Leer, leer, leer, vivir la vida
que otros soñaron.
Leer, leer, leer, el alma olvida
las cosas que pasaron.

                                                                                Miguel de Unamuno

 

Nunca aprecié mucho los análisis donde, con el único amparo de lo cuantitativo, se extraen conclusiones sobre productos o procesos culturales. Los enfoques cualitativos, como bien sabemos, describen mucho mejor la trascendencia de los actos y procesos que expresan, de la cultura, el abigarrado laberinto de sus matices y la contrastante diversidad de sus propuestas. No obstante, la elocuencia de las cifras, cuando se expresan en series cronológicas, pudiera definir tendencias y prestarle significados a atendibles aproximaciones valorativas.


Fotos: Kike
 

A inicios de la pasada década publiqué un artículo en la entonces novel revista Umbral, de Villa Clara; su título: “Cuatro y dos son seis (pero pudieran ser cinco)”. Expresaba mi inconformidad con el hábito de buscar amparo absoluto en las estadísticas a la hora de reflejar los resultados de algunos procesos e instituciones culturales operantes entonces. La embriaguez —y la comodidad— de las cifras, se abstenía con demasiada frecuencia de valoraciones donde hubiéramos podido leer el impacto real de las numerosas estrategias y acciones contenidas en los programas culturales.

Por paradójico que parezca, hoy me apoyo en el discurso opuesto, obligado por la coyuntura específica que definió nuevas prioridades para la sociedad cubana. Paso de la disección cualitativa por esta vez, consciente de las sutilezas que dejo en el camino y, en la circunstancia que nos marca, me apoyo en el lenguaje de las cifras publicadas en los últimos tres Anuarios Estadísticos de Cuba, disponibles en el sitio de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (www.onei.cu). Me adentro en el enrarecido tema de las dinámicas de lectura en nuestro país. 

Lamentablemente, el riguroso ejercicio del criterio, en su escasa visibilidad, no rebasó mucho la selectiva plataforma de los medios especializados.

Distintas variables me instan al mencionado enfoque. Una sociedad donde la mayor parte de los procesos comunicativos se descodifican centrados en el discurso económico, si aspira a socializar ampliamente los mensajes gestados en los imaginarios, demanda la contundencia de las cifras, mucho más de lo que la necesitó dos décadas atrás. No olvidemos que precisamente entonces, con las políticas masificadoras de la cultura, más que guarismos necesitábamos reflexión profunda. La sinfonía de las cifras era demasiado alta y sublime en su esencia democratizadora; la música a veces distópica, pero siempre imprescindible de la crítica debió complementar la fiesta. Lamentablemente, el riguroso ejercicio del criterio, en su escasa visibilidad, no rebasó mucho la selectiva plataforma de los medios especializados.

Por otra parte, partiendo de aquellos crecimientos —en mi opinión desmesurados— y de la falta de espacios sistemáticos en los medios masivos (sobre todo los de prensa plana), el resultado material de la generosa inversión superó, acaso con alegre igualitarismo, la acumulación de posibles calidades capaces de orientar, consolidar o modificar actitudes en los consumidores de cultura. Recuerdo, como mayoritarios, los discursos apologéticos que, si bien rendían justo tributo al programa en su alcance político, no describían con todo el rigor necesario algunas de las consecuencias indeseables emanadas de sus pautas ejecutivas.



 

En el terreno de lo literario he escuchado que las directivas aplicadas pusieron el mayor énfasis en el incremento de los emisores, cuando debió dirigir mayores y mejores esfuerzos a la captación y desarrollo de los receptores. Algunos analistas serios expusieron, en foros de discusión oral, artísticos o administrativos, preocupaciones sobre el nuevo panorama editorial, que satisfacía las aspiraciones de los escritores —sobre todo los que emergían al amparo de la nueva política— y dejaba insatisfechos a los lectores. Son precisamente los lectores, o los que van dejando de serlo, quienes hoy nos preocupan.

Las cifras publicadas en los Anuarios Estadísticos de Cuba que consulté (ediciones de 2013-2015) me permiten inferir que estamos en un momento de recesión literaria. Y para llegar a tal planteamiento fijé mi atención en dos puntos: lo que ofertamos y lo que el lector consume. No pretendo ser concluyente, pero los indicadores seleccionados expresan una sostenida tendencia decreciente. Las significativas magnitudes que los representan no pueden pasarnos inadvertidas.

