Una clave martiana esencial, es su comprensión de la relación dialéctica entre lo que hoy llamamos “cultura material” y la “cultura espiritual. Transversal a su interpretación de la cultura como un complemento vital de la condición humana, en tanto lo salva de la fragmentación a que lo expone “esa expansividad anonadadora” que adivinaba en la incipiente cultura de masas, y lo arraiga a la Humanidad, lo completa como hombre.

Foto: Radio Coral - ICRT
 

Visión que nace de su asunción de la cultura como creador y productor, que se vincula con su concepción de la vida humana auténtica, como servicio —tal lo ha destacado Retamar [1]. La que armoniza con su visión totalizadora del hombre y por lo cual este concepto parece en sus obras en su más abarcadora concepción, incluida la cultura del trabajo, del trabajo físico o manual y del intelectual.

Por ello dice: “Los hombres a medias, vuelven la espalda a los hombres enteros… Los hombres enteros, los cubanos creadores… suben orgullosos, las escaleras de los talleres… en aquella visita de los hombres del trabajo de salón a los hombres del trabajo de la fábrica … El arte es trabajo. Los trabajadores se aman…” [2]

Entiéndase que todos los trabajos virtuosos son útiles, sean “de salón” o de “fábrica”.  Trabajo que no ha de ser entendido como negocio.  Para Martí el trabajo debía ser “alimento, y no modo enfermizo y agitado de ganar fortuna”, y la vida debe encaminarse “más a hacer oro para la mente que para las arcas” [3]. Por eso advertía: “vivir exclusivamente para el alboreo de la fortuna puede desembocar en el desnudo y formidable apetito de poseer, envilecedor en los hombres cultos, y tremendo en los ignorantes” [4]

Entonces, si “el arte es trabajo”, se tiene éxito en él cuando con se consigue producir enriquecimiento de la mente, transformar a los sujetos y sus modos de interpretar y producir símbolos y sentidos. Para decirlo en términos de este esteta y poeta, si consigue que el hombre se “reconquiste a sí mismo”, sea porque derrumbe una arbitrariedad o porque acelere “el despertar de sus sentidos” [5].

Frente a lo que vale preguntarnos hoy: ¿No devienen convenciones y arbitrariedades las formulas y criterios del éxito que imponen las hegemónicas industrias culturales y de entretenimiento? ¿Lo que se vende no “sofoca   y envenena los sentimientos” del creador musical que cree en la poesía y en el mejoramiento humano, y del público que espera algo nuevo y referencial más allá del maistream tema romántico-eyaculador? ¿Qué sensaciones nuevas y enriquecedoras puede despertar -como ha señalado el músico y youtuber Aldo Narejo [6] —la repetición por la inmensa mayoría de los interpretes de las mismas secuencias de acordes, de la fórmula SolM, ReM, Mim y DoM, por los del Pop y la del DoM, ¿ReM y Mim, por los cultivadores del reggaeton?

Fenómeno que no solo “decolora” la banda sonora de nuestras vidas, sino que mutila esa riqueza de la música por la que Martí con solo 22 años de edad, la coloca en la cima de las artes. “La música es la más bella forma de lo bello”. “La música –dice el poeta -es más bella que la poesía, porque las notas son menos limitadas que las rimas: la nota tiene el sonido, el eco grave, y el eco lánguido con que se pierde en el espacio”; “el sonido tiene más variantes que el color y el alma gusta más de la música que de la pintura” [7].

Para Martí “hombres a medias”, nacerán de lo hueco y artificioso, de la “mascara y el vicio”.  Por eso le escribe a su amada María Mantilla: “a mi vuelta sabré si me has querido, por la música útil y fina que hayas aprendido para entonces: música que exprese y sienta, no hueca y aparatosa: música en que se vea a un pueblo, o todo un hombre, y hombre nuevo y superior” [8].

Ese “hombre nuevo”, no podría ser machista o misógino. Como la “mujer nueva” no debería “vender la libertad de su corazón y su hermosura por la mesa o por el vestido”, ni convertirse en esclava “por su ignorancia y su incapacidad de valerse” en nombre de eso que “llaman en el mundo ‘amor'”; tal insiste en otra carta a la adolecente.

En tal sentido, como destacó Salvador Arias [9], el tutor de Mantilla, “preocupado por su formación cultural (y humana)”, escogió la Ópera Carmen, considerada entonces como “bastante audaz”, devenida signo de la liberación de la mujer, e interpretada además por la sensual actriz francesa Calve, para la iniciación operística de la adolescente. Martí, que integraba lo ético y lo estético, seleccionó una obra donde su protagonista declaraba sin miedos que “libre nació y libre ha de morir”.

El Apóstol aborrecía lo hueco y artificioso como amaba la naturaleza, a la que opone la “falsa erudición”, en su trascedente texto Nuestra América. Texto que da otras luces para encarar otras tendencias en la música industrial y su manifestación en el patio. Entre ellas, su negativa al libro importado, a la copia mimética que ha de ser vencida por el “hombre natural”. Y ¿quién sería el músico natural, sino aquel mestizo que resiste al “pulpo” de las transnacionales de la música, a las imposiciones del mercado, y hace el mejor estudio del acervo musical del país donde vive?

