Más celestes que aquellas centelleantes estrellas

nos parecen los ojos infinitos que abrió la Noche en nosotros.

Más lejos ven ellos que los ojos blancos y pálidos de aquellos incontables ejércitos

—sin necesitar la Luz,

ellos penetran las honduras de un espíritu que ama—

y esto llena de indecible delicia un espacio más alto.

Novalis


Yo he soñado en mis lúgubres noches,

en mis noches tristes de penas y lágrimas…

Juana Borrero


La imaginación poética de Juana Borrero floreció en la larga noche de insomnio de toda su vida. “Vueltas mil y caprichosos giros” [1] del ensueño a la vigilia brotaron del fondo oscuro de su universo interior, tejido de luces y sombras desde la densa noche de los versos infantiles hasta la fulguración agónica de su “Última rima”. De esa extraña experiencia de crecimiento silencioso, de latentes fuerzas escondidas, nutrió sus figuraciones. La noche es el tiempo de la gestación, su momento más fértil, propiciatorio de lo sobrenatural, de lo otro, de lo irracional, de lo mágico… La oscuridad es la potencia más grande de la noche porque en ella se encuentra lo indefinido como una fuerza expectante, una suerte de movimiento imperceptible que sorprende al amanecer.



 

Como toda construcción simbólica en la escritura de Juana, la noche posee un aspecto benéfico y sereno que alterna con otro maléfico y perturbador. De igual modo, parecería que existe una dimensión profunda, interior, íntima y otra exterior, cósmica, expansiva de la nocturnidad; pero las fronteras entre tales manifestaciones no son siempre precisas, de manera que lo positivo y lo negativo se trastocan y lo interior y lo exterior no son mundos separados ni opuestos: no pueden existir sino intercambiándose constantemente. La relación que se establece entre ambas formulaciones del espacio poético ha sido descrita por Gastón Bachelard.

Hay un “comercio” de la espacialidad poética que va de la intimidad profunda a la extensión indefinida. Ambas manifestaciones, la de lo íntimo y la de lo exterior, crecen en paralelo toda vez que el espacio poético es uno solo, “el espacio íntimo en el mundo” donde entran en consonancia lo que contiene y lo que sobrepasa al sujeto. La gran soledad del hombre hace que se toquen y se confundan. Se trata de la ancestral correlación entre un plano macro y un plano micro del universo que se tornan consonantes por su inmensidad [2].

En un poema como “Los astros” la infinitud de la noche cósmica se transforma en extensión del espíritu. Dos elementos esenciales crean la atmósfera: amplitud y silencio. Son dos de esas palabras que Bachelard denomina “de resonancias íntimas” [3]. La noche es “callada” [4]; la tierra, “muda” [5]. La sombra “extiende” [6] un “velo” [7] que es el del sueño. Los sentidos se cierran a la forma común de las percepciones. A partir de este instante todo es profundidad, resonancia, misterio.

Un fino entramado lía los espacios de la tierra y el cielo: la visión de los luceros, metafóricamente “sembrados”, hace del firmamento un suelo florecido; la repercusión del cuarto y quinto verso, engarza las estrofas iniciales. Los vocablos esplende y asciende implican movimientos de amplitud, de expansión. Se relacionan manifestaciones de lo infinito que crecen en paralelo:

En la callada noche, cuando la sombra extiende

sobre la tierra muda su velo misterioso,

y arriba, en las alturas del éter anchuroso,

sembrado de luceros el firmamento esplende;

 

mi alma soñadora que al firmamento asciende

escucha sumergida en éxtasis dichoso,

hablar de las estrellas su idioma cadencioso,

tan dulce, que tan sólo mi espíritu lo entiende. [8]

La evocación de una lengua primitiva estuvo entre las principales obsesiones de los románticos, quienes vieron en cada cosa el germen secreto de la unidad perdida, premisa de los místicos de todos los tiempos.

El “éxtasis”, lejos de la experiencia común de los sentidos, es como una inmersión que en otro plano de la existencia representaría un ascenso. El alma, mientras escucha sumergida, se eleva al firmamento. Porque con frecuencia es en el corazón del ser donde el ser es errabundo, es a veces fuera de sí donde experimenta consistencias. A veces está, al decir de Bachelard, “encerrado en el exterior” [9]; en “Los astros” abajo se convierte en arriba, afuera es correlato de adentro.

