Realizar el sueño de Martí, anunciando que venía “una revolución nueva”, fue un decir y hacer del Manifiesto del Moncada y del proceso revolucionario cubano. Desde entonces, las expresiones personales o colectivas de Fidel y sus compañeros del 26 de Julio y, después, del nuevo Partido Comunista Cubano, lograron una identidad entre la palabra y el acto que es necesario entender, pues si no, no se comprende nada. 

La realidad es más rica que la palabra, y ya enriquecida, esta vuelve a enriquecerse con lo nuevo que deja ver el pensarla y hacerla. Así, en la expresión del párrafo anterior, se trae a la memoria un sueño, el de José Martí, quien será realmente considerado como “autor intelectual de la Revolución cubana”. 

Es un sueño del pasado, pero un sueño que anunció una revolución nueva en la que, con otros héroes e intelectuales cubanos, tendrían también fuerte presencia Marx y Lenin, y en la que al socialismo de Estado, encabezado entonces por la URSS, la República Popular China y múltiples movimientos de liberación nacional, Fidel y la Revolución cubana añadirían objetivos y valores fundamentales —martianos—, en los que no solo destaca la moral como reflexión ética, sino como moral de lucha, como arma contra la corrupción, como meta para la cooperación, la solidaridad y la mente. Esos sueños, renovados una y otra vez, buscaron y buscan superar, en todo lo que se puede, el “individualismo”, el “consumismo”, el “sectarismo” y la “codicia”, enemigos jurados de los oprimidos y explotados de la Tierra. 

En algo no menos importante se diferenció la Revolución cubana, y es que en su paso por el socialismo de Estado, siempre se empeñó en lograr que sucediera a la insurrección y a la guerra de todo el pueblo un socialismo de Estado de todo el pueblo. Ese objetivo planteó varios problemas ineludibles, entre ellos, la necesidad de combinar las organizaciones jerárquicas centralizadas y las descentralizadas, con las autónomas y horizontales, en que las comunidades del pueblo ejercieran una democracia directa y otra indirecta nombrando a candidatos que, sin propaganda alguna, merecieran la confianza de quienes los conocían. 

Allí no quedó el empeño. Como reto para realizarlo se planteó, ante la opresión y la enajenación, la necesidad de animar los sentimientos, la voluntad y la mente de los insumisos, para que hicieran suyo el nuevo arte de luchar y gobernar. Al mismo tiempo, las propias vanguardias buscaron liberarse de los conceptos dogmáticos que sujetaban al pensamiento crítico y creador. 

Al desechar el “modelo de la democracia de dos o más partidos entre los que elegir”, un “modelo” que originalmente sirvió a aristocracias y burguesías para compartir el poder, el Partido Comunista Cubano tampoco siguió los modelos de la URSS y China. A impulsos del Movimiento 26 de Julio, que a raíz de su triunfo decidió disolverse, al Partido Comunista Cubano le fue asignado el objetivo de asegurar y defender la Revolución de todo el pueblo, con la participación y organización de sus trabajadores, campesinos, técnicos, profesionales, estudiantes y, en general, con la juventud rebelde. 

La lógica de organizar el poder del pueblo estuvo muy vinculada con la de hacer fracasar cualquier intento de golpe de estado, invasión o asedio, lo que se probaría a lo largo de más de medio siglo, frente a las reiteradas incursiones del imperialismo y frente al criminal bloqueo que habría hecho caer a cualquier gobierno que no contara con la inmensa mayoría del pueblo organizado. 

Si en la invasión de Playa Girón y a lo largo de su desarrollo Cuba contó con el apoyo de la URSS y del campo socialista, ni la estabilidad de su gobierno ni las reformas y políticas revolucionarias que logró emprender, se habrían realizado si el gobierno de todo el pueblo hubiera sido suplantado por un régimen autoritario, burocrático o populista. El gobierno del pueblo cubano no solo mostró ser una realidad militar defensiva, sino particularmente eficaz en el impulso a la producción, a los servicios —que en medio de grandes trabas y errores inocultables logró grandes éxitos—, muchos de ellos reconocidos como superiores a los de países “altamente desarrollados”. 

