Tengo la sospecha de que, cuando de curaduría de festivales cubanos se trata (nacionales o internacionales), existe mayor precisión a la hora de elegir el teatro para niños y el teatro titiritero que se alista en la selección definitiva. Es como si con este tipo de teatro no hubiese otro concilio que el de su propia calidad y no se plagara de relaciones o compromisos otros que explican una dilatada selección del teatro homólogo, el hermano que se hace con actores en vivo y para adultos. Nuestro sector teatral, siempre en las tradicionales comparaciones, se quejaba de la inexistencia de un off titiritero o de la falta de equivalencias numéricas de una y otra selección, pero en mi opinión ese extracto de lo mejor debería haberse replicado en el otro lindero y no hacer un segundo off de medianías.

En lo personal me parece una colección bastante precisa de lo mejor del teatro nacional para niños y con títeres que se hace hoy en la Isla. Como bien se sabe, el Festival de Teatro de La Habana (FTH) tiene el precedente del Festival Nacional de Teatro de Camagüey (FNT), cuyo proceso selectivo se convierte en un avance de lo que puede acontecer en el festival internacional, o sea, que en esta segunda curaduría hay siempre un camino transitado.

Para niños, de casa, se presentaron Los dos príncipes, de Teatro de Las Estaciones, de Matanzas y Superbandaclown, de Teatro Tuyo, de Las Tunas; ambos premios Villanueva de la Crítica 2017; Cuba de sol a mí, de Teatro Andante de Granma, Como la noche y el día, de Alas Teatro de Pinar del Río y Érase una vez un pato, del habanero grupo La Proa, y en plazas y calles desandaban Las descabelladas historias de Polichinela en La Habana, del también capitalino Teatro del Caballero. Por su parte, la muestra internacional exhibía de Argentina Lupa. Mundos para mirar de cerca, de Lupa Compañía de Muñecos y de Canadá se presentó Monigote de papel carbón: historia negra y ensuciante (que exigía un público mayor de los 12 años), del gratamente recordado Théâtre de la Pire Espèce.


De la pieza Superbandaclown. Foto: Abel Carmenate

 

Seis espectáculos nacionales para niños. ¿Pocos? Sí. ¿Virtuosos? También. ¿Diferentes? Por mucho. Me place presenciar cómo todos muestran, en su conjunto, importantes aspectos que señalan evoluciones dentro del género: se han ampliado las edades a las que se dirigen los textos, se han diversificado los temas a tratar, todos muestran el resultado a la constancia de los grupos implicados (o sea, también evolución intrínseca: progresos en el diseño, la espectacularidad, la composición total de las respectivas puestas) y, sobre todo, porque se ha dejado de ver al niño desde la ñoñería y la repetición de fórmulas.

