Yo no estuve en el lugar, y de pedir, pediría que nadie hubiera estado. Ni los vecinos que tuvieron que verlo todo de primera mano, ni los rescatistas, ni los paramédicos, ni los bomberos, ni los forenses, ni los periodistas, ni la tripulación de la aeronave, ni ninguno de los pasajeros. Pediría que nadie en ese viernes lluvioso y gris hubiera tenido que dejar lo que estaba haciendo, ante la catástrofe. Que cada cual hubiera pedido seguir en lo suyo, en su vida de todos los días, y que el avión continuara sin contratiempos el vuelo a la ciudad de Holguín.

Pero algo salió mal, algo que aún no se sabe, y de pronto aquel Boeing 737 que recién terminaba su rutinaria maniobra de decolage, hizo un giro brusco a la derecha, comenzó a perder altura y se hizo nada sobre un campo de cultivos, justo al lado del aeropuerto.

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Lo vieron los vecinos a los que el avión les sobrevoló por encima, la gente del lugar, los que pasaban, los que trabajan cerca, y ante el espanto y la negra humareda del incendio desatado, tras el rugido terrible de la explosión que todavía no consiguen olvidar, todo el mundo echó a correr. Pero nadie huía del desastre, nadie corría en dirección contraria para ponerse a salvo, no.

Nadie pensaba en sí mismo, nadie: todos pensaban en aquellos que podrían estar vivos, todavía vivos, en medio de las llamas. Todos corrían hacia aquel infierno repentino, cada uno con la esperanza urgente de ser útiles, de hacer algo, de salvar a alguien.

Muy pronto, comenzarían a escucharse las sirenas. En solo minutos, llegarían las primeras ambulancias, los rescatistas, para encontrarse sin sorpresa lo que también, seguramente, ellos se esperaban: la gente del barrio ya estaba allí, haciendo lo que podía y más, haciendo cada uno lo que sentía que debía, lo único que entonces tenía que hacer: luchar por la vida.

Removían los restos de metal ardiente, los escombros, abrían paso, apartaban las ramas de los árboles derribados por el siniestro, facilitaban el acceso al sitio del desastre. Nadie pensó que allí no había nada que hacer, todos sentían que la vida estaba por delante.

Esa voluntad sagrada, ese saber qué hacer cuando el prójimo nos necesita, ese olvidarse de sí mismo y pensar primero en los demás, en las peores circunstancias, esa entrega vital hace la diferencia y explica por qué tantos y tantos cubanos han dado todo a cambio de nada, año por año, día tras día, en la Isla y también en el África lejana, en Asía, en América, en todas partes, todo por la vida, todo por la vida de aquel que nos pide una mano.

Yo no estuve en el lugar, pero estuvieron mis hermanos de conciencia, mis hermanos de sangre, mis hermanos de fe: la fe en la vida que nada ni nadie le puede arrebatar a los cubanos.