A las garantías internas y externas de la democracia de todo el pueblo, de su coordinación y unidad necesarias, se añadió el carácter profundamente pedagógico y dialogal del discurso político, y todo un programa nacional de educación, que iba desde la alfabetización integral —literal, moral, política, militar, cultural, social, económica y empresarial— hasta la educación superior y el “impetuoso desarrollo de la investigación científica”. 


Foto: Abel Carmenate


Es cierto que en todos esos ámbitos el movimiento revolucionario enfrentó problemas que no siempre pudo resolver, o resolver bien; pero en medio de los más de 50 años de criminal bloqueo y de incontables asedios por parte del poderoso vecino del Norte, de las corporaciones imperialistas y su complejo militar-empresarial, político y mediático, y tras la restauración del capitalismo en el inmenso campo socialista, Cuba fue y es el único país que mantiene su proyecto socialista de un “mundo moral”, o de “otro mundo posible”, como se acostumbra decir, o de “otra organización del trabajo y la vida en el mundo”, como dijo el clásico.

Entre las nuevas y viejas contradicciones, Cuba sigue hasta hoy poniendo en alto un socialismo que, con Martí presente, es respetuoso de todos los humanismos laicos y religiosos. Es más, Cuba sigue haciendo suya la lucha contra el poder de los dictadores y contra la opresión y explotación de los trabajadores, sin que por ello haya olvidado la doble lucha que sus avanzadas propusieron desde 1959: “una rebelión contra las oligarquías y también contra los dogmas revolucionarios”.

Si en tan notables batallas hay contradicciones innegables, no por eso han dejado de oírse, y en parte de atenderse, enérgicas reconvenciones que con frecuencia han hecho Fidel y numerosos dirigentes históricos de la Revolución contra corrupciones, incumplimientos, abusos, que con la economía informal y el mercado negro han sido y son —hoy más que nunca— el peligro estructural e ideológico más agresivo, que renueva y amplía la cultura de la tranza, del individualismo y el clientelismo, de la corrupción, la cooptación y la colusión. 

No es propósito de este artículo referir todo lo que frente a las incontables ofensivas nos enseñan Fidel y la Revolución cubana para la emancipación de los seres humanos y la organización del trabajo y de la vida en la tierra; ni tampoco profundizar en las lecciones que nos da un líder como Fidel, que se negó a que se hablara de “castrismo” y que logró frenar todo culto a la personalidad. Pero si hasta para sus enemigos a menudo resulta imposible acallar el respeto que se ven obligados a tenerle, no son de olvidar tantos actos de su vida que se inscriben en un reconocimiento necesario. 

Este enunciado de algunas lecciones de Fidel que aparecen en sus discursos y no solo en sus numerosas contribuciones a la Revolución cubana, quiere ser más bien un ejercicio de pedagogía por el ejemplo, un llamado que preste atención a aquellos modos de pensar, actuar, construir, luchar y expresarse, que permiten comprender por qué, tras la restauración del capitalismo en el “campo socialista”, con la firmeza de Fidel y del pueblo cubano, solo la pequeña isla de Cuba ha logrado mantener la verdadera lucha socialista, que incluye la democracia como gobierno de todo el pueblo, y como reorganización de la vida y el trabajo por una inmensa parte de trabajadores y ciudadanos organizados. Y en esa lucha, que va a las raíces de la condición humana, se cultiva y defiende el respeto a los distintos modos de pensar y creer de laicos y religiosos, con búsqueda permanente de la unidad en medio de la diversidad de insumisos y rebeldes, y con una clara postura martiana y marxista. 


