Encarar un personaje limitado en sus movimientos escénicos resulta todo un desafío. Implica apropiarse de la técnica actoral y de particulares ruedos donde la gestualidad y la expresión del rostro son los únicos aliados de una carrilera que un intérprete ha de transitar. Esta experiencia la asumió con altura el actor cubano Jorge Martínez con su Diego, en el filme Últimos días en La Habana, del cineasta Fernando Pérez.

En la más reciente entrega del laureado realizador, Jorge representó a un gay enfermo de SIDA, en fase terminal. El mayor tiempo en pantalla aparece postrado en una cama, emplazada en un entorno sórdido, marginal, de pocas luces. 


Últimos días en La Habana. Fotos: Cortesía Patricio Wood


El personaje de Jorge se luce por la contención como recurso principal de la proyección escénica, técnica que contribuye a que el actor no desarrolle un arquetipo, un personaje caricaturesco. Como coprotagonista de esta película evoluciona, crece, vibra, se emociona en cada minuto en pantalla. Sus diálogos dibujan las paradojas, los conflictos y los sueños de un hombre que se siente vivo, a pesar de que la muerte le acecha.

El actor desarrolla a un Diego creíble, humano, que crece a tono con las exigencias del guion y los encendidos diálogos con su amigo Miguel, encarnado por Patricio Wood. Sobre estos y otros temas nos cuenta Jorge Martínez, en exclusiva para La Jiribilla.

¿Cómo entras en Últimos días en La Habana?

A través de un casting muy riguroso como los que hace Fernando Pérez. Realmente fueron dos. Por allí pasaron los más grandes actores de mi generación. Creo que la preparación de la película ganó un cincuenta por ciento en esta etapa. A mí me ayudaron las vivencias que había tenido por problemas de salud. Antes, hubo algunos intentos de que trabajáramos juntos; para mí siempre ha sido un honor poder hacerlo. Protagonizar una película suya ha sido lo mejor que me ha pasado desde el punto de vista cinematográfico.

¿Cómo fue trabajar con Fernando?

Para mí era muy natural llegar al set, ponernos a conversar y de pronto estar haciendo escenas. No puedo decir que eso era un trabajo.

Mi mayor labor fue lograr una caracterización del personaje. Tuve que bajar de peso debido a su enfermedad. Disminuí unos 12 kilos en dos meses, pues Diego lo exigía. Sin embargo, para mi estado de salud, en ese momento era arriesgado. Se imponía ser muy cuidadoso. Tampoco podía hacer ejercicios físicos ni coger sol porque mi personaje estaba postrado, no podía estar soleado. Pero siempre tuve la supervisión de mi médico, el Dr. Gilberto Fleites, que además de haberme operado hizo toda la supervisión nutricional, para que pudiera bajar de peso con salud.

Después de la operación, vivo con un solo pulmón. Y hay una escena muy difícil, la de la lluvia, que se tuvo que hacer varias veces. Fue inevitable que me mojara cada vez que se repetía esa escena. Los técnicos me cuidaron, trataron de ponerme agua caliente, pero aun así, cuando terminé estaba bastante agitado, tenía falta de aire y tuvieron que llevarme al médico y darme un aerosol bastante fuerte. Después regresé al set.

Fernando, con la sensibilidad que le caracteriza, me dijo: “Vamos a suspender el llamado”. Le respondí que había que seguir trabajando. Son situaciones un poco arriesgadas para la salud a las que nos sometemos los actores, pero no quería parar todo el aparataje que lleva una producción. Era casi la escena final.


Últimos días en La Habana


Tuviste la dicha de ganarte el protagónico de Diego. Cuando leíste el guion, ¿cómo lo pensaste?

Medio en broma, medio en serio, yo digo que desaprobé el casting. Ya había hecho antes un personaje homosexual en una telenovela que se llama Polvo en el viento. Por él recibí el Premio Caricato de la UNEAC. Aquel era mucho más sobrio y temía que este se caricaturizara, se convirtiera en el gay de carroza, como decimos en Cuba.