Quisiera explayarme en la multiplicidad de temas porque entiendo que es uno de los mayores logros alcanzados en los últimos años, dentro de un género que se encontraba en un estanco entre lo mimético y lo vetusto, en su generalidad. Hoy podemos apreciar una serie de argumentos más comprometidos y me referiré a ellos en orden respectivo al mencionado previamente. Uno: las diferencias sociales, los prejuicios y discriminaciones entre clases, el amor incondicional entre amigos, la defensa de ese amor hasta la tragedia (valiente y novedosa elección de terminar con un final trágico una obra dirigida al infante), la muestra de la intolerancia y el despotismo paternal. Dos: las emergentes ambiciones de los individuos de un grupo cuando falta el líder, los afloramientos de conductas-otras cuando se asumen roles de poder, la falta de unidad entre las personas que tienen un mismo propósito, el individualismo como primer recurso de sobrevivencia y, finalmente, la convocatoria a la comunión como solución provechosa. Tres: las diferencias de desarrollo entre el campo y ciudad, los grandes contrastes de posibilidades entre capital y provincia, la extorsión y la estafa agravadas en la sociedad, la búsqueda romántica de un sueño personal y el riesgo de dejar lo seguro; la oda a la perseverancia y la religiosidad (convocación de espíritus, posesiones, como referentes poco vistos en obras para niños, pero tan presente en nuestras rutinas). Cuatro: el consumismo y la charlatanería como modus vivendi, la violencia, de nuevo la estafa como forma de relación social, la lucha por aceptar lo diverso, la envidia como error trágico y una vez más la muerte (esta vez como consecuencia de los actos). Quinto: el tema del mestizaje de nuestro país y la respectiva evidencia de un racismo latente, el tema también poco tratado de los niños criados por abuelos (algo tan popular en Cuba en la última década dada la salida de padres-colaborantes al extranjero, que ha supuesto una condición itinerante de muchos niños cubanos siendo criados por sus abuelas, cuestión de la que no se habla en ningún sitio) y otro aspecto notable de esta obra está cuando se desacraliza la imagen incólume del maestro (tradicionalmente edulcorada) y se presenta como un personaje prosaico, inculto e intolerante y al policía, como un autómata ejecutor de órdenes. Aunque en el caso de esta obra tengo un gran conflicto con el argumento, porque cuando la niña blanca con abuela negra siente que peligra su convivencia, le pide un deseo al hada y al siguiente día amanece una abuela blanca. O sea, que el deseo de la niña no es convertirse ella en una niña negra sino que su abuela se “blanquee”, para mí otra manera de reflejar el racismo. Esta elección trata de solucionarse en el argumento mostrando que la abuela blanca no sabe hacer arroz con leche (y cae la historia en un nuevo estereotipo). Todo el argumento me parece una ratificación del problema, una recirculación del racismo con contradictorios planteamientos. Eso sí, esbozados desde una ternura tan innata al espectáculo todo, que siempre parece soslayarse la “rareza” del tratamiento del tema, a favor del buen propósito de la fábula.

En cuanto a Las descabelladas… es muy gratificante ver esa simbiosis entre Pulcinella italiano y títere de guante tradicional cubano, cuando se toma de uno la energía, la espontaneidad, la gracia plebeya y del otro el retorno a los textos iniciáticos del titiritero juglar cubano cuando va de Espina a Villafañe como una prueba de iniciación, creando un espectáculo titiritesco muy transculturado que alegra tanto a la chiquillería como al viajante adulto.

Los espectáculos extranjeros para niños muestran esa “otredad” tan significativa en no ser propiamente meticulosos con cada aspecto de la representación y no digo superficiales o festinados. No, me refiero a eso que llamamos en Cuba como un defecto per se “las costuras del espectáculo”; estas transiciones que en Cuba se evitan mostrar, constituyen parte de la escritura espectacular de las experiencias que, por ejemplo, disfrutamos este año: el fraccionamiento, la improvisación , el cambio de sets, escenarios o escenas frente al público, la visión de lo que va quedando como detritus también se conforman como parte de estas puestas en escena; lo que me hace retornar de forma centrípeta a mi obsesión por nuestras maneras bonitas y manieristas de hacer teatro para niños, no como un defecto sino como una exclusiva forma de hacer. Una amiga, curadora de festivales, titiritera, directora y dramaturga me hablaba de su reflexión sobre el tema y me decía que debe ser que en Cuba todo está tan descuidado (despintado, destruido, desvencijado, no restaurado) que el cubano no se permite hacer un teatro “con peligro de lo feo”… y eso podría ser cierto y además totalmente legal.

En títeres foráneos vemos tantas creaciones con restos de objetos, con “madera de agua” (esa que desde el mar o río adquiere formas y texturas tan particulares), con supuestas composiciones inacabadas, un teatro que también convoca al ejercicio dinámico de activar la imaginación del espectador; y es que en Cuba entre los decorados precisos, impolutos y una arraigada visualidad estrictamente figurativa y casi naturalista, se crea uniformidad en las formas de representar.