La evocación de una lengua primitiva estuvo entre las principales obsesiones de los románticos, quienes vieron en cada cosa el germen secreto de la unidad perdida, premisa de los místicos de todos los tiempos. En el poema de Juana el “idioma cadencioso” [10] no es más que una manifestación de este concepto, unión ancestral de la poesía y de la música, expresión innata que contiene la clave de nuestro enigma interior y la marca de lo profético. De su “efecto adormecedor”, que propicia los transportes del alma hacia la región de los sentimientos oscuros y de los sueños, hablaba Schubert [11]. Para los modernistas, dice Octavio Paz, está precisamente en el ritmo “la celeste unidad del universo” [12]. Y en “Los astros” escuchar es regresar. Las señales que conducen al Absoluto llegan a través de cadencias dulces, murmullos débiles, lejanos e indefinibles ecos [13]. El sujeto deja de ser para convertirse en el abandono de sí mismo y en ese acto de renunciamiento llega a poseer verdaderamente. Desasirse de la corporalidad, de la vida sensorial para acceder a un plano superior de conocimiento no es más que un paso entre la experiencia hipnótica y la muerte, que “no puede ser otra cosa que la disolución final de la individualidad, el cumplimiento de nuestra aspiración de reincorporarnos al Todo, cuyo primer anticipo son los sueños” [14].

Una línea apenas perceptible va de la alucinación a la clarividencia, del letargo a una suerte de apertura hacia lo metafísico. En esa franja de aproximación entre el espacio onírico y “el mundo ideal de los muertos” [15], Juana Borrero escribe una serie de poemas, cercanos al fallecimiento de Casal, movidos por el sentimiento de duelo. Acerca de sus “relaciones con seres del otro mundo” [16] le hablaría más adelante a Carlos Pío Uhrbach, y también del valor simbólico de sus sueños, a veces verdaderamente aterradores. De su sensibilidad, de su convicción en sus poderes de “fantástica” [17], tal como se definía, le viene el don de evocar, así como de ahuyentar a los espíritus, compañeros de sus largos insomnios, amigos que no reposan [18] y por eso se le parecen, hijos de sus noches de desvelo. Sumida en extraña condición de visionaria, hila los versos de tres composiciones de atmósfera confusa, mezcla de lo idílico y lo tétrico:

Cuando se cierran mis cansados párpados

en el sopor dulcísimo del sueño

oigo una voz querida que me nombra...

Voz de un amigo que dejé muy lejos!

 

Palabras murmuradas en voz baja

que pronuncian mi nombre con misterio,

muy cerca de mi oído… y sin embargo

son voces que han venido de muy lejos!

 

Entonces me incorporo sollozando,

abro los ojos, pero nada veo,

y no vuelvo a escuchar la voz querida

que me estaba llamando desde lejos…! [19]

La noche no es el espacio del ver, sino del oír; su silencio es el anuncio de lo inefable. A través del oído surgen y se amplifican todas las demás sensaciones, se insinúan las imágenes angélicas o espectrales, las fantasías y los miedos se desatan. Para que otros despierten alertas, es preciso que uno de los sentidos se apague. Dejar de ver es comenzar a oír. Cerrar los ojos a la “realidad” es apartarse de estímulos disociadores. La presencia del amigo no se observa sino que se escucha porque solo la voz atraviesa largas distancias. La repercusión de los versos finales no es solo una manifestación de estas ideas obsesivas; como un eco, sugiere los amplios vacíos por los que viajan y se multiplican las señales:

Cuando evoco tu sombra querida

y surgir a mis ojos la veo,

al sentir en mi frente ardorosa

la fusión de tus manos de hielo,

y al mirarme en tus ojos sin brillo

de pavor y de angustia me lleno,

y tu voz de ultratumba me llama

de la noche en el hondo silencio.[20]

La profusión de imágenes terroríficas hace particularmente visible una categoría cuyo tratamiento descubre un influjo romántico: lo grotesco se mezcla con lo idílico, el retrato espectral del ser amado provoca la felicidad y el miedo. Los sentimientos del soñador —aspectos extremos de lo desconocido— se alternan y se tocan. Discurre bajo la superficie de estos poemas un erotismo atenuado que se manifiesta en la necesidad de la caricia-entelequia, y la anulación de los obstáculos, la unión de los opuestos, son manifestaciones subyacentes del viejo anhelo de la reintegración al Absoluto, pues la cosmovisión romántica ve el amor como la puerta de la Eternidad, que marca el fin del Tiempo.

