Dibujo de Jorge Luis Santos
 

Relampaguea, puede llover esta noche, llover mucho, es Junio, temporada de lluvias, por eso, por la lluvia, se ha apurado ella, doce años desde aquel primer día en la Universidad, no hubieran pasado doce años y no abriría ahora Yeisa así la puerta, le toma la barbilla, la abraza, le recompone el cabello, ese que se le arremolina sobre los ojos, la abraza, fuerte: hay que ponerte hielo, le dice, queda Yeisa lágrimas sobre el sofá, ahí está de vuelta ella, ella con hielo, hielo y toalla, la amistad y su caricia de felpa, su nimia tibieza, para el hijo de puta la policía, la Gestapo, campo de concentración, pena de muerte, que le disparen ya sabrás tú donde, eso dice a la amiga, asomo de sonrisa el de Yeisa, asomo de sonrisas el de ambas y ademán de apuntar, remedo de tiro, tentativa de patada que sacude la cabeza de Marcos, Marcos baleado, sangrante, en mitad de la sala Marcos, y si alguna vez ángel pues ahora desangelado, Yeisa la mira, baja la cabeza, se cubre la cara, con las manos se la cubre, la abraza ella, cariñosa: ¿por qué no haces un poco de té?, así lo ha pedido Yeisa, las tazas están ya sobre los platillos, y Marcos frío, yerto, exánime, baleado, recluido en ese sitio, ese para lerdos que abusen de mujeres, frío está el té, que lo disfruten hirviente en Siberia, en Yakutia, en Kamchatka, que se escalden la glotis, esto es el Caribe y frío les gusta a ellas, frío hace bien por estos sitios, con mucho hielo, el hielo que también tiene la agradable misión de desinflamar ojos, maravilloso el hielo, quedan ellas mirando a las tazas, los reflejos dorados, el hielo tintineante, ahí está ahora ella pidiendo ver las huellas, Yeisa que las muestra, mancha azul debajo del pecho izquierdo, casi te mata el muy sádico, dice ella, Yeisa (desolada) la mira, ella (afiebrada) la amonesta: que se vaya de una vez, Yeisita, eso y afuera que relampaguea, afuera es el caos, la iridiscencia, la tremolina, el ríspido aullido del viento, afuera es junio, temporada de lluvias, adentro beben ellas té, té con hielo, maravilloso el hielo, beneficioso el té, dejan ir ellas más allá del balcón los ojos, lejos, donde el viento, donde las hojas, donde el aire, donde el siseo de los pinos, donde la lluvia lo anega todo, donde los sueños, adentro es ya la tercera taza: no vas a poder dormir esta noche, así lo advierte ella, se miran: ¿crees que regrese?, vuelven a mirarse, quedan en silencio, felices ni moras ni cristianas, oro buscaron los señores alquimistas, equivocaron búsqueda, erraron camino; felicidad debieron haber buscado, si con alquimia no lograron oro menos aún felicidad, eso ni los japoneses, ni Europa unida, ni dólares, ni euros, teme Yeisa quedar sola, teme regrese Marcos, anhela la compañía, la compañía atenúa la soledad, la compañía amortigua el miedo, muy soportables soledad y miedo cuando se comparten, sucede como con el peso; entre dos es más tenue, entre dos es más fácil, entre dos a cuestas el mundo y son apenas unos pocos gramos, por eso desea ella compañía, anhela que la amiga se quede, la acompañe, por eso bebe su té y presiona hielo y toalla sobre el ojo mientras valora pedir o no pedir, ahí está la balanza, ese artilugio en el que calibramos anhelos, esa báscula de deseos, la misma que de la inclinación a un lado u otro decide vaya Dios a saber cuáles actos, cuáles hechos, y esta vez, como suele acaecer, el artilugio se ha inclinado, y como resulta reincidente ha elegido los anhelos, y es que son tremendos esos lados, colosales esos pesos, en la mesa la toalla destila ahora agua, a