A Raúl Rodríguez y Luis Zanetty.


Manuel Gayol Fernández, autor de la teoría y preceptiva literaria, recibió al poeta español Federico García Lorca en la estación de ferrocarriles de este poblado, junto a otros coterráneos que promovieron la visita del bardo granadino. El rocío de la madrugada los saludó en el andén y se le dio la bienvenida al que minutos más tarde se quedaría hechizado con “La alborada del gallo”.

Lorca pide que lo lleven a ver el campo cubano, imágenes que no aparecían todavía en el tintero de su recorrido por Cuba.

foto del poeta español Federico García Lorca
Federico García Lorca. Foto: Internet


Gayol quería sacarlo del protocolo y al oír unos toques cercanos se le ocurrió invitarlo a una fiesta.

—Esto en buen cubano se llama “bembé” —le dijo al intelectual que escribió “Iré a Santiago, iré a Santiago”... Y Lorca no creía lo que estaba viendo…, mucho menos cuando un negro musculoso le sirvió dulces en un plato. Imaginó lo que había más allá del taparrabo y los collares…

Lorca creyó que Gayol y sus acompañantes no estaban en su sano juicio.

Una mulata bailaba rumba a su lado, y se movía hacia atrás para enseñarle aquellas nalgas tersas, buenas para darse una buena empavesada…

—¿Lo ves, Federico, lo ves? Está montada, se ha vuelto loca por ti —le dijo Gayol—. Tal vez esté recordando a un blanco, dueño de una hacienda, que hizo delirar a su tía Josefa, esclava en un ingenio…

—“Siacará”, Federico, te como completico, blanco. Tú, poeta, no te gustan las negras —le derramaba en pleno rostro, sofocada—. Toma aguardiente —y le echó una bocanada de humo que casi lo deja ciego… Lorca no comprendía muy bien el ritual africano.

“Siacará”, Federico, te como completico, blanco. Tú, poeta, no te gustan las negras

Sin embargo, no perdía de vista al mulato que ponía la ofrenda a los santos. Quizás le recordaba las praderas africanas cuando él se iba a cazar panteras, y sacaba la pluma para describir el crepúsculo en aquel safari. Manuel Gayol asombraba cada vez más al invi tado, al extremo que parecía que su lírica entraba en éxtasis.

—Cuando me pierda en Cuba, búsquenme en Sagua —llegó a decir cuando una pareja lo agarró por las manos y lo puso a bailar aquel ritmo desconocido para él.

Cuando vio arrastrarse al bailarín le encantó que lo tomara por la cintura y le hiciera moverse con Changó y Elegguá… La muchacha le dio nalgazos hasta en la punta del ojo.

Cuando me pierda en Cuba, búsquenme en Sagua —llegó a decir cuando una pareja lo agarró por las manos y lo puso a bailar aquel ritmo desconocido para él.

El poeta sagüero entró también en el toque. El palero le pasó escoba amarga por el traje de ambos y le pidió al “muerto” aché para los dos.

—Mijillo, “la prenda” que usted busca está aquí... A Lorca se le vio estremecido. El aguardiente y el baile lo tenían fuera de sus cabales. Y le parecía que aquel joven lo volteaba en el “bembé”.

—Gayol, caramba, no me saques de este divino momento —le pidió mientras la mulata le estrujaba el vestuario que él había comprado en una tienda madrileña.

Y al autor de Bodas de sangre, ilusionado por llevarse la prenda en un coche de aguas negras, no le quedó otro remedio que decirle al profesor Manuel Gayol Fernández, limpiándose los ojos nublados por la bebida y el humo del tabaco: “Manuel, el poeta eres tú”.