La significación profunda de esos grandes sueños […] se impone poco a poco al espíritu. Bajo la forma de angustia intensa, de dulce nostalgia o de serena realización, casi todos ellos expresan las aspiraciones del yo aislado que sufre su soledad. Anhelo de la creatura amante hacia una región donde finalmente el amor sea perfecto; grito del ser, aprisionado en los límites temporales y ansioso de eternidad. [...] Ahí encuentra la certidumbre de que el mundo actual, en que estamos emparedados, será un mundo efímero, y se escapa con alegría en el enjambre de formas móviles e imprecisas, de las metamorfosis y de los nacimientos [21].

El cruce de los espíritus por “las rutas perdidas de los ensueños” [22] está limitado por su temporalidad; como hilatura frágil de imaginación en Juana, deslumbra por lo que tiene de imposible, brilla en el instante de su desvanecimiento:

En mis pálidas horas de amargura

yo te siento cruzar al lado mío

como una estrella enferma a quien tortura

la nostalgia infinita del vacío,

y de tus ojos tristes la dulzura

aletarga mi espíritu sombrío

en mis pálidas horas de amargura.

 

Cuántas noches de insomnio solitarias

has venido a mis fúnebres delirios

como vienen las dulces emisarias

de la oscura región de los martirios,

a evocar mis quimeras visionarias

que se han abierto, como blancos lirios,

en mis noches de insomnio, solitarias! [23]

Aun cuando el viaje onírico es tema obsesivo, no existe entre las composiciones de la Borrero una que lo describa con tal riqueza de imágenes como “Mis quimeras”, pieza única por su progresión “narrativa”, de sucesivos movimientos espacio-temporales. En la noche de insomnio la visión de criaturas aladas dibuja una circunferencia que se abre a los predios de la imaginación. Cuando el sujeto se abandona, cruza el límite. Libre al fin, mientras recorre los espacios, los inventa.

Refugio de los sueños “donde es el cielo siempre puro” [24], “el país de las delicias” [25] recuerda ese lugar paradisíaco que, con el doble aspecto de descubrimiento y de mundo recién creado está en la imaginería de muchos poetas románticos. Lazos inexplicables conectan la tumultuosa profusión de la fantasía con la génesis del mundo; evocar esas cosmogonías es como asistir al espectáculo de los grandes nacimientos, al origen de los conjuntos siderales.

En el poema de Juana, las horas se precipitan de la alborada al anochecer; de las tierras edénicas se traslada a la inmensidad del firmamento. Hay una especie de clímax entonces. El curso de las imágenes se detiene en una de las más raras y fascinantes. Los ojos del amigo se confunden con las esferas celestes [26]; a la vez, se han transformado en espejos del universo. Al contemplarlos, el sujeto se sorprende ante el hallazgo de sí mismo. En la imagen reflejada de sus pupilas dilatándose, umbrales de su alma se abren a la introspección. Las miradas que se encuentran son como abismos interiores expandiéndose, devorándose.

En el poema de Juana, las horas se precipitan de la alborada al anochecer; de las tierras edénicas se traslada a la inmensidad del firmamento.

El lapso de la ensoñación se distingue por su inestabilidad. Las ideas y los sentimientos más íntimos pueden variar todo un paisaje: alternan indistintamente aceleraciones y ralentizaciones, ocurre una percepción enrarecida del tiempo. La noche de insomnio contiene otro nivel donde se consuma el ciclo de un día. Cuando ambos se sincronizan en el punto en que coinciden el amanecer real y el amanecer del sueño, el sujeto despierta, vuelve al plano objetivo al cual ha sido confinado. La salida del sol tiene aquí una connotación negativa, pues marca el fin de la ensoñación y el regreso a un mundo de sufrimientos [27].

El insomnio me atormenta. El sueño huye de mis párpados y mi cerebro fatigado forja mil quimeras irrealizables... ¡Oh Dios! ¿por qué arrojaste sobre mi vida esta carga de mis sueños, tan pesada? ¡Me pesan, me agobian mis ensueños! Esperanzas, tristezas, desalientos, nostalgias y aspiraciones imposibles se revisten en mi mente de formas casi fantásticas y giran en confusa ronda produciéndome un cansancio y una desolación infinitas... ¡Me llevan tan lejos mis ensueños! Me remontan, me acercan a la estrella lejana del ideal tan acariciado para dejarme caer luego bruscamente, para arrojarme otra vez a la tierra!...[28]