un lado las tazas, el té, el flujo y reflujo dorado, ha pedido Yeisa a la amiga que se quede, ya lo ha hecho, se ha decidido y lo ha hecho, ladeada la cabeza, el ojo quizá más inflamado, de favor lo ha pedido: anda, quédate, porfa, más elocuente que Demóstenes, más expresiva que mil discursos, hay rostros así, son pocos pero los hay, y Yeisa, uffff, urge reconocerlo, Yeisa posee uno de esos, puede, incluso, que el magullado ojo acreciente la elocuencia, de cualquier manera afuera llueve, llueve con fuerza, truena que infunde miedo, más allá del balcón es la tremolina, la iridiscencia, está bien, me quedo, se abrazan, como en los viejos tiempos, así ha dicho ella, los viejos tiempos, y se han emocionado, linda la alusión, a ellos, a los viejos tiempos, esos de estudiantes, bien lo hizo saber un día Gardel; esos que flores de un día son, y quién sabe si continúen siéndolo, aún marchitas, aunque a tales periodos, los de las flores marchitas, no se extendiera Gardel, un sabio Gardel; de flores y estudiantes sabría bastante, se levanta ella, avisará al esposo, no la asaltarán maleantes, no dormirá con otro hombre, solo acompañará a la amiga, solo eso: voy a quedarme con Yeisa, así dice al hombre, temores del hombre que la mujer mitiga, se despiden, besos, mimos de hombre y mujer que de un lado y otro viajan por un cable, como en los viejos tiempos, ha vuelto a decir Yeisa, y la mira, tristísima la mira, vasta pretensión ser feliz, ambicionar felicidad es como anhelar la vida eterna, o el parto indoloro, o dulces que no engorden, o mierda que no hieda, o hasta tal vez el comunismo, afuera llueve, es Junio, mes que un día nos legara Juno, deidad protectora de mujeres, Juno, Reina del Olimpo, Juno y no obstante ha sido golpeada esta mujer, Juno y he ahí el ojo amoratado, Junio y llueve, llueve como si el monzón, llueve como si el Ganges, llueve como si el Hades, como si de la deidad no bastara aureola, de vez en vez una cintilación, un fulgor, la luz que lo empoza todo, han cerrado los vecinos las ventanas, las han dejado abiertas ellas, les agrada la humedad, el viento colmado de llovizna, el embeleco que allega agua y hojas al balcón, hacen ahora la cama, y bajito, volumen nueve, deja escuchar entonces Yeisa la pieza, Las Cuatro Estaciones, relampaguea y son los primeros acordes, el signore Vivaldi, il prete rosso, Vivaldi, hijo de Camila y Giovanni, maestro di violino, sacerdote allá en San Gimignano, fue ella quien regaló a la amiga el CD, no le agrada a Yeisa la música clásica, a ella sí, cuando yo vaya lo pones, pidió entonces ella, por eso, para complacerla, para desearle lindos sueños, para agradecerle, lo ha puesto ahora Yeisa, tremebundos los primeros acordes, fastuoso el allegro, ese tema de tres compases, en primavera deambulan ahora ellas, temporada en Mi mayor, temporada de gran impacto, de amores y de flores, sagrada temporada de estudiantes que en allegro asoma, y sí, muy bello el allegro, no importa no sepan ellas definirlo, dirán es lindo, solo eso, dirán allegro alegra, y eso basta, a todos debiera bastar, cambian ahora las sábanas, tararean a Vivaldi, tan tan tarantan tan tan, por suerte no se precisa definir algo para deleitarse, procura Yeisa a la amiga un pulóver, uno ancho, largo, el aire es húmedo, y cuando las notas del inverno resuenen puede asome el frío, tendrán que cubrirse, acostadas miran ahora al techo, tararean a Vivaldi, sonríen, escuchan el adagio, adagio y verano, temporada que sabiamente ha previsto el italiano en clave de Sol, adagio precioso ese, entre adagios y allegros bien pudiera