No fui una asidua al apartamento de Línea y N donde la escritora norteamericana Margaret Randall vivió en la década del 60 y parte de los 70. Pero sí estuve incluida entre las 25 escritoras cubanas que ella antologó en Rompiendo el silencio, la primera compilación de poesía femenina de la Isla que vio la luz en el mundo.

Ahora, mucho tiempo después, vuelvo a integrar la nómina de Solo el camino en esos 80 años de lírica cubana que Randall ha puesto a circular en Estados Unidos con el apoyo de Duke University Press.


Fotos: Cortesía de la autora


Es ella quien ha seleccionado y traducido ese grueso volumen ─presentado recientemente en la Casa de las Américas─, que constituye la más completa antología bilingüe de la poesía cubana dedicada a los lectores de habla inglesa.

Quizá es este el momento mejor. La curiosidad por Cuba se incrementa en Norteamérica y tal vez los poetas cubanos ayuden a los ciudadanos de ese país vecino (que restableció hace poco las relaciones diplomáticas con la Isla) a conocer mejor la esencia y el alma de una cubanía reflejada en el transcurrir de los años por voces heterogéneas y muy representativas del quehacer poético de la nación.

Margaret Randall conoce muy bien la literatura cubana. En su apartamento de La Habana se producían los más interesantes encuentros que se puedan imaginar, especialmente con una generación que ahora ronda los 60 años y de la cual gente como mi amigo, el poeta y director de La Gaceta de Cuba, Norberto Codina, forma parte.

En las palabras que pronunció para presentar Solo el camino en Cuba, Codina confesó que fue en la casa de Margaret donde compartió “con una galería ejemplar de escritores —algunos de los cuales hoy son canónicos—, guerrilleros, fotógrafos, editores, trovadores, comandantes sandinistas, profesores de Oxford y otros muchos cuya hospitalidad nos permitía participar en un clima que nos regaló otra educación sentimental”.


 

Randall llegó a Cuba con el aval de su cercanía al movimiento beat de Nueva York, su oposición a la masacre de Tlatelolco por la que tuvo que abandonar México, y su condición de fundadora de la revista El Corno Emplumado, una de las más prestigiosas de América Latina en aquellos años prodigiosos.

Vino por primera vez a La Habana en 1967 invitada por Casa de las Américas para participar en el Encuentro con Rubén Darío.

La risible acusación de haberse encontrado con el bardo nicaragüense, fallecido a principios del siglo XX, le fue imputada cuando en 1986 el gobierno de Ronald Reagan le abriera un juicio para deportarla, según las actas, porque su actividad intelectual se había desarrollado en contra del beneficio y la felicidad de Estados Unidos.

Pero, entre otras razones, la solidaridad de intelectuales como Norman Mailer, Arthur Miller, William Styron y Alice Walker, no permitieron al gobierno de su país la expulsión de una mujer que es también una feminista consumada.

Según la narradora Mirta Yáñez, la intelectual norteamericana “fue pionera en eso de ayudarnos a romper los silencios en torno al género, la escritura femenina y otros tabúes”.

Ahora pone en circulación este libro imprescindible, que recoge autores desde Nicolás Guillén y Dulce María Loynaz hasta los recientísimos Luis Yuseff y Anisley Negrín.

La antología reconoce también a escritores de la llamada diáspora. No en vano está dedicada a los poetas de Cuba en cualquier lugar del mundo donde vivan, y al fallecido Bladimir Zamora, quien junto a Codina, Alex Fleites, Arturo Arango y otros muchos, frecuentaron el mítico apartamento cubano de la autora.

Only the road o Solo el camino está precedido por una excelente introducción donde se informa sobre los contextos y otras especificidades de la historia cubana, y reúne también las fichas biobliográficas de cada autor.

El día de su presentación en Casa de las Américas, Randall recalcó que el 45 por ciento de la muestra está compuesta por autoras, aunque el hecho de incluirlas no obedece a una estadística, sino a un reconocimiento de la calidad de las poetas mujeres en una Isla donde la poesía sigue siendo uno de los géneros más frecuentados y publicados por las editoriales locales.

Esta obra ambiciosa tiene como antecedentes otras compilaciones de Randall, como Estos cantos habitados, que recoge a los poetas de la generación de los 70 y los 80, y la ya mencionada Rompiendo el silencio, donde se agrupa a las poetisas del mismo período y que es hoy un libro obligado para todo el que pretenda realizar una antología de género.

La vuelta de Margaret Randall a Cuba fue recibida con regocijo por cuantos la conocieron personalmente o por referencias, y fue celebrada con gran belleza y emoción en las maravillosas palabras que le dedicara Norberto Codina, las cuales retrataron la época y los avatares de una mujer que vivió como pocas aquellas décadas de utopía tanto en América Latina como en los propios Estados Unidos.

Los norteamericanos, que poco conocen de literaturas foráneas, podrán ponerse en contacto con una poesía que está entre las mejores y más reconocidas del continente, a la vez que adentrarse en esa Cuba espiritual que las leyes del bloqueo les impiden conocer por medios propios.