Un hombre con solo 22 años viaja al New York de 1955. En la ciudad de los rascacielos, y durante tres meses, se dedica, sobre todo, a escuchar las grandes bandas de la escena neoyorquina. Nombres como Count Basie, Stan Kenton, Woody Hermann, Miles Davis, comienzan a ser familiares para este hombre que nació en una barriada del Cerro, en La Habana, y que desde niño tuvo una afición muy particular por la música. Quiso estudiar solfeo y así lo hizo. Quiso incursionar en la trompeta y el saxofón, y así lo hizo. Quiso, además, aprender composición, apreciación musical, contrapunto, armonía, y así lo hizo.

foto de Leonardo Acosta
Fotos: Cortesía de Margarita González Sauto


Resultados: este hombre fue saxofonista de la tribu de Benny Moré, iniciador del Club Cubano de Jazz, fundador del Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC, compositor para varios documentales de Sergio Giral y Sara Gómez, consejero de la Smithsonian Institution en Washington, D.C, y autor de libros como Raíces del jazz latino: un siglo de jazz en Cuba, Música y descolonización, Otra visión de la música popular cubana, entre otros. Este hombre fue el gran gurú de la musicología en la Isla.

Con una obra de referencia mundial, este hombre —Leonardo Acosta, escritor, periodista, ensayista, investigador, Premio Nacional de Literatura 2006, Premio Nacional de Música 2014— se convirtió en uno de los pocos cubanos a los cuales su cultura enciclopédica les ha permitido hacer de todo y ser extraordinariamente bueno en cuanto se propusiera.

Era un hombre capaz de escribir sobre música, literatura, historia, antropología, cultura de masas, plástica. Y, además, alguien que no desdeñaba el oficio de periodista.

“Siempre he dicho que tal vez el nombre que le pusieron fue premonitorio, porque Leonardo Acosta fue como un hombre del Renacimiento. Afortunadamente, en su época ya estaba inventado el avión, porque si no, él lo hubiese inventado. Ya estaban pintadas La Gioconda y La última cena, si no, él las hubiese pintado. Era un hombre capaz de escribir sobre música, literatura, historia, antropología, cultura de masas, plástica. Y, además, alguien que no desdeñaba el oficio de periodista y podía escribir sobre todo en los más diversos géneros periodísticos”. Así lo recuerda la ensayista cubana Luisa Campuzano, directora de la revista Revolución y Cultura, quien durante muchos años fue también una gran amiga de Leonardo.

Pero para Campuzano la formación de Leonardo y esa “sapiencia florentina” está inevitablemente asociada a su familia y el ambiente cultural en que vivió desde su infancia. Su padre —José Manuel Acosta— y su tío —Agustín Acosta— fueron dos personalidades muy importantes, fundadoras, definitorias, hacia la primera mitad del siglo XX cubano. Uno era pintor, artista gráfico y fotógrafo de la Vanguardia; el otro, excelente y renovador poeta y precursor de la temática social en ese período. Ambos se convirtieron en dos figuras trascendentales en la educación del autor de Elige tú que canto yo (Editorial Letras Cubanas, 1992).

“Agustín, con su poema La Zafra, de 1926, abre una nueva época en la poesía cubana. José Manuel, uno de los protagonistas más relevantes de la primera Vanguardia, es considerado por algunos críticos como la figura que inaugura realmente este movimiento artístico. La Vanguardia es un movimiento que no entendemos bien en ocasiones, pensamos siempre en lo onírico, en la escritura automática, en las metáforas audaces, en los comportamientos insólitos, pero la Vanguardia está relacionada también con la máquina, con los descubrimientos contemporáneos, con las nuevas formas de expresión permitidas por la técnica. Es el caso de la fotografía, que si bien a partir de su descubrimiento había tenido un sentido utilitario en el retrato, la antropología, la prensa, la documentación, en la Vanguardia se convertirá en una de las grandes manifestaciones artísticas; y entre nosotros, José Manuel Acosta será el gran innovador, un artista visual fuera de serie, que lo mismo hace carteles, pinta, graba y diseña cubiertas de libros. De él es la cubierta de La Zafra. Se trata de una personalidad con una vida muy entregada al movimiento cultural, vinculada a la prensa y a las revistas de la época. Fue autor de grandes portadas de Social, pues esta publicación no solo tiene portadas de Massaguer. Massaguer es siempre Massaguer, pero José Manuel Acosta es el más intrépido e innovador ilustrador de esa revista”, comenta Campuzano.

A través de la prensa y el movimiento cultural, José Manuel Acosta se relaciona con grandes artistas y escritores, entre ellos su gran amigo Alejo Carpentier, que sería quizás una de las figuras más cercanas a Leonardo, a quien él dedicará muchas páginas y ensayos imprescindibles para cualquier estudioso de su obra.

Su obra ensayística sobre el autor de El reino de este mundo es amplísima. Por la universalidad de su cultura, Leonardo fue uno de los críticos más importantes de Carpentier.

