook, sitio donde se cumple fácilmente y falsamente el sueño de Roberto Carlos cuando pedía querer tener un millón de “amigos”, y, sin embargo, no son capaces de leerse un libro al mes. De manera que, robándole la frase al doctor Luis Álvarez, “queridos amiguitos”, dominemos las tecnologías a nuestro favor, mas no nos dejemos dominar por las tecnologías.

5.- Nuestra prensa, a pesar de intentos, sigue siendo terriblemente aburrida. En nuestra vida diaria somos cumbancheros, dicharacheros, cargados de buen humor y fina ironía. Cuando escribimos en los medios somos más flemáticos y estirados que los mismísimos ingleses que tomaron La Habana hace ya varios siglos.

6.- Soy de los pocos que han defendido, y defienden, que a nuestra prensa cultural le falta un una pizca de farándula culta, que aproveche, a su favor, el morbo del cubano, descubriendo aristas interesantes de los personajes que entrevistamos, para que la gente no tenga que irse a los programas internacionales de peor factura, dentro de esa “industria del embobecimiento”, a saciar la sed de lo que le falta en casa, cuando todos queremos ser “educativos” a ultranza, mediante un maniqueísmo que ya traspasa los límites permisibles hasta llegar a la saturación del lector, oyente y/o televidente.

7.- Hay que acabar de romper esos absurdos cánones de príncipes y plebeyos entre la crítica que se hace en medios especializados para un público específico y la hecha desde el diarismo, con su premura y sus manquedades, y que lidia con todo tipo de público, lo cual logra dividirnos, al querer defender los mismos propósitos, convirtiéndonos, de manera voluntaria, en una “manada de tontos”.

8.- Se necesita usar, en el comentario cultural, con mayor frecuencia, el látigo al riesgo y el dolor que implica siempre otorgar un golpe, hoy que, con los cascabeles de la complacencia se andan tejiendo arneses.

9.- El periodismo cultural, como discurso crítico, está llamado a hacer estudios de consumo cultural, propiciando procesos de participación, construyéndose desde el escalpelo que corta, con exactitud, en un afán de validez intransferible e innegociable, frente a la parte perversa del fenómeno de la globalización, como el culto a la banalidad y a lo superfluo.

Y por último:

El título de esta conversación tenía una segunda parte: el futuro. ¡Mira que venir a cogerme a mí de pitoniso o gurú! El futuro está sentado ahí. Mi mayor deseo es que la mayoría de ustedes, en el coloquio número diez, junto a otros jóvenes periodistas, estén en esas mismas lunetas, debatiendo lo ganado y recordando con cariño, este primer amor, este primer intento por rescatar de la abulia la crítica cultural cubana. También Benedetti sentenciaba: “Las modas pasan, los escombros quedan”. Ojalá que sobre las modas y los modos, o sobre las ruinas que hoy tenemos, logremos construir el edificio permanente del alma cubana. ¡Ojalá!

Nota:
Conferencia dictada en el Coloquio sobre periodismo cultural, celebrado en Camagüey, del 29 de mayo al 2 de junio de 2018.