King Lear. Yo era Lear. Yo era el padre de una nación que no era y que ahora es otra distinta a los confines que antaño establecí en los mapas. Yo era Lear, el hijo pródigo de la locura que me inventé. Yo era Lear, y cuando fui Lear mis ideas pudieron alistarse en la empresa troyana. Homero pudo decir de mí: “Y aquel es Lear. Lo sobrepasan la ternura y su furia”. Yo era Lear y ahora regreso en medio de un país que no conozco. Un pueblo que no conozco. Un paisaje que no conozco. Yo era Lear y ahora soy un forastero en Dover. He lanzado al precipicio a hombres que hubieran muerto por mí con tan solo chasquear los dedos. He lanzado al precipicio ideas que con tan solo chasquear sus hombres me hubieran fulminado. Desde estos acantilados de Dover los he visto caer. Ah, Dover, cuántos anales recogen tus desembarcos. Ah, Dover, símbolo de algo para algunos. Dover, símbolo de algunos para algo. Lear, he fruncido el ceño. He dicho: “el corazón se me sube al corazón”. He dicho:“¡Hysterica passio!”. Yo soy Lear, pero pude ser Hamlet y de cualquier forma ningún actor podría interpretarme jamás. Como todo en el tiempo fui Hamlet, fui Lear y ahora soy un forastero. No supe a tiempo notar que el tiempo transcurría y la locura es el impacto de un tiempo diferente. ¿Dónde estás, King Lear? ¿Dónde? ¿Bajo la falda de qué patria? ¿Sobre la cuerda de qué horizonte caminas? ¿Qué espejo va a mirarte a la cara, qué otra liquidez mañana? Lear, Lear, asiste, asiste manso como un perro a esta muerte oportuna que la historia te ofrece. Entrega tu cráneo, tus estandartes. Yo era Lear y ahora soy mi peor enemigo. (Tiempo.) Y este silencio. Ese silencio que pudiera tocar si el reuma me lo permitiera. Ese silencio y el humo. Y después ese viejo hombre. Este viejo hombre desmoronándose en un montoncito de piedras King Lear. (¡Podéis tirarme a los pájaros!) Silencio. Solo escucho el silencio de las cabalgatas, de las estocadas, el silencio del miedo en el corazón de mis hijos. Y escucho el balbuceo mío que repite: “Lear, Lear van muriendo tus hijos. Lear, extiende el pulpo de tus manos y lévalos sobre el polvo”. Y escucho el crujido del reuma en mis manos. Entonces los veo abrazados como diamantes al cuello de los caballos caer, rodar, morir. Y esas manos. Tus manos, pobre Lear, las manos de un ballet imposible. Lear, Lear, allí, allí, ah, Lear, King Lear. Allí no sucede la guerra, sino en el gallo blanco de tu cabeza que el viento apunta y dispara hacia el nunca jamás. (Tiempo.) Yo era Lear, un siglo. Yo era Lear y seré menos que aquel hombre luego de este día, luego de no asistir a la única batalla que importa en mi tiempo. Soy Lear aún, pero cuánto quisiera haber acabado. Soy Lear aún y no sé hasta cuándo. Soy Lear aún, la vida de todos aquellos está en mis manos. ¿Pero qué pueden mis manos? Solo tendré el horror de sostener tembloroso el estandarte, de apoyarme en las insignias que sobrevivan este día de guerra. (Tiempo.) La guerra. La guerra y las palabras transcurren como un día de campo frente a mis ojos. Ese es mi hijo y aquel, y las banderas, ambas, y la circunferencia de cuerpos que describen los buitres, y la carreta que arde a lo lejos, y el pañuelo con que aquella madre seca sus lágrimas, y el morado de la amante que se tiró al río y el río que restriega contra sus piedras allí donde es menos hondo, y también los bocadillos del Shakespeare que se pronuncian. (Tiempo.) Yo era Lear, tal vez aún lo sea. Cien años bajo la luz del sol. ¡Qué horror! Un hombre de toda la vida. Yo era Lear y mientras lo sea, mientras aún este asesino en el reuma de sus manos sostenga un estandarte, el percance de este día datará como uno de los más hermosos de los tiempos modernos.