Un tambor es una fiesta, un espíritu, un llamado. Los tambores llevan consigo algo ancestral, algo indescifrable. Traen en sus cueros el ardor de los seres y en sus toques, el aliento de la gente que sueña, que sufre, que desanda, que goza por las calles.

Enrique Alberto Bonne Castillo (San Luis, Santiago de Cuba, 15 de junio de 1926) es creador del ritmo pilón y un compositor de leyenda. Acaba de recibir el flamante Premio Nacional de Música, que hace mucho merecía. En sus andares por la Isla como representante de firmas disqueras y agrupaciones musicales, se hacía acompañar a finales de los cincuenta de “un piquete” con siete integrantes.

foto de Enrique Bonne Premio Nacional de Música 2017
Enrique Bonne, Premio Nacional de Música 2017.


Aquel pequeño grupo se convirtió en su laboratorio creativo. Se amplió y se recompuso una y otra vez… hasta llegar a la impresionante cifra de 54 miembros. La corneta china vino a agregar su vibra, y el chekeré (güiro cubierto por una red tejida llena de abalorios), saltó de la religiosidad afrocubana a la “música profana”.

Cuentan que el bautizo definitivo de Los Tambores de Enrique Bonne tomó  por escenario el patio de Andrés Sandó, tocador de bocú de Los Hoyos. Nada más congruente con el humilde origen de sus integrantes, tocadores de congas del afamado carnaval santiaguero. El almanaque marcaba el 15 de septiembre de 1961. Nacía la agrupación más numerosa de la música popular cubana.

Su participación en los años sesenta en el carnaval de La Habana y el cabaret Tropicana, devino “escándalo”. Jamás se había visto algo similar en esos entornos. Santiago de Cuba, emporio de la tradición, tocaba con sus ritmos a la nación, la despertaba.

Durante los años siguientes trabajaron en fiestas populares, teatros, programas de televisión, galas deportivas, actos conmemorativos. Su presencia en el carnaval y el Festival de Varadero fue habitual. En diferentes momentos lograron compartir escena con grandes figuras  de la escena  nacional e internacional.

Sin embargo, se impone una precisión. Los Tambores de Enrique Bonne no conforman una conga ni una agrupación bailable per se, sino un grupo de concierto de percusión. Y quien crea que de la conjunción de tumbadoras, campanas, chekerés, bocúes, catá, corneta china… puede emerger una sonoridad limitada, se equivoca. Basta escuchar la última producción disquera sobre la obra de este maestro, nombrada también Los Tambores de Enrique Bonne (BisMusic, 2016).

El formato de la agrupación será singular, pero casi puede “olerse” la marca tímbrica de los instrumentos habituales, porque la agrupación suena como una orquesta. Sus integrantes son capaces de explotar todos los recursos percutivos, todos los matices hasta extraerle el zumo.

El tiempo, naturalmente, requiere ajustes. Un apasionado intérprete de la corneta china, Joaquín Solórzano, funge como director; aunque el maestro fundador sigue activo. Una veintena de integrantes vuelve a sonar y Los Tambores de Enrique Bonne se han coloreado con un vigor especial.

La selección de esta propuesta ha sido cuidadosa para que no falten números  antológicos de su repertorio. Cada pieza pone lo suyo: ora la marca profunda del catá (tronco ahuecado tocado con palillos); ora el desborde de la corneta china, el arrastre del chekeré, el desequilibrante repicar de la campana. Improvisaciones y estribillos bordan la atmósfera sonora. Las voces resultan tan brillantes como los cueros.

Una pieza redonda como “Hay un caracol en el mar” es el pórtico. Nada mejor. El rejuego rítmico-textual de “La cometa y el pesca'o” resulta exquisito. Para demostrar la versatilidad del colectivo, aquí está su versión de “Lamento borincano”, de Rafael Hernández.

El final sobreviene con la conga “Manigueta”, inspiración del propio Enrique Bonne. No hay quien resista semejante descarga, la invitación al baile es inequívoca. “Monta, que te deja el tren”, repite el estribillo. ¿Te atreves?