“El ruiseñor/ unos días no viene

                                                              otras dos veces.”

 

Kitō.

 

Analizar las infinitas maneras —posibles e imposibles— de hacer desaparecer como un prestidigitador las cartas [1] al centro del ruedo; constituye su sueño más recurrente desde que aceptó ser cartero. Aquel martes retiró la única misiva del casillero, al leer la dirección comprendió que el día no le era favorable. La ruta que la epístola indicaba era un punto amurallado, anterior Unidad Militar de Artillería, que ahora –a gran prisa–, han transformado en un barrio en construcción, autónomo. Llegó frente al edificio franqueado por idénticas edificaciones, diferenciadas tan solo por los colores no usuales de sus fachadas. Se percató de que habían sido pintados de azules tenues, rosados, verdes, amarillos, rojos, bermejos, anaranjados, marfil y hasta púrpuras leves. Los tiempos cambian —se dijo para sí—, y sonó el silbato dos veces gritando el nombre del destinatario, sin quitarle el ojo a la bicicleta ni un instante. Una voz contestó: “Voy”. Vio al hombre que bajó las escaleras y le entregó la correspondencia con la misma rutina de siempre.

Olvidó aquella historia, pero al mes próximo, al organizar la mensajería, el nombre del individuo y la dirección de la fortificación dentro de la misma ciudad lo intranquilizaron. Volvió al sobre y se fijó en la caligrafía exacta —semejante a la anterior— como realizada por alguien metódico y sistemático en extremo. Arribó al edificio de la vez anterior y realizó el mismo ritual técnico. La voz que contestó era femenina. Una mujer rubia, pálida, que linda con la transparencia, retira la esquela de su mano. Una indecisión extraña no le permite mirarle al rostro y fijar sus rasgos. La mujer, luego de leer el sobre, le explica que no es para ese sitio y le dice con dulzura: “La dirección es aquí, pero la persona a la que se refiere no vive en esté edificio que es el número 406, sino en el 403”. Concluye su parlamento señalando la construcción aledaña, coloreada de un bermejo subido de tono. El pliego queda en manos de su predestinado: un mulato fuerte de acento oriental rellollo; se nota que es militar por la marcialidad de sus movimientos. Al salir, le pareció que le realizaban señales desde la desusada casamata, mas no dejó de pedalear y pasó a su lado cual bólido endiablado.

Al mes siguiente recibió una cuenta telefónica con destino al edificio bermejo. Ahora descendió del cuarto piso la mujer pálida del 406 y no el guerrero mestizo del 403. Se miraron, pero ella no se inmutó, ningún músculo de su faz se contrajo al decirle: “La dirección, sin duda es esta, pero como en la ocasión anterior este es el número 403 y la persona que usted busca vive en el edificio G08”. Algo en su interior lo inquieta. Abrió el sobre y se llegó al teléfono más cercano, pues su celular no era utilizable en estos casos. Marcó los dígitos que había extraído de la cuenta telefónica de marras. La voz que habla al otro lado y se disculpa por el error evidente, le pide de favor que le entregue la cuenta en el mismo edificio y apartamento que la mujer pálida le indicara con anterioridad. Recibe la cuenta una mujer obesa, madura, de una amabilidad iterativa, insultante. Le solicita —tal es el procedimiento— que le firme el modelo. Ella no es la designada, ni tan siquiera la remitente del despacho. Firma y él comprende que ser ella esposa del tal Mario Mora Morán no le otorga ningún privilegio, fuera de aquel minúsculo apartamento. Al pasar por los muros de la ciudadela le parece que la mujer pálida agita un pañuelo blanco desde una clausurada aspillera… Lo atraen pensamientos brumosos, sin conexión, que colapsan su voluntad. En la avenida poco faltó para ser arrastrado bajo las ruedas de un camión. Mientras se aleja, el chofer le grita: “¡Maricón!¡Come mierda!” No conversó con nadie en la Oficina Postal y solicitó en personal un mes de licencia. Al regresar importuna al cartero colindante interrogándolo sobre posibles contrariedades o irregularidades en la fortaleza nueva. “¡Qué fortaleza, ni fortaleza, ni un carajo, compadre! ¿Hablas de la Ciudad de los militares? Me trataron como a un príncipe: café, refrigerios varios, agua fría, y, ¡hasta un Mayor me vio las botas y me regaló un par nuevecitas!” ¡Míralas! La conversación con su colega lo desarma: comprende que había formulado una pregunta impronunciable. ¿Acaso se está volviendo loco? Aquella mujer no existe, ni la carta que viaja de inmueble a inmueble cada mes dentro del fortín. Olvidó todo aquello de manera olímpica, pues, ¿acaso ya cada delincuente, cada vendedor ilegal, cada persona que andaba en algo extraño en el barrio no se había acercado para calibrarlo? A veces se dirigían a él con aparentes preguntas tontas: ¿Ya vino el pescao a la bodega? Él los observa serio y prosigue en lo suyo: La mensajería.