La escritura de Juana, de un modo u otro, suele construir en oposición los contextos de la realidad y del ensueño. El mundo, anímicamente percibido, dista mucho de su “reflejo” en la imaginación; se convierte en un espacio hostil, lleno de símbolos, proyecciones de la vida emocional, de los temores y obsesiones del sujeto. El resplandor de la mañana, que en los cristales reverbera [29], en el paisaje onírico se despoja de toda negatividad, la esperanza llena de luz el alma enferma. Todo ello hace aún más brusco el retorno a la vida trivial. Refugiarse eternamente en el sueño sería el anhelo secreto de quien vuelve de mala gana o sufre demasiado el contacto con la realidad; en el caso de la Borrero, estas emociones llegan a una intensidad insoportablemente dolorosa. Originan un ciclo interminable que va de la extrema felicidad al desaliento.

Esta es la verdadera y suprema religión! Sufrir! He aquí el secreto del Arte. La tortura es purificadora y hay un goce excelso en el dolor que nos eleva sobre el nivel de los seres vulgares. […] Soñar! Es el castigo glorioso, la expiación suprema impuesta a los seres grandes. […] Los sublimes inconformes llevan la noche en el alma y llevan también en esa noche los astros de las quimeras inmaculadas, las estrellas de los ideales irrealizables! [30]

En el sitio opuesto a las alturas extáticas del mapa imaginario de la Noche, se ocultan las profundidades del alma. Corrientes centrípetas se internan en los abismos, donde una dimensión aterradora del ser cubre su imagen desfigurada:

¿Quieres sondear la noche de mi espíritu?

Allá en el fondo oscuro de mi alma

hay un lugar donde jamás penetra

la clara luz del sol de la esperanza.

 

¡Pero no me preguntes lo que duerme

bajo el sudario de la sombra muda…

Detente allí junto al abismo, y llora

como se llora al borde de las tumbas! [31]

De esta suerte de “cárcel del leviatán” surgen las fuerzas caóticas, la energía creadora o destructiva. Como el fondo del subconsciente, cela verdades vitales; lía los más grandes secretos y los más bajos instintos. En él se encierra, informe, lo inexpresable.

“Hay un lugar de mi corazón donde jamás ha penetrado la clemencia ni la generosidad” [32], escribe a Carlos Pío. En él la fiera duerme su sueño de muerte y de sangre [33], se agitan los celos y la violencia; es la celda (“Yo quisiera ocultarte en el centro de la tierra, donde no te viera ninguna mujer”) [34], el confín al que en sus cartas más tenebrosas desearía llevarse al amante.

“Yo no puedo explicar con el lenguaje lo que pasa por mi alma” [35]. “Más vale el silencio, que es a veces más elocuente que la palabra” [36]. Lo que Juana Borrero nombró en repetidas ocasiones la noche de su espíritu, aparece como cifra de sentimientos inconfesos. Su símbolo es la cripta, donde velos y mortajas envuelven el recuerdo, sepulto en la memoria y en la muerte [37]. Porque no existen palabras que lo precisen, o porque su sola evocación implicaría despertarle, “lo que duerme bajo el sudario de la sombra muda” [38] deviene espacio de indeterminación; largo viaje a través del silencio que presagia lo sagrado o lo terrible, que palpita en el fondo oscuro del alma, en sus profundidades sin término.

Su símbolo es la cripta, donde velos y mortajas envuelven el recuerdo, sepulto en la memoria y en la muerte.

En las noches, el espíritu se eleva a las regiones vedadas por la razón o desciende a los abismos; rutas aparentemente opuestas conducen a la revelación de un mundo sin palabras. Porque la Noche es el reino de lo intuitivo, principio de libertad, apertura hacia las formas infinitas, sobreviene el silencio, mutismo final de quien tienta una verdad inapresable.

“En las noches yerran / las locuras pálidas de la fantasía” [39]. Dormida, y en un tiempo inmemorial, concibe el beso cósmico. Sueña el “reencuentro” con el alma del amante. De la noche y sus profundidades escribe: “Es que yo llevo mi mundo en mi alma. Dentro. Espero la salida de Selene para desgarrar el collar de los sueños” [40].

