Chismógrafos habitualmente bien enterados aseguran que Víctor Hugo, en su lecho de agonizante, logró musitar al oído de un amigo algo así como una confesión-despedida: “¡No resisto a El Dante!”.

foto del escritor frances Víctor Hugo
Víctor Hugo, en su postrer estertor, evaluó ácidamente a El Dante. Foto: Internet


Ojalá esa anécdota —auténtica o apócrifa— me hubiera llegado en mi adolescencia (hoy tan distante como la toma de La Habana por los ingleses).

Invariablemente fui un lector… un lector disciplinadito (Dios mío, ¡lo digo con vergüenza!). Recorría, cuadra’o en atenjó —voz de mando—, desde la carátula hasta la página conclusiva donde se declaraba la identidad del impresor y a cuánto había ascendido la tirada.

Qué indigestiones de ladrillos intragables. Autores que —según el esquema de Marcel Proust— nos presentan a la protagonista cuando arriba a un salón literario y pronuncia “Buenas noches”. A continuación, 46 páginas describiendo el efecto que el saludo produjo en cada uno de los circundantes.

Pero había que leérselos. De todas, todas. Sí, para que no lo mirasen a uno con la olímpica depreciación que se dedica a un paramecio o una ameba. Para no asumir el infeliz rol del basto guajirito iletrado.

Pero pasó el tiempo. También la proverbial águila sobre el mar. Hasta que uno se vio transformado en un escombrito, un viejecillo cagalitroso, según el neologismo acuñado por Guillermo Álvarez Guedes. Y —aunque existan ejemplos que me desmientan— estas no son horas para el macilento conservadurismo ni los miramientos asustadizos.

Por eso, aunque algunos pongan el grito en los cielos —¡hereje!, ¡apóstata!, ¡sacrílego!, ¡blasfemo!, ¡profanador!, ¡irreverente!, ¡iconoclasta!—, “no voy a poner tapa a mi boca”, como dijo el inolvidable José Zacarías Tallet, quien se murió desplegando su eterna sonrisa insolente.

De entrada: al transitar por los versos de José María Heredia, jamás se me estremeció un músculo de la cara. (Recompongo lo dicho. Hay excepciones: piezas como “El himno del desterrado”. Pero me motivan razones extraliterarias: el grandioso aliento patriótico de esas obras).

Gertrudis Gómez de Avellaneda nunca ha logrado erizar un vello de mi anatomía. Y aquí no cabe lo patriótico, que apunté en cuanto a Heredia. Muchos textos la clasifican como “poetisa española”, quizás con razón. Se casó con el coronel español apellidado Verdugo, y la boda gozó del apadrinamiento de los monarcas ibéricos. Entonces, algún chivador poeta independentista improvisó estos versos: “Hoy vuelve a Cuba, pero a Dios le plugo / que la ingrata torcaz camagüeyana / tornara esclava en brazos de un verdugo”.

Y así sucesivamente, entre lo que deglutí de mala gana.

Tuve el aché, el don divino, el privilegio morrocotudo, de haber sido discípulo de Beatriz Maggi, esa campeona de la docencia literaria. Y ella, con su estilo —que no es el susurro, sino el delicioso escándalo— gritaba: “¡Jamás lean nada que no les guste!”.

Supongo que en el articulado de nuestra constitución, exista algún inciso que nos garantice tal derecho.

Yo, por mi parte, hoy leo lo que me sale de mi inverecunda gana. Entre los 130 millones de obras publicadas en toda la historia editorial, muchas de ellas son ladrillos canonizados que jamás leeré. Total, pa’ lo que me queda.

(A todo eso llegué gracias a La Chacha Maggi… y a Víctor Hugo).