Pero estas reflexiones pecarían de injustas si no preciso que el hábito de lectura compite hoy con los aplastantes retos impuestos por los vigorosos despliegues audiovisuales y virtuales.

Mis observaciones toman como punto de partida el año 2008, y no gratuitamente, pues considero que fue el momento en que se empezó a hacer visible como política pública el énfasis de las prioridades hacia lo económico, seguramente necesarias estas, aunque también costosas en una medida que también en su propio terreno —casi está de más decirlo— cobra intereses.

No creo obligado fundamentar mi afirmación anterior ponderando las virtudes sociales, o individuales, y hasta las virtudes de una rentabilidad concretada en una atmósfera culta. Pero estas reflexiones pecarían de injustas si no preciso que el hábito de lectura compite hoy con los aplastantes retos impuestos por los vigorosos despliegues audiovisuales y virtuales, adonde ha migrado un buen número de receptores del hecho literario. No obstante, la elocuencia de los datos (al comparar 2015 con 2008, insisto) resulta aplastante. Los enumero:

  1. Disminución de títulos publicados: 790.
  2. Disminución de ejemplares producidos: 15’050,000.
  3. Disminución de usuarios de bibliotecas: 2’472,900.
  4. Disminución de servicios en bibliotecas: 4’510,900.
  5. Disminución de ejemplares vendidos en Feria Internacional del Libro: 3’356,570.
  6. Disminución de visitantes a la Feria Internacional del Libro: 2’128,986.    
  7. Disminución de librerías activas: 22.



 

Cuando verificamos que en 2008 cada asistente a la Feria Internacional del Libro adquirió, como promedio, un ejemplar, y que en 2015 esa transacción solo se concretó en un asistente de cada 2, se avivan las preocupaciones. Y si a ello le sumamos los más de dos millones y medio de visitas que se les escaparon a las bibliotecas y los cuatro millones y medio de servicios evaporados, la alarma cobra cuerpo total y nacen interrogantes: ¿Se lee en casa? ¿Se lee en las bibliotecas? ¿Se lee en soporte digital?

La respuesta a las dos primeras preguntas es, obviamente: menos que antes. En el caso de la tercera, aunque creo que sucede lo mismo, la respuesta que me doy contiene el beneficio de la duda. Me ilusiono, posiblemente sin mucho fundamento, pensando que tal vez esos usuarios ausentes de las bibliotecas invirtieron su tiempo leyendo online, no frente a una TV o involucrados como receptores pasivos en los espectáculos, que por cierto, según la fuente consultada, crecieron un 1898%. Si la realidad tuviera la altura de mi ilusión, esas utópicas lecturas en pantalla suplirían, en alguna medida, los servicios bibliográficos perdidos. Con gusto me retractaría de todo lo que hasta aquí he razonado.

En el programa Mesa Redonda, transmitido el pasado día 7 de febrero con el fin de informar sobre el inminente inicio de la 26 Feria Internacional del Libro de La Habana 2017, el poeta y ejecutivo del Instituto Cubano del Libro (ICL), Edel Morales, con el apoyo de la conductora Arleen Rodríguez Derivet, aseguró casi categóricamente que hoy se lee más que antes porque los receptores que no compran libros ni solicitan servicios de bibliotecas sacian su devoción por los libros leyendo en red. Casi me alivio con el paliativo, pero no me curo del susto, atendiendo a que para tal afirmación los ponentes no aportaron las rigurosas conclusiones del estudio previo que los condujo a tal certeza. Me dio la impresión de que se apoyaban en sus propias observaciones aleatorias.

Activo, puede que con la fe de los ilusos, un mecanismo de defensa que me lleva a leer el crecimiento descomunal de los espectáculos —seguramente peñas y revistas de variedades en su mayoría estereotipadas y kitsch— como derivación de una contrapartida equivalente en el arribo de turistas. Y acabo tragando el consuelo de que únicamente los foráneos, con su sed de sol, sexo y sandunga, consumieron la oferta.