“Leonardo recuerda al Carpentier de las visitas y los paseos familiares, de cuando iban juntos a la playa”, cuenta Campuzano. “Ambos compartían ese amor por la música, la literatura, las comunidades indígenas, el periodismo.  Su obra ensayística sobre el autor de El reino de este mundo es amplísima. Por la universalidad de su cultura, Leonardo fue uno de los críticos más importantes de Carpentier, autor de dos libros trascendentales: Música y épica en la novela de Alejo Carpentier y Alejo en Tierra Firme: intertextualidad y encuentros fortuitos; en este último trabajó mucho tiempo para desmontar algo en que suele incurrir la crítica, particularmente la que se ocupa de la obra de Carpentier: cometer el error de creerle al autor todo lo que dice sobre su propia obra.

“A los autores hay que estudiarlos, no hacerles caso a todo lo que dicen. La crítica había asumido plenamente, tomándoselas muy en serio, las consideraciones, definiciones, disquisiciones y comentarios de Carpentier acerca de lo real-maravilloso y del barroco. Leonardo, que ya lo había hecho en otras ocasiones, y lo volvería a hacer, desmitifica esos conceptos en este libro, donde, además, se ocupa acuciosamente de rastrear e integrar en su brillante lectura de Los pasos perdidos todas las relaciones intertextuales de la novela con las literaturas del siglo XX.

“Su último trabajo sobre Carpentier lo publicamos en 2013 en Revolución y Cultura, fue un texto simpatiquísimo, titulado Carpentier y el problema del realismo mágico. En él Leonardo cuenta y demuestra lo que es más importante, cómo Alejo ‘descubrió’ en cinco minutos el realismo mágico —al cual opondría su teoría de lo real-maravilloso— echándole un vistazo a un libro que su padre tenía a mano”.

La empatía entre Carpentier y Leonardo se extendería también a otros escenarios. En el año 1961, Carpentier, como vicepresidente del Consejo Nacional de Cultura, tuvo la encomienda de crear una publicación que fungiera como órgano oficial de esta institución. Pueblo y Cultura —que más tarde pasaría a ser Revolución y Cultura— sería también un sueño compartido con Leonardo, quien en el número cero del tabloide, que si se imprimió no llegó a circular, aparecería como jefe de redacción. Años después, Leonardo sería uno de los más valiosos redactores y luego colaboradores de la revista, donde publicó varias decenas de textos siempre inteligentes y brillantes.

Así, las miradas del entonces joven Leonardo se posan en muchos lugares al mismo tiempo: la música, la ficción literaria, la arquitectura, la bibliotecología, la crítica e investigación cultural, el periodismo. Como corresponsal de Prensa Latina parte hacia Praga, México, Venezuela. Sigue haciendo música, mientras publica textos de carácter teórico para otras revistas de gran prestigio en el país, como Casa de las Américas; escribe también algún libro de cuentos y cree en la posibilidad de llegar a ser un gran creador literario. También se lanza a tocar con orquestas y bandas de jazz. Y lo hace, sin duda, porque busca el conocimiento total.

Cuando uno lee un texto de Leonardo se percata de esa sabiduría extrema; detrás de cada artículo siempre hay un universo variado de sapiencia.

“En ese sentido fue un extraordinario ensayista y estudioso de la cultura”, sostiene la autora de Las muchachas de La Habana no tienen perdón de dios. “Cuando uno lee un texto de Leonardo se percata de esa sabiduría extrema; detrás de cada artículo siempre hay un universo variado de sapiencia. Sus lecturas infinitas lo llevaron también a esa erudición máxima, sus libros están repletos de notas de arriba a abajo remitiendo a bibliografías complicadísimas, literaturas de siglos y autores dispares.

“Leonardo Acosta escribió sobre Indoamérica, en Cuba es quizás una de las figuras pioneras en este tema que abordó siempre desde una perspectiva, desde una filosofía política. Es el hombre que hizo la historia del jazz en Cuba; y a quien, desde la época del vinilo hasta la actualidad de los CD, los músicos le pedían que escribiera los textos para las portadas de sus discos. Fue un especialista pionero, como en todo, en los medios masivos de comunicación.

“Era un hombre con una cultura enciclopédica, pero que tenía, además, una sabrosa veta popular. Leonardo era un cubanón, un criollo, con una cantidad infinita de anécdotas, con gran sentido del humor, pero también con un gran miedo a hacer el ridículo, como la gente que de verdad sabe y a la que no le gusta ser petulante. Leonardo se movía por la cultura con desenfado, desacralizantemente, sin prejuicios. Por ello salía y entraba de los problemas con toda la gracia y la furia que lo caracterizaban. Porque a veces sus ensayos son de una furia tremenda, sobre todo aquellos que tienen que ver con la historia de América. Cuando se entrega un premio siempre hay gente descontenta, pero a nadie le molestó que Leonardo recibiera el Premio Nacional de Literatura, no solo porque Leonardo fue, sin duda, un gran hombre de letras, sino porque podría ser —seguramente lo será en el futuro— un gran personaje literario”.