“Entonces decidió bajar una estrella del cielo para poder ver, mas
ella se metió en sus ojos y de allí nunca más se fue.”. Foto: El Mundo

 

Esa noche cálida sus ojos brillaban como lámparas gasoleras en el monte serrano, y parecía iluminar más que la luna cuando contaba sus aventuras a los encandilados. Y su boina negra ya era cielo nocturno, ya firmamento estrellado cuando su alma, hecha alas, lo alzó al viento y lo trepó a las nubes. ¿Será desde allí donde vio los caminos de su tierra americana, sus montañas y montes? ¿Será desde allí donde vio los cuerpos agonizantes del pobrerío? Entonces decidió bajar una estrella del cielo para poder ver, mas ella se metió en sus ojos y de allí nunca más se fue.

Resolviendo compartir el fulgor de sus ojos, caminó por las selvas más calurosas e impenetrables buscando el paso a la eternidad. Sus candiles de fuego encendieron el mundo para no apagarse más. Y sus alas de alma volaron con esa luz de esperanza, la esperanza encontrada en la estrella, esa que brilla en su boina nocturna… nocturna y final.