Foto: Roberto Chile


Precisar —con otros muchos— los pensamientos compartidos por Fidel y por las masas revolucionarias del pueblo cubano, es adentrarse en una historia particularmente rica de un pueblo en lucha por la emancipación. Fidel, el Movimiento 26 de Julio y el pueblo cubano son sucesores de vigorosas proezas rebeldes en las que destaca la de Maceo, héroe primero de la larga lucha por la independencia y por la libertad, a la que siguió, como gran revolucionario, muerto en batalla, uno de los pensadores más profundos y precisos de la historia universal, como fue José Martí, expresión máxima del liberalismo radical. Martí no solo fue uno de los primeros en descubrir el imperialismo como una combinación del colonialismo y el capital monopólico, sino en descubrir los lazos de los movimientos independentistas de su tiempo con las luchas de los pobres y los proletarios, posición que lo hizo sumarse a los homenajes póstumos a Carlos Marx por haber sido este, como dijo, “un hombre que se puso del lado de los pobres”. 

Fidel y el Movimiento 26 de Julio vienen de esa cepa. En su pensamiento y su lucha los acompaña incluso la inteligencia de aquellos teólogos que destacaron en La Habana de fines del siglo XVIII y principios del XIX, y que son un antecedente de la teología de la liberación. En las conversaciones de Fidel con Frei Betto y en numerosos actos en que el problema religioso se planteó, Fidel dio amplias muestras de un gran respeto al humanismo que se expresa en la religión cristiana y en otras religiones. Ese respeto es hoy más necesario que nunca, pues corresponde a una de las viejas y nuevas formas de la liberación humana, en lucha por el derecho a lo diferente, por la igualdad en la diversidad, ya sea de religiones o de posiciones laicas, de variaciones de razas y de sexos, o de afinidades sexuales, o de edades y nacionalidades. Bien lo dijo Fidel muchas veces: “No somos antiamericanos. Somos antiimperialistas” 

Orientarse en las lecciones de Fidel para entender y actuar en la emancipación humana, contribuye a desentrañar lo que sus palabras tienen de ejemplar y de actos para pensar y actuar en circunstancias similares, captando lo parecido y lo distinto, e incluso el quehacer del “hombre concreto que se es y que se descubre a sí mismo”, como dijo Armando Hart. 

Con ese objetivo de comprensión y acción, cabe señalar —a manera de profundizar en el hilo del pensamiento—, lo que las lecciones de Fidel tienen de metas y valores: para la organización, para la estrategia y la táctica, y para el juicio favorable o contrario a la emancipación en que se defienden y renuevan concretamente las verdaderas metas de la lucha. 

El discurso político de Fidel ha sido —insistimos y precisamos otra gran tarea— para que pueblo y trabajadores puedan defender y participar, cada vez más, en la organización y marcha de un Estado de todo el pueblo. El objetivo de organización se mantuvo y mantiene en más de medio siglo de bloqueo del imperialismo, y se inscribe en una cultura de la confrontación y de una concertación que, sin aferrarse a la lucha abierta, y sin ceder en los principios en “la lucha suave”, parece caracterizar a los procesos revolucionarios de nuestro tiempo. Tanto la práctica de la confrontación como la de la concertación implican medidas de organización de la moral, de la conciencia y de la voluntad colectivas. Suponen también un claro planteamiento de que la concertación puede darse en medio de conflictos y de una lucha de clases, que sigue incluso cuando parecen predominar los consensos.

La experiencia de Cuba a ese respecto es inmensa, y no solo en defensa de su propia revolución y por los variados enfrentamientos y acuerdos con Estados Unidos, sino por haber participado en la guerra de Angola contra el ejército del antiguo país colonialista y racista de África del Sur —el más poderoso del continente—, haber ayudado a su derrota y logrado que se sentara en la mesa de negociaciones hasta llegar a un compromiso de paz.

Si la historia de la guerra y de la paz en África, con un inmenso destacamento de fuerzas cubanas dirigidas por Fidel desde La Habana, es una de esas formas de la realidad que superan la imaginación, también es otra experiencia que, junto con la resistencia inconcebible a un bloqueo de más de 50 años, confirma la capacidad de Cuba para actuar en una historia que, como la de Colombia, también combina un proceso revolucionario que alterna confrontaciones y concertaciones. Si semejante posibilidad está y estará llena de incógnitas, nada impide explorar los nuevos terrenos de la guerra y la paz en un mundo cuyo sistema de dominación y acumulación se encuentra en crisis terminal.