Entonces hice ese casting la primera vez, llegué a la casa y no me sentí satisfecho. Sé que Fernando tampoco. Y me di cuenta de que me estaba pidiendo mucho más. Porque Diego es un hombre que tiene que darlo todo con los ojos, con las manos. Es muy expresivo de la cintura hacia arriba. Muestra a los demás una alegría, una esperanza que él no tiene; por eso, cuando se queda solo vive sus tristezas y sus propios demonios.

Fernando me llamó de nuevo y entonces entendí. Él me dijo: “suéltate, no importa, después lo bajamos un poquito”. Fue así que yo me sentí libre y gané el personaje de la película.

El cine no es como la televisión. En la televisión tú puedes hacer doscientas escenas, y arreglarla en la otra si el personaje no está en uno o dos textos. En el cine no cabe eso. Hay quienes me decían: “estabas cómodo en una cama”. Pero fue todo lo contrario: sin movimiento hay que darlo todo con las expresiones corporales y del rostro.

A la vez, yo trataba de que no se me fuera de las manos. En la escena que llega P4, por ejemplo, Diego intenta provocarlo física y sexualmente y, aunque que se da cuenta de que su deterioro no se lo permite, trata de ser lo más coqueto posible con el muchacho. Con Miguel, es un poco más él mismo. Y cuando se queda solo, deja todo ese amaneramiento, como en la escena final.

Fue un trabajo difícil. Tuve que “bordar” cada texto, porque el personaje lleva por dentro una situación extrema y va de la comedia a la tragedia con mucha facilidad. Eso es lo que más que costó.

Cuéntanos de tu experiencia al hacer un protagónico con Patricio Wood.

En la etapa que estábamos ensayando me pasó una cosa muy curiosa. Un día yo iba por la calle G y vi a una persona caminando, con una mochila, todo desgarbado. Y pensé: “cómo se parece a Miguel”. Ya nos habíamos leído los guiones. Y me di cuenta de que era Patricio Wood. Se lo conté a Fernando y me dijo: “No puede ser”.

Patricio es muy metódico en su trabajo. Es un actor con mucha experiencia, muy minucioso. Cada texto, cada palabrita, cada cosa que dice, cada acción física que desarrolla, la tiene muy bien pensada. Yo soy más indisciplinado. Me entrego en el momento y dejo que fluya más la espontaneidad, la improvisación. Esa diferencia nos ayudó a los dos. Muchas veces no teníamos ni que hablar. Fernando no ensaya mucho, a mí tampoco me gusta, porque me da la impresión de que vicio un poco los textos. Prefiero que todo salga más naturalmente. Muchas escenas quedaron en toma uno. Todo fluyó muy bien. Es la primera vez que compartimos en cine.

¿Y con Fernando Pérez?

Yo admiro a Fernando como persona y como director. Él tiene una visión muy profunda del ser humano. Su técnica cinematográfica es excelente. Además, todo su equipo de trabajo es genial, son unos profesionales increíbles. Él se nutre de todos ellos. Son jóvenes muy talentosos, gente con muchas ganas de hacer, de demostrar su valía.

Esta es una película de sentimientos, de mucho valor personal en el plano de la entrega, como todas las que él hace. A veces terminábamos una escena, lo veía con los ojos aguados, y venía y nos abrazábamos. Fernan es un abrazador igual que yo. Para mí este filme es una oda a la amistad, a la vida, a pesar de que mi personaje muere. 


Últimos días en La Habana


¿Cómo tú quisieras que los espectadores vieran a Diego?

Sobre todas las cosas, me interesaría que recibieran sus ganas de vivir, su fuerza y sinceridad. Él dice en un momento determinado: “No me arrepiento de nada”. Ni siquiera se arrepiente de estar postrado en una cama, porque fue coherente con todo lo que sufrió y vivió, con las consecuencias de una sociedad machista como la nuestra, donde confluyen expresiones discriminatorias relacionadas con manifestaciones sexuales, físicas, generacionales, de ideas.

Mi consuelo es que la película abra los ojos en este sentido, haga pensar a muchas personas. No sobre la homosexualidad, que es un tema más dentro del file, sino sobre la valentía de los seres humanos, su fuerza para luchar y la sinceridad, que tanta falta nos hace.

Va a gustar porque es la vida de Cuba. Hay que caminar por las calles, como lo hacemos Fernando, Patricio o yo. Ahí está la autenticidad de nuestro trabajo. Fernando es un trotamundos de La Habana.