Suena la campana en la Sala Pepe Camejo, de Teatro de Las Estaciones. Una tradición para anunciar el comienzo de las funciones. Los espectadores se entregan a las sensaciones del ambiente, entre luces, inciensos, melodías… y Zenén Calero Medina pinta sus fantasías desde la consola de iluminación. Con la espiritualidad de pocos seres defiende el teatro de figuras en Cuba, desde la inventiva de un soñador que crea.

Zenén Calero inunda de imágenes la escena matancera desde 1979, cuando se vinculó a trabajar en el Teatro para Niños y Jóvenes de Matanzas, hoy Papalote. A inicios de la década del 80, René Fernández Santana, Premio Nacional de Teatro (2007), retoma la dirección de la agrupación y empieza un nuevo camino a recorrer. Es entonces que Calero ocupa el cargo de diseñador general, sin más herramientas que estudios complementarios de artes plásticas, el interés por conocer el universo de los muñecos y su sensibilidad por todo lo que rezuma cultura.

foto de Zenén Calero con Pelusín del Monte
Zenén Calero con Pelusín del Monte. ​Foto: Cortesía de la autora         


En 1994 funda Teatro de Las Estaciones junto a Rubén Darío Salazar y otros artistas. Allí permanece aún como diseñador. Más de 30 años con un estilo peculiar que  ha marcado a la escena cubana, acumula Calero Medina, quien en 2016 fuera nominado por cuarta ocasión para el Premio Nacional de Teatro.

¿Cuál fue tu inspiración para diseñar los primeros montajes?

El primero de ellos, El gran festín, de 1982, tenía temática folclórica afrocubana en la rama arará, una vertiente particularmente asentada en Matanzas. Había que desentrañar el legado de los hombres que vinieron de Nigeria. Fue una búsqueda de la raíz, fijarme en cómo ellos tallaban en madera, más el estudio de otros elementos de esa etnia. Fue mi primera aproximación a la cultura popular tradicional de origen africano, que luego seguí desarrollando en otros espectáculos importantes en Papalote, entre los que destaco Nokán y el maíz, en 1985, Okin Eiye Aye (1988) y Los Ibeyis y el Diablo (1992).

Con Teatro de Las Estaciones el acercamiento a la cultura afrocubana continuó con El Guiñol de los Matamoros (1998), y principalmente con La virgencita de bronce (2005), que no es más que la historia de la novela Cecilia Valdés, ubicada en el universo de los muñecos. Recientemente, en 2014, hice Cuento de amor en un barrio barroco, con la participación de William Vivanco y la Orquesta Miguel Failde, una puesta donde predomina la influencia del Caribe.

¿Cómo llegas a conocer el legado de los hermanos Camejo, que eran un solo cerebro de ingenio creativo junto a Pepe Carril?

El trabajo de investigación es muy necesario para concebir un espectáculo, hay que basarse en las cosas que existieron anteriormente, buscar la raíz, quiénes fueron los fundadores, y los pioneros eran ellos: los Camejo y Carril. Hubo una etapa en que estuvo silenciada esa historia, ahí es cuando entramos nosotros. Yo no conocía nada acerca de ellos, o al menos muy poco, hasta que en una gira a Francia, en 1991, alguien nos preguntó por los Camejo y al menos yo no supe qué decir. Me di cuenta de que estábamos huérfanos de nuestra propia historia y comencé con Rubén Darío, desde Teatro de Las Estaciones, a buscar el contacto. ¿Cuánto quedaba de aquel histórico momento? Descubrimos un mundo maravilloso, del cual no fuimos partícipes, porque fue una etapa anterior. Ellos hicieron algo que aún no se ha logrado superar. Por sus técnicas y temáticas se convirtieron en nuestro paradigma.

En la línea del rescate llegas a Pelusín del Monte, el Títere Nacional. ¿Cómo fue el rescate del títere original?

Desde 1995 hacíamos unas peñas infantiles, siempre sobre el tema titiritero. Una de ellas coincidió con el cumpleaños 40 de Pelusín del Monte y Pérez del Corcho, eso nos ubicó otra vez en la historia y nos mostró cuánto faltaba por hacer. Era imposible que nunca se hubiera representado en Matanzas siendo su autora Dora Alonso, nacida en nuestra provincia. Nos dimos a la tarea de encontrar a la poeta, periodista y dramaturga, investigar quién era Pelusín, cómo había surgido, cuál era su esencia.

