Por la calle Vapor en Centro Habana solía ver caminar a José Antonio Rodríguez. Desde mi balcón podía divisar a la izquierda un costado del Bar Silvia y a la derecha, el Parque Maceo. Justo entre El Torreón que custodia el límite impreciso del barrio de Cayo Hueso con las aguas del mar y el lugar predilecto para el trago del Beny a la salida de Radio Progreso, está su casa de puntal alto. Allí se le podía ver entrar y salir con su andar pausado y su rostro curtido. Pleno de gallardía y gentileza, como sus más grandes personajes, saludaba a los que lo reconocían en la calle. Alzaba su mano en gesto amistoso con la misma bondad con la que, en el teatro, regalaba sus secretos al público.

Pleno de gallardía y gentileza, como sus más grandes personajes, saludaba a los que lo reconocían en la calle. Alzaba su mano en gesto amistoso con la misma bondad con la que, en el teatro, regalaba sus secretos al público.

Desde mi balcón lo imagino muy joven, sentado frente al micrófono de un estudio de radio, con su voz saliendo al aire y su cuerpo vibrante, deseoso de acompañar esas palabras en el misterio infinito de la actuación. Lo imagino muchos años después, diciendo que “la radio da la plenitud que debe tener un actor”.

Puedo adivinar su paso fugaz por Teatro Universitario y sus primeras andadas sobre el tablado. Luego el tránsito por colectivos antológicos como El Conjunto Dramático Nacional y La Rueda, que moldearon su talento como actor y reafirmaron su entrega absoluta al arte de las tablas sin excluir estéticas, métodos y estilos de dirección.

Repaso la foto antológica de Los Doce, ese intenso laboratorio fundado por Vicente Revuelta en 1968. Y ahí está él, un pétalo más de esa flor humana que ha quedado como una de las imágenes más hermosas del teatro cubano. Lo visualizo entonces entre sus compañeros Roberto Gacio, Carlos Pérez Peña, Carlos Ruiz de la Tejera, Michaelis Cué, Jesús Ruiz, Ada Nocetti, Flora Lauten, Tomás González, Leonor Borrero, Aramís Delgado, Raúl Lima y Rolen Hernández haciendo el ejercicio “Espacio, tiempo y fuerza” o interpretando a Peer Gynt, de Ibsen.


Fotos: Archivo La Jiribilla


Pienso en su experiencia en Teatro Estudio donde trabajó con Héctor Quintero, Berta Martínez y Vicente Revuelta. El paso por estos directores con estéticas tan diferentes evidencian la capacidad e inteligencia de José Antonio Rodríguez para comprender y vivir el teatro desde el compromiso más profundo. Un compromiso que lo hizo fundar su propia agrupación en los años 80. Con el Buscón comienza su carrera como director y crea memorables puestas en escena como Los asombrosos Benedetti, Buscón busca un Otelo y Cómicos para Hamlet.


 

Desde mi balcón, mientras lo veo caminar tranquilamente hasta su casa, recuerdo la primera vez que lo vi actuar sobre el escenario hace casi diez años. José Antonio Rodríguez, Premio Nacional de Teatro, ese mismo que, desde niña, había visto en la televisión y en el cine, actuaría para mí en la Sala Teatro del Museo Nacional de Bellas Artes. Junto a un público numeroso, escondida en la oscuridad de la luneta, pude disfrutar de su espectáculo Saco de Fantasmas, un unipersonal en el que se entrelazaban sus personajes más queridos.

José Antonio Rodríguez entraba y salía de la ficción con la ligereza de su cuerpo y su voz entrenados. Transitaba de un personaje a otro mutando su desplazamiento escénico, su cadencia, sus dinámicas, su tono de voz.

Se podía admirar en Saco de Fantasmas, el virtuosismo de sus interpretaciones y el contraste especial entre la caracterización del personaje y la espontaneidad del actor. José Antonio Rodríguez entraba y salía de la ficción con la ligereza de su cuerpo y su voz entrenados. Transitaba de un personaje a otro mutando su desplazamiento escénico, su cadencia, sus dinámicas, su tono de voz. Ese espectáculo era una demostración de agudeza y fuerza dramática, una puesta metateatral en la que el actor no solo interpretaba, sino que reflexionaba sobre sus procesos creativos. Entre un personaje y otro, recuerdo que José Antonio se maquillaba ante el público y se vestía, mientras tanto, hablaba con total franqueza y naturalidad sobre el rol que nos presentaría a continuación, sobre sus motivaciones y sus orígenes. El público disfrutaba con semejante deleite al personaje con sus dilemas, al actor revelando sus trucos y al ser humano compartiendo un pedacito de su vida con esa mezcla maravillosa de grandeza y humildad.

Desde mi balcón puedo presagiar el recuerdo imborrable atesorado en lo profundo de todos aquellos que, alguna vez, lo han tenido cerca. José Antonio Rodríguez tiene para siempre su sitio en algún secreto lugar de nuestra memoria colectiva, en las páginas inconclusas de nuestra Isla teatral. Estará siempre en la memoria de los que lo han visto a través de la televisión o de la pantalla de cine, de los que han escuchado su voz desde la radio, lo han disfrutado en el teatro, o sencillamente, lo han visto caminar orgulloso y feliz por la calle Vapor desde la altura de un desvencijado balcón.