Mestizo, porque así se ha acumulado el tronco nuestro, abonado con —y para— nuestro orgullo patrio. Para Martí, “El arte ha de madurar en el árbol, como la fruta”, reflejando individualmente el carácter nacional con la misma espontaneidad con que se “sale el alma al rostro”. De ahí que, si bien disfrutó del arte interpretativo de virtuosos músicos extranjeros, la obra de Haydn, Vivaldi, Paganini…; de nadie escribió más y tan elogiosamente que del matancero José White. Por conjugar una gran maestría artística, con su condición de mulato cubano y partidario de la independencia de Cuba.

En unas de estas tres joyas, en la del 25 de mayo de 1875, expresó de la música: “El color tiene límites: la palabra, labios: la música, cielo. Lo verdadero es lo que no termina: y la música está perpetuamente palpitando en el espacio (…) La música es el hombre escapado de sí mismo: es el ansia de lo ilímite surgido de lo limitado y de lo estrecho: es la armonía necesaria, anuncio de la armonía constante y venidera” [10].

La música es para el revolucionario, expresión de las condiciones de vida del sujeto que la produce, pero además ha de ser ilimitadamente ansia y propósito del mejoramiento humano. Como “la compañera y guía del espíritu en su viaje por los espacios”. Por los espacios comunes y por los más íntimos.

Martí aleccionaba a Mantilla en la misma carta del 2 de febrero de 1895 a la música “útil y fina”, “Para la gente común, su poco de música común, porque es un pecado tener la cabeza un poco más alta que la de los demás, y hay que hablar la lengua de todos, aunque sea ruin, para que no hagan pagar demasiado cara la superioridad”.  Como también que “para uno en su interior, en la libertad de su casa, lo puro y lo alto”. Una idea personal, polémica para algunos y cuya interpretación me parece vital —y resume— el tema que nos ocupa.

Primero vale aclarar, que Martí disfrutaba de la música popular. Gonzalo de Quesada, supo por María Mantilla, sobre la inclinación de Martí a tararear la guaracha El negro bueno, de F. V. Ramírez, la misma que se cantó en el Teatro Villanueva de la capital cubana, cuando el asalto brutal de los Voluntarios Españoles, el 21 de enero de 1869. Según Mantilla, que tocaba el piano y complacía los gustos musicales de su padre, otra composición popular que le gustaba mucho a Martí era Las campanillas de Pedro Fuentes. El músico Pedro Pons rememoraba cuanto disfrutaba Martí su humilde composición Mariposita. El Apóstol, creo la letra de una composición del tabaquero emigrado Benito O´Hallorans, que Martí puso el título de El proscrito, pero los emigrados bautizaron como La canción del Delegado.

foto Buena-Fe-y-Silvio-Rodríguez-estrenan-canción-de-homenaje-a-José-Martí. Pie: Buena Fe y Silvio Rodríguez estrenan canción de homenaje a José Martí. Foto: Internet

Lo que se vincula con sus prejuicios, marcados por una acendrada y rigurosa eticidad, hacia el baile de Salón, en contraposición su aprecio por la danza folclórica, como expresión de las culturas populares [11]. Así, en La Edad de Oro, refiriéndose a la danza del palo, apuntó: “Los Pueblos, lo mismo que los niños, necesitan de tiempo en tiempo algo así como correr mucho, reírse mucho y dar gritos y saltos…” [12]

Por otro lado, su frase no niega que al público se le oferte lo puro, lo alto y lo superior, como posibilidad de elevarlo a otros espacios y completarlo.  Y por razones ya vistas, se ha entender como música superior aquella que completa al hombre. Pura por seleccionada, a razón de su virtud. 

Completa al hombre, hablar la lengua de todos, aunque sea aveces ruin, y no compartir, tener la cabeza un poco más alta que la de los demás, es un pecado. He aquí otra clave, jamás junto al rechazo a cierta “música común” se ha de rechazar a la gente común que la consumen; ni a sus cultores, pues “La música es el hombre escapado de sí mismo”.  El músico incompleto no puede producir música completa, ni contribuir al “hombre nuevo” que necesitamos. 

Construyamos al músico y al público nuevo, nosotros mismos.


Notas:​
 
[1]  Ver de Roberto Fernández Retamar, “Algunas consideraciones sobre la cultura en las que interviene José Martí”. Casa de las Américas 24 (141): 42-51; nov.-dic., 1983 p. 43.
[2]  O.C., t. 4, pp. 398-399.
[3]  O. C., t. 9, p. 222.
[4]  Ibídem, p. 277.
[5] O.C, t. 8, p. 230.
[6]  Ver de Aldo Narejos Explicación del furor de "Despacito", en: https://www.youtube.com
[7]  O. C., t. 6, p. 205
[8]  O. C., t. 20, p.213.
[9]  Ver de Salvador Arias, José Martí y la música, Centro de Estudios Martianos, 2014.
[10]  O. C., t. 6, p. 205.
[11]  Así lo plantea la investigadora Mayra Beatriz Martínez, en Martí ante la danza, glosas a la gestualidad de una época, Editorial José Martí, 2014.
[12]  O. C., t. 18, p. 336