En la mañana del 15 de febrero recibí la triste noticia del fallecimiento del maestro Mario Guerrero. Se despidió justo el día de la fundación del Guiñol de Camagüey, el grupo donde fungió como director artístico desde 1968. La única vez que lo pude entrevistar fue el 13 de abril de 1999, mientras preparaba la investigación que sirvió de base al libro Mito, verdad y retablo: el guiñol de los hermanos Camejo y Pepe Carril, coescrito con el poeta, dramaturgo y crítico Norge Espinosa.


Mario Guerrero. “Llegar a Camagüey y tener su bienvenida,
era ser aceptado por su particular visión del universo de los muñecos”.
Fotos: Cortesía del autor
 

Tras aquella conversación, entendí muchas claves de su poética dentro del teatro de títeres nacional. A sus experiencias como artista aficionado a la danza en Nuevitas, su municipio natal; el seminario impartido en La Habana por marionetistas del Teatro de Muñecos de Serguei Obraztsov, de Moscú; el seminario para instructores de teatro infantil dirigido por Manuel Villabella, el titiritero Luis Interián y la doctora Arminda Valdés Ginebra; más otros seminarios ya recibidos como profesional en la capital; sumó la influencia de la labor creativa de Carucha, y los dos Pepes en los años 60, desde el Teatro Nacional de Guiñol.  Como colofón estuvieron sus estudios en 1978, en el Instituto de Teatro, Música y Cine de Leningrado, extinta URSS. Allí se graduó con el título de Máster en Dirección Teatral, en la especialidad de Teatro para niños y de títeres.

Ese privilegio en su formación profesional fue devuelto por Guerrero mediante espectáculos esenciales para la conformación de un teatro de arte dedicado a nuestros pequeños, en el inicio de los años 80.  Por las manos inquietas de Mario, desde 1962, pasaron los textos clásicos de los primeros repertorios de los guiñoles fundados por la Revolución, más otras piezas dramáticas del retablo internacional, hasta llegar a su puesta en escena más reconocida Balada para un Pollito Pito, ganadora de varios premios en el Festival Nacional de Teatro para Niños y Jóvenes de La Habana, en 1983. Mezcla de títeres, ballet, plástica y música electroacústica, en un formato escénico grande (el montaje fue representado en la Sala Federico García Lorca, del Gran Teatro de La Habana), la obra marcó un antes y un después en el teatro de figuras nacional y también en la trayectoria artística del propio Mario.


El gato con botas, uno de sus últimos trabajos de dirección para el Guiñol de Camagüey
 

“Me gustan los títeres espectaculares”, me reveló en aquel encuentro de 1999. Fue fiel hasta su muerte a esa forma gigante y multidisciplinaria de concebir sus producciones, lo expresaron claramente otras piezas de su quehacer directriz como El patito feo, Los dos ruiseñores, Ikú y Eleggua, Los Ibeyis y el Diablo y más recientemente El gato con botas. Para cualquier titiritero cubano, llegar a Camagüey y tener la bienvenida de Mario Guerrero era ser aceptado por su particular visión del universo de los muñecos. Sus criterios artísticos agudos, su humor singular, con ires y venires, como el de un niño inteligente y consentido, fueron, son y seguirán siendo parte de una personalidad única, respetada en los predios agramontinos, nacionales e internacionales, pues hasta Nicaragua, México y Polonia extendió su magisterio.

Un duro reto tiene ante sí el teatro para niños y de títeres en Camagüey y de Cuba toda, tras la ausencia física de otro de nuestros paladines del retablo. Así sucedió recientemente con Rafael Meléndez, en Santiago de Cuba, con Fidel Galbán e Iván Jiménez en Villa Clara, Félix Dardo en San Antonio de Los Baños y Xiomara Palacio en La Habana; alumnos todos de los pioneros de nuestro movimiento titiritero nacional. Verdaderos referentes que al decir adiós, por ley de vida, dan paso a nuevas generaciones de creadores y a otras que no son tan nuevas y conocieron las luces dejadas en el camino y en la historia por tantos maestros inolvidables como Mario Guerrero.