Ramón Grau San Martín
Ramón Grau San Martín. Foto: Internet
 

 

En la fauna que asentó sus posaderas en nuestra silla presidencial hubo de todo, como en botica, según dice el sermo vulgaris cubensis.

Los antecesores                                                     

Nos inauguramos con “Don Tomás”.  Retrasado mental y apátrida, aunque una boca —bendita—  lo encomiase. Durante su mandato lo mismo se asesinaba al general Quintín Bandera que a huelguistas. Propició la Segunda Intervención, mientras, con una sonrisa burlona susurraba: “Me llevo a la república en el bolsillo”. Es cierto que no robó, pero, según el atinado diagnóstico de Ambrosio Fornet, sólo tuvo la ética de un bodeguero honesto.

Le siguió José Miguel Gómez, quien fundó unas cuantas granjas-escuelas para camuflar sus atrocidades gubernamentales, denigrando un pasado mambí.  Campeón de la ‘botella’ [1], no era remiso a que sus allegados prosperasen: “Tiburón [así fue nombrado] se baña, pero salpica”.

En esta galería delincuencial toma después protagonismo Mario García Menocal, proyanqui y antiobrero a matarse. No por gusto fue apodado El Mayoral. Lo único decente que ejecutó durante sus dos mandatos fue la ley que aprobaba el divorcio. (Por cierto, su hermano, Fausto, estaba loco por desasirse de la esposa, al parecer, insufrible).

Continúa el desfile con el doctor Alfredo Zayas Alfonso, independentista que supo de la mazmorra colonial, sin dudas, el más ilustrado entre aquellos mandantes [2]. Clásico liberal corrupto, la prensa lo caricaturiza, mientras las proclamas del estudiantado lo ponen como un trapo, mientras él, sonriendo, no mueve ni un dedo. Casado con María Jaén —apodada María Centén, por la moneda que prostibulariamente había cobrado a sus clientes—, la consorte, miren ustedes qué casualidad, acertó el primer premio de la lotería.

Sigue Gerardo Machado, un general insurrecto de vigésimo orden. Le decían El Mocho, por haber perdido un dedo mientras destazaba carne vacuna en sus días de cuatrero juvenil. Pero los definitivos apodos los obtuvo durante su cruento mandato: Mussolini Tropical y Asno con Garras.

Cuando cae el tiranuelo, se sucedería uno que otro primer mandatario, con presencia tan fugaz como unas pocas horas.

Finalmente ocupa la silla presidencial Carlos Manuel de Céspedes y Quesada. Increíblemente, aquel hijo del Padre de la Patria era un personaje que no sabía nada sobre Cuba, aunque portó las insignias de coronel mambí.  Ni siquiera podía obtener información en el intercambio matrimonial, pues estaba casado con una italiana. [3]

El ‘septiembrazo’ derriba a Céspedes y se constituye una pentarquía, de brevísima existencia.

Y aquí entra en escena nuestro personaje. Designan presidente a Ramón Antolín Eulogio Grau San Martín.

Viajemos en el tiempo

Transcurre 1860 y un matrimonio español emigra hacia Cuba.  Lo forman el catalán Francisco Grau Viñals y la asturiana María del Pilar San Martín. Se establecerán en el occidente cubano, para dedicarse al negocio tabacalero.

El 13 de septiembre de 1881, en la finca La Jibara —según otros La Jibarita—, cerca del pinareño pueblo La Palma, a la pareja le llega su primer hijo, Ramón.

Pronto el pequeño es víctima de ataques epilépticos, lo cual retrasa hasta los ocho años de edad su ingreso a la escuela, donde sería un alumno aventajado.

La acaudalada familia se opone decididamente al independentismo cubano. La presencia en la región de las tropas encabezadas por el general Antonio determina que se trasladen hacia La Habana.

Contradiciendo la decisión familiar en cuanto a que fuese el continuador del negocio tabacalero, el joven Ramón matricula Medicina en la universidad habanera, donde obtiene el título en 1908. Dos años antes, él y su hermano, Francisco Pablo José, reciben cuantiosa herencia: $119 699.56 oro. [4]

Tras la graduación, vive en Europa, completando su formación: Francia, España, Italia. Regresa a Cuba en 1921 y se suma al profesorado universitario, en la especialidad Fisiología. Ejerce su profesión en el hospital Mercedes y en la quinta de salud La Covadonga.

Y ahora entramos… ¡en la política!

Durante la década de 1920 se suma a las protestas contra el régimen machadista.  En 1931 es encarcelado en el Castillo del Príncipe y después en el pinero Presidio Modelo. Tras una amnistía, se exilia en los Estados Unidos. En Miami, se cuenta entre los fundadores de la Junta Revolucionaria

Pero volvamos a las líneas iniciales, cuando recordaba que, tras la disolución de la Pentarquía, Grau asume la presidencia, el 10 de septiembre de 1933. Se estaba inaugurando el llamado Gobierno de los Cien Días. En aquella ocasión, se niega a jurar sobre la carta constituyente. (Hermoso gesto, digno de emocionado aplauso, pues el documento contenía el apéndice plattista, lesivo a la dignidad nacional).

En aquel mandato estuvieron, según dice mi gente, más solos que un center fielder. Claro está que no fueron reconocidos por la potencia septentrional. Pero, mire usted qué cosa, en inexplicable coalición con el imperialismo, la izquierda tradicional cubana también les declara la guerra. Sólo establecieron relaciones con  México, Uruguay, Panamá, Perú y España.

