La vecina de los altos, una mujer muy seria de unos cincuentilargos, habrá cruzado conmigo un par de buenos días desde que apareció en el edificio, no sé cuántos meses atrás. Por eso, nada justificaba la sonrisa que flotaba en sus labios tempranito, la mañana del domingo, cuando después de unos toques en la puerta, le abrí y allí me la encontré, en bata de casa, acabada de peinar y ofreciéndome un vaso de cristal transparente, rebosante de café recién colado.

El huracán Irma azotaba todavía, aunque ya alejándose, el occidente cubano. En el edificio no había electricidad desde el mediodía anterior, amanecíamos sin gas, y la poca agua que quedaba en los tanques se usaba a cuentagotas. Yo lamentaba la mala pata de no haber colado café, un montón de café, durante la noche, pero ahí estaba la vecina frente a mí, que según supe después, había hecho lo mismo apartamento por apartamento, pues ella disponía de un reverbero que funciona con alcohol, y esa mañana se dio a la tarea de ofrecer al edificio algo caliente para comenzar el día.


“El mar no creyó en nadie ni en los muros de contencion urgente que la gente levantó”. Foto: Sonia Almaguer

 

Con aquel café y un primer par de cigarros, me aventuré a asomarme al balcón. El viento batía aún sobre los árboles que seguían en pie, el mar pasaba de ida y vuelta sobre el muro del Malecón —que no se veía por ninguna parte, borrado por las olas— como Pedro por su casa, y el barrio comenzaba a emerger aunque todavía las aceras naufragaban a un metro bajo el agua. La banda sonora de la mañana era el run-run de los motores de los botes inflables de los rescatistas que cruzaban en una y otra dirección, con sus trajes de buceo, patrullando las calles. A la vista, zapatos huérfanos, muebles despedazados, una pamela de color rosa, prendas de vestir irreconocibles, botellas de plástico de todos los colores: la vida íntima del barrio flotando repentina sobre las aguas.

El mar no creyó en nadie ni en los muros de contención urgente que la gente levantó a última hora: cemento, ladrillos y arena que no sirvieron de nada. Ahí estaban los jardines inundados, los sótanos y garajes con el agua por encima de los techos, el pez morena atrapado entre las basuras flotantes, a más de cuatro cuadras de donde debía estar el mar.

Al final de la tarde, con el agua en retirada, el vecindario hacía lo que podía, escoba en mano, adecentando las aceras, apilando escombros, amontonando en las esquinas las ramas caídas, cortando a machete los árboles quebrados sobre la calle. Diríase que para nada: según los altavoces de los autos patrulleros que cruzaban avisando, en la noche el mar volvería a penetrar.

Dicho y hecho. Amanecimos otra vez con el agua al cuello, casi literalmente. Y ahí estaba también otra vez la vecina, con la misma sonrisa y otra bata de casa, repartiendo su café puerta por puerta.

Para entonces cada vez era más claro que el desastre era en grande y que la cosa iba para rato. Cuando finalmente el agua bajó, comenzaron también los vecinos a bajar hacia la esquina, hacia la fogata que alguien había improvisado y en la cazuela enorme de agua que ya hervía allí empezaron a caer piezas de pollo, trozos de carne de cerdo y otras carnes clandestinas cuyo destino alternativo sería la más dolorosa descomposición, si permanecían en los refrigeradores apagados por dos días seguidos, con pronóstico de no se sabía hasta cuándo.

Los móviles se iban descargando, los tablets estaban a punto. Solo la radio y el boca a boca traían las noticias. Los diez fallecidos que en un principio parecían un insano rumor, poco a poco se confirmaban. Una ciudad que en los últimos años no ha padecido el acoso de los huracanes, casi ha olvidado que sigue entre el Atlántico y el Caribe, en medio de la maldita ruta de colisión de los ciclones.

Cada quien saca sus cuentas cuando aparecen, y tantos aparecen, puestos de venta de alimentos elaborados: aquí nadie va a poder cocinar como es debido en varios días. Ni dormir como Dios manda, con este calor soporífero que se apodera de las noches. Cada vaso de agua, cada tacita de café ofrecida buenamente a los trabajadores de la empresa eléctrica que reparan los circuitos, no pretende otra cosa que acelerar, aunque sea un poquito, los trabajos de recuperación.

Pero aquel café recién colado que me trajo, que me ha traído la vecina cada mañana, esa preocupación suya por los demás, que prima por sobre todas las cosas, advierte y asegura la confianza en que todo estará bien, que tanta gente buena trabajando sin descanso y sin mirar el reloj, lograrán otra vez el milagro: sentirnos orgullos de nosotros mismos, pese a todo.