Un martes trece renegó del exergo popular: “Martes trece ni te cases, ni te embarques”. Introduce la correspondencia sin leerla ni clasificarla en el bolso. Tiene prisa y desea hacer el turno lo más rápido dable a sus energías. En los últimos tiempos, y luego de su conversación con el compinche, nota que, a su paso, sus camaradas tratan de esconder las risas y él solo logra verles las sonrisas: mitad sarcásticas, mitad escarnecedoras. Eso precisamente es lo que más le preocupa: convertirse en el hazmerreír del Correo. La nueva situación nada tiene que ver con las pequeñas bufonadas que él improvisa para los cofrades, fijándose sellos de correos usados en las mejillas y la frente imitando a los jefes. Al final del recorrido toma el documento y lee la dirección del edificio 411. Suspira profundo y no le da mucha importancia al nombre del sujeto en el exterior del pliego. Tocó su silbato dos veces en un intervalo largo, acompasado. Se le pone la piel de gallina cuando escuchó la voz: “¡Va!” Observa el vestido danzando en el aire, cubriendo el cuerpo pálido, casi en la transparencia, que baja las escaleras como levitando. O sea, es como si la bailarina descubriera que puede volar. Esperó con serenidad a que llegará al primer piso, paseó su mirada por cada balcón buscando un apoyo, pero no lo halló en nadie. Algún obrero vestido de militar sin grados ni insignias pasó sin prestarle atención. La rubia, sin hablar, extendió el brazo solicitándole la carta. Mientras ella lee los datos en el papel, él estudia sus rasgos faciales: resulta una mujer bella de nariz recta. Por más que trata no puede fijar su aspecto real. Una idea lo asalta antes de que ella le hable: ¡Es un fantasma!: “No es aquí, la persona que usted busca vive en el apartamento B-10 del edificio aquel —lo señala—, en el número 412”. Sin despedirse, ni agradecerle la información caminó hasta el lugar. Ahora recibe la carta un señor negro, alto, musculoso, de risa fácil, aunque su dentadura postiza reclama un cambio urgente. En lo profundo desea que la misiva se excepcionalice como en La carta escarlata. Retornó a la Oficina de Servicio Postal, nervioso, sin querer hablar con nadie, se excusó ante la Jefa de Cartería y le mintió descaradamente: “Me siento muy mal, necesito la tarde, mañana ya veremos “. En su casa le dio vueltas al asunto; debía encontrar una solución definitiva o se perdería en la demencia, la desolación, la nada. Al anochecer transpuso los límites del Fuerte y el custodio lo saluda afable: “¿Qué hay cartero, se le olvido entregar algún documento importante?” Respondió con la cabeza de forma mecánica y se paró frente al edificio, gritó el nombre fatídico. Cuando el negro alto escuchó su patronímico, descendió a grandes trancos los peldaños. No pudo hablarle pues el cartero, que esa misma mañana le había traído la misiva, se desmayó. Al volver en sí recorre incrédulo el apartamento en que se halla. El negro, sonriéndole, se acerca y explica lo sucedido. El sujeto le parece noble y, llenándose de valor, narra lo acontecido desde el inicio. El negro, después de escucharlo le dice: “¡Pero compadre, usted está de suerte! Según su historia, de los edificios construidos este es el último, sí se asoma al balcón verá que aquí se acaban. La única posibilidad que le queda en contra es que envíen la carta a otros apartamentos del edificio, pero nadie se llama como yo. Se terminaron las casualidades, ¿usted no dice qué ya estuvo en el 406 y en el 403? Yo soy el único Mario Mora Morán de aquí, se salvó”. Aceptó el ron que Mario, “el negro” le ofrecía y comprendió que el tipo, a pesar de la dentadura postiza echada a perder, era buena persona e inteligente. ¡Claro que tenía razón!

