Karla Suárez, de quien he comentado en esta columna su excelente libro de cuentos Carroza para actores (UNIÓN), publica nuevamente en la misma casa editorial una novela que, precedida por dos importantes Premios (Carbet del Caribe  y Libro Insular en Francia), se desarrolla en La Habana, durante un año muy duro.

“Todo ocurrió en 1993, año cero en Cuba. […] Yo tenía treinta años y miles de problemas”, comienza contándonos la protagonista, para veintidós páginas más adelante insistir: “Creo que en este país todo el mundo recuerda 1993, porque fue el año más difícil del llamado Período Especial”. Sin embargo, contrario a lo que cabría esperarse según el título y este par de afirmaciones, Karla no se regodea en las penurias de aquellos momentos. Utiliza el contexto, claro está, porque le resulta útil en términos de explicación para las conductas de varios de los personajes que pueblan la novela, pero nada más.


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Básicamente, la trama se centra en la figura del genio italiano Antonio Meucci (13 de abril de 1808, Florencia, Italia-8 de octubre de 1889, Staten Island, Nueva York), inventor del teléfono mientras trabajaba justamente en un teatro habanero, a quien le fue escamoteado dicho mérito hasta el año 2002. Alrededor del descubrimiento de Meucci, o mejor, debido a diferentes ambiciones que oscilan entre intereses puramente científicos o literarios, y la posible obtención de dividendos económicos, se mueve una constelación de individuos perfectamente delineados por la autora de la novela.

Un profesor de Matemáticas (Euclides), un aspirante a escritor (Leonardo), un conquistador bueno para nada (Ángel), una pseudoitaliana (Bárbara) y una joven científica (Julia), persiguen el mismo objetivo: hallar el documento original que demuestra que fue Meucci y no Bell quien inventó el aparato más tarde conocido como teléfono. Para ello, acuden a triquiñuelas de diverso estalaje, se enamoran, se separan, se traicionan y se aman a manera de saltos en un acróstico, según vayan encontrando o desechando teorías, conspiraciones. Todos resultan inocentes y mañosos, todos mienten, planean ejercicios que al cabo se frustran, al estilo de una serpiente que muerde su propia cola.

No existe sosiego en las casi 250 páginas de Habana Año Cero. Cuando ya parecía solucionado un conflicto (el amor, por ejemplo), aparece una traición; si creíamos saber en manos de quién estaba el documento original del italiano, nos topamos con otra posibilidad, tan plausible como la anterior, la cual, a su vez, será descartada por una nueva; y así, sucesivamente, hasta el final. En aras de que se mantenga cierta coherencia en las deducciones a que nos va llevando la lógica de los razonamientos (como lectores, participamos, claro está), Karla acude a un recurso irrebatible: la protagonista proviene del mundo científico, y así, con citas sólidas como templos (“Con la lógica demostramos, pero con la intuición encontramos”; “Si buscas resultados distintos no hagas siempre lo mismo”), sostenemos el hilo-esqueleto de tan complicada trama.

Dos elementos me divirtieron, a pesar de la angustia ante los repetitivos fracasos para hallar la verdad: la autora se describe a sí misma, a Karla Suárez (ver p. 108), y, por si fuera poco, establece un simpático contrapunteo entre el científico y el escritor, siendo ella misma una ingeniera electrónica graduada en la CUJAE, y una narradora exitosa. Dan ganas de preguntarle: ¿con quién estás tú, Karla Suárez, con los indios o con los cowboys? Cito: “Siempre me ha llamado la atención que escritores y artistas sean vistos como criaturas únicas, con vidas excepcionales. […] pero me sorprende que los científicos no sean valorados de la misma manera” (p. 87).

Como quien se confiesa, sin ambages, la protagonista (no caeré nuevamente en la trampa de confundir al personaje con la escritora), encontramos esta deliciosa parrafada: “Desde muy joven mi espíritu científico me ha llevado a explorar el campo masculino, sus cuerpos, sus costumbres, sus manías. En la Universidad hasta jugaba a clasificarlos, así como los números se ordenaban en naturales, enteros, racionales, complejos o reales” (p. 157).

Sugiero la lectura de esta apasionante novela, escrita con el rigor de una buena narradora, que sabe manipular resortes literarios y conflictivos sin abusar de ellos, sostiene intrigas hasta la última letra, y rinde homenajes a mucho más que un inventor italiano.