 

Sin agotar las múltiples aristas del peliagudo problema, paso a algunas consideraciones. En primer lugar, tengo conciencia de que la pérdida o aligeramiento del lector no es un problema exclusivo de Cuba, pues en otras latitudes, bien por falta de políticas intencionadas al efecto, o por la conversión del libro en mercancía, la posibilidad de leer deviene patrimonio de desvelados, de ociosos perpetuos o de quien puede costearse el sostenimiento de un hábito tan caro. La repercusión de tal fenómeno sobre la creación nos enfrenta al corolario de fenómenos como el best seller, los libros de autoayuda, los de filosofía para tontos o los manuales prácticos. También al pobre destino editorial de la poesía, el cuento, los ensayos, los textos dramáticos, sobrevivientes marginales en editoriales alternativas y, según se afirma, sin lectores.

¿Es la literatura descrita en el párrafo anterior la que consumen hoy los receptores perdidos? Me gustaría pensar que no, pero sigo dudando.

Todos esos desaguisados no se integran con toda su crudeza a nuestra realidad, es cierto, pero algunos asoman ya su hocico, más por la puerta del fondo que por la principal, en parte por lo que nos llega del exterior, en parte por lo que los formatos virtuales incorporan, en parte por lo que nosotros mismos hacemos o dejamos de hacer. Y nace un nuevo cuestionamiento: ¿Es la literatura descrita en el párrafo anterior la que consumen hoy los receptores perdidos? Me gustaría pensar que no, pero sigo dudando.

En nuestro caso —me atrevo a concluir— muchos factores configuran el fenómeno del distanciamiento de los lectores potenciales de la página impresa. Lo que se publica, a quién se le publica y en qué cantidad se publica y distribuye, define importantes coordenadas, a veces equívocas, en la ruta hacia el páramo. Pertenezco a una generación de lectores: aquellos que a inicios de los sesenta y durante tres décadas tuvimos acceso a los mejores y más diversos textos clásicos y contemporáneos. A ellos accedimos, en los tiempos iniciales de la Revolución, gracias a la Imprenta Nacional de Cuba, y luego a colecciones como Huracán, Cocuyo, Dragón, Radar, La Honda, Literatura Latinoamericana, entre otras, de las editoriales Arte y Literatura y Casa de las Américas. A nuestros mejores coterráneos los fuimos descubriendo por: Unión, Letras Cubanas, Gente Nueva, Ciencias Sociales, Oriente...

En mis años de juventud, el balance estaba a favor de los clásicos; en la actualidad los nacionales (llamados “territoriales” en uno de sus sectores más pobremente estudiados) ganan la mano. A tal distrofia se suma una oralidad defectuosa —en la emisión y la escritura— y sobreabundante que, más que atraer, prácticamente ha provocado la indiferencia, cuando no el rechazo de los lectores. Tampoco se importan libros, como otrora, algo que podría establecer un equilibrio beneficioso en las tareas de promoción.

El universo del libro cubano enfrenta retos más complejos de lo que se supone. El llamado “producto libro”, pese a no ser tratado como mercancía a la hora de gestarlo, sí se ha manejado contablemente atendiendo a una lógica mercantil, lo cual, entre otros descalabros, obligó a pagar honorarios notablemente bajos a los escritores, con el objetivo de cuidar el precio de venta. Los directivos del ICL aseguran que ya no se aspira a recuperar lo invertido, pero los honorarios, lejos de aumentar, disminuyen, al menos entre lo colegas con quienes intercambio opiniones, que no son pocos.

En concordancia con cierta filosofía del tener, que se viene imponiendo como patrón de éxito, algunos lectores en ciernes, seres sociales al fin, al comprobar la pobre solvencia de la masa de escritores, se apartan de nuestros libros por considerarlos productos de poco glamur. Quizás se hayan dejado cautivar por otras actividades que despliegan más lujosos performances. Bien sabemos que la imagen induce conductas, y los medios audiovisuales, con sus espacios estelares copados por artistas y productos que consolidan dudosos paradigmas lighty fashion, proponen con fuerza modelos de escasa profundidad y vistosa ostentación.

Por suerte tenemos una política cultural, y también algunos espacios como este del que me sirvo para mis descargos. Esas dos fortalezas hacen posible emitir un alerta sobre desviaciones culposas en nuestras prácticas más nobles. Frases como “La cultura es lo primero que hay que salvar” y “Cambiar todo lo que debe ser cambiado” constituyen excelentes máximas para concretar aquel sueño de quien seguro ya las tenía incorporadas a su sapiencia cuando, un día nunca lejano, en lugar de pedirle al pueblo “cree”, le invitó a la lectura.