 

Notas:
1. Juana Borrero: “Crepuscular”, Poesías, Academia de Ciencias de Cuba, Instituto de Literatura y Lingüística, La Habana, 1966, p. 66.
2. Cf. Gastón Bachelard: La poética del espacio, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2000, p. 178.
3. Ibídem, p. 169.
4. Juana Borrero: “Los astros”, Poesías, ed. cit., p. 87.
5. Ídem.
6. Ídem.
7. Ídem.
8. Ídem.
9. Gastón Bachelard: Ob. cit., p. 188.
10. Juana Borrero: “Los astros”, Poesías, ed. cit., p. 87.
11. Cf Albert Béguin: El alma romántica y el sueño, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1993, p. 146.
12. Octavio Paz: El arco y la lira, Fondo de Cultura Económica, México D. F., 2003, p. 93.
13. Cf Juana Borrero: “Los astros”, Poesías, ed. cit., p. 87.
14. Albert Béguin: Ob. cit., p. 113.
15. Juana Borrero: “La evocación”, Poesías, ed. cit. p. 98.
16. Juana Borrero: Epistolario I, Academia de Ciencias de Cuba, Instituto de Literatura y Lingüística, La Habana, 1966, p. 181.
17. Ídem.
18. Cf. Ídem.
19. Juana Borrero: “Ensueños”, Poesías, ed. cit., p. 97.
20. Juana Borrero: “La evocación”, Poesías, ed. cit., p. 98.
21. Albert Bégin: Ob. cit., p. 221.
22. Juana Borrero: Epistolario II, Academia de Ciencias de Cuba, Instituto de Literatura y Lingüística, La Habana, 1967, p. 20.
23. Juana Borrero: “Tristes”, Poesías, ed. cit., p. 133.
24. Juana Borrero: “Mis quimeras”, Poesías, ed. cit., p. 64.
25. Ídem.
26. El arrobamiento hace que se unan las estrellas y las pupilas del amado; esta asociación simbólica se explicita en la escritura de la Borrero:
“Salgo al portal y veo a mi lucero fiel y radioso, mi segundo tú como yo le digo.
“Allí resplandece límpido, soberano, triunfante como una pupila de fuego o como un diamante primorosamente tallado…
“…Ahora me acuerdo; de que te amo, te adoro, y te idolatro. […] Creo que te lo había dicho alguna vez antes de ahora” (Juana Borrero: Epistolario I, ed. cit., p. 76.)
27. En la escritura de Juana, de dualismos y contrastes, los símbolos cambian incesantemente. No es este, desde luego, el significado de la aurora de los nuevos amores, que pone fin a la noche de insomnio. El amanecer también representa otro comienzo, el atisbo de una renovada esperanza.
28. Juana Borrero: Epistolario I, ed. cit., p. 60.
29. Se trata de la misma luminosidad hiriente que Casal rechazaba. La imagen de los rayos de sol atravesando los cristales es casi idéntica a la del poema “Tras la ventana” (Cf. Julián del Casal: Poesías (edición del centenario), Consejo Nacional de Cultura, La Habana, 1963, pp. 24-26).
30. Juana Borrero: Epistolario II, ed. cit., p. 134
31. Juana Borrero: “Íntima”, Poesías, ed. cit., p. 86.
32. Juana Borrero: Epistolario II, ed. cit., p. 334.
33. Ídem.
34. Juana Borrero: Epistolario II, ed. cit., p. 365.
35. Juana Borrero: Epistolario I, ed. cit., p. 65
36. Juana Borrero: Epistolario II, ed. cit., p. 51.
37. La imagen del alma como cripta aparece en la escritura de Juana asociada al amor perdido, duelo llevado en secreto tras la muerte de Casal; y es negada tiempo después en carta a Carlos Pío: “Yo tengo a mi Carlos. Con él no me atormentan recuerdos ni torturan obsesiones. Tú tú! pienso en nuestro amor y en mi dicha actual y me pregunto cómo pudo vivir mi alma tanto tiempo huérfana de tu amor vida mía! Oh! aquellos días tristes… Hace dos años ¿qué era mi alma? Abismo, desierto, sepulcro, noche? No
sé. Tú me has hecho feliz. Yo no me doy cuenta más de que te idolatro”. (Juana Borrero: Epistolario II, ed. cit., p. 211.) Ante los ojos de Juana, ese sufrimiento se transforma en el vínculo más fuerte entre Carlos y ella; en él encuentra la razón del amor: “Amado eres mío! Eres mío porque nos ha desposado el vínculo más fuerte: el dolor. […] Estamos unidos por grandes tristezas y de la unión de la noche de nuestras almas ha surgido radiante el astro de nuestro ideal tan luminoso y tan puro”. (Ibídem, p. 179.)
38. Juana Borrero: “Íntima”, Poesías, ed. cit., p. 86.
39. Juana Borrero: Epistolario II, ed. cit., p. 177.
40. Ibídem, p. 27.