Nos explicó su vínculo con el Guiñol Nacional de Cuba, sobre todo con Pepe Camejo, quien hizo el diseño del títere. Supimos que buscaba con el texto la cercanía con el campo cubano, los dicharachos, la flora y la fauna autóctona de nuestros montes. Eso nos demostró que debíamos encontrar la forma de rescatarlo. Utilizamos todos los soportes y medios expresivos para darle la connotación que se merecía Pelusín. Asumimos al personaje campesino como lo que era, nuestro Títere Nacional.

Desde esa fecha he reproducido en varios espectáculos de Las Estaciones la imagen de Pelusín del Monte, muñeco que por demás atesoramos en su forma original; fue un regalo de la propia Dora, de alguna manera ella sabía que su hijo estaba de regreso a su casa en Matanzas.

Diriges el Centro Cultural Pelusín del Monte, donde se halla la galería El Retablo y la sede de Teatro de Las Estaciones. ¿Cómo se vincula este espacio al trabajo comunitario?

Hubo varios proyectos de sala teatro y estudio-taller, pero hay que soñar con los pies en la tierra. Gracias a la ayuda de los titiriteros de Suecia este espacio se convirtió en varias cosas. Primero fue la galería, el taller-estudio; luego vino la biblioteca Dora Alonso, un espacio alternativo al aire libre, y finalmente la sala Pepe Camejo. En Cuba no existía una sala que le rindiera homenaje. Hay que darle honor a quien honor merece. Este es un espacio multifuncional en el centro histórico de la ciudad. Cubanos y extranjeros son nuestros asiduos visitantes.

Desde el inicio comenzamos con funciones y talleres en la galería. Eran talleres de verano, relativos al diseño y la animación, casi siempre la experiencia terminaba en un espectáculo con los niños participantes. No teníamos teatro, hacíamos todo en el pequeño espacio de la galería, la Peña de Pelusín, los cursos, las funciones… Aún se mantiene el vínculo con las escuelas aledañas, pero nos queda una meta, el Hogar de Ancianos que está cercano a nuestro centro.


Foto: Sonia Almaguer


Cada títere realizado es un hijo para ti. ¿Cómo concibes la creación de tus muñecos, sobre todo cuando encarnan a personalidades como Bola de Nieve, Rita Montaner, Javier Villafañe o Federico García Lorca?

El títere es una metáfora del ser humano. Primero que todo está el respeto y a partir de esa admiración busco la información visual que ayude a convertir el ser humano en una imagen plástica que sea reconocible. Hay que recopilar películas, caricaturas, fotos, mucho material que nos lleva a sintetizar a esa persona y llegar a lograr su expresión, pero amuñecada. Al ser una fantasía, puede tener la cabeza grande, los pies pequeños; puedes romper la proporción humana. No es lo mismo un pianista que un poeta. Hay que tener en cuenta detalles: en el pianista sus manos, esa es su expresión artística. La creación artística desde el punto del diseño es ilimitada.

¿Y cómo haces para crear aquellos que sí pertenecen a la pura invención teatral?

Ahí es más amplio el espectro de creación. Cuando en Teatro de Las Estaciones hicimos Alicia en busca del conejo blanco, en 2013, se recopiló todo el material fílmico existente en el mundo, puede que se nos quedara alguno. Se analizaron las Alicias creadas por otros autores. Fue un trabajo de equipo. Logramos ver la obra desde nuestro punto de vista. Así trabajamos para cada puesta en escena, decantando influencias y recreando otras hasta llegar a lo que buscamos.

Estoy muy vinculado al mundo del color, el país donde vivo está lleno de colores. Un artista de la plástica nunca mira, sino que ve, eso no es lo mismo. Cuando observas la naturaleza a tu alrededor, te das cuenta de la cantidad de riquezas en cuanto al color, las texturas, los diferentes cromatismos, etc., todo adquiere un valor diferente. Si lo sabes emplear, lo puedes utilizar a favor de tu obra.

Te has involucrado en producciones sencillas y otras más complejas, entre estas últimas destaca uno de los premios Villanueva de la crítica teatral de 2016, la obra Los dos príncipes, en la cual utilizas el teatro de sombras. ¿Cómo fue el proceso creativo?

Hemos trabajado el teatro de sombras en algunos espectáculos, pero de manera sencilla. Nunca habíamos trabajado en una producción donde casi todo fuera con sombras. Nos inspiró el trabajo en esa técnica del grupo Italiano Gioco Vita, somos sus admiradores. Siempre hemos soñado con poder traerlos a Cuba.

Trabajar con sombras resultó una labor compleja. Es la utilización de la luz respecto a la silueta que le corresponde, tanto esta como la luz  pueden estar en cualquier parte. Fue eso lo que tratamos de hacer en Los dos príncipes, estrenada en 2016. Aprovechamos los fenómenos de la luz y los vinculamos a la puesta en escena.  En lugares en que no piensas que las luces van a aparecer, allí están, iluminando figuras, objetos, elementos; esas sorpresas son importantes para conseguir una buena obra. 

¿Por qué además de diseñar y cuidar los detalles de la producción  manipulas las luces?

Porque esa atmósfera que te da la luz es el cierre del espectáculo visual. La luz te da un ambiente que no lo tiene el títere hasta que se coloca en el escenario. Esa atmósfera que soñaste con la utilización de las texturas, con los colores y los valores, hasta que llega al escenario y los iluminas no adquiere verdaderamente la importancia que pensaste. Por eso me gusta hacer las luces, en el espectáculo yo pinto con la luz. Al trabajar con la luz siento que estoy dando el acabado de lo que empecé algún día en un boceto.  

Pienso en los colores de los muñecos para interactuar en el escenario con las luces. Lo pienso como un todo. Un diseñador escenográfico no debe estar ajeno a la puesta en escena. Todo su quehacer debe favorecer lo que la  dirección quiere y lo que han propuesto los actores. Por eso siempre me comunico con ellos, para que estén cómodos con sus vestuarios, o les proporciono un prototipo de los títeres futuros al iniciar los ensayos. Los ayudo para que se acondicionen al tipo de técnica que se utilizará en el montaje, hasta que tengan, un tiempo antes del estreno, el muñeco final; cuando eso ocurre ya se han ido adaptando al color, al peso total y a la imagen.

Has conseguido un sello de autenticidad en tus diseños. ¿Cuántos maestros han influido voluntaria o involuntariamente en ello?

Realmente no me propuse lograr ese sello. Respeto y cuido todo lo que hago, busco hasta el más mínimo detalle porque soy muy preciosista. Pienso que no se debe dejar nada a lo que suceda. Incluso, las cosas que pueden parecer espontáneas las he estudiado. Es difícil autoanalizarse, pero pienso que una de las cosas que determinan el sello de mi trabajo es la factura, el cuidado.

Me nutro de todo el mundo. Aprovecho todo lo que se hace. Hay muchas personas trabajando en Cuba y en otros países que te demuestran cosas que tú no sabías y ganas ideas. Casi nunca parto de mi imaginería  directamente para hacer las cosas. Mi imaginería existe, pero me encanta contaminarla. Parto de esa mezcla para no usar siempre mis formas, aunque aquello que haga a partir de otro movimiento o trabajo siempre va a salir pasado por mis manos o por mi cabeza, va a existir un sedimento de cómo veo las cosas. Enfocarte desde otro punto de vista hace que no te repitas.

En tu trayectoria profesional has obtenido premios, distinciones y reconocimientos, tanto a escala nacional como internacional. ¿Qué representan esos galardones para ti?

Es un estímulo oficial a mi trabajo; al que le temo, pues es como si llegara al final. Te hacen pensar en lo que has hecho y en lo particular me gusta pensar en lo que voy a hacer. La sensación es rara, pero obtenerlo es un logro de la propia obra. No pienso en mí como diseñador, sino en la obra porque es la que te da la posibilidad de ser y expresarte desarrollando cualquier tema. Los premios no son un punto de llegada, sino uno de partida.

¿Qué representa Teatro de Las Estaciones para Zenén Calero?

(La emoción le corta las palabras y solo me responde tras un breve instante)

Es muy raro cuando llegas a lograr que la creación se convierta en tu vida. Siento que Teatro de Las Estaciones es mi vida toda. Tengo acá la realización plena porque tengo el espacio que soñé, creado con mi gusto visual, donde puedo moverme libremente. Un diseñador general tiene que velar por todo: el olor del lugar, los colores, hasta por el vestuario de la auxiliar de sala.

Soy un hombre que busca la exquisitez, la quinta esencia de todo, mi objetivo es siempre lograr que el resultado sea de calidad. Eso es lo que me hace sentir  tan satisfecho con mi trabajo. No son los resultados ni los reconocimientos, sino la creación en sí. Me completa trabajar con Rubén Darío Salazar, que está estrechamente ligado a mí, pues su sensibilidad tiene mucho que ver con la mía.

En una palabra o una frase, ¿qué significa para Zenén Calero el teatro?

Es el arte que con sus características me enamoró e hizo que yo lo escogiera para realizarme. El teatro es mi vida.

El verdadero artista trasciende más allá de las adversidades y el látigo del tiempo. Así se mantiene Zenén Calero. Sus manos de mago crean mundos donde los títeres cobran vida junto a un escenario que late desde Teatro de Las Estaciones.