Dos sistemas de pensamiento influyeron decisivamente en el desarrollo de las vanguardias artísticas del siglo XX: la Teoría de la Relatividad Física, propuesta por Albert Einstein en 1905 (la Teoría de la Relatividad General aparecería diez años después), y la terapia del psicoanálisis, fundada por Sigmund Freud hacia 1986. Sin la primera, no hubieran existido el cubismo ni gran parte de los movimientos pictóricos asociados a la desintegración de la forma y del tiempo (futurismo, rayonismo, abstracción); a la segunda le debemos que un paraguas y una máquina de escribir hagan el amor encima de una mesa de Morgani. En una palabra: le debemos el surrealismo.


Relación de posición (técnica mixta sobre lienzo, 2017). Fotos: Maikel Rodríguez


Los cadáveres exquisitos firmados por Bretón, Éluard y Tzara, el extrañamiento espacial de Giorgio de Chirico, las “fotografías” de sueños pintadas a mano por Salvador Dalí, el frottage y el dibujo o la pintura automáticos: estas técnicas y poéticas, surrealistas por excelencia, buscaban representar el universo onírico, liberar las ataduras del inconsciente y reflejar el funcionamiento real del pensamiento más allá de toda prerrogativa artística o moral vigente hasta el momento.

Teniendo en cuenta las leyes de la psiquis descritas por Freud, el resultado no podía ser menos que inquietante, amorfo, bestial, pletórico de elementos dispares e irreconciliables en la vida cotidiana, pero que el inconsciente recicla, mezcla y hace emerger mientras dormimos. Desde entonces, el arte se oficializó como la manera más viable para conjurar demonios internos, para decantar esas pulsiones egóicas, aparentemente controladas por el Ello, que luego emergen (re)estetizadas en el sueño de la razón, padre de todos los monstruos.

Dichas referencias despertaron en mí tras recorrer la muestra que por estos días acoge la capitalina galería Servando. En ocasiones anteriores he señalado la versatilidad técnica y eidética inherente a la producción visual de su protagonista, Octavio Irving Hernández, joven artista conocido fundamentalmente como grabador [1]. Sin embargo, es ahora, con Pulsiones, exposición centrada exclusivamente en el dibujo y la pintura, que ese desdoblamiento técnico puede ser apreciado en todo su esplendor.

Asegurar que Octavio es un excelente dibujante no basta para catalogarlo como tal. Hay que acercarse a su obra, reparar en el cuidadoso tratamiento de la línea, en la correcta distribución de claroscuros, en la expresividad de las figuras. El adecuado tratamiento de áreas y texturas pudiera hacernos creer que lo tiene todo calculado, que sabe de antemano, con precisión milimétrica, dónde va cada cosa, cómo resolver esta o aquella figura, qué sitio concederle al extraño ser que acaba de imaginar. Sin embargo, los que hemos tenido la oportunidad de verlo pintar o dibujar, sabemos que el azar y la espontaneidad están muy presentes en su método de trabajo, aunque el resultado final sea cualquier cosa menos azaroso o espontáneo.


 

Y es que Irving se deja llevar por la pulsión, por ese ímpetu indefinible que brota de su subjetividad y le hace conjurar imágenes extrañas sobre la cartulina o el lienzo. Casi siempre su mano actúa sola, libre del estricto control ejercido por el pensamiento racional; oportunidad que aprovechan esas criaturas, “dibujadas” por el Ello en el inconsciente, para tomar cuerpo, invadir la superficie pictórica, hacernos estremecer. Llegan entonces el rictus amargo, los rostros en descomposición, lo infantil mezclado con lo terrible, el horror abrazado a la inocencia, la inquietud y el miedo.


 

Las cabezas, tanto humanas como zoomorfas, constituyen uno de los motivos iconográficos más trabajados en Pulsiones. Podemos verlas ocupando porciones considerables de la superficie, formando conglomerados, superponiéndose o dialogando entre sí. En la pintura de Octavio, la cabeza deviene campo de batalla donde se enfrentan los instintos y el raciocinio, el no-ser y el deber ser, el Ello y el Superyó: las ansias de supervivencia a toda costa, los impulsos por decantar las necesidades que nos impone la carne, versus las normas que rigen nuestro comportamiento social. Lo animal también gana espacio, asumiendo la forma de misteriosas aves, grotescos equinos, ositos de peluche con orejas de conejo: hijos todos de una imaginación febril que se manifiesta sin restricciones y mucho hereda del automatismo psíquico propuesto por los maestros del surrealismo. Dichas figuras parecen envueltas en sueño, o brotar de él; sus límites se multiplican y superponen, como si se tratara de un primitivo palimpsesto compuesto por cientos de imágenes obsesivas, mágicas, imposibles de olvidar, que la subjetividad del creador destila en silencio, paciente e indeteniblemente, como las aguas de un oscuro manantial subterráneo obcecado en alcanzar la superficie.

Sin lugar a dudas, esta exposición marca un punto de giro en la producción simbólica de Octavio Irving. Sin demeritar su trabajo como grabador, Pulsiones abre un nuevo camino que habrá de colocar a su gestor en un lugar cimero dentro del arte cubano por venir; siempre, claro está, que sus impulsos viscerales le obliguen a imprimir signos en el espacio circundante. Él, como todo buen creador, no es más que eso: alguien que se resiste a no dejar huellas y hace de su existencia un largo bregar lleno de siluetas, espectros, fantasmas, esencias que nos saltan a la vista y pretenden quedarse con algo de la luz que llevamos en las pupilas.

 

Notas:
 
1. Véase mi artículo “Sigue al Conejo Blando (hacia la poética de Octavio Irving Hernández)”, publicado en la revista Artecubano, números 1-2 de 2016, pp.: 92-95.