El gobierno hizo —con el poderoso aliento de ese extraterrestre, Tony Guiteras—  lo que pudo. Desde la jornada laboral de ocho horas hasta un salario mínimo decente. Y la corajuda intervención estatal de la temible compañía eléctrica yanqui.

El final era previsible. Los norteamericanos, tomando como instrumento a esa alimaña, Fulgencio Batista, dan al traste con aquel meritorio proyecto.

Como es sabido, Grau volvería a ocupar la silla presidencial en 1944, cuando se inaugura un mandato caracterizado por el caos, que implantan “los muchachos del gatillo alegre” y el asalto desaforado al tesoro público.

Quizás los menos exhibibles momentos en su vida política transcurrieron cuando se prestó a figurar, como marioneta, en los impúdicos trajines electoreros del último batistato.

Un presidente sui géneris

Ante una personalidad complejísima como la de Grau, los observadores emiten muy diferentes juicios. Hay desde aquellos (y abundan en la red) que lo deifican, hasta quienes lo igualan con El Enemigo Malo, El Señor de las Tinieblas. Y, claro está, figuran también todos los matices intermedios.

Al parecer, en torno al mandatario pinareño sólo existe unanimidad en una opinión: su privilegiado cerebro cultivaba la ‘chivadera cubiche’.

¿Me pedían ustedes, comadres y compadres, botones de muestra? Pues allá van algunos:

Anécdota primera:

Mientras pronunciaba un discurso, Grau miró su reloj y se le escapó la siguiente exclamación: “Coño, ya son las tres de la tarde. ¡La hora en que mataron a Lola!”. Y sus palabras fueron recogidas por los micrófonos.

En aquella época, una prostituta habanera llamada Lola había sido asesinada por su chulo, de una puñalada.

Era tan sólo una página más en la interminable crónica roja. Pero Grau inmortalizó el hecho. Hasta el punto de que, según se asegura, una obra del pintor catalán Ernest Descals fue inspirada por la infeliz prostituta. Y surgió aquella pieza, que aún anda en boca de muchos: “Eran las tres de la tarde / cuando mataron a Lola. / Y dicen los que la vieron / que agonizando decía: / Yo quiero ver a ese hombre / que me ha arrancado la vida. Yo quiero verlo y besarlo / para morirme tranquila”.

Lola la cubana, del pintor catalán Ernest Descals. Foto: Internet
 

Anécdota segunda:

En 1946, misteriosamente, desaparece del Capitolio Nacional el diamante que marcaba el kilómetro cero de la Carretera Central.

Semanas después, también misteriosamente, aparece la piedra preciosa sobre el escritorio del presidente.

Cuando Grau lo devuelve, alguien que quiere atraer la atención declara: “Yo he visto muy bien al diamante del Capitolio. Y éste no es el sustraído”.

Entonces Grau se sale con una de las suyas: “Bueno, el diamante me pertenece. No es el del Capitolio, y estaba sobre mi buró… ¡por lo tanto es mío!”.

Anécdota tercera:

Durante el último batistato, en una ciudad de provincia se iba a efectuar un acto político. Entre los presentes en la tribuna, el expresidente Grau San Martín.

Todo el mundo estaba con la vista fija sobre la carretera, esperando a Batista. Pero el mulato banense llegó en un helicóptero.

Entonces Grau, con todo lo que le daba su maltrecha voz, gritó: “¡Lo esperaban de ‘rolin’, pero llegó de ‘flai’!”. [5]

Última anécdota:

Según era de esperar, los íntimos de Grau pertenecían a los más elevados estratos económicos del país. Y no ha de extrañarnos que, tras el triunfo revolucionario de 1959, abandonasen en estampida el territorio nacional. Pero antes, pasaban por “la choza” de Quinta Avenida, para despedirse.

Grau, amablemente, los acompañaba hasta la puerta y después musitaba en un suspiro: “Todo el mundo me dice que va a tumbar la mula… ¡pero nadie me dice quien va a tumbar al Caballo!”. [6] [7]

Perdónenme ustedes —sobre todo las damas— este decididamente grosero giro del habla popular. Pero  debo declarar que Grau fue un tremendísimo  ‘jodedor cubiche’.
 

Notas:
 
 
[1]  Botella. Cubanismo. Sinecura.
[2] Zayas brilló en el foro y en la tribuna. Su libro Lexicografía antillana es una joya que hermosea a cualquier biblioteca.
[3] Su sepulcro, en el Cementerio Colón, muestra un texto donde se declara que en su mandato no se cometieron desmanes. Y alguna vez oí un compatriota –chusco, cual solemos ser los cubanos-- dictaminar: “¡Porque no le dieron tiempo”! (Gobernó durante sólo una veintena de días).
[4]  Fue Ramón Grau un acaudalado casateniente.
[5] Rolin y flai. Cubanismos, llegados del inglés a través de la jerga beisbolera. En el primer caso, trayecto de una pelota cuando se arrastra. En el segundo, cuando vuela alto.
[6] Tumbar la mula. Frase cubana. Marcharse precipitadamente.
[7] El Caballo. Singular homenaje del pueblo al llamar así a Fidel Castro. No debe olvidarse que, en Cuba, se dice que es “el uno” quien sobresale excepcionalmente. Pues el número 1, en la charada chinocubana, se representa por un caballo. Hay un precioso poema de Juan Gelman que trata el tema: “Historia, abre tus portones, / que entramos con Fidel, con El Caballo”.