Se fue para su casa y durmió como un ángel. Aquel mes en el Correo, a sus espaldas, las risas concluyeron. Era el cartero seguro, eficiente de antes. Su autoestima se fortalece tanto que los cofrades le apodan Mister Postman. [2] En su vida había visto un día tan turbio y hermoso a la vez, baja la guardia y se observa en medio de la calle —está vez sin bicicleta— [3] con una maldita carta para el edificio 412 y dirigida al mismo negro de la anterior ocasión. Leía, una y otra vez: Mario Mora Morán. ¡Puta madre que lo parió! Ahora gritando: “¡Mario Mora Morán!” Ante el edificio recobra la compostura, luego de sonar dos veces seguidas el pito y esperar a que el negro de dentadura postiza fatal se asome al balcón. El negro ni se asomó ni bajó. Descendía las escaleras la mujer pálida y casi transparente de las oportunidades anteriores. Lo harta su cara blanca, inmaterial y los ojos inmensos como de espectro. Se está exasperando con aquella visión pálida. Su voz lo devuelve a la realidad y le explica: “La dirección es perfecta, pero la persona a la que se refiere la carta no vive en este edificio. Yo lo conozco y Mario Mora Morán reside en la calle sexta, edificio 498, escalera 11127, apartamento No. 11”. Por primera vez comprende que en su voz existe un tono leve, sutil que crea en él una inquieta resonancia. Esperó a que ella dijera la dirección completa y vio como le señala con el dedo más allá de los muros de la Fortaleza. Se abría la ciudad, se le descubría el mundo del tal Mario Mora Morán… El destino se multiplica generando pecados infinitos y signos que lo absorben condenándolo a una muerte viviente. Para él ahora todo existía en el vacío. Comprendió que los carteros llevan con la correspondencia los giros bruscos del destino. Tira el bolso en medio de la calle fatigosa, dura, y comienzan a volar por la avenida: periódicos, revistas, tarjetas, calendarios, sellos, sobres, notificaciones, telegramas, giros, cuentas telefónicas… Un sujeto camina por la ciudad y la gente asegura que suena su silbato o chifla —no se ponen de acuerdo en cuánto a este punto— dos veces…

 

Notas
 
1. Su sueño, más bien tiene que ver con el cuento de Edgar Allan Poe (1809-1849): La carta robada, aunque difiere del mismo en que Poe trata de esconder La carta…, manteniéndola increíblemente frente a nuestros ojos. Su letargo —para él— resulta más sugerente, pues, intensifica la necesidad de desaparecer las misivas; o sea, insinúa un milagro, o un misterio, o una fantasía que las inmaterialice de súbito frente a los ojos ávidos de los lectores.
2. Mister Postman, en español: Señor Cartero, pero en realidad la jodedera no ha concluido, pues los otros hacen alusión como en un juego macabro de palabras, a la famosa canción del grupo musical inglés The Beatles.
3. Se le había ponchado por lo bien pavimentadas que están las calles y al llegar al garaje le informaron que el ponchero no vino a trabajar. Se cagó en su progenitora y volvió a su faena: Portar el barrio.