Monigote… y Lupa… tienen eso, una imaginería otra a la hora de componer ambos espectáculos. Los monjes de Lupa son una pelotica y cuatro pesitas sosteniendo una tela, es una insinuación más que un personaje y ese cálculo preciso de formas y pesos y el desempeño límpido del ejecutante (Eugenio Deoseffe es, sin dudas, un muy hábil animador), eran recursos proficientes para darle esa “verdad” al títere y personaje que además no necesita de la palabra para comunicar, sino la concisa ejecución de sus cadenas de acciones.

Monigote..., por su parte, establece un juego entre el teatro de objeto, teatro de papel y narración oral, que también se convirtió en un ejercicio aeróbico de su ejecutante con las apoyaturas de cierto “joruri-occidental” que ambientaba la puesta con efectos, subrayados argumentales, música, onomatopeyas y más. Una historia adolescente y muy existencial que bien aceptaría recortes en sus circunvoluciones “metafísicas”, pero que me pareció un desborde de creatividad “vasta”, esa que no parece preocuparse por los afeites y que refresca tanto la vista de esta espectadora.

De teatro titiritero para adultos se presentaron Historias bien guardadas, de La Salamandra, de La Habana y Casa de payasos, una teoría en marionetas para nada humana, de Merlin Puppet, Alemania-Grecia. Historias… también es un espectáculo que tuvo una mención de la crítica en la pasada edición de los premios Villanueva y es un performance-teatral de poco más de media hora para un público que no rebasa la veintena. Un rara avis en nuestra topografía titiritera por varias razones: teatro de papel para adultos, intimista, breve, con mínima utilización de la palabra y una instalación conjunta que se posesiona como escenografía ambientadora y escape al pasado… en tiempos en que en el teatro cubano promedio se habla, se viste, se calza y se argumenta en demasía con tópicos contemporáneos. Historias… va hacia allá, hacia el pasado (así como Las Estaciones se remonta al barroco, al medioevo, a los castillos y las sombras). Y desde la memoria también narra una vida que sucede en el presente de la representación.

Casa de payasos causó euforia en el público y en la crítica entre la precisión y novedad, fisonomía diferente de los diseños (nerd, dark, emo… me pierdo en los términos adolescentes) y el tema de los electrodomésticos asesinando “humanos”; la transgresión a la cotidianeidad, quizás el trucaje y la buena manipulación de sus ejecutantes son aspectos que intuyo muy efectivos para tal aceptación. En lo personal, como era una historia que se repetía una y otra vez, con iguales códigos, música y desenlace, dejó de interesarme desde el segundo cuadro y como faltaban tres más cuyos matices variaron en muy poco, no es de los espectáculos que preferiría.


Casa de payasos…, del grupo alemán Merlin Puppet. Foto: Jorge Ricardo

 

Más allá de percibir cierta abulia general en el ambiente festivalero, ha sido un festival donde he visto teatro bueno, acertado, comprometido; quizás un par de excepciones para confirmar la regla. Mi festival comenzó en la Orden Tercera, a las 4 de la tarde, con Los dos Príncipes y me descubrí —quizás por décima vez— atrapada en una trama que siempre logra conmoverme y hacerme llorar. Mi festival terminó en el mismo lugar, a la misma hora, también con un espectáculo que he visto más de ocho veces, Superbandaclown; pensé que al conocerlo de memoria ya no me reiría y fue un error, volví a carcajearme, y sin notarlo, en la “Oda a la Alegría” estaba llorando de nuevo. Sí, soy una llorona, pero también me emociono porque desde esta Isla, de poco y de mucho, siempre hay cubanos que están haciendo un teatro VIVO, desde sus vísceras y que jamás se van a permitir en una función 56 o 70 no entregarte ese pedazo de alma que te conmina a permanecer expectante, corran los tiempos que corran. Y eso me es suficiente para mantener el vicio.