transcurrir la vida, bello transcurso sería ese, quien la hizo de música sabría poco, de pentagramas ni la u, tampoco alcanzan ellas a definir adagio, no saben, por ejemplo, que un violín tiene cuatro cuerdas, cuatro afinadas en quintas, sol, re, la, mi; que el arco suele ser de madera de Brasil, un sitio llamado Pernambuco, por supuesto saberlo no atenuaría turgencias al ojo de Yeisa, no podaría el mundo de tipos Marcos, no las haría a ellas más o menos bellas, más o menos sabias, más o menos felices, no tienen sueño, ha cumplido el alcaloide su misión histórica, el alcaloide y los adagios, una maravilla los adagios, felices ellas escuchándolos, al menos eso juzgan, eso creen, ambas, no conocen la canción, aquella, la de Gardel, una lástima, si la conocieran la cantarían, a dúo, octava siempre alta, despertarían a los vecinos: amores de estudiantes, flores de un día son, y los vecinos quedarían asomados a los balcones, acodados a las ventanas, a todas las ventanas, subidos a los techos, a todos los techos, los vecinos se sumarían al coro: amores de estudiantes, flores de un día son, eso octava siempre alta, y como los tangos son nostálgicos pues se pondrían ellas nostálgicas, los vecinos nostálgicos, nostálgicas las ventanas, nostálgica la ciudad toda, esta ciudad de mil demonios, mil demonios nostálgicos, y como desde la nostalgia suele llegar el llanto asomado está ya a los ojos de Yeisa, motivos la asisten; Marcos la ha golpeado, Marcos cuerpo de fusilado que sangra allá, desangelado, junto al sofá, fusilado porque en venganza así lo han imaginado ellas, Marcos rigor mortis, la abraza ella y al otoño las acarrea Vivaldi, otoño muy bien previsto, en Fa mayor el otoño, molestia de temporada de la que carecemos los cubanos; en otoño las hojas se tornan amarillas, se caen, una mierda el otoño, eso nos dicen, eso nos enseñan, eso leemos, no lo sabemos los cubanos, ver para creer, nos legó el sacro Tomás, y no lo hemos visto los cubanos, no tenemos otoño, temporada de lluvias y temporada de seca, eso es lo que tenemos, eso lo que hemos visto, solo eso creemos, mas quizá por un Autunno tan bello, tal vez por los trillados convencimientos de la amiga, puede que por el abrazo, ha dejado Yeisa de llorar, ah, poderosísimos puede sean los Autunno, poderosísimo todo cuanto se anhela y no se tiene, bienaventurados los que de algo carecen porque sucedáneos buscarán, abrazadas están ahora ellas, trenzadas y afuera llueve, unidas y el agua a rachas, entreveradas y es junio, más allá de las ventanas acaece lo que en tiempos del hebreo Noé, cunde el viento, bullen las hojas, rezuma el agua, el vendaval que arrastra hojas, y es una mierda, sí, porque cuando para otros es otoño para los cubanos es temporada de lluvias, todo tiene sin embargo su fracción de suerte, aleja la lluvia la posibilidad de que Marcos regrese, a muchos ha salvado la lluvia, a muchos, sí, recordemos a prusianos e ingleses allá en Waterloo, ah, la suerte, mucho debemos también los cubanos a la suerte, limpia ahora ella lágrimas a la amiga, con la sábana, con los dedos, fuerte la abraza Yeisa, emociona tener una amiga así, emociona la amistad y su nimia tibieza, la amistad y su caricia de felpa, emociona el adagio molto del otoño, y es que los adagios cuando son molto y coinciden con otoños uuuffff suelen estar entre lo más excelso, portentoso Vivaldi, maestro di violino allá en la Ospedale della Pietá, sitio triste de Venecia, prodigioso el otoño, y triste, sí, poco hay tan triste como un otoño, otoño para colmo moltissimo, no importa que en el mundo la mayoría ande anhelando primaveras, lleno está el mundo de lugares comunes, importa, eso sí, que cierre ahora Yeisa los ojos, los cierre y pida a la amiga: cántame, anda, así lo ha pedido, ñoña, infantil, y con la venia de Vivaldi, maestro de capilla, profesor de música allá en Venecia, exenta de los mínimos rudimentos de solfeo llega la voz, todavía más fuerte la abraza Yeisa, duro, tan duro que crac crepitan las costillas, tan fuerte que pum asoma el Inverno, temporada que los osos no soportan y zum se ponen tristes, no lo ignora Vivaldi y se afana, agita su violín madera de Pernambuco, caja de abeto y arce, para el Inverno ha elegido clave de Fa, muy sabia clave esa, y para atenuar efectos ha distinguido sea Menor, presto sostiene el arco, su hebra de crin de caballo, muy exaltado parece ahora Vivaldi, asombrado, ofuscado, y es que sobre la cama —alabada sea la Santísima Trinidad, alabada la madonna y el bambino, alabado Vivaldi, alabados los violines todos, artilugios de madera de Pernambuco— se besan ahora ellas, abiertas las bocas y cerrados los ojos, aunque puede sea el aire, puede que las connivencias, las iridiscencias, las tremolinas, porque si afuera es junio y llueve pues adentro es allegro, non molto pero allegro, y bien se sabe que no debe ser precisamente molto un allegro para que se disfrute, no, señor, tampoco un beso, lastimoso duren tan poco; eso sí, deplorable tan reducido tiempo para tan perfecto espacio, efímeros a morirse los allegros, también los besos, alguien lo habrá dispuesto así, algún malintencionado, alguien que de música y besos ni la u, alguien que no habrá besado ni cantado, benditas las excepciones porque este beso por ejemplo, al menos este, se ha extendido, no fue dispuesto con malsanas intenciones, no andarán pensando ellas limitarlo, tendrían que llegar explicaciones, y las explicaciones, ya se sabe, son siempre más intrincadas que los hechos, más arduas que los besos, más enmarañadas que los allegros, puede uno besar sin saber a derechas porqué besa, afuera gira húmedo y tremolante el mundo, adentro húmedas y tremolantes hacen girar ellas las lenguas, y es que tiene el mundo esa opción, ser lluvia o beso, opción que la mayoría juzga sin embargo reprobable, la mayoría siempre vigilante, la mayoría siempre cuidándose, que la lluvia no los moje, que los besos no los besen, que las manos no los toquen, al menos no tanto, no tanto que después, no tanto que mañana, no tanto que quién sabe, la mayoría mira ojos de marsopa y he ahí que lo ve todo bicolor, negro o blanco, prono o supino, pobreza o fortuna, gripe o salud, acompasado se mueve ahora Vivaldi, triste como oso en su inverno, desconsolado con su violín de cerda de alazán, sonoridades tremendas las que ha logrado, maravilloso ese artificio, regalo de un luthier de Cremona, es el cuarto movimiento, la cuarta estación, la última, todo exhibe final; las músicas, las lluvias y los besos, aunque a este no se le vislumbre termino, nadie se atrevería a juzgar, por ejemplo, desde qué sitio fluye mayor fuerza, si desde Vivaldi que eterno es solo uno; si desde queste regazze que efímeras son sin embargo dos, con la indulgencia de Vivaldi, maestro de capilla y clérigo, la tesitura de un violín corre desde Sol debajo del Do central hasta tres octavas y medias; y la de un beso, ah, de un beso solo Dios intuye las octavas, y en cuanto a la tesitura, no, esa ni Dios la sabe, ignorante lo es también Dios en tales materias, de música puede entienda algo, de besos un cuerno, afuera llueve, llueve con mayor fuerza, será el Armagedón, será el hebreo Noé clamando por su Arca, será la lluvia tintineante sobre el vidrio, su tour-en-l´air, caliginosa la lluvia, deseosas las bocas, toda boca lo es desde Noé, y aun desde antes, toda boca milenios codiciando mimos, mimos de otras bocas, tanto que si a la lluvia le fuera dable pues boca sería, no se le permite sin embargo, tampoco acto humano que perdure, todo exhibe finale, todo finiquita, todo acaba, y así como el ritardando instruye a Vivaldi acerca de la lentitud del movimiento ritardando y las lenguas se aquietan; ritardando y la forza de labio sobre labio es menor; ritardando y despacio se apartan ellas, con dulcezza, diría Vivaldi, con susto en los ojos lo diría, el pavor en el gesto, perdóname, fue la voz de Yeisa, y se agita Vivaldi, helo ahí con su violín de cuatro siglos, instrumento afinado por quintas, he ahí que la emprende con el largo, segundo movimiento de este inverno, estación que acaba, concluye, termina, poco eterno va quedando por estos lares, nada de disculpas, ha dicho ella, también yo te besé, así lo susurra, lo hace y sonríe, lo hace y la abraza, mudo y asombrado las contempla Vivaldi, encarnadas las orejas, carmín encendido el rostro, murió en el siglo XVIII, murió e infortunadamente los muertos no besan, vivas no obstante están ellas, vivas y se miran, vivas y sonríen, cerradas ahora las bocas, cerradas como la de los muertos, con la diferencia de ser estas bocas felices, bocas húmedas, bocas besadas que no pierden ventura, así lo hizo saber un día Boccaccio, otro italiano, vaya con los italianos en esta historia, sagrada ventura que los muertos han perdido, no se permiten los muertos semejantes ternezas, buena parte de los vivos tampoco, un poco muertos suelen andar muchos vivos, vivos de bocas no besadas, vivos de bocas de nula ventura, afuera llueve, cada vez con mayor fuerza, relampaguea, iridiscente sobre Venecia el cielo, todo trémulo, todo húmedo, maculado de nubes, y allá, en lontananza, a la vera de la luna, a la sombra del campanile de San Marcos, una pareja de viejos, una vieja y un viejo que caminan, il mio amore, musita él, y la besa, en la mejilla, como suelen besar los viejos, y la vieja agradece, con terneza: il mio amore, y lo mira, eso allá, en Venecia, acá, en La Habana, bulle el Cristo más allá de la bahía, bulle encarnado, bulle porque ahí, detrás de esa ventana, se miran ahora ellas, a los labios algo impreciso, a los labios la premonición de vaya a saber qué actos, qué palabras, nadie podría predecirlo, pocos se atreverían, mohín primero tímido, arrumaco de ojos bajos: a ver si acabamos de lesbianas, así lo ha dicho ella, tortilleras, fue la palabra usada, cruzan ambas los dedos: ni muertas, ríen, tortilleras ni muertas, y vuelven a reír, nos gustan demasiado los machos, así dicen, a coro, octava siempre alta, nos gustan demasiado las, y a seguidas asoma la palabra, cinco letras, solo cinco, alusivas a cierto órgano, cierto órgano que acá no será nombrado,  mucho lo que ignoran ellas, no sabrían explicar, por ejemplo, por qué la Ospedale della Pieta era solo hospicio para chicas, la mayoría de las historias carecen de esclarecimientos, justo es decir que muchos no deberían intentarse, esclarecer oscurece, esclarecer enluta, esclarecer apaga, y para iluminar pues nada mejor que lo oscuro, para el blanco nada mejor que el sepia, eso nos legó un día Da Vinci, otro italiano, mamma mia, jauría de italianos la que se nos abalanzan en esta historia, algo va a decir Yeisa y trunca queda la frase, quebrada, escindida como afuera se quiebra y escinde la lluvia, afuera, donde cae el agua como si abajo se nos viniera Dios, temporada de dudas y temporadas de certezas las que sufrimos los cubanos, algo cuchichea ahora ella, balbucea, susurra, se esfuerza Vivaldi mas no escucha, no puede, está lejos, allá, en Venecia, lejos, otro siglo, otra ciudad, lejos y muerto, poco le resulta perceptible, sacra et sancta dulcezza, suspira Vivaldi, el ojo de Yeisa ahora menos violáceo, el rostro de ella multiplica pecas, y La Habana, relumbra La Habana, un ensalmo de luz La Habana, sortilegio que acompaña el mucho proponer y el tanto consentir, magia de Vivaldi y su violín, magia la de estas que otra vez se besan, escarceos estos más viejos que el tiempo, anteriores a la lluvia, a los allegros, a Noé y su pobrísima barca, devaneos más sacros y eternos que pirámides, mixtura que alza y hunde al mundo, antes han dudado ellas, dudaron porque decidir es prerrogativa de adultos, y adulto, ¿quién lo es en artes del cuerpo?, en tales mañas todos niños, infantes no más, párvulos, sin tiempo pero eternos, vastos pero críos, fue ella quien acercó entonces la boca, cerrados los ojos, jamás habían ellas besado y llorado a un tiempo, bienaventurados los que en ello incurran, bienaventurados porque de ellos será Vivaldi, los allegros, los adagios, los veranos, los invernos, las iridiscencias, las estaciones, las tremolinas, bienaventurados se les agita ahora el pecho, con tierna convulsión se besan, convulso Vivaldi y convulsa la lluvia, ah, convulsa bienaventuranza hecha de iridiscencia y tremolina, y tan fuerte resulta el desvaírse que duro, muy duro sostiene Vivaldi el violín, madera de Pernambuco, ah, non posso continuare così!, masculla, y si bien más allá del balcón se abalanza la lluvia de este lado se alternan los pechos; asciende uno cuando desciende el otro, como las mareas, como ciertos artilugios en los parques infantiles, tiene el llorar su dialéctica, su tempo, su ciclo, con llanto arribamos al mundo, natural que a él, al llanto, retornemos en madrigales y ternezas, se apresta Vivaldi a concluir su inverno, las ha acompañado con simetría más veraz que todo número, con sapiencia más recta que toda línea, se adelanta la música en los buenos momentos, soportables hace los malos, eso bien lo supo Vivaldi, fue músico, en Orfanato trabajó, un sitio para huérfanas allá en Venecia, de este lado es La Habana, città meravigliosa!, y está bien entrada la noche, y está la lluvia, está la amistad y su nimia tibieza, la música y su azogue que aquieta, pero no, no soñó Vivaldi partituras para esto; no supo de muchachas como estas, no tuvo ese placer, tampoco el probable disgusto, era clérigo, a otras muy diferentes conoció, aunque puede que no, quién sabe, vaya Dios a predecirlo, se precisa en orfanatos de música que desgrane el tiempo, de besos que desbrocen tristezas, y para desgranar y desbrozar poco como los besos, poco como la música, asoma ambos y desgranado el tiempo, asoman y desbrozada la carne, la carne que es un manglar entre beso y beso, y es que si puros nos torna la música eternos nos hacen los besos, eternos como eterno es Vivaldi, lloran otra vez ellas, lloran y será la lluvia, será esta noche de junio, causas habrá que de seguro deban quedar ocultas, lloran ellas, de las bocas es ahora la música; la del cuerpo, la del pentagrama es toda labor de Vivaldi, Vivaldi que manos sobre violín se afana, no olvidemos el rictus, ese arrumaco en su boca de muerto, esa boca de ventura intacta, el escorzo de su cuerpo de fraile, magro il corpo, raída la piel, deja caer el violín: il mio domine, se persigna, viste hábitos, muy sincero su asombro, no leyó a Freud; de Lacan nada supo, de Yeisa y su amiga no escuchó hablar, no se le juzgue, ah, los cubanos nos lanzamos siempre a juzgar, no se juzgue a estas que acá se besan y se arrullan, ladea la cabeza Vivaldi, se meza los rojos cabellos, algo ha dicho Yeisa, poco atinado Vivaldi no lo ha escuchado, de las estaciones debió haber previsto una quinta, de este lado ya ni el recuerdo de Marcos, tampoco es ahora el ojo tan violáceo, más allá del balcón anega rotunda la lluvia, innominada, sine nomine porque acá, sobre la cama, muy fuerte se abrazan ellas, de los cabellos se toma Vivaldi, se miran, las mira Vivaldi, mueven las cabezas, la remueve Vivaldi, a un lado y otro la bate, entrecierran ellas los ojos, con forza los aprieta Vivaldi: il mio domine, repite, será de los que asignan a la fantasía un color y a la realidad otro, se ríen ahora ellas, a tanto no se atreve Vivaldi, para él es tremendo el pavor, enorme el recelo, es fraile, un pobre fraile, un fraile que transpira, sufre de strettezza di petto, puede que incluso le azote esta noche el asma, retoma el violín, debe concluir, questa es la mia labore, se apremia, se resigna, y es que nada es perpetuo, mutan las aguas bajo el puente, mutan los puentes, mutan las bocas y los besos, es ya final de inverno, un allegro precioso, un allegro como para no olvidar, como para que no concluya jamás, y es que ni las estaciones debieran ser cuatro ni los allegros tener fin, tampoco los besos, afuera llueve, llueve a rabiar, y es junio, temporada de lluvias, mes que tremebundo tiene nombre de diosa, eso afuera, adentro se abrazan ellas, y están los acordes, esta música de 1725, he ahí al compositor, un tipo nacido en Venecia, maestro de capilla, di violino, clérigo, precisamente de labios del compositor quedan absueltas ellas, de la mano ambas en el confesionario, allá, en Venecia, de la mano en San Gimignano, las túnicas inmaculadamente blancas, mojadas las orlas, mojados los pies por esta lluvia de junio, ego te absolvo, fillia mia, dirá el fraile, y quietas de momento quedarán las lenguas, ego te absolvo y quieto Vivaldi, a un lado el violín, dádiva de un luthier de Cremona, quietas se miran ahora ellas, es final de inverno, la habitación está fría, quizá por eso se han cubierto con la sábana, y el lerdo de Marcos allá, desangelado, y la infelicidad vaya a saber dónde, y allá, lejos, en Italia, allá en 1725, Vivaldi, hijo de madonna Camila y signori Giovanni, maestro di violino, ha quedado exhausto, a un lado el instrumento, hebras de crin de equino, madero de Pernambuco, Vivaldi que se deja caer en la poltrona, roble de la Selva Negra, el pensamiento en las fliglie di coro, esas chicas del hospicio, la mano en la entrepierna, en Anne Giroud el recuerdo, sobre todo en ella, la contralto preciosa, ah, bella ragazza, transpira, sofocado se hurga la entrepierna, esta noche lo aquejará la fiebre, ráfagas trémulas las que lo han embestido, visiones pavorosas las que lo han asediado, espectros de un tiempo convulso y de una ciudad hirviente, me estoy volviendo loco, piensa, me estoy poniendo viejo, eso mientras próvido repica el campanile, ese mecanismo de San Marcos, varias veces repica, nueve han sido los tañidos, es la novena hora según el Breviario, acabaron las estaciones, eran, como las cuerdas de un violín, cuatro, de este lado es La Habana, de este lado llueve, de este lado otra vez están ellas atrapadas de las bocas, y afuera, en esta noche de junio, esta noche de iridiscencia y tremolina, llueve, uffff